“Childhood’s End” en Syfy: una decepción

“Childhood’s End” en Syfy: una decepción

Vi en estos días Childhood’s End, una adaptación del canal Syfy del libro del mismo nombre (“El fin de la infancia” en castellano) de Arthur C. Clarke. Es tan mala que me costó terminarla. Se emitió en tres episodios (“noches”) que paso a resumir, para luego criticar. Por supuesto que todo lo que sigue está repleto de spoilers.


 

Noche 1, The Overlords. Grandes naves espaciales llegan y se quedan flotando sobre las principales ciudades del mundo, al estilo de V o Día de la Independencia, aunque con gran escándalo de electrodomésticos que se vuelven locos. Cada ser humano recibe la visita de un simulacro de un ser querido muerto, que le aconseja no temer. Richard Stormgren, un granjero de Missouri, es elegido como único interlocutor y vocero del líder de los visitantes, Karellen, quien lo manda buscar con una cápsula para llevarlo a la nave madre (el proceso se parece mucho a una abducción). El escenario del encuentro es una reconstrucción de la habitación de hotel donde Stormgren pasó su noche de bodas con su esposa muerta, Annabel; en un extremo hay un espejo tras el cual habla Karellen.

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Karellen promete una edad de oro. Los enfermos curan espontáneamente, las guerras se detienen, el cambio climático es revertido; el planeta se transforma en una utopía. Abundan cuestionamientos políticos a esta injerencia; una facción violenta secuestra a Stormgren, pero es puesta en evidencia y su líder se suicida.

Veinte años después Karellen se muestra por primera vez en público: es un ser humanoide de dos metros y medio de altura, de piel roja, con cuernos en la cabeza, alas membranosas en la espalda, cola larga y patas de cabra.

Noche 2, The Deceivers. Algunos niños nacidos en esta generación utópica tienen poderes psíquicos (telequinesis, precognición, visiones de lugares desconocidos). Rupert Boyce, que mantiene un instituto de investigación en Sudáfrica y tiene fluido contacto con Karellen, organiza una fiesta donde invita, con un motivo inverosímil, a un paisajista estadounidense, Jake Greggson. El hijo de Greggson, Tom, es uno de los “especiales”. En el Instituto Boyce trabaja Milo Rodricks, un joven astrofísico que ve con desesperación como la ciencia, bajo la utopía de los superseñores, languidece en todos los campos. Resulta que Jake ha sido invitado no por él mismo sino por su hijo, pero especialmente por su esposa Amy, embarazada de una niña, Jennifer, que es señalada como muy importante en el extraño cambio que está ocurriendo. Amy es conducida por Boyce y Karellen a una cámara construida por los superseñores en cuyo centro hay una versión kitsch de una tabla ouija. Amy, o más bien Jennifer, transmiten mediante este dispositivo un mensaje al espacio.

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Ricky Stormgren, que se ha estado sintiendo mal, recibe una visita de Karellen, que le comunica que está enfermo debido a “algo en la estructura de la nave” en la que lo visitó. Hay una cura, que Karellen trae en recipiente, pero sólo existe una dosis. Una fanática religiosa infiltrada en la granja los encuentra en este trance; furiosa, dispara un escopetazo a Karellen, que cae mortalmente herido. Stormgren usa la medicina para revivirlo.

Noche 3, The Children. Toda una generación ha crecido sin pobreza, en un medioambiente limpio, con la mejor alimentación. Los niños con facultades paranormales se multiplican y la pequeña Jennifer Greggson pronuncia ominosas frases sobre “el fin”, le transmite a su hermano visiones de planetas lejanos y mueve objetos con la mente. Los Greggson vienen pensando en mudarse a New Athens (Nueva Atenas), una comunidad contestataria donde se vive, dentro de lo posible, como antes de Utopía; se deciden cuando decenas de niños que acuden al llamado mental de Jennifer invaden su casa y su vecindario.

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Ricky Stormgren se está muriendo. Karellen lo lleva a su habitación de hotel simulada y le ofrece tenerlo ahí indefinidamente, pero Stormgren se niega y muere en brazos de su segunda esposa.

Los niños de todo el mundo, encabezados por Jennifer, se elevan por los aires. Los adultos, desesperados, reciben el anuncio de que ya no habrá otra generación. Nueva Atenas perece en una explosión atómica.

