A veces el entusiasmo lleva a cometer errores.

Las grandes naves se aproximan a su destino luego de un viaje de mil años. No hay vida orgánica en ellas; son máquinas que guían a otras máquinas. Vienen a preparar el lugar para la ola de seres humanos que vendrá más tarde. Arden sus costados, primero, al girarse: ciento ochenta grados, minuto más, segundo menos. Arden sus costados y cesa el giro. Ahora los motores principales, apuntados ya en la dirección del movimiento. Desaceleración, ocasionales retoques, una espiral que va descendiendo, caída hacia el pozo gravitatorio en cuyas profundidades juegan varios planetas rocosos.

Uno de esos mundos es el destino final. Observado por telescopios potentes, estudiado por sondas robot, calificado, contado, medido… y luego perdido, olvidado, su historia sin comenzar borrada por los fuegos de las guerras de los hombres y por los olvidos de la gran diáspora. Hasta ahora, o casi. Todavía no.

Hay una gran nube, una concha esférica de partículas, de motitas, que se acerca. Las motitas son del tamaño de un grano de arena o de pequeños planetas. Están hechas de hielo de agua, polvo de roca, hielo de amoníaco, carbono, azufre, hierro. Las naves-máquina se ponen a la tarea de clasificar la inmensidad de motitas. Encuentran una casi redonda, casi de hielo puro, casi la perfección. Buscan y buscan hasta que encuentran diez mil iguales a ésa.

Ahora hay que hacer muchos cálculos y cuando se terminan los cálculos hay que montar unas grandes velas sobre las bolas de hielo, velas que reflejan la luz y que pesan menos que el humo, menos que casi nada. Colocadas las velas, las naves-máquina soplan sobre ellas desde lejos una brisa de fotones de luz coherente.

Los humanos que vienen detrás reciben las noticias y se aprestan para observar el espectáculo de la hechura de un mundo. Despiertan a sus compañeros del largo sueño y se agolpan frente a las pantallas, observando lo que ocurrió hace ya cientos de años, lo que acaba de ocurrir, acelerado. Ven las bolas de hielo sucio moverse, las velas atrapando el viento de los láseres invisibles; las ven caer hacia la órbita del planeta rocoso, el próximo hogar, también invisible desde allí, que gira en furiosas revoluciones en torno a una estrellita amarilla.

Encontrado y perdido y vuelto a encontrar en bancos de datos, es un planeta soñado, pero seco, tan seco. Por eso las bolas de hielo. Un océano futuro flota en el espacio, en una trayectoria espiral hacia las gargantas de piedra que lo recibirán.

Instante cero. Después de mil años de caída, la primera gota helada golpea el planeta. Las máquinas reducen la velocidad para que los humanos expectantes puedan verlo, aunque hay poco para ver, sólo un punto de luz que de pronto multiplica su brillo, una erupción de magma y vapor cuando el primer trozo golpea: quinientas mil megatoneladas de gloria. Unos minutos después ven otra, y otra más, el planeta entero encendido. La mayoría de los humanos se cansan de ver luego de cincuenta o sesenta impactos. Los cálculos han sido muy bien hechos y no se pierde el tiempo; cada bola de hielo que golpea es como una nota musical.

El primer movimiento de la sinfonía termina y hay una pausa angustiosa mientras un manto de nubes hirvientes se forma sobre los mares de roca fundida. Las máquinas aceleran el paso de la grabación nuevamente. La audiencia lejana aplaude cuando comienza a llover: segundo movimiento. El agua aún caliente arranca minerales de las rocas, las excava, las deshace.

Las grandes naves-máquina ya han terminado su tarea. La mayoría de ellas bajará ahora, siguiendo las mismas espirales que las bolas de hielo, para aposentarse en la superficie del planeta, donde serán hogar y fábrica, planta de energía e invernadero, excavadoras de minerales y plantadoras de árboles.

A continuación bajan al pozo las naves conteniendo a los colonos humanos, que encuentran un planeta virgen ante ellos. Suaves llanuras de basalto, ya roto por grietas donde prenden las primeras plantas, en un suelo sintético; cráteres al abrigo de los vientos, montañas escarpadas donde el agua del espacio se ha condensado en hielos que alimentan arroyos en el verano, pequeños mares apenas salados donde las algas traídas por las máquinas ya exhalan su oxígeno, donde peces extraños, con genes donde está programada su resistencia de pioneros, se buscan y se aparean y se devoran.

Interludio. Los humanos no se apresuran. Casi cada colonia de que se tiene noticia ha sufrido el error del entusiasmo, del apuro; cada grupo de pioneros ha querido bajar a su mundo nuevo y trabajarlo y olvidarse de plantar primero los cimientos profundos y delicados de una civilización tecnológica. Así es como cada colonia humana que se conoce, con excepción de unos pocos focos de luz aquí y allá, ha sucumbido al barbarismo: por falta de un clavo se perdieron mil reinos. Por eso nadie baja, al comienzo, a plantar una huerta, y nadie desembarca animales de cría. Las máquinas cavan minas y extraen el aluminio, el platino, el uranio, las tierras raras; las máquinas procesan el agua y almacenan el hidrógeno, el deuterio, el tritio, el helio. Las máquinas construyen plantas de fusión nuclear, instalaciones de generación y confinamiento de antimateria, fundiciones y refinerías, fábricas de componentes para sí mismas y para las otras máquinas, todo ello a prueba de fallas, y todo ello por duplicado, por triplicado, y los planos y procedimientos almacenados en bases de datos incorruptibles.

Interludio. La colonia comunica a sus vecinas las buenas nuevas. Las ciudades del hombre brotan y cubren el planeta. Aun con la preparación de las máquinas, el arranque es duro y un cierto retroceso es inevitable. Pero la especie humana es adaptable y el paso atrás le da impulso para un salto hacia adelante.

En el segundo milenio de la colonia se inaugura un gran proyecto para extraer energía geotérmica. A las prospecciones globales les siguen grandes perforaciones de prueba. Entre los abundantes y notables hallazgos geológicos aparecen, para sorpresa de los prospectores, trozos de metales de aleaciones sintéticas, masas de minerales enriquecidos en isótopos inestables y otros objetos reconociblemente artificiales.

El mundo científico se llena de especulaciones. Las prospecciones se reorientan a la arqueología. No mucho después se descubren varias grandes cavernas talladas a todas luces por máquinas, derrumbadas sobre sí mismas. En el interior hay más restos de civilización.

Las cavernas, selladas contra toda contaminación externa durante miles de años, han preservado unos pocos restos orgánicos, ya muy alterados por las condiciones de presión y temperatura. Los arqueólogos los analizan. Unos pocos de esos montoncitos quebrados a medio fosilizar son huesos humanos. Deben haberse refugiado bajo el suelo como último recurso para resistir el bombardeo de hielo, declara, pálido y tembloroso, el jefe de la investigación. Un espasmo de horror recorre a la orgullosa civilización planetaria.

A veces el entusiasmo lleva a cometer errores. ✿


 

Los formamundos encabeza y da título a mi libro Los formamundos y otros cuentos, disponible en Leanpub.

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