«Star Maker» («Hacedor de estrellas»), de Olaf Stapledon

«Star Maker» («Hacedor de estrellas»), de Olaf Stapledon

1121404308Encontrándome con unos días de vacaciones, aproveché para releer, por primera vez en el idioma original, Star Maker, de Olaf Stapledon (traducido al castellano como Hacedor de estrellas). Se trata de un libro curioso, una novela donde las categorías habituales (un protagonista con un desarrollo personal, un argumento más o menos lineal) son subvertidas y transformadas. En Star Maker hay mucho de introspección personal y filosófica, presentada dentro de un marco de ciencia ficción muy adecuado para su época (1937). La ciencia ficción del libro, de hecho, anticipa muchos de los temas del género y hace un magistral uso de los datos conocidos por entonces sobre cosmología y astrofísica. No es lectura liviana: carece por completo de «acción» y se demora largos párrafos en disquisiciones morales, aunque no moralistas, sino formales, estrictamente lógicas, reflejando la formación filosófica del autor.

El libro narra el viaje cósmico del protagonista, inicialmente un inglés del siglo XX. A poco de empezar éste experimenta su primer encuentro con la insignificancia de la especie humana y de su planeta, en términos que recuerdan el pasaje sobre el «punto azul pálido» de Carl Sagan, la célebre fotografía de la Tierra tomada por la Voyager 1. El párrafo de Stapledon resulta especialmente asombroso cuando uno piensa que es más de medio siglo anterior a la susodicha fotografía:

I perceived that I was on a little round grain of rock and metal, filmed with water and with air, whirling in sunlight and darkness. And on the skin of that little grain all the swarms of men, generation by generation, had lived in labor and blindness, with intermittent joy and intermittent lucidity of spirit. And all their history, with its folk-wanderings, its empires, its philosophies, its proud sciences, its social revolutions, its increasing hunger for community, was but a flicker in one day of the lives of stars.

Inevitablemente no todas las ideas científicas en las que se basó Stapledon resultaron ser correctas. Sólo en un caso esto impacta significativamente en el argumento: en la época de Stapledon se creía que los planetas se habían formado al pasar una estrella muy cerca del Sol; el material arrancado a ésta se habría alejado y condensado luego en forma de planetas.

I found no planets. I knew well that the birth of planets was due to the close approach of two or more stars, and that such accidents must be very uncommon. I reminded myself that stars with planets must be as rare in the galaxy as gems among the grains of sand on the sea-shore.

Como resultado de esto, Stapledon plantea que los sistemas planetarios son una rareza; hoy sabemos que casi todas las estrellas los tienen, aunque no todos, por supuesto, sean habitables.

La ciencia de la época tampoco tenía muy claro cómo se formaban y evolucionaban las estrellas: se creía que las estrellas nacían como gigantes y luego se encogían (el proceso es exactamente al revés, al menos para la mayoría de las estrellas). Así lo daba a entender Stapledon en un pasaje del libro…

Early in the life of our galaxy, when few of the stars had yet condensed from the “giant” to the solar type, when very few planetary births had yet occurred, a double star and a single star in a congested cluster did actually approach one another, reach fiery filaments toward one another, and spawn a planet brood.

… y luego lo decía explícitamente en otra parte…

The climax of a star’s life occurs when it has passed through the long period of its youth, during which it is what human astronomers call a “red giant.” At the close of this period it shrinks rapidly into the dwarf state in which our sun now is.

… todo lo cual es perfectamente disculpable dado el estado de la ciencia en la década de 1930 y los instrumentos con que contaba.

Aunque emplea mucho y con maestría los conceptos de la teoría evolutiva de entonces, Stapledon mantiene rasgos típicos de cierto esencialismo biológico, como la división entre animal y vegetal, unida a la idea implícita de que la evolución sigue habitualmente un cierto camino de progreso y especialización.

On certain small planets, drenched with light and heat from a near or a great sun, evolution took a very different course from that with which we are familiar. The vegetable and animal functions were not separated into distinct organic types. Every organism was at once animal and vegetable.

Su tratamiento de los «hombres-planta», sin embargo, es genial: imaginó una especie que se movía y realizaba sus tareas de noche, y que al llegar el día volvía (literalmente) a sus raíces y se dedicaba a meditar mientras fotosintetizaba, reuniendo energía para la jornada siguiente.

Stapledon era consciente de las formas en que un planeta podía volverse inhabitable, por ejemplo, por la pérdida progresiva de su atmósfera (un destino que ya H. G. Wells había imaginado para Marte, pero sin elaborar el proceso, cosa que sólo hemos hecho recientemente).

Before describing the efflorescence of “humanity” in this kind of world I must mention one grave problem which faces the evolving life of all small planets, often at an early stage. This problem we had already come across on the Other Earth. Owing to the weakness of gravitation and the disturbing heat of the sun, the molecules of the atmosphere very easily escape into space.

También conocía el fenómeno del acoplamiento de marea, pero no descartó automáticamente (como otros autores de ficción y científicos han hecho) la evolución de especies que pudieran vivir en un mundo que muestra siempre la misma cara a su estrella.

As is well known, a small planet close to its sun tends, through the sun’s tidal action upon it, to lose its rotation. Its days become longer and longer, till at last it presents one face constantly toward its luminary. Not a few planets of this type, up and down the galaxy, were inhabited…

En 1937 no se conocían aún los mecanismos exactos del interior de los átomos, y faltaba aún un año para que se descubriese la fisión nuclear. Stapledon estaba sobre la pista, sin embargo. El mecanismo de las naves espaciales no recibe mucha atención, pero en la novela se recurre al uso de «energía subatómica», no para responder a la necesidad de inmensas cantidades de energía, sino para lograr la protección que una nave requeriría contra los meteoritos, usando algo que hoy llamaríamos un «campo de fuerza».

Travel within a planetary system was at first carried out by rocket-vessels propelled by normal fuels. In all the early ventures one great difficulty had been the danger of collision with meteors. Even the most efficient vessel, most skillfully navigated and traveling in regions that were relatively free from these invisible and lethal missiles, might at any moment crash and fuse. The trouble was not overcome till means had been found to unlock the treasure of sub-atomic energy. It was then possible to protect the ship by means of a far-flung envelope of power which either diverted or exploded the meteors at a distance.

La idea de mover planetas enteros para viajar sobre ellos resulta ser otro de los recursos de Stapledon, mucho antes de ser utilizados por los Titerotes del Mundo Anillo de Niven o en el planeta He en Earthman, Come Home de James Blish. De manera característica, Stapledon suelta esta enormidad en un párrafo corto y escueto, sin darle mayor importancia.

