El camino de los herejes

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Hoy estoy publicando una versión nueva de mi novela corta El camino de los herejes en Leanpub. Se trata de un relato de unas veinticinco mil palabras que formó parte de mi primer libro de ciencia ficción, Historias de Costaymar, allá por 2014, y por lo tanto lo que hoy ofrezco es apenas una versión más coqueta, con portada y una ilustración final (que conviene no espiar porque espóiler).

¿Por qué reeditar El camino de los herejes? Para empezar, hay una o dos correcciones tipográficas y una (muy pequeña) en el sentido de una frase. Pero la razón fundamental es que, releyendo la historia, me parece que es la mejor del libro, la que más se acerca a componer un personaje, la que más posibilidades tendría (en manos de un escritor más capaz o menos impaciente) de ampliarse hasta ser una verdadera novela. Porque, además, no sé cuánta gente la habrá leído. Historias de Costaymar no es corto y soy perfectamente consciente de que unos cuantos lectores pueden haber abandonado el libro luego de unas pocas páginas o del primer cuento.

El camino… no precisa haber leído el resto de las historias que lo acompañaron originalmente. El breve prefacio que le agregué le dará al lector el contexto que le puede faltar. Se puede bajar, como EPUB, MOBI o PDF, de forma gratuita con una colaboración opcional, desde Leanpub.

La conspiración

La conspiración

Tuve mi primera intuición de lo que estaba ocurriendo el día en que fui a llevar a Flufi al veterinario para su chequeo trimestral. No me gusta usar la palabra “intuición” porque suena a imaginaciones mías. En verdad no podría decir que entonces fuera más que eso, pero sin embargo lo di por cierto y no me equivoqué.

Flufi había llegado a acostumbrarse a sus chequeos. Es inteligente y sensato, y yo estaba muy orgulloso de él, aunque tuviese que llevarlo en una jaulita en vez de dejarlo caminar junto a mí como los gatos “mejorados” de otras personas. Flufi no tiene “aumento” genético o biónico alguno en su cuerpo de delicioso color té, apenas rechoncho. Sus instintos son puros y bien afinados, y como todo animal de su especie al que los humanos no hemos manipulado por gusto, no encuentra cómodo ni seguro moverse entre multitudes de primates apurados, esquivando piernas, manitos infantiles, cochecitos de bebé y ancianos provistos de exoesqueletos, por no hablar de bicicletas y automóviles. Pero estaba cómodo en su jaula y jamás hizo escenas en el veterinario.

(Quiero aclarar, de paso, que no me opongo a las mejoras biotécnicas; de hecho yo mismo tengo unas cuantas muy modernas. Pero yo pude elegirlas. Flufi vivía feliz en su estado natural y su reticencia era parte de ese estado.)

A decir verdad quizá fue Flufi el que guió mi intuición. Lo vi esforzarse por observar a aquellos gatos, con una mezcla de disgusto y fascinación, muy diferente a su habitual postura de atención hostil. Uno era negro, de pelo corto y lustroso; el otro, anaranjado a rayas, con ese pelo encrespado que está de moda entre la crema de los snobs. Sus amos, un hombre y una mujer, los llevaban de sendas correas finísimas, aunque aquellas criaturas hiperaumentadas no las necesitaban. Librado a su arbitrio en un bosque, Flufi correría, treparía, cazaría su comida y tendría, creo, buenas chances de sobrevivir; esos otros dos morirían sin mantenimiento bioinformático periódico y sin el contacto inalámbrico constante de sus amos, mismo que suprimía su instinto de volver a la naturaleza.

Flufi, en sus encuentros con sus congéneres “mejorados”, tenía bien en claro que él era mejor que esos gatos, pero nunca lo había visto curioso ante ellos. El hombre y la mujer se habían detenido a conversar y los dos animales estaban, por lo que se veía, haciendo lo mismo. Flufi no podía saberlo, pero actuaba como si pudiese entender, y yo no resistí la tentación de activar mis puertos de escucha. Para mi sorpresa, los gatos estaban publicando casi todo su diálogo, usando protocolos de mínima seguridad para corta distancia. (Yo tengo mis trucos, claro, pero no soy un cracker, y si esos dos no hubiesen sido tan imprudentes, jamás habría podido saber qué ocurría.)

El diálogo era desconcertantemente estructurado, en nada similar a las vagas amenazas territoriales, invitaciones copulatorias y comentarios sobre los olores humanos que constituían casi toda la charla de los felinos aumentados comunes. Estos dos gatos estaban planeando algo. Flufi había intuido lo que yo había escuchado; dentro de la jaulita se podía oír su cola agitándose nerviosa, golpeando bruscamente las paredes de plástico.

Los conspiradores y sus amos se separaron; cada uno de nosotros se fue en una dirección distinta. Yo me quedé con la conversación, oída a medias, sobre humanos de un olor diferente y que utilizaban protocolos interespecíficos nuevos y fascinantes, y sobre cómo los gatos aumentados pronto podrían cambiar de amos.