Mientras esto ocurría, Milo Rodricks se ha infiltrado en una nave que lleva animales en estasis desde el Instituto Boyce a un zoológico en el planeta de los superseñores. La nave tarda 48 días (en su marco de referencia) en llegar allá, a una velocidad cercana a la de la luz, pero en la Tierra pasan más de cuarenta años. Los superseñores le explican que los niños ya no son humanos y que se están uniendo a una Supermente, la consciencia universal, de la cual ellos (los superseñores) son sólo facilitadores. Milo pide volver a la Tierra. Es el último ser humano, con excepción de los niños, que se han congregado por millones en torno a una montaña donde Jennifer reúne su poder en un haz de luz que los conecta con la Supermente. El suelo se quiebra y, con Jake como último testigo presencial, la Tierra se hunde sobre sí misma y estalla.


 

La crítica. Hay tantas cosas mal hechas en Childhood’s End que no sabía cómo empezar. Lo más grave es la consistencia y verosimilitud interna de la historia; un punto secundario es su falta de universalidad.

Los superseñores necesitan que los seres humanos confíen en ellos, pero en vez de hablar por radio (digamos), hacen aparecer simulacros de personas muertas. A Ricky Stormgren, Karellen lo hace ir a buscar con una cápsula que ilumina toda su casa con una luz fantasmagórica y derriba su puerta. En vez de un espacio neutral para sus entrevistas, Karellen pone a Ricky en una habitación que le trae recuerdos tristísimos, manipulándolo emocionalmente de forma obvia. Cuando Karellen se presenta ante otros seres humanos, habla elípticamente y con tono a veces condescendiente, otras veces ominoso.

Karellen elige a Ricky personalmente porque tiene capacidades innatas para la mediación. No hay nadie, ni siquiera entre los miles de empleados de las Naciones Unidas, mejor que él para esta tarea. Fuera de su pueblito Ricky es un don nadie, se pone nervioso y titubea al hablar, y es en general un fiasco como comunicador. El jefe del Servicio Secreto va a buscar a Ricky y poco después lo vemos obligando con facilidad a dignatarios de Arabia Saudita a ceder sus oleoductos para transportar agua para irrigar el Sahara (visto que súbitamente no hacen falta combustibles fósiles y toda la matriz energética mundial ha sido transformada en cuestión de días). Más tarde Ricky da una conferencia de prensa en la cual explica que los Estados Unidos va a resolver el hambre en África reconvirtiendo toda su flota de guerra en cargueros para llevar el excedente de producción de alimentos del país.

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Cuando Karellen finalmente se muestra a la humanidad, resulta exactamente como la representación convencional del Demonio en ciertos períodos específicos de la iconografía cristiana europea occidental.

Rupert Boyce trabaja recogiendo y preservando animales terrestres para el zoo que Karellen está formando en su planeta, tarea que los superseñores por alguna razón no pueden realizar por su cuenta. Quiere ser el primero en ir al hogar de los superseñores. Nadie sabe dónde está, pero nadie se plantea seguir con un telescopio el rumbo aproximado de las inmensas naves que parten de la Tierra. Cuando Jennifer Greggson, aún no nacida, utiliza a través de su madre la infame tabla ouija de la que hablé en el resumen para comunicarse con la Supermente, una columna de luz con símbolos del alfabeto de los superseñores se eleva al cielo. Milo ya dedujo que consta de dibujos de constelaciones… o al menos, de constelaciones según se ven desde el hemisferio sur terrestre durante el comienzo del tercer milenio E. C. Descubre uno nuevo y de allí deduce dónde queda el planeta de los superseñores.

Cuando Karellen visita a Ricky por su enfermedad, ningún mecanismo de seguridad le advierte que hay una intrusa en el lugar ni impide que dicha intrusa se acerque a él, tome una escopeta, apunte y le dispare en medio del pecho. El superseñor no cuenta con ninguna clase de escudo ni tan siquiera un kit de primeros auxilios y va a morir. Ricky lo salva empleando la misteriosa cura embotellada que le dieron los superseñores, y que está diseñada para curar una afección del sistema linfático.