Actual interstellar voyaging was first effected by detaching a planet from its natural orbit by a series of well-timed and well-placed rocket impulsions, and thus projecting it into outer space at a speed far greater than the normal planetary and stellar speeds.

Stapledon inventa también el concepto del enjambre de Dyson (que fuera asimilado luego al de las esferas de Dyson, aun cuando el propio Freeman Dyson hiciera notar que una esfera sólida en torno a una estrella es inestable).

Many a star without natural planets came to be surrounded by concentric rings of artificial worlds. In some cases the inner rings contained scores, the outer rings thousands of globes adapted to life at some particular distance from the sun.

Más adelante no sólo reitera el uso de enjambres de Dyson para capturar energía, sino que también recurre al uso de las estrellas fallidas como materia prima.

Not only was every solar system now surrounded by a gauze of light traps, which focused the escaping solar energy for intelligent use, so that the whole galaxy was dimmed, but many stars that were not suited to be suns were disintegrated, and rifled of their prodigious stores of sub-atomic energy.

El relato de la creación es no sólo coherente con la idea del Big Bang (que tenía una década en el momento de la publicación del libro; la expansión del universo había sido comprobada por Hubble apenas ocho años antes), sino que sugiere incluso una conexión causal a larga distancia de los puntos del espaciotiempo que no está lejos de los problemas planteados por la física cuántica, aunque aquí su fuente sea psíquica o metafísica.

Then the Star Maker said, “Let there be light.” And there was light. From all the coincident and punctual centers of power, light leapt and blazed. The cosmos exploded, actualizing its potentiality of space and time. The centers of power, like fragments of a bursting bomb, were hurled apart. But each one retained in itself, as a memory and a longing, the single spirit of the whole; and each mirrored in itself aspects of all others throughout all the cosmical space and time.

La hoy célebre interpretación de los múltiples mundos, que Borges (prologuista de la edición de 1965) emplearía en El jardín de los senderos que se bifurcan también fue empleada por Stapledon, o al menos, por su creador, el Hacedor de Estrellas, en uno de sus universos.

In one inconceivably complex cosmos, whenever a creature was faced with several possible courses of action, it took them all, thereby creating many distinct temporal dimensions and distinct histories of the cosmos.

La verosimilitud científica era evidentemente importante para Stapledon, pero el relato de Star Maker no es una ficción basada en la extrapolación de adelantos científicos, sino un futurismo filosófico y metafísico. En una obra anterior, Last and First Men (a la que Star Maker hace referencia, pero que no constituye una precuela ni es requerida para comprender esta novela), Stapledon desarrolla a fondo la idea de que los seres animados tienden al progreso material y espiritual, con ciclos de decadencia y de auge inevitables. Esta concepción no es nueva en su tiempo; en Star Maker, escrita en un momento de crisis mundial, el autor se atreve a extrapolarla de la especie humana a todas las especies inteligentes, pasadas y futuras, de esta galaxia y de las otras.

Hay transparentes estudios del autor sobre los peligros del colectivismo y el tribalismo exacerbados, situados en planetas extraños y con habitantes que se parecen a peces o crustáceos, pero fundamentalmente «humanos»; hay fascinantes historias de simbiosis y complementación biológica y psíquica; hay reflexiones sobre el industrialismo, el capitalismo, el militarismo; hay sobre todo el tema recurrente de la indiferencia de las especies y los individuos más iluminados ante el sufrimiento, que no excluye la compasión pero que observa y espera sin intervenir (se ha dicho que un episodio del libro prefigura la Directiva Primaria del universo de Star Trek, que es una orden de absoluto no-intervencionismo).

Hay mucho más, que es imposible de resumir y que dejo al lector. Todo aquél que aprecie la ciencia ficción debería leer Star Maker, no porque sea un «clásico», sino por su propio provecho.

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El género gramatical y el sexismo en la lengua

El género gramatical y el sexismo en la lengua

El propósito de este texto es ordenar algunas notas sobre el género gramatical, el sexismo en la lengua, su relación y sus posibles remedios (si los hay). El tema es muy complicado y suele tratarse sin demasiado conocimiento, por lo cual comencemos constatando algunos hechos.

  1. En castellano hay varias clases de palabras, de las cuales algunas tienen género gramatical y otras no. Las que no tienen son los verbos (en sus formas conjugadas e invariables), las preposiciones, los adverbios y los numerales (por encima del uno). Las que sí tienen género son los sustantivos, los adjetivos, los artículos, los demostrativos y los ordinales, aunque no siempre el género esté marcado explícitamente. De los pronombres personales sólo llevan marca de género los de sujeto de tercera persona y primera del plural. Los posesivos enfáticos (mío, mía; tuyo, tuya, etc.) también se marcan, con el género del objeto poseído, no del poseedor.
  2. En idiomas emparentados con el castellano, como el portugués, el italiano y el francés, los posesivos concuerdan con el género del objeto poseído (pt. meu carro “mi auto”, minha casa “mi casa”); en italiano y también en portugués opcionalmente, el posesivo además va precedido por un artículo definido que concuerda en género (pt. os meus olhos “mis ojos”, as minhas coisas “mis cosas”). En portugués el numeral “dos” también distingue género (dois homens, “dos hombres”; duas mulheres, “dos mujeres”).
  3. En latín había tres géneros: masculino, femenino y neutro. En las lenguas romances (descendientes del latín) hay dos géneros gramaticales, convencionalmente conocidos como femenino y masculino, salvo en rumano, donde persiste una forma de neutro. En general lo que ocurrió fue que los neutros latinos se transformaron en masculinos.
  4. En alemán y en islandés hay también tres géneros, como lo había en anglosajón (inglés antiguo). El sistema de tres géneros deriva de un sistema muy anterior, hipotético, donde se distinguía sólo entre un género animado y uno inanimado.
  5. Hay idiomas que distinguen tipos de palabras según diferentes “géneros” o clases, que pueden ser bastantes, como en las lenguas bantúes; en swahili, la más conocida, hay entre 15 y 18 clases nominales según cómo se las cuente, agrupando cosas como personas, plantas, frutas, animales, cosas inanimadas, etc.
  6. Hay otros idiomas que no distinguen género o clase en absoluto, o que sólo lo hacen con ciertos fines. Por ejemplo, el japonés y el chino requieren que uno utilice un “clasificador” para contar objetos, y cada clase de objeto requiere un clasificador diferente, pero el clasificador no se usa para nada más que para contar. En japonés se diferencian clases como personas, objetos planos, objetos largos, aves, cantidades de veces, etc., pero no hay clases diferentes para sexos.
  7. En las lenguas donde se distinguen unos pocos géneros o clases, las palabras que caen en ellos lo hacen de manera arbitraria, con la excepción habitual de las que designan seres animados que poseen un sexo biológico. Aun así no es raro encontrarse con animales designados por una palabra de un género gramatical dado y que son del sexo “opuesto”; en ese caso el hablante quizá deba recurrir a aclarar “macho” o “hembra”. Otras veces hay palabras totalmente diferentes para el macho y la hembra de una especie (hombre y mujervaca y toro), y otras se deriva de una palabra la versión del sexo opuesto (casi siempre, del masculino deriva la forma femenina: tigre > tigresa).
  8. En esperanto, la lengua artificial más conocida, no existe género gramatical, pero todo lo que pueda tener sexo se considera por defecto como masculino, con tan estricta regularidad que la palabra para “mujer” es virino, forma femenina de viro “hombre” (el infijo -in- fue probablemente tomado del alemán, donde cumple la misma función). Dicho de otra manera, en esperanto los seres animados masculinos son la base, y el sexo biológico femenino es siempre derivado.
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Ilustración en las Crónicas de Nüremberg (1493). El Sol y la Luna son de género femenino y masculino, respectivamente, en las lenguas germánicas que lo preservan, como el alemán, es decir, exactamente al revés que en las lenguas romances, como el castellano. 