Flufi no quiso volver a salir conmigo en la jaula al día siguiente, cosa absolutamente razonable, de manera que salí solo, luego de cargar en mi electrocórtex una rutina de descifrado nueva, y fui por el mismo camino, poniéndome a mí mismo la excusa de que había olvidado de comprar unas vitaminas nuevas en lo del veterinario. Esperé. Como Flufi, los humanos somos animales de hábito; el hombre y la mujer del día anterior aparecieron en la misma esquina, casi a la misma hora. Esta vez no llegaron al mismo tiempo y la mujer parecía un poco apurada, pero una leve resistencia del gato negro hizo que el hombre perdiera la oportunidad de cruzar la calle, y el semáforo en rojo hizo el resto.

Esta vez la conversación hacía referencia a ciertos encuentros clandestinos, aparentemente nocturnos, y a la inocencia total de los amos humanos sobre los mismos; eso me alarmó, puesto que las mascotas mejoradas están, por su misma condición, sujetas a vigilancia electrónica constante. ¿Cómo la habían burlado?

No me fue difícil ajustar mi rutina diaria para pasar por esa esquina particular. A lo largo de dos semanas vi pasar por las mentes de aquella pareja de gatos un plan que incluía sabotajes en el transporte público, contaminación intencional de alimentos a escala masiva, apagones provocados y, sobre todo eso, unos misteriosos benefactores más inteligentes y astutos que los humanos, que los felinos saludaban como valiosos aliados, los primeros en estar a la altura de la noble raza de losFelis silvestris. (Yo creía imposible encontrar a un gato que reconociese como igual suyo en astucia a otro ser vivo.)

Empecé a frecuentar los lugares de reunión habitual de felinos. Lo hice para aplacar mis miedos, para descartar el asunto como simple paranoia, pero terminé descubriendo la horrible verdad: todoslos gatos estaban al tanto. En las plazas al sol, en las salas de espera de los veterinarios, en las puertas de los edificios, bajo la mirada de indulgente adoración de sus amos, los gatos maduraban un plan para desplazar a los torpes primates del género Homo del lugar que nos habíamos ganado, con la ayuda de entidades sobrehumanas o inhumanas. Traté de convencerme de que todo era una broma, pero no había nada de jocoso en los comentarios de los gatos sobre el futuro que le aguardaba a la especie humana y a sus mascotas “inferiores”.

Pronto fue obvio que había captado la conspiración en sus primeras etapas. Al poco tiempo las charlas abiertas y descuidadas cesaron, y tuve que recurrir a procedimientos ilegales y a programas de descifrado sofisticados para seguir al tanto. Todavía no se fijaba un plazo para el asalto final, pero este incremento de la seguridad y el secreto lo auguraban inminente.

Perros y gatos sin dueño desaparecieron de las calles hace tiempo gracias a las estrictas ordenanzas que siguieron a la pandemia de pseudo-lyssavirus de Panamá; si contásemos con aquellos gatos callejeros, nobles defensores de sus territorios, ferozmente leales sólo a sí e inocentes de toda malicia planificada, quizá podríamos esperar una resistencia, un movimiento que nos permitiese renovar la antigua alianza entre nuestras especies que comenzó hace diez milenios.

Pero es imposible. Los que seguimos conviviendo con estos amigos animales intocados por la biotecnología somos una minoría, una rareza que sólo se congrega en foros online y —muy ocasionalmente— en convenciones cada vez más raleadas. Los preservamos del mundo exterior que los teme y los ve como atavismos bestiales. Flufi no ha visto a uno de los suyos en mucho tiempo y tampoco puede hablar con los otros ni servirnos de espía. Ignora misericordiosamente la traición; mastica ruidosamente su comida, se tiende sobre su almohadón, se estira y bosteza, se enrosca y duerme mientras allá afuera los otros planean (también) su destrucción.✿


 

La conspiración es una de las historias de mi libro Los formamundos y otros cuentos, disponible en Leanpub.

El crisol del tiempo: reseña

El crisol del tiempo: reseña

El crisol del tiempo (título original: The Crucible of Time) es una novela de John Brunner que esperaba leer desde hacía cierto tiempo. A través de largos capítulos situados en diferentes tiempos narra la historia de una civilización de alienígenas bastante diferentes a los seres humanos, pero que viven en un planeta claramente de tipo terrestre, desde el momento en que comienzan a plantearse su lugar en el cosmos (a hacer ciencia o al menos filosofía natural, podríamos decir) hasta que logran el viaje espacial.

En la ciencia ficción no faltan, por supuesto, alienígenas, aunque muchos pecan de ser demasiado similares a nosotros. Los de El crisol… rompen ese molde. Son invertebrados sostenidos por presión hidráulica y neumática, tienen un solo ojo y no parecen tener cabeza. Psicológicamente no son tan distintos a nosotros, con la importante excepción de que reaccionan a la falta de nutrición o al estrés con un estado de debilidad mental que puede llevar incluso a la locura. La mayoría de los metales comunes les resultan tóxicos, por lo cual casi toda su tecnología se basa en la utilización de especies animales y vegetales modificadas por selección artificial e implícitamente (sobre el final) por manipulación genética.

También a diferencia de muchas otras novelas con alienígenas muy extraños (pienso en Dragon’s Egg de Robert Forward y Mission of Gravity de Hal Clement), aquí no hay en absoluto contacto con seres humanos, algo bastante realista dentro de las circunstancias.

Mi experiencia anterior con Brunner se reducía a la lectura de dos novelas absolutamente mundanas: Todos sobre Zanzíbar y Órbita inestable, parte de la llamada Trilogía del Desastre. El crisol del tiempo no elude los problemas de la xenofobia, la superpoblación y el cambio climático, pero naturalmente no resuena de esa manera con nuestras inquietudes actuales.

Ciencia ficción mundana: tres ejemplos

Ciencia ficción mundana: tres ejemplos

La semana pasada escribí sobre el Manifiesto Mundano, una propuesta para escribir ciencia ficción (aproximadamente) restringida en tiempo, espacio y tema a lo más cercano. En esta ocasión me gustaría comentar algunas obras del subgénero.

Cualquier lector más o menos habitual sabe que no existe una definición clara de lo que es la ciencia ficción. Definir lo “mundano” dentro del género es aún más difícil. Mi idea es adoptar un enfoque amplio. No todos los puntos del Manifiesto Mundano deben aplicarse a rajatabla, y el espíritu del mismo y de las historias debe tenerse en cuenta.

Por ejemplo (y ya comenzando con la lista), ¿no es “mundana” la historia de El nombre del mundo es bosque, de Ursula K. LeGuin? Esta novela corta transcurre en un planeta de islas desperdigadas cubiertas de selva, a unos veintisiete años-luz de la Tierra; entre los protagonistas se encuentran personajes de cuatro especies humanoides inteligentes. Esto no parece muy mundano. Sin embargo, los viajes interestelares de este universo son a velocidades menores a las de la luz y todas las especies inteligentes son descendientes de una “siembra” original. Aunque no hay demasiados indicios, uno se lleva la impresión de que viajar por el espacio requiere de un esfuerzo considerable. La única irrupción de una tecnología contraria a nuestra ciencia actual es, precisamente, la noticia de que se acaba de estandarizar la producción de ansibles, dispositivos que permiten la comunicación instantánea entre dos puntos del espacio (el descubrimiento del principio que lo permite se narra en una gran novela de LeGuin, Los desposeídos).

El nombre del mundo es bosque es, a mi entender, mundano, aunque el escenario no sea nuestra Tierra, porque representa problemas mundanos: la vida en un enclave colonial militarizado, tensiones y conflictos étnicos, el maltrato y deshumanización de la población local. Cuando fue escrita, la novela no podía verse sino como una alegoría de la intervención estadounidense en Vietnam, con un fuerte componente de las luchas feministas y por los derechos civiles de la época. El hecho de que la selva con sus nativos no esté en Vietnam sino en el planeta Athshe es accesorio.

Philip José Farmer nos dejó, en medio de una profusión de obras pulp de escaso rigor, una novela corta mundana bastante interesante, Los jinetes del salario púrpura. Figuran en su escenario “arcologías” o megaciudades aisladas del ambiente externo, comunidades étnicas autosegregadas, severo control gubernamental, sexo absolutamente libre (lo cual no significa sexo sin traumas ni conflictos), automatización y un ingreso básico universal (el susodicho “salario púrpura”) para todos los ciudadanos que cumplan con las normas.

Aunque en la superficie Los jinetes… parece poco más que una comedia picaresca de enredos, su base es sólidamente realista: Farmer explora en su trasfondo los presupuestos futuristas delineados en el Manifiesto de la Triple Revolución, un documento real enviado al presidente de Estados Unidos, Lyndon Johnson, en 1964.

Para terminar con esta breve recorrida en un punto más cercano a nuestro tiempo, tenemos un curioso cuento de Ted Chiang, Liking What You See: A Documentary, escrito en 2002. El relato es una serie de testimonios personales y observaciones estructuradas como el guión de un documental (no hay acción en el sentido convencional). El mundo es el nuestro, con un único elemento novedoso: la aparición de una tecnología no invasiva y reversible que permite anular las emociones asociadas a la percepción de belleza o fealdad en los rostros humanos.

Elegí estos tres relatos porque representan autores con estilos y sensibilidades totalmente diferentes. Hay, siempre que no se apliquen los criterios del Manifiesto de manera estricta, una variedad mucho mayor en lo mundano.

¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?: reseña

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¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? (título original: Do Android Dream of Electrip Sheep?) es Philip K. Dick en su mejor momento: una lectura ágil, una historia emocionante y personajes creíbles, una vez que el lector se sumerge en su mundo. Se trata de una experiencia difícil de ajuste, porque éste es un mundo devastado por una guerra nuclear, semidespoblado, donde a salir al exterior (al aire cargado de polvo radiactivo) se le llama literalmente “aventurarse”. Es una Tierra donde todo decae, se deforma y muere. El gobierno hace todo lo posible para que la gente mental y físicamente sana emigre a Marte y los demás (los “especiales” afectados por la radiación) se queden en la Tierra a fin de no contaminar el futuro de la raza humana.

Dick tenía una personalidad complicada y marcada por varios grandes miedos que se reflejaban en su obra (recomiendo leer el excelente Idios Kosmos, de Pablo Capanna, que rebosa de detalles y referencias). Aquí expone varios de ellos: el miedo a la entropía, la desintegración, el cansancio y el desgaste de la gente y de los objetos abandonados que se convierten en polvo; el miedo a los simulacros, lo falso, los sustitutos tristes o repugnantes de las cosas; el miedo a la falta de empatía, a descubrirse siendo un androide, un ser humano falso.

Superficialmente se puede ver en esta novela una crítica a las máquinas o a la inteligencia artificial, o creer (algunos, especialmente después de Blade Runner, han hecho de este punto el principal) que el enigma central es si Deckard, el cazarrecompensas, es verdaderamente un androide. Pero Deckard teme, sobre todo, por sí mismo como entidad cuya vida tiene sentido. Quiere saber cómo salvarse en un mundo donde nada es seguro y no hay ningún Dios ni fuerza externa lista para ayudarnos. La respuesta parece ser que sólo nos tenemos a nosotros mismos y que juntos podemos seguir adelante pese a nuestro sufrimiento, incluso aunque tengamos que recurrir a imposturas.

Worldbuilding del bueno

Worldbuilding del bueno

La semana pasada cité y comenté un artículo sobre los siete pecados capitales del worldbuilding. En esta ocasión me gustaría mencionar algunas obras de ficción que no sólo no cometen estas faltas, sino que brindan un ejemplo a imitar.

El primer pecado era no pensar en la infraestructura del mundo construido. Aquí no se me ocurre ningún mejor ejemplo que el de Dune, de Frank Herbert. Por detrás de la intriga palaciega y del misticismo hay todo un marco subyacente de ecología que es la clave para que el libro evoque un ambiente realista. Los requerimientos de tecnología y recursos necesarios para la supervivencia en un planeta desértico no son insinuados ni dejados a la imaginación, sino explicitados (sin interrumpir el flujo narrativo), desde la forma en que se atrapa la humedad del ambiente hasta los inconvenientes de los escudos de energía durante las tormentas de arena.

El segundo pecado era no explicar por qué los eventos están sucediendo en ese momento y no en otro. Pensándolo bien no me cuesta señalar como ejemplo a seguir El nombre del mundo es bosque, de Ursula K. LeGuin. La historia es una clara referencia al colonialismo estadounidense y especialmente a las atrocidades de la Guerra de Vietnam. Lo que desencadena la rebelión de los nativos y la matanza de los invasores no es mero hartazgo: hace falta un quiebre metafísico en una persona en particular, cuyas experiencias son relatadas en detalle, y que se contagia de maneras específicas a una cultura que desconoce el homicidio premeditado pero está lista para recibir el cambio.

Combiné los pecados número 3 y 4, crear versiones ficticias unidimensionales de etnias humanas reales y crear grupos sociales, políticos, culturales y religiosos monolíticos, porque están muy relacionados. No me viene a la mente ningún ejemplo sobresaliente de cómo evitar el primero; el segundo me trae a la mente la variedad que se encuentra en esa obra maestra de la historia alternativa que es El hombre en el castillo, de Philip K. Dick. En una obra cuya premisa es que el bando ganador de nuestra Segunda Guerra Mundial perdió contra los que en nuestra historia fueron vencidos no sería difícil caer en la simplificación y poner de un lado a todos los estadounidenses y del otro a los japoneses junto con los alemanes (y que los alemanes sean todos crueles agentes nazis), pero Dick rompe con esa tentación ilustrando los diferentes procesos mentales de cada protagonista, es decir: haciendo que la individualidad de cada uno resalte sobre su trasfondo cultural y político. Incluso los nazis admiten grises… Quiero también mencionar Tiempos de arroz y sal, de Kim Stanley Robinson: otra historia alternativa, con una extensión temporal mucho más amplia, que no puede dejar de impresionar al lector occidental que crea (muy equivocadamente) que hay algo común a todos los asiáticos, e incluso a todos los chinos o a todos los indios.

El quinto pecado era inventar una historia totalmente lógica. Quizá El Señor de los Anillos sea el más notable ejemplo de romper con este vicio. Nadie puede imaginar cómo, sin que algo sobrenatural intervenga groseramente, dos pequeños hobbits pueden destruir a la criatura maligna más poderosa de la Tierra. Si permanecemos dentro del campo de la ficción realista, podría mencionar Órbita inestable, de John Brunner. Es una historia que narra los comienzos del siglo XXI, escrita en los años 1960. Es una visión distópica: calentamiento global (o algo similar), fragmentación social, segregación racial, gente armada hasta los dientes, dispositivos nucleares tácticos al alcance de cualquiera que pueda pagarlos, y (naturalmente) una proporción cada vez mayor de la población medicada con ansiolíticos o internada en establecimientos psiquiátricos. Nada de todo esto mejora sustancialmente durante todo el libro, y sin embargo, el final encierra una esperanza cierta.

El sexto pecado era no dar al lector un sentido fuerte del lugar. Aquí tenemos mucho de donde elegir, afortunadamente. Un buen candidato es la trilogía Heliconia de Brian Aldiss, en especial la primera parte. Heliconia trata del desarrollo de la civilización en un planeta que experimenta cambios climáticos catastróficos cíclicamente, pero la visión del narrador parte de y vuelve siempre a lugares pequeños que terminan por hacerse familiares, como la aldea en medio del paisaje helado con su pequeño arroyo que se mantiene fluyendo gracias a aguas termales. La aldea, que será el germen de una gran ciudad en el “futuro”, tiene en el centro una torre, el único edificio de piedra y único también de más de un piso de altura, que sirve como foco para la vida de la familia gobernante, las fiestas, las intrigas, las traiciones.

El séptimo de los pecados era introducir un superpoder en la historia sin tomar en cuenta cómo cambiaría la sociedad. Con “superpoder” no me refiero literalmente a lo que tienen los superhéroes, sino a cualquier capacidad fuera de lo normal o tecnología revolucionaria. Señor de la Luz, una obra curiosa e irreverente de Roger Zelazny, nos brinda un interesante ejemplo de cómo salirse con esta clase de cosas. Se trata de una novela del tipo donde los dioses existen pero son realmente personas con escasa moral y tecnología muy avanzada. En esta sociedad existe la reencarnación: la mente de una persona puede en cualquier momento ser transferida a un cuerpo joven y nuevo a elección. La solución de Zelazny a los múltiples problemas que presentaría esta clase de inmortalidad es, simplemente, que los dioses se guardan la tecnología para sí y suprimen sin miramientos cualquier avance científico en la civilización que gobiernan.

La frontera de la bestia

La frontera de la bestia

Nota del cronista

Sabemos muy poco de los pueblos salvajes que habitan la Penumbra. Es a través del estudio de la historia, de notas antropológicas fragmentarias y del raciocinio puro que podemos conjeturar con posible acierto sobre sus motivos, sus temores y sus deseos. Lo que voy a contar es por tanto ficción pero no —espero— falso.

1

El muchacho se quita la gran capa de abrigo con la que ha venido siguiendo a la gran bestia, destino buscado de su lanza y su cuchillo, desde las tierras de su tribu. Aquí en los lindes de la Penumbra el calor hace innecesarias y molestas las plumas. Debajo del abrigo, ahora enrollado y atado a la espalda, hay apenas una chaqueta de piel curtida y un taparrabos, que dejan ver un cuerpo bajo, rechoncho, aunque sin flojera alguna en torno al cuello potente y los hombros nudosos. Tal es el aspecto típico de los hombres de las regiones frías.

Pero el muchacho no es todavía un hombre para su tribu. Su nombre es Ndin Wahk T’en. Las palabras de este nombre, a diferencia de lo que ocurre entre nosotros, no lo identifican como individuo y miembro de una familia; sólo lo vinculan a un tótem (ndin, la comadreja blanca) y a la piedra de su poder (wahk, la mica). La tercera palabra lo designa como púber semiadulto: t’en, un sin-trofeo, un no-emparejado, un semi-hombre. T’en es la razón de su presencia en este lugar, apartado de las tierras de su tribu, más lejos de lo que nunca ha estado o estará jamás en el futuro. Entre los salvajes no hay hombres ni mujeres aislados. El exilio solitario es equivalente a la muerte, y en la muerte no hay personas sino meras sombras.

Este viaje hacia tierras infernales es un pequeño exilio, aunque autoimpuesto y temporario. Ndin Wahk T’en sigue a la bestia. Su madre la siguió, y sus abuelos paternos, y también uno de sus hermanos mayores. La caza y el retorno atraen sobre su autor una gloria cuya tentación algunos no pueden resistir. Los hombres que no siguen a la bestia sólo llegan a ser hombres luego de muchas hazañas; las mujeres que no hacen el viaje no podrán ser jamás rastreadoras ni sacerdotisas.

Ndin Wahk T’en va en busca de la bestia porque desea el privilegio de la cópula con cierta mujer que orgullosa y displicentemente lo espera; la busca también para probarse ante sus hermanos y su madre; pero podemos adivinar que en el fondo la busca porque la bestia es el destino impuesto por la tradición de la tribu a todos los que aspiran a no ser uno más, un trozo de carne que el gran toro-lobo emplumado (que es el dios de la generación) arranca de una dentellada a la nada-origen y saborea sólo un instante antes de tragarlo y sumergirlo en la nada-fin.

2

La tribu de Ndin Wahk T’en, unas veinticinco o treinta personas sin contar los niños (que nacen y mueren como chispas), se mueve cada pocas vigilias; los campamentos son cosas frágiles y efímeras cuyos restos no acaban de dispersarse antes de ser revisitados. La región de la tribu es una ancha planicie, un antiguo mar seco con fondo de lava quebrada, hundido tras unas montañas bajas que no aparecen en nuestros mapas, y que no son más que estribaciones de los poderosos Muros de la Sombra. En esta latitud las temporadas duran lo que los ciclos de una mujer, unas veintiséis sueño-vigilias, y ese mismo lapso es lo que tarda un hombre en cruzar la gran planicie, yendo al paso lento pero sostenido con que Ndin Wahk T’en camina, sin más carga que sus armas y su abrigo.

Pero Ndin Wahk T’en salió hace varias vigilias del antiguo mar. Viene remontando un río que, tras él, acarrea lentos trozos de hielo hacia el frígido Océano Antipodeano, pero que aquí corre con rapidez, enteramente líquido. El río se forma en las alturas del lado oscuro de los Muros, donde las ventiscas de nieve se encuentran con el aliento cálido de la cara iluminada de nuestro planeta y la tormenta ruge sin cesar. El río es uno de muchos y en absoluto el más importante, pero para la tribu es una línea de vida. En sus aguas gélidas pescan buena parte de su sustento: grandes bancos de peces, criados a toda prisa en los lagos de altura, que bajan a la oscuridad para atiborrarse en las aguas profundas, copular frenéticamente y morir. A orillas del río habitan otros cazadores de peces: las monstruosas grullas hipopótamo, los saltarines aguja, los basidilos, las medusas de tierra…, predadores que la tribu convierte en presas. La escasa vegetación de la penumbra toma sus nutrientes del río y acumula su agua en sus tallos subterráneos, de los que surgirán las anchas y efímeras hojas del verano, que aquí no es más que un leve decrecimiento de la oscuridad; y la tribu también hace de esas plantas miserables su alimento.

Pero mientras Ndin Wahk T’en sigue a la bestia el río se hace tibio, y las plantas reverdecen, y los animales son más abundantes, y pequeñas alimañas compiten por espacio con las grandes bestias de la oscuridad y el frío; en el aire hay humedad, aromas, colores. Los ojos inmensos del muchacho parpadean y se entrecierran, incomodados por el polen invisible que revolotea en el aire, por la luz —una luz rojiza que nosotros, los mimados por la fortuna, llamaríamos mortecina—, por el sudor que le baja por la frente.

Hace veinte vigilias que sigue a la bestia, veinte vigilias que abandonó a su tribu; en algún punto de esa persecución los caminos dejaron de serle familiares, y ahora el río, a medida que se acerca a la fuente, parece decidido a perderlo, porque entre estas colinas y picos el cauce se divide, se abre como una mano de mil dedos, la mayoría de ellos muy cortos, claro está, destinados a morir en una hoya arenosa o en uno de los pantanos salobres que flanquean, más al norte, al Océano de los Lindes. El rastro de la bestia es difícil de seguir en estos senderos quebrados, que suben y bajan entre altas rocas desnudas, depresiones invadidas por el musgodeoro, peñascos semicubiertos de enredaderas y laderas grises y terrosas donde sólo arraigan espinolles. Ndin Wahk T’en es, como todos los salvajes, un supremo rastreador instintivo, pero su mente fue moldeada para la penumbra uniforme, monocroma, que todo lo aplana y lo simplifica. Aquí cerca de la luz lo abruman los matices y los contrastes lo asaltan como cuchillos.

Varias veces ve a la bestia, o cree verla: no intentaremos adivinar lo que él no puede. Le cuesta dormir en la luz; el suelo suave y tibio es tan invitante para él como para miríadas de pequeños seres que pican, muerden, raspan, chupan silenciosamente sangre. Sueña y despierta y vuelve a soñar sin saber que lo ha hecho; un bramido lo sobresalta, abre los grandes ojos y se orienta automáticamente —un relámpago de luz, porque como nuestros distantes ancestros comunes, los salvajes de la Penumbra han recuperado el tapetum lucidum—: es la bestia. Silenciosa, urgentemente recoge sus avíos y se desliza por el sendero.

La bestia ha anunciado su dominio o llamado su desesperación, ¿quién sabe?. Éste tampoco es su lugar. Da un salto fuera del sendero, trepa por una ladera imposible y desaparece. El muchacho bufa de disgusto, pero sofoca su impaciencia, y un momento más tarde, el éxtasis de la libertad absoluta, del hacerse hombre en esta soledad inmensa, le golpea en el rostro y le deja una sonrisa en él. Ya no dormirá; se pone en marcha.

3

Ahora el camino sube y Ndin Wahk T’en suda copiosamente, deteniéndose cada pocos pasos para tomar un trago de agua. La corta lanza del muchacho va apartando las hojas cobrizas de las miraluces, firmes como soldados, que le dan la espalda. El cielo está cubierto de nubes del color de la sangre seca; de cuando en cuando cae una lluvia brusca, tibia y dulce, que el salvaje recibe con perpleja alegría.

Nadie en la tribu ha llegado tan lejos excepto en las leyendas; nadie, al menos, que haya vuelto para contarlo. La memoria de las tribus es larga pero imprecisa. Ndin Wahk T’en sabe que nadie vendrá por él, que ya es posible que su familia haya enviado el saludo final a su espíritu.

No ha visto ni oído a la bestia en cinco vigilias. Un par de dudosas huellas es todo lo que lo contuvo de volver sobre sus pasos. Tiene la piel cubierta de picaduras y en el muslo derecho una sangrebeja ha estado abriendo una herida que parece hecha con un cuchillo pequeño y mal afilado. La comida escasea; no se atreve a probar las plantas desconocidas, y no conoce las mañas de los animales de por aquí. Sólo el agua no le falta, pero los arroyuelos y la lluvia tienen ambos el mismo sabor salobre, el mismo regusto metálico. Añora sumergir la gran cabeza, hasta el cuello, en el agua limpia y helada del río lejano.

En un ancho valle pantanoso hace un alto y se sienta a quitarse los bichos que han anidado en el vello tupido de sus piernas y sus tobillos. Quien lo viera lo juzgaría correctamente como muy cansado, enflaquecido, quizá enfermo. El viento sopla en las cumbres, silbidos y trompeteos súbitos: Ndin Wahk T’en sigue concentrado en la tarea, mientras un claro se abre en las nubes sempiternas más allá del farallón montañoso, sobre los lindes extremos de mi país.

Pero es un cazador, después de todo, y cuando un haz de luz escapado a las nubes se proyecta entre dos picos, al límite de su visión, un ojo sigue al otro, y entrecerrando los dos puede ver, recortada contra aquel rayo cegador, la silueta inconfundible que ha soñado cada noche en su persecución, y se pone en pie, olvidando la cruel picazón, el hambre y el gusto amargo de su lengua.

4

El fondo del valle es una mezcla de ciénagas, vegas y pequeños lagos. Mientras busca su camino en ese laberinto, Ndin Wahk T’en ve las huellas de los animales que ha aprendido a reconocer. No escapa a la inconstancia de la juventud: piensa, al contrario de lo que pocos momentos atrás, que no es tan mala esta tierra. Aquí una tribu podría plantar tiendas durante una temporada, tres, una docena, y podría hacerlas grandes y fuertes, a sabiendas de que no tendrá que desarmarlas ni abandonarlas. Un hombre podría alimentarse un día entero sin moverse, tomando de los frutos y semillas que cuelgan de un solo arbusto; podría de hecho perder su abrigo y arrojar sus botas y dormir desnudo al sereno, con tal de que encontrase un lugar a cubierto de la lluvia. Aunque el suelo es húmedo, no faltan rocas para montar un hogar y hay madera en abundancia para hacer fuego. La luz molesta los ojos, es cierto, pero ¿no es peor la oscuridad que da cobijo al toro-lobo cuyos aullidos aterran el sueño, al giganturón silenciosamente mortal, a las serpentigres que arrebatan a los niños?

Tan miserablemente viven las gentes de la Penumbra, que ni siquiera sus leyendas alcanzan a prometer un Paraíso como éste, pero la mente anhelosa de Ndin Wahk T’en lo está trazando toscamente en su imaginación mientras cruza el valle y comienza a ascender al otro lado.

Se desata una tormenta. Ésta no es como los cortos chubascos de las sueño-vigilias anteriores, sino una verdadera tempestad. El salvaje se sujeta de las rocas resbaladizas lastimándose los dedos encallecidos; sobre él los truenos juegan a lanzarse peñascos. Las nubes se derraman sobre las faldas de la montaña, ríos súbitos que nacen en medio del aire. ¿Ha sido eso el bramido de la bestia? Ndin Wahk T’en pierde su asidero y cae tres, cuatro veces su altura por la ladera de barro y espinas. Un pedrusco grande como su puño pasa junto a él y le golpea de soslayo el hombro derecho. El trueno hace vibrar la montaña. El muchacho reza sumariamente a sus dioses, convencido de que es el final, pero su pie encuentra un tope y se confía a él, moviéndose de lado. Un árbol retorcido que el torrente no ha podido desarraigar le presta su tronco, y por un instante el salvaje vuelve a ser uno con nosotros en el pasado, un primate aterrorizado al que sólo pueden salvar la fuerza de sus manos y sus brazos mientras cuelga sobre el abismo. Bajo el árbol hay una pequeña cueva y bajo ésta sobresale una cornisa de piedra sólida, pero el salvaje no puede saber con certeza si la vertical de su precario sostén, prolongada hacia abajo, toca la cornisa o yerra por un paso. El árbol cede al fin y el destino decide.

La cueva no mide más que cuatro o cinco pasos de profundidad; dentro hay viejos excrementos de animales y unos pequeños escarabajos que se escabullen. Ndin Wahk T’en espera. Mientras duerme, sentado y exhausto, la tormenta se agota.

Las plácidas nubes de antes están comenzando a cubrir de nuevo el cielo cuando despierta. El cuerpo le duele en muchos lugares, pero todavía puede ponerse en pie y volver a trepar. Sin la urgente amenaza de los truenos, va sin prisa por un sendero escarpado pero seguro hacia el punto donde vio por última vez a la bestia.

El muchacho camina o repta hacia arriba como si los últimos días pasados en este paisaje hubieran penetrado en sus músculos. Huele la tierra mohosa y fértil y siente una profunda satisfacción. Es joven y está aquí espantosa y gloriosamente solo, más vivo que un dios, y ya no importa si aquella orgullosa mujer ha dejado de esperarlo, porque habrá otras mujeres; habrá una mujer fuerte que vendrá con él hasta esta tierra y a quien seguirán otros, saliendo de la oscuridad… Le brota este pensamiento, como a veces ocurre, como si fuese otro el que pensara, y se sorprende de sí mismo, porque se ha olvidado de la bestia.

El sendero choca contra unas columnas quebradas de granito. Ndin Wahk T’en mete los dedos desollados en las pequeñas oquedades que la erosión ha cavado en ellas, y continúa subiendo. Presiente que no falta mucho. Sube la última roca y entonces lo veo, pero él no puede verme, porque estoy demasiado lejos y porque su vista está ocupada en algo mucho más grande. Las nubes que la tormenta ha barrido todavía no se han reagrupado de este lado de las cumbres y el cielo está claro, por poco tiempo.

Y el salvaje ha visto por primera vez el sol.

5

Y ésta es la parte que puedo narrar como testigo, y a la vez la parte de la que menos puedo decir con certeza de verdad. Porque a través de mi catalejo veo al salvaje, el rostro anguloso y encendido por el esfuerzo de la subida, cubrirse los ojos —grandes como mi puño, ojos de la noche eterna— para protegerlos del fulgor rojo de nuestra estrella, y lo veo también, unos momentos más tarde, descubrirse torpemente, vencido sin remedio por la curiosidad, y quedarse mirando aquella brasa inmóvil, pacífica, maternal. Pero no puedo saber qué hay detrás de esos ojos desorbitados. Debo suponer, como he supuesto todo lo anterior, que piensa en la gloria: en prados repletos de luz, en lagos color de rubí, en los reflejos que aquel sol desprenderá de los cabellos de cierta mujer, en niños corriendo sin temor, en el rumor tibio de la hierba dorada. Tales cosas me permito pensar que piensa, porque puedo ver a la bestia, a pocos pasos, tan desorientada como el muchacho —porque la bestia es también una extranjera en estas tierras de luz—, y me doy cuenta de que él la ha visto, con el rabillo del ojo ha tenido que verla, y se sobresalta un poco pero sigue bebiendo con los ojos la luz, olvidado de su empresa.

Estoy demasiado lejos para que él me vea, confundido entre ramas, a unos pasos de mi pequeño campamento en la chata planicie arenosa; con el sol a mis espaldas ni siquiera tiene la chance de ver un reflejo en la lente de mi catalejo. Estoy, pero es como si no existiese; el salvaje y la bestia están solos en este límite entre los mundos. Y yo me descubro deseando que él baje por la ladera, que saboree el agua del color de la sangre, que siga el rastro de mis pasos, que encuentre mis torpes marcas de explorador aficionado y me encuentre y hable conmigo y sea bienvenido a este lado.

La bestia es poco dada a la reflexión; el sol es una cosa nueva y todo lo nuevo, en su pequeño cerebro, no puede ser sino peligroso, cuando no es inmediatamente benéfico. Vuelve la cabeza para buscar una vía de descenso de vuelta a la penumbra. El muchacho cierra los ojos doloridos, hinchados, pero sus oídos perciben el rumor en las rocas. No puedo verle la cara en ese momento, porque se mueve demasiado rápido. Lo veo rebuscar algo que ha dejado caer entre las hierbas. Levanta lo que buscaba, hay un relámpago de metal y la lanza se clava en el cuello de la bestia. La veo bramar su muerte, y escucho latir mi corazón seis, siete veces antes de escucharla, pero para entonces todo está consumado.

El salvaje está postrado junto al cuerpo; se ha retirado un poco del borde y ya no puedo ver qué hace, pero sus hombros están quietos y parece que sus labios se mueven. Está pidiendo a la bestia su perdón.

En las vigilias que vengan Ndin Wahk T’en acarreará aquel cadáver sagrado, se alimentará de él y llevará, si no se pierde, el cráneo descarnado a su tribu, como prueba de su hazaña, y dejará de ser un semi-hombre. Pero todo eso será en un mundo diferente al mío, y yo ya estoy alejándome de él. Levanto campamento. No pertenezco a la penumbra ni la entenderé jamás. Vuelvo a casa, hacia la luz. ✿


 

La frontera de la bestia es una de las historias de mi libro Los formamundos y otros cuentos, disponible en Leanpub.