Los Greggson ven llenarse su casa de “niños del maíz” y no pueden hacer nada más que irse, ya que en Utopía no parece haber policía ni servicios sociales y es como si los padres de los niños no existiesen. Llegan a Nueva Atenas y el lugar es indistinguible de Manhattan en el año 2015: taxis que tocan bocina, diversidad étnica estereotipada. La ciudad funciona a la vieja usanza pese a que toda la civilización que la rodea emplea otras formas de generación de energía, no utiliza más ciertos materiales, etc. El líder de la ciudad se entera al instante de quiénes son, los manda a buscar y los invita a su casa sin preocuparse demasiado por ocultar que tiene una bomba atómica en su estudio. Cuando los Greggson (y sólo ellos) van a buscarlo, saben inmediatamente dónde está y que tiene la bomba pero no llevan ni siquiera un palo con el cual dejarlo fuera de combate.

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El método empleado por Milo Rodricks para viajar como polizón en la nave de los superseñores implica ir “en estasis”. El proceso es un simple sellado al vacío que sofocaría y aplastaría a cualquier animal en segundos; no hay indicación de que se esté empleando una tecnología de animación suspendida. No se comprende si los animales viajan vivos o muertos; se puede ver un monitor de signos vitales junto a la bolsa donde viajan Milo y un calamar gigante, pero Milo se toma un buen rato para encerrarse en su bolsa junto con el calamar, que lógicamente no puede sobrevivir mucho tiempo fuera del agua.

La nave llega a un planeta que está a 111 años luz de la Tierra pero el viaje lleva poco más de 40 años. Milo vuelve a pisar la Tierra 85 años después de partir y da la casualidad de que es justamente entonces que Jennifer (que está igual que hace 85 años y sigue flotando encima de su montaña mandando señales a la Supermente) decide terminar con todo.


 

Childhood’s End tiene otros graves problemas. Uno de ellos es el guión: los personajes hablan poco cuando deberían explayarse y demasiado para decir obviedades, no hay líneas memorables en absoluto, y cosas que podrían explicarse en un par de palabras quedan soslayadas. La transformación de la civilización en una utopía es repentina y está llena de huecos lógicos, pero en cambio se pierden largos minutos inflando la historia de amor de Ricky Stormgren, que es innecesaria, trillada e insoportablemente sentimental. Los periodistas no preguntan, los líderes políticos no arengan, los científicos trazan teorías simplistas. Los protagonistas son difusos y no inspiran empatía. El guión no da pistas de lo que pasa en el resto del mundo fuera del foco central.

La falta de diversidad del cast es notoria. Osy Ikhile, como Milo, es el único protagonista negro, acompañado por Charlotte Nicdao como Rachel, de ascendencia oriental. El resto del mundo está compuesto de gente hermosa y de piel blanca, con notable presencia de rubios de ojos claros, sin arrugas, verrugas, lunares o calvicie.

Ricky no sólo no envejece visiblemente durante los más de veinte años que van desde su encuentro inicial con Karellen hasta su muerte, sino que no cambia de peinado ni pierde su torneada musculatura ni siquiera en los últimos estertores de su enfermedad. Lo mismo su esposa y todos los demás. En Utopía la gente debe caer muerta de pronto con la misma cara que tenía a los treinta años. Quizá sea porque los productores no quisieron invertir en otros actores… o en maquillaje.

En un próximo artículo reseñaré el libro y lo compararé con esta espantosa adaptación.

 

Mi nuevo libro, dentro de una semana

El próximo lunes 4 de enero, primer día hábil de 2016, va a estar publicado mi nuevo libro, Los formamundos y otros cuentos. Algunos de los dieciséis relatos independientes que lo componen están listos, pero inéditos, desde hace un año o más; unos pocos —los más cortos— ya fueron publicados (primero en Medium y luego mudados a este blog).

Mi modalidad de publicación es siempre la misma, vía Leanpub, una plataforma muy conveniente que permite escribir y maquetar libros sencillos con rapidez, y los hace disponibles en varios formatos electrónicos (EPUB, MOBI, PDF). El precio lo pone el lector; se abona en dólares, a través de tarjeta de crédito o PayPal, aunque puede llevárselo gratis sin compromiso. Toda contribución por encima de cero, naturalmente, cuenta como un halago para este modesto aprendiz de escritor.

El cuento que da nombre al libro está ya publicado, por si no lo leíste. También podés ir reservando el libro en su página de Leanpub o indicando tu apoyo dándole “me gusta” a su página en Facebook.

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Las vacas sagradas

Las vacas sagradas

Es una suerte poder llevar a los chicos al Barrio de la Luz, piensa Tavo; una suerte que vean algo de naturaleza, algo de verde, piensa Mira. Qué bueno salir a pasear, piensan los niños, que nunca han tenido vacaciones de la ciudad asfixiante hasta hoy. Es terriblemente caro salir de vacaciones con tres niños. Hay que irse lejos; ya no queda naturaleza más o menos intacta en ninguna parte de la Pampa Húmeda o el Litoral. El Barrio de la Luz también es caro, pero alcanzable, y los niños que nunca han conocido nada mejor lo disfrutarán. El corolario financiero de esta triste verdad convenció a los administradores del barrio, hace dos años, de abrirlo al público infantil, y los padres ansiosos y desesperados no defraudaron las expectativas.

No están muy convencidos, pero no hay nada mejor y eso basta. No importa que al Barrio de la Luz lo llamen sus detractores “el Gueto Vegano” o “Barrio Sarampión”; por un lado es un paseo corto y no está mal que los chicos sepan que existe un lugar donde la gente come sanamente fruta y verdura sin resistirse ni hacer berrinches, y por el otro todos ellos (los visitantes) están vacunados. De esto último el gobierno de la ciudad se asegura celosamente. En la fila al entrar todos tuvieron que presentar sus certificados: inmunizaciones y seguro médico son obligatorios. El riesgo, de esta manera, es mínimo, y a pesar de que la mayoría de los habitantes del barrio de menos de veinticinco años no están vacunados, el último brote, hace cinco años, fue contenido con rapidez y eficiencia y no más de tres muertos.

—Bienvenidos —dice un empleado sonriente cuya única función parece ser ésa (ya que la cuestión administrativa fue manejada por un robot)—. La luz sea con ustedes.

La multitud que entra al barrio se dispersa y Mira deja que los chicos se alejen unos metros. Los ve fascinados por cosas que ella daba por sentadas a su edad, como los árboles. Los hay de diferentes especies, mezclados, de distintas alturas y anchuras, asimétricos, orgánicos. También hay canteros con flores frente a los edificios, que son inmensos pero de apariencia ligera, con vidrios sin espejar y fachadas claras; la línea de edificación está retirada de la vereda varios metros en todas partes (el desperdicio de espacio es obscenamente caro). En los árboles hay pájaros, y los niños se ríen al verlos, como si acabasen de ver a un duende o un hada. También hay perros sueltos. Esto ya no es muy del agrado de Mira. Se contiene: es la falta de costumbre. En el resto de la ciudad, con excepción de las periferias más míseras, no hay perros callejeros; su exterminio fue concienzudo y total. En casa no hay lugar para un perro. Los niños aman a los perros y éstos, a diferencia de los residentes humanos, sí están vacunados. Calma, piensa Mira. Aunque esas lenguas, esos dientes, esas babas…

—¡No molesten a los perritos, chicos!

En algunos muros altos, a la sombra de árboles o aleros, hay gatos durmiendo o bostezando o vigilando distraídamente a los pájaros. Tavo le señala un gato gordo y atigrado a los niños y ellos se lo señalan mutuamente, gozosos.

Y entonces aparecen las vacas.

Tavo y Mira fueron advertidos, pero no deja de ser chocante; es como hubiesen saltado en el tiempo y el espacio a una ciudad india de comienzos de siglo. Mira ríe nerviosamente y llama a los niños con voz perentoria. Las vacas son conducidas por un hombre joven, vestido con harapos cuidadosamente diseñados. Son de color gris y lucen casi esbeltas; las ubres son pequeñas, insignificantes. Hay unas veinte o veinticinco, y el tránsito de bicicletas y minicoches eléctricos se ha interrumpido por completo.

—Vamos a esperar a que pasen —dice severamente Tavo a los tres chicos, que de todas formas están algo intimidados; los animales que ven no se parecen a la imagen tradicional y algo boba de la vaca lechera.

Ahora un grupito de residentes se acerca por una calle lateral. Visten pecheras verdes y van con el ceño fruncido, con una mujer de treinta y tantos, de cabello rubio en largas trenzas, a la cabeza. El conductor de las vacas la ve venir y frunce el ceño a su vez; un compañero que cierra la procesión se adelanta para ponerse a su lado. Entre las pecheras verdes asoman y se elevan unos carteles de bioplástico con consignas en prolija tipografía negra.

—Ah —dice Mira—, creo que ya sé quiénes son.

—¿Es por las vacas? —pregunta Tavo.

Mira va a responder pero la interrumpe un griterío. Los de las pecheras se manifiestan contra los organismos genéticamente modificados. Si el Barrio de la Luz es un anacronismo, esto resulta anacrónico por partida doble. Pero claro, las vacas.

Los jóvenes vaqueros detienen a los animales y piden que los dejen pasar, pero en sus voces amables hay una tensión inocultable. La rubia líder de las pecheras verdes se pone a discutir con voz tonante, con la obvia intención de que los transeúntes escuchen.

La cuestión de los OGM divide a los grupos “verdes” hace tiempo. Hace un par de décadas algunos comenzaron a apoyar la investigación en lo que llamaron “antidomesticidad”. Con los costos de las intervenciones genómicas por el suelo, no fue difícil para los científicos recrear aproximaciones de las formas salvajes originarias de muchas especies domesticadas de plantas y animales. Hasta comienzos del siglo XXI los intentos de hacer esto con las vacas fueron lentos debido al costo de la secuenciación genómica y la necesidad de recurrir al lento proceso de la reproducción selectiva. Pero estos escasos resultados fueron alentadores.

—Son muy graciosos —opina Mira—, discutiendo por esta estupidez. Menos mal que son pacifistas.

—¿Quién dijo que lo son? —replica Tavo, pero el espectáculo es demasiado entretenido para perdérselo, por el momento.

Las vacas no son vacas domésticas sino un resultado de la genómica aplicada: lo más parecido que la ciencia pudo lograr a la forma original de Bos primigenius. Por alguna imprevisión o entusiasmo irresponsable se les permitió reproducirse sin control en varios reductos del subcontinente indio. Tavo no logra recordar los detalles del destierro de aquellos pobres engendros, pero sí la sustancia: cómo fue que el gobierno indio se vio ante el dilema de no poder deshacerse de ellos de la manera más lógica para no enfrentar la ira de los fundamentalistas hindúes, y a la vez no poder quedarsecon ellos debido a la ira de los fundamentalistas anti-OGM (dos grupos que, para colmo de males, se suporponen en parte), y cómo la solución fue una campaña internacional de adopción de vacas primigenias por parte de grupos animalistas… que no hizo más que exportar el conflicto a otros países, en particular porque las susodichas vacas no son estériles por diseño.

La discusión en la calle se ha hecho acalorada y los niños están ahora muy silenciosos, abrazados a las piernas de su padre y su madre.

—¿Van a matar a las vacas? —pregunta el menor, compungido.

—No, hijo, no te preocupes —dice Tavo, y agrega dirigiéndose a Mira—: Están aseguradas, ¿sabías? No se las puede tocar ni con un pétalo de rosa.

—¿Qué es un tétalo? —pregunta el chico.

—No les pueden hacer nada malo —dice Mira enfáticamente, y luego más despacio, a Tavo—: Pero me parece que se van a agarrar a golpes. ¿Nos podemos ir para otro lado?

Es demasiado tarde; sin que se den cuenta la calle por la que vinieron se ha llenado de curiosos. Tres personas con una vestimenta peculiar, una especie de chaleco rojo y ceñido al cuerpo, se acercan por la lateral, en sentido opuesto al del grupo anti-OGM. Tavo imagina, sin equivocarse, que se trata de una policía o guardia interna (ya que la fuerza destinada a la seguridad de los turistas lleva una identificación clara y distinta). Detrás hay varias personas que tratan nerviosamente de hablar con los policías, de convencerlos de algo. Los dos jóvenes de las vacas miran nerviosamente los chalecos rojos y luego uno saluda a los que vienen atrás; amigos, piensa Tavo, amigos que fueron a buscar a la policía.

—Circulen, por favor —dice el primero de los agentes, no a los manifestantes sino a los visitantes—. Van a pasar los animales.

Las pecheras verdes están enojadas y la llegada de la policía no hace nada por calmarlas; por el contrario, los cánticos aumentan en estridencia. El grupo es bastante grande ahora; al parecer algunos residentes no identificados con la prenda verde se han sumado a la manifestación. Las vacas sacuden las orejas y se remueven sin salir del lugar.

—Disculpe —comienza a decir Mira, airada ante el atropello—, disculpe, oficial, pero…

Unas pancartas aparecen detrás de la multitud de lomos grises y se escuchan algunos gritos. El policía que dirigió fugazmente su atención a Mira la deja con la palabra en la boca. Los vaqueros se vuelven a ver qué ocurre y las pecheras verdes aprovechan para arremeter. Uno de los jóvenes atina a sacar un teléfono del bolsillo, pero un momento más tarde él y su aparato están desparramados por el suelo.

Los chalecos rojos se agrupan y las pecheras verdes hacen lo propio. Una batería de insultos contra los engendros bovinos y sus defensores policiales surge de la segunda ola de manifestantes, que avanza detrás de las vacas, encajonándolas en la calle estrecha. De las narinas húmedas brotan bufidos y mocos; las colas cortan el aire y los ojos han perdido su expresión habitual de serena estolidez.

Tavo toma de una mano a Mira y con la otra empuja a los tres niños detrás de sí, pero no hay mucho lugar, porque la aglomeración de curiosos no para de crecer.

Un mugido profundo y lastimero brota del centro de la procesión bovina, y como suele suceder, otros le responden, hasta que todas las vacas están protestando su encierro a la vez. Las grandes cabezas se bambolean en todas direcciones y por primera vez Tavo observa que todas ellas están coronadas por pequeños cuernos afilados.

El joven de los harapos chic se levanta del suelo de un salto y se toma a puñetazos, sin preámbulo, con la primera pechera verde que encuentra. La policía local nunca tuvo que controlar un disturbio en este barrio de gente convencionalmente cortés, y no sabe bien qué hacer. Los amigos de las vacas, que venían detrás de ellos, los adelantan y los apartan.

El segundo vaquero está tratando de contener a sus animales, pero retrocede con temor ante la mirada repentinamente dura del que encabeza la procesión. Es una matriarca a la que sólo le interesa llevar a los suyos a un lugar donde puedan comer pasto; su lento cerebro llegó hace un momento a la conclusión de que los primates no son buenos guías para este propósito, y ante esa constatación no cabe otra cosa que dejarlos atrás. Muge su irritación ante la demora y comienza a moverse, para alentar a las que vienen atrás.

Tras muchos empujones y algunas cornadas desganadas los primates se dispersan. Tavo y los niños se encuentran fuera del Gueto sin entender cómo lograron atravesar las puertas. Los chicos lloran y piden por su madre. Tavo está a punto de volver a entrar cuando Mira aparece entre la multitud, triunfante, con su teléfono en alto. Los chicos se abalanzan sobre ella y Mira los abraza y los besa, recorriéndolos sin constatar más que un par de desgarros en la ropa.

—Lo filmé —dice a Tavo, casi sin aliento—. Lo filmé. Nos van a tener que devolver la entrada.

—¿Estás loca? ¿Te quedaste para eso? ¿¡Qué te pasa!? —grita Tavo, perdido el control.

—La entrada y el seguro. —Toma aire—. Jipis de mierda. Espero que las vacas se suelten del todo y se los coman.

—Las vacas comen pasto —dice el mayor de los chicos con tono de absoluta autoridad.

Tavo mira al chico y a su madre, incrédulo. Mira se acerca, parece que va a besarlo, pero le pasa un dedo por el labio y se lo muestra. Tavo pasa la lengua y saborea un poco de sangre.

—Gracias por cuidarlos de los animales salvajes —dice Mira—. De las vacas y de los otros. —Y entonces, sí, le da un beso en los labios. ✿

Terminal World: reseña

6237781Terminal World es una novela de Alastair Reynolds. Es la primera que leo de este autor, pero leo que se lo conoce por novelas y sagas de ciencia ficción épicas, de ámbito interestelar. En Terminal World lo épico está presente, y también una sugerencia de lo interestelar, de grandes proyectos y de tiempo profundo, pero el escenario es bastante más reducido.

El lugar de inicio es Spearpoint, una ciudad de treinta millones de habitantes edificada sobre los anchos escalones en espiral que rodean una inmensa estructura artificial que se proyecta más allá de la atmósfera. Spearpoint está dividida en distritos, cada uno de los cuales pertenece a una “zona” donde la tecnología no funciona hasta más de cierto nivel. Neon Heights, donde comienza la novela, trae a la mente reminiscencias de nuestra década de 1950, aunque con autos eléctricos; más arriba está Circuit City, y más arriba aún, los Niveles Celestiales, donde los ángeles (cyborgs posthumanos) planean en las corrientes termales. Debajo de Neon Heights se encuentra Steamtown, que comienza a inundar el relato con los clichés del steampunk que el autor no abandonará en todo el resto del libro; más abajo, Horseville, donde casi la única fuerza motriz utilizable es