Algunos puntos específicos sobre el castellano y el género gramatical:

  1. En castellano hay tres tipos de sustantivos que complican un poco el panorama del género gramatical: los de género común, que son de las misma forma para los dos géneros y se distinguen por el uso del artículo o demostrativo (pianistaprofesionalobstetra); los de género epiceno, que designan seres animados y siempre son del mismo género gramatical independientemente del sexo (personavíctima); y los de género ambiguo, que pueden ser de cualquiera de los dos géneros (mar).
  2. Hay una serie de sustantivos que derivan del participio activo de los verbos (presidentenavegante, etc.) y que en principio son de género común, ya que los participios son invariables en género.
  3. Pese a las complicaciones anteriores, el hablante de castellano suele reconocer rápidamente el género de un sustantivo por su terminación. La inmensa mayoría de los sustantivos no epicenos ni comunes que terminan en -a son femeninos (con la excepción notable de día), y prácticamente todos los que terminan en -o son masculinos (con la excepción de mano). Hay una serie de sufijos que también acarrean un género u otro (por ejemplo, las palabras que terminan en -ción/-sión son siempre femeninas).
  4. Tenemos mecanismos gramaticales productivos (es decir, en uso actual y habitual por los hablantes) para cambiar el género gramatical de una palabra donde está marcado con -o o -a, no así donde la terminación es otra.
  5. No existe en castellano ningún mecanismo productivo para transformar una palabra con género bien marcado en una palabra “neutra”, porque no hay género neutro en castellano, ni para marcarla (visiblemente) como de género común o epiceno.

En base a todo lo anterior pasamos a lo que se llama habitualmente la “problemática de género”, cuyo nombre ya muestra en sí uno de los problemas…

  1. El género gramatical, el sexo biológico y el género (sea que hablemos de roles de género o de identidad de género) pertenecen a esferas totalmente diferentes, aunque obviamente conectadas. Para lidiar con cualquier problema entre ellas hay que descartar las visiones más simplistas.
  2. El feminismo ha teorizado con respecto al género de muchas maneras, incluyendo en su problematización los temas del lenguaje. Uno de los temas de conflicto es el marcado obligatorio de género en situaciones donde el mismo debería ser opcional.
  3. Desde el punto de vista del feminismo que critica los roles de género, la razón por la cual el marcado de género obligatorio es dañino es que, en el caso de profesiones y ocupaciones, obliga a especificar un dato que no es (siempre) necesario y que puede sesgar al oyente. Por ejemplo, en castellano es imposible referirse al profesional de la enfermería sin marcar la palabra que lo designa con un sufijo de género; el hecho de que en general se prefiera el femenino indica y refuerza un sesgo hacia la idea de que la enfermería es una profesión de mujeres, y la visión de la enfermería como inferior o subsidiaria queda asociada a la de lo femenino; lo mismo, a la inversa, ocurre con las palabras que designan al profesional de la medicina, disciplina que hasta hace un siglo era inaccesible para las mujeres y que se asocia a un nivel superior de conocimientos y destrezas que la enfermería.
  4. Un punto también criticado desde el feminismo es el de los plurales. En castellano ha sido norma habitual considerar que la forma de un sustantivo que designa a un grupo mixto es la masculina del plural, reservándose la femenina para los grupos exclusivamente de mujeres. Así, nos referimos a un grupo de diez personas dedicadas a la cocina como los cocineros si se trata de un cocinero y nueve cocineras; sólo diremos las cocineras si son diez cocineras y ningún cocinero. Tras esto subyace, según ciertas ideas feministas, una invisibilización de las mujeres o una consideración del sexo masculino y el del hombre (macho humano) como normalidad o “persona por defecto”, siendo las mujeres (hembras humanas) marcadas como anomalías. (Debe notarse que el mecanismo no es diferente en el caso de que se trate de objetos inanimados: si juntamos anillos y pulseras nos referiremos al conjunto en masculino.)
  5. Mucha de la literatura feminista sobre el lenguaje está en inglés, donde los problemas que se plantean son totalmente diferentes. En inglés nos encontramos con un idioma que no marca género gramatical en los sustantivos, los adjetivos, los demostrativos, los numerales ni los ordinales, pero que marca el género del poseedor (no de la cosa poseída) en los posesivos de tercera persona del singular (his y her), y además no permite elidir (como sí es posible hacer en castellano) los pronombres personales de tercera persona del singular, que son también marcados por género (he y she en posición de sujeto, him y her como objetos). De ahí que las “soluciones” propuestas para el inglés, como la creación de pronombres personales y posesivos neutros o el uso del pronombre invariable they como singular, son poco útiles para el castellano (y viceversa).
  6. En castellano se han usado desde hace tiempo “soluciones” escritas para “borrar” o neutralizar el género de los sustantivos y sus palabras concordantes. Hemos visto pasar la arroba (@) y también la letra x, “tachando” las marcas de género en -a y -o en los sustantivos que designan personas. Estas marcas son impronunciables y por tanto impracticables si se desea llevar esta “solución” al discurso oral.
  7. También se ha planteado usar -e o -i como marca de género neutro. Estas marcas son pronunciables y el sentido puede ser fácilmente captado por un oyente que desconoce el asunto. Persiste, con -e, el problema de los participios activos (como en presidente). También existe el problema de los cambios ortográficos que deben hacerse para preservar la pronunciación esperada en las palabras cuyas raíces terminan en c o g (el neutro de chico pasaría a ser chique o chiqui); se trata de algo menor, sin embargo, porque es un cambio que se hace regularmente al añadirse otros sufijos, como el de diminutivo.
  8. El principal problema con las marcas de género neutral en castellano es la ubicuidad de la concordancia gramatical que existe en nuestro idioma. Si bien es posible fácilmente “tachar” las marcas de género en los sustantivos que nos interesan (aquéllos donde el género gramatical está marcado de la manera habitual y donde el mismo está alineado con el sexo biológico), para funcionar realmente el sistema debería también tachar o neutralizar la misma marca en los artículos, en los adjetivos, en los demostrativos, etc.
  9. Una alternativa a la neutralización es la duplicación de las formas, de la cual hemos sido testigos también: el uso de expresiones habladas y escritas donde se utilizan explícitamente ambas formas de los sustantivos, los artículos, etc. (“todos y todas los niños y las niñas…”). Esta duplicación ha sido criticada por el prescriptivismo como innecesaria y por casi todos como engorrosa y malsonante. No resulta un problema en ciertas circunstancias acotadas pero la economía del lenguaje hablado espontáneo impediría que se adoptase jamás a nivel masivo.
  10. La estrategia de la duplicación de formas no funciona bien con los sustantivos “no bien marcados”. Obligaría a mencionar con artículos y modificadores de ambos géneros los sustantivos comunes y epicenos, o bien a forzar un género sobre ellos (se ha llegado a escuchar “los miembros y las miembras”, siendo que miembro no es masculino sino común; el equivalente con un epiceno sería hablar de “las víctimas y los víctimos”).

Un interrogante que no planteamos todavía, pero que es fundamental, es si vale la pena buscar estos cambios, siendo que no sabemos si producirían algún efecto. ¿Serían menos invisibilizadas las mujeres si existiese un plural neutro, en vez de usarse el plural masculino para todos los grupos mixtos? ¿Se reforzarían menos los roles de género si fuese posible neutralizar el género de las profesiones y ocupaciones más estereotípicamente relacionadas con hombres y mujeres? Para estos fines no contamos con evidencia clara porque es imposible realizar un experimento lingüístico de esta clase en condiciones de laboratorio. Esto es algo común en las ciencias sociales. Podemos sin embargo observar otras culturas y otras lenguas con fines comparativos, lo cual es una clase de investigación diferente.

  1. Las culturas de Oriente, incluso donde ha habido grandes avances en desarrollo humano, mantienen hasta hoy roles de género sumamente rígidos. Por ejemplo, en Japón, a pesar de que las mujeres hace tiempo participan del mercado laboral, no ha cambiado la percepción social de que luego de su propio trabajo deben encargarse también de su casa y de atender al esposo cuando éste llega de trabajar; existe también todavía una gran sumisión de la nuera hacia la suegra, cuando viven juntas. Algo similar ocurre en China. ¿Cuál es la influencia de la lengua en estas culturas?
  2. En japonés no existe el género gramatical en absoluto. No hay pronombres posesivos, y las palabras que se enseñan como pronombres personales derivan de sustantivos y no son una clase bien definida, siendo frecuentemente reemplazados por nombres propios o por títulos (cuando no son elididos totalmente): se dice “esa persona”, o “el/la doctor/a”, o “el Sr./Sra. Tanaka” (la partícula honorífica -san que se agrega a los nombres propios tampoco tiene género). Notablemente, hay pronombres de primera persona que se asocian a hablantes masculinos o femeninos. Es posible hablar japonés correctamente todo el tiempo sin explicitar gramaticalmente el sexo biológico de una tercera persona. Al estar ausente el género como categoría, no existe ninguno de los problemas de inclusividad mencionados para el castellano. Lo mismo ocurre en coreano, hablado por otra sociedad tradicionalmente sexista y estratificada con roles sociales rígidos.
  3. El género gramatical tampoco existe en chino mandarín, donde incluso el pronombre de tercera persona del singular es ambiguo; los hablantes utilizan otros medios, cuando hace falta, para sugerir el sexo biológico.
  4. Un campo donde es difícil escapar del género marcado es el de las relaciones familiares. Aquí juega el propio léxico. El español y el portugués se sitúan aparte entre las lenguas romances al nombrar al hermano y la hermana con la misma palabra con diferentes terminaciones (en portugués irmão – irmã); si bien persiste el problema de la inclusividad en los grupos, la situación no es tan difícil de resolver como la del italiano o el francés, donde las raíces mismas de las palabras son totalmente diferentes (it. fratello – sorella, fr. frère – sœur). Lo mismo ocurre en inglés (brother – sister) y en alemán (Bruder – Schwester); en estas lenguas germánicas la diferenciación léxica también alcanza a los hijos (ing. son – daughter, al. Sohn – Tochter). Tanto en inglés y alemán como en francés se diferencian también léxicamente a los sobrinos. En inglés existe, pero no es de uso coloquial, el término sibling para referirse a hermanos sin especificar su sexo; de la misma manera en alemán puede decirse Kind, con género neutro, para referirse a un niño (o hijo) sin especificar si es varón o mujer.
  5. Es bien conocida la segregación a la que es sometida la mujer en las sociedades musulmanas. De las lenguas habladas por la mayoría en los países musulmanes, nos encontramos con los diferentes dialectos del árabe, hablado en los dominios originales del islam (la Península Arábiga) y en Egipto; con el persa o farsi, una lengua indoeuropea, en Irán; y con el turco, hablado en Turquía (otras lenguas de la misma familia son habladas en el sur de Asia). En árabe tienen género gramatical (masculino o femenino) no sólo los sustantivos, los pronombres y los adjetivos, sino también los verbos conjugados. Por el contrario, ni en persa ni en turco existe género gramatical; sólo en el caso de los pronombres el persa distingue entre animados e inanimados.
  6. Los ejemplos pueden multiplicarse indefinidamente, pero resulta claro que la mayor o menor discriminación gramatical del género correlacionado con el sexo biológico no es causa ni efecto de sexismo, machismo o fijación de roles de género.
  7. Lo dicho no implica que sean inútiles los esfuerzos por lidiar con el sexismo en el discurso. Lo que hay que tener en cuenta es que el sexismo puede transmitirse por medio de la lengua de maneras más complejas. Por ejemplo, aun sin diferenciación de género gramatical en lenguas como el japonés o el coreano las mujeres hablan empleando patrones reconociblemente diferentes de los de los varones y son de hecho educadas y alentadas para hacerlo. La diferencia no es sutil; se percibe en el uso de formas gramaticales específicas.
  8. Muchas de las indicaciones de sexismo en el lenguaje provienen de aspectos menos salientes que el género gramatical. Consideremos las diferentes connotaciones que pueden tener, en cierto contexto, expresiones en principio equivalentes como “salir con los muchachos” y “salir con las chicas”, y la imposibilidad doble de plantear la situación de manera neutral, en caso de desearlo así, y de hacerlo contrariando las expectativas habituales. Esto se relaciona no con la gramática, ni siquiera con el léxico, sino con la pragmática, que es el uso contextual de las palabras.

Construyendo una lengua ficticia para una novela (IV)

Construyendo una lengua ficticia para una novela (IV)

Estoy escribiendo una novela y creando lenguas ficticias para nombrar personajes, lugares y conceptos. En la entrega anterior (la tercera de la serie) mencioné que debía tomar algunas decisiones, y en eso estuve. Ya dejé fijos, más o menos, los cambios fonéticos que iré aplicando sobre la lengua primigenia (de la cual descienden los dos idiomas sobre los que estoy trabajando), y estuve generando y probando palabras. La belleza de contar con herramientas automatizadas es que se puede aplicar el algoritmo sin demora sobre muchas variantes de una palabra y ver cómo evoluciona enseguida.

Los resultados de este proceso mecánico suelen ser decepcionantes pero a veces producen perlas. Para mí es de particular alegría la ocasión en que una misma palabra primitiva, derivada según los dos conjuntos de reglas, produce dos resultados muy diferentes.

Las limitaciones que me plantea el formato de ficción (que se resumen en que escribo para otros, no para mí) me llevaron a recortar drásticamente lo exótico de ambas lenguas. Ninguno de los sonidos que aparecen es raro o difícil de pronunciar para un hablante de castellano. Hay una «r» gutural que suena como la famosa R de Édith Piaf. Hay un par de vocales anteriores redondeadas, de nuevo, como las del alemán («ö, ü») o el francés («œ», «u»). Hay una «h» que puede llegar a sonar como nuestra «j» castellana.

Una única rareza me permití: una forma de laringalización conocida como «creaky voice» (también «vocal fry»). En canto es el registro de voz más bajo de todos; se lo conoce como «strohbass». Por lo que he leído, hay quienes diferencian estos tres términos, que en verdad cruzan disciplinas y niveles de descripción. Los cantantes corales serios lo consideran una especie de engaño, aunque tiene un papel en la música litúrgica rusa; el death metal lo abraza; los instructores de canto lo desaconsejan excepto para salvar una o dos notas demasiado bajas. Niños y adultos la empleamos voluntariamente para simular una «voz de ultratumba». Algunas personas lo introducen en su discurso de manera similar a las subidas o bajadas de tono. Y naturalmente, Marge Simpson.

(David Peterson, el creador de las lenguas dothraki y valyrian para Game of Thrones, explica en un video muy interesante cómo se produce «creaky voice», refiriéndose al hecho incidental de que hace unos años hay personas que decidieron que el llamado «vocal fry» es afectado, horrible y tonto… justo cuando algunas mujeres famosas comenzaron a usarlo. Peterson también menciona que no conoce ninguna lengua construida que emplee este recurso y recomienda explotar esa posibilidad. OK, David, aquí estoy.)

En algunos idiomas (no muchos) esta «creaky voice» es un contraste reconocido, igual que el timbre de la vocal o el acento prosódico; es decir: puede haber dos palabras distinguidas exclusivamente por su pronunciación, o no, con «creaky voice». El contraste puede darse sólo sobre una vocal, o sobre una sílaba entera, o incluso propagarse a toda la palabra. En ciertos idiomas tonales, el tono bajo puede ir acompañado de «creaky voice»; en otros, el tono bajo procede de una laringalización ya desaparecida.

En una de mis lenguas ficticias ciertas consonantes iniciales producen laringalización de la primera sílaba, y otras pueden causarla, antes de desaparecer, más adelante. En el otro idioma no hay laringalización. El protagonista, que habla este último y llega a un lugar donde se habla mayoritariamente el otro, encuentra extraña y desagradable esa especie de gruñido que viene del fondo de la garganta. (Sí, de alguna manera tenía que introducir mi detalle lingüístico en la narración.)

Para marcar la laringalización decidí usar un punto medio o (como se dice en catalán) un «punt volat» o punto volado, que es precisamente un punto a media altura: «·». Había otras opciones, pero no quería utilizar caracteres exóticos, porque Unicode todavía no tiene todo el soporte que debería, y tampoco quería caer en el cliché tipográfico del apóstrofo, que es famoso/infame como marca barata de alienidad en la ciencia ficción. Así, por ejemplo, la primera y extraña palabra «creaky» que mi protagonista encuentra en su nueva tierra es «b·abru» (que comienza con un «b·a» profundo con vibraciones entrecortadas y sube de altura hacia la «u» final pronunciada más limpiamente).

Ésta ha sido hasta ahora la única cosa diferente a lo habitual. Es algo pequeño y que nadie notará, pero me satisface.

Construyendo una lengua ficticia para una novela (III)

Estoy escribiendo una novela de ciencia ficción y, en el proceso, inventando una lengua ficticia para nombrar a mis personajes y lugares. En la primera entrega de esta serie me referí a la creación de una fonética y una fonología para generar palabras; en la segunda, a cómo se pueden generar varias lenguas a partir de una lengua madre. Esta generación y derivación sistemática son procesos que pueden tornarse monótonos.

Un tercer asunto fastidioso es la escritura. No me refiero a inventar un sistema de escritura nuevo, sino al modo en que se representarán las palabras cuando haya que usar el idioma inventado en una obra que leerán otras personas. No hace falta que un idioma sea muy exótico para que su escritura confunda a los lectores acostumbrados a otras convenciones. En castellano la «ch» se lee como… bueno, ya sabemos cómo se lee; en francés equivale a una «sh» inglesa; en alemán, a una «j» castellana, letra que a su vez se pronuncia como una «y» castellana en alemán y de dos maneras diferentes en inglés.

Hay dos formas de intentar escribir una lengua con el alfabeto de otra: una es la transcripción, en la cual se intenta reproducir cómo suenan las palabras; la otra es la transliteración, en la cual se trata de reemplazar cada símbolo de la escritura de la otra lengua por símbolos de la propia. La transcripción puede a su vez emplear convenciones cercanas a las de la lengua de destino u optar por otras, más adecuadas a la lengua fuente. En la transcripción del mandarín, por ejemplo, se utiliza un sistema perfectamente lógico para el mandarín pero muy poco intuitivo, donde una «d» se lee como nuestra «t» y una «q» como nuestra «ch» (aproximadamente).

pinyin1
Caracteres chinos y su transcripción en pīnyīn.

En la transliteración la idea es respetar la forma ortográfica de la lengua fuente, lo cual muchas veces permite incorporar pistas etimológicas e internalizar ciertas reglas del idioma. (Por ejemplo, al adaptar palabras clásicas griegas con «ph», el inglés preserva no sólo su origen sino también una huella del antiquísimo cambio fonético de las aspiradas en fricativas, cosa que el español, que transcribe el sonido actual, pierde al usar una «f» en «física» donde el inglés escribe «physics». Una transliteración aceptada del nombre ruso «Горбачёв», «Gorbachëv», utiliza la «e con diéresis» como sustituto de la letra cirílica llamada «io»; en general, sin embargo, vemos transcripto «Gorbachov» en castellano y «Gorbachev» en inglés, siendo que la letra en cuestión no es la misma que la «o» de la primera sílaba ni que la «e» final de otros nombres rusos como «Brézhnev».) La transliteración tiene sus problemas, por supuesto: al reproducir otras convenciones, reproduce también irregularidades y suele prescindir de distinciones que los lectores de otros idiomas no tienen por qué conocer. (En portugués una «s» no se pronuncia igual entre dos vocales que al comienzo o final de una palabra; quien translitera sin explicar esta diferencia no está haciendo un buen trabajo.)

Mi problema particular en este caso no es elegir; puedo transcribir, sin pensar en transliterar, porque no he inventado ni pienso por ahora inventar una escritura ficticia para mi lengua, ni siquiera una ortografía ficticia arcaica. Mi problema es simple: cómo transcribir ciertos sonidos de manera que la mayor parte de la gente, al leer lo escrito, pueda imaginarse cómo sonaría realmente la palabra. Al tratarse de una lengua incluida en una novela, puedo quizá ayudar al lector aportando comentarios del narrador o de algún personaje sobre el asunto, pero una disertación sobre fonética difícilmente pueda tener un lugar. Si escribo «x» para representar el sonido de la jota castellana, estoy tomando una decisión lógica y fundamentada («x» es el carácter que el Alfabeto Fonético Internacional utiliza para este sonido, e incluso el castellano solía hacerlo: de ahí la grafía tradicional «México»), pero 99% de mis lectores pronunciará internamente «ks» por «x». Si escribo «j» los lectores en castellano podrían sospechar, por mera costumbre de leer ficción extranjera, que quiero representar la «j» inglesa (como en «jeans» o «el Joker»). Puedo acentuar una vocal para indicar que es larga, pero los lectores pensarán que estoy indicando un acento prósodico; si en cambio uso una raya sobre la vocal (un «macron»), como en latín, no sabrán qué pensar. ¿Y qué hacer con sonidos como una fricativa faringal sorda, una uvular sonora o una pausa glótica? Para complicar las cosas, todavía no es universal el soporte de caracteres especiales en todos los medios electrónicos: una vocal con macron podría terminar convertida en un cuadradito con una cruz o un rombo con un signo de interrogación en su interior.

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ʁ ħ ʔ: símbolos de la fricativa uvular sonora, la fricativa faringal sorda y la pausa glótica.

Para los sonidos muy extraños no hay receta. Para los inusuales uno puede encogerse de hombros y proceder a hacer lo que hacen muchas escrituras: prescindir de contrastes que no obstaculizan la comprensión. En árabe y hebreo no se escriben las vocales cortas; en portugués e italiano hay dos sonidos «e» y dos «o» que rara vez se diferencian gráficamente. Se puede escribir castellano sin acentos salvo cuando distingan algo crucial. Se puede escribir obviando todas las vocales menos las acentuadas. Se podría escribir «l» en vez de «r» en todas partes con mínimos problemas de comprensión. Se podrían confundir las oclusivas sonoras con las sordas y todavía entenderse bastante.

Pala los sonitos muy estlanios no hay leceta. Pala los inusuales uno puete encogelse te homplos y plocetel a hacel lo que hacen muchas esclitulas: plesintil te contlastes que no ostaculizan la complension. En alape y hepleo no se esclipen las pocales coltas; en poltugues e italiano hay tos sonitos «e» y tos «o» que lala pez se tifelencian glaficamente. Se puete esclipil casteliano sin acentos salpo cuanto tistingan algo clucial. Se puete esclipil oppianto totas las pocales menos las acentuatas. Se potlia esclipil «l» en pez te «r» en totas paltes con mínimos ploplemas te complension. Se potlian confuntil las oclusipas sonolas con las soltas y totapia ententelse pastante. ¿No?

Estoy llegando al punto en que debería tomar decisiones. No me gustaría tener que volver atrás y cambiar todas las palabras más adelante, cuando ya me haya encariñado con ellas. En otra ocasión les contaré qué fui decidiendo.

Construyendo una lengua ficticia para una novela (II)

Estoy inventando un idioma para la novela que estoy escribiendo. En la primera parte de esta crónica explicaba que, en principio, hay que imaginar una fonética, una fonología y una estructura fonotáctica. La fonética describe los sonidos; la fonología describe la estructura de contrastes conceptuales en que se inscriben esos sonidos; la fonotáctica se refiere a cómo pueden, o no, agruparse.

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Fonética, fonología, fonotáctica.

Para la creación de una nomenclatura (un sistema para nombrar, un naming language) no hace falta mucho más que esto. Los nombres de personas y lugares son cuestiones muy particulares en cada cultura, pero la variedad no es tanta. La gente se llama a sí misma con un nombre propio que puede cambiar durante su vida o tener diminutivos u honoríficos; se le añade un apellido o nombre de familia o de tribu o el nombre del padre o la madre o todo eso junto. Los lugares se llaman de maneras obvias: con el nombre de quien los nombró, con lo que son (monte, pico, meseta, ladera, río, arroyo), lo que los destaca (un árbol centenario, un color inusual) o el uso que se les da (el cementerio, el matadero, el centro comercial); se dice sobre los lugares que son el grande, el pequeño, el oriental, el de más arriba o el más bello. Todo esto se puede traducir en unas pocas palabras inventadas que luego se combinarán según reglas sencillas (¿qué va antes, sustantivo o adjetivo? ¿hace falta una preposición para unir un sustantivo con otro?).

Mi novela transcurre en varios lugares muy apartados entre sí, donde la gente habla diferentes idiomas (al menos tres, con variantes y dialectos); esto es no sólo realista sino necesario para puntos menores del argumento. Los tres idiomas derivan todos de uno ancestral, como el español, el italiano y el francés derivan del latín, o como en la ficción de Tolkien la antigua protolengua élfica evoluciona en quenya y sindarin (entre otros). El método de Tolkien era, otra vez, el del lápiz y el papel aunados con paciencia. En estos casos uno se debe plantear cuál es la forma de la protolengua, cuáles son los cambios regulares que llevan de ella a cada una de las lenguas hijas, y aplicarlos uno tras otro. Por ejemplo, en latín se dice «patrem»; en el cambio la «m» final se pierde y la «t» entre vocales, o entre vocal y «r», se debilita en «d», con lo cual en castellano tenemos «padre»; en francés, todo lo que queda después de la sílaba acentuada se va erosionando progresivamente y así se pierde la «d» intermedia, no sin antes elevar un poco la «a», y la vocal final se va debilitando hasta quedar en lo que se llama una «e muda», que de hecho sólo se escribe: «père». No todos los cambios son tan claros y tan automáticos; las palabras dejan a veces de significar una cosa y pasan a significar otra, o son sustituidas totalmente (por eso de «soror» en latín deriva «sœur» en francés pero en castellano decimos «hermana» y sólo nos queda «sor» como título antepuesto al nombre de una religiosa).

La tecnología viene en mi auxilio de nuevo: no sólo puedo generar las palabras de la protolengua automáticamente, sino que hay sistemas que pueden aplicar cambios fonéticos de manera sistemática sobre un léxico. Se los llama SCA (sound change appliers). La base de estos sistemas es una simple sustitución por medio de expresiones regulares. Se le dice al SCA, usando una sintaxis simple, por ejemplo, “sustituir «a» por «e» si la siguiente letra es una de «t, d, n, s»”, o “borrar cualquier vocal al final de la palabra, salvo que antes de ella haya dos o más consonantes” (previo definir por extensión qué es una vocal y qué es una consonante, por supuesto). Las expresiones regulares tienen limitaciones importantes en lo que se refiere a la lingüística: es difícil o imposible lidiar con aspectos llamados “suprasegmentales”, vale decir, los que no se refieren a los sonidos individuales o inmediatamente vecinos sino a unidades mayores, como las sílabas o los patrones de acentuación y entonación. En algún caso esto puede ser poco importante, pero generalmente no: en castellano, por ejemplo, es la acentuación la que determina que la vocal se diptongue o no en pares de palabras como «quiebre» y «quebrada» o «puedo» y «podía».

(El sistema que estoy usando, por si a alguien interesase, se llama Haedus. Está en Java, por lo cual es multiplataforma. No requiere instalación y funciona a la perfección con caracteres Unicode.)

Un asunto más complicado es el de la estética. Si uno inventa unas hermosas palabras pero luego no logra que salgan así al ser derivadas desde la protolengua, ¿qué hacer? En castellano, por dar un ejemplo, nunca podríamos tener por derivación normal desde el latín una palabra como «parapluie»; por muy bien que suene en francés, en nuestro idioma el equivalente literal sería un vulgar «paralluvia». Podemos pedir prestada la palabra, como hicimos con «restaurante», pero nunca sonará como en francés. Si tomamos una palabra complicada del alemán seguramente sonará todavía más rara. Y no podemos tomar prestadas todas las palabras que nos gustan. Las palabras cotidianas serán las que nos toquen por derivación normal de la lengua ancestral. La situación puede llegar a ser similar a la que le ocurre a quien planta un árbol con la intención de criarlo de manera que quede igual a como lo vio en una foto, sólo para encontrarse con que el susodicho vegetal crece en direcciones inesperadas y se resiste a florecer.

En la siguiente entrega de la serie seguiré explicando los problemas con que uno se va encontrando.

Construyendo una lengua ficticia para una novela (I)

Estoy escribiendo una novela. Estoy inventando un idioma. Lo segundo es parte de lo primero; no es que me excusaría si fuese al revés, ya que en ese caso podría decir que estoy siguiendo los pasos de J. R. R. Tolkien. La novela está, en probable mera cantidad de palabras, por la mitad; en tiempo total de escritura, corrección y redacción, mucho antes. Verde, muy verde, en parte porque los personajes y los lugares no tienen un sonido claro, coherente. Es un detalle que muy pocos lectores apreciarán, si es que alguna vez esta novela llega a tener lectores, pero para mí es tan importante como cualquier otro aspecto de la narrativa.

Hace muchos años (desde mis días de CONLANG) que no invento un idioma. Hace unos cuantos que ni siquiera intentaba. Para ser franco, todavía no sé si esto de ahora pasará de un intento. Cuento con la ventaja, ahora, de sentirme mucho más centrado en ciertos aspectos; siento que cada vez hay menos cosas capaces de distraerme. También tengo la ventaja de algunas herramientas tecnológicas que facilitan enormemente la tarea.

Crear una lengua nueva puede hacerse de muchas maneras, pero requiere, como mínimo, de dos cosas. La primera es la tarea intelectual abstracta de imaginar una fonética, una fonología y una estructura fonotáctica, es decir, aproximadamente: qué sonidos y qué contrastes habrá en la lengua y cómo se combinarán esos sonidos para formar palabras. La segunda tarea es la de formar esas palabras, de tomar esa abstracción y sacar de ella cosas pronunciables. Decenas, por lo menos, para poder ponerle nombres a los personajes y lugares de una novela; centenares para introducir en el texto unas pocas frases, una canción, un poema; miles para cualquier uso práctico. No hace falta llegar a tanto, pero ocurre por otra parte que seguramente las palabras que creemos nos sonarán mal y querremos descartar cuatro de cada cinco, o nueve de cada diez.

En la época de Tolkien no había otra, en esta etapa, que usar lápiz y papel. Con algo de imaginación podía uno armarse unas tablas de sílabas y fonemas y usar dados o monedas para apuntar al azar a un casillero y luego a otro, por ejemplo, y formar así una palabra al azar, y luego repetir el proceso. Hace bastante tiempo que contamos con máquinas para hacer eso, pero las interfaces dejaban mucho que desear. Hoy estoy creando mis palabras de manera automática, de a cientos, por medio de un programita muy sencillo que ni siquiera tengo que bajar e instalar. Se llama awkwords y, bien mirado, no es más que un procesador de expresiones regulares unido a un generador de números aleatorios. Uno define qué entiende por vocales, por sibilantes, por nasales, por oclusivas, etc., las agrupa de diferentes maneras, les asigna frecuencias deseables a cada tipo de cosa y después presiona un botón. Los resultados, después de un rato de jugar con las especificaciones, son mediocres pero suficientes. Hay unos cuantos programas de esta clase dando vueltas por la web, y hasta yo mismo podría programar uno sin demasiada dificultad, pero ¿para qué volver a inventar la rueda?

En una próxima entrega les contaré cómo sigue este asunto.

Os Maias, de Eça de Queirós

Os Maias, de Eça de Queirós

Os Maias es una novela publicada en 1888 por el escritor portugués Eça de Queirós. Es un clásico de la literatura lusitana, incluido en los programas de lectura obligatoria de los alumnos de las escuelas, y por una vez es un libro que lo merece. Trata de tres generaciones de la noble familia Maia y transcurre principalmente en torno a la severa casona señorial que los Maias tienen en Lisboa, conocida como el Ramalhete, a causa de unos mosaicos que muestran un ramo de girasoles en el lugar donde habitualmente se situaría un escudo de armas. La historia comienza in medias res con la decisión del anciano Afonso da Maia de volver a habitar el Ramalhete, después de años de vivir en una casa de campo, ahora junto con su nieto Carlos; de allí el hilo retrocede veintitantos años hasta la juventud de Afonso, sus viajes formativos por la Europa moderna (Inglaterra, Francia), su casamiento y la infancia de Pedro, su hijo. Con algo menos de prisa nos informamos de la juventud de Pedro, de su negra desesperación al perder a su madre, de sus amores juveniles y su casamiento con una tal Maria Monforte, de antecedentes familiares mal vistos por la clase alta lisboeta: hija de un brasileño dedicado en otra época al comercio de esclavos. El clímax de esta primera parte es el abandono de Maria, quien huye con un amante.

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Transcurren los años y nos encontramos con Carlos, el hijo de Pedro y Maria dejado atrás, criado por su abuelo, recibido de médico en Coimbra y con múltiples pero confusas aspiraciones, y que pasa de amorío en amorío hasta cruzarse con Maria Eduarda, la mujer de un riquísimo brasileño, un tal Castro Gomes, venido a Portugal por negocios. El encuentro es lento, natural, tierno: un romance feliz, que sufre su primer golpe al enterarse Carlos, por boca del propio Castro Gomes, de un aspecto deshonroso del pasado y el presente de Maria Eduarda. Este traspié no es suficiente para vencer al amor. El único obstáculo que queda, piensa Carlos, es la actitud inflexiblemente conservadora de su abuelo, a quien no desea defraudar. Piensa eso, y se equivoca terriblemente, pero ni él ni Maria Eduarda lo saben…

Aprendí portugués a lo largo de tres años (de 2014 a 2016) y ésta es la segunda novela en portugués que leo en mi vida, y la primera que realmente disfruto (ya que mi experiencia anterior, con la mucho más densa y experimental Clarice Lispector, no logró satisfacerme). Termino encantado, un poco apabullado por todo el vocabulario nuevo, por las descripciones exuberantes del lujo decadente de los protagonistas, por las texturas del terciopelo, las maderas finas, el satín y el cuero, por las teorías políticas y artísticas (nuevas y brillantes entonces) disparadas a diestra y siniestra entre bebidas y cigarros, por ese drama que se dibuja en trazos lentos, que estalla con el desdichado fin de Pedro da Maia y luego se diluye pero sigue fluyendo implacable hacia el romance de Carlos da Maia con Maria Eduarda, sobre el cual pende la espada de Damocles de un testigo bienintencionado de la vida pasada de ésta.

No soy de leer historias románticas (en el sentido actual y laxo del término “romántico”), pero reconozco su llamado, cuando están bien hechas, y ésta, la de Carlos y Maria, está incomparablemente bien. Una reseña leída al pasar me privó de la sorpresa, del estallido de la bomba, casi sobre el final, cuando Carlos descubre su parentesco con Maria Eduarda y comienza a presagiarse que el hado funesto de los Maias volverá a manifestarse, allí mismo en el Ramalhete, que vio al joven Pedro pegarse un tiro al verse abandonado. El realismo de Queirós (aquí “realismo” como opuesto a “romanticismo”) salva la situación: si Pedro da Maia murió por amor, no fue sino por haber sido frágil, criado entre rezos y cuidados para que no se resfriara, con esa delicadeza enfermiza que su padre, Afonso, no pudo sino consentirle a su madre (Afonso es sin duda el modelo de Queirós: moralmente inflexible, pero magnánimo ante la debilidad; liberal y anticlerical, opuesto a la beatería portuguesa y adepto a la actividad física como formadora de carácter, según su autoeducación “a la inglesa”). En contraste con el destino de su padre, Carlos, fuerte y animoso, sufre terriblemente pero sobrevive al trance, y lo mismo, según nos enteramos diez años después, hace Maria Eduarda, que vive quizá triste pero serenamente exiliada en aquella Francia donde su madre vivió sus últimos innobles años, y acaba de contarle a Carlos, en una carta franca, que se ha casado con un francés.

El final describe la decadencia de la casa de los Maia (el Ramalhete abandonado, preservados sus muebles bajo sábanas, sus panoplias ya herrumbradas), y la de Lisboa, y la de Portugal, pero con un rayo de esperanza: al final el fatalismo decadente de Carlos y de su amigo de la infancia Jõao da Ega, hombres ricos que ya no esperan nada, se encuentra y se rinde ante la urgencia de alcanzar un tranvía eléctrico que se les escapa, para ir a encontrarse con los viejos amigos y comer los platos del viejo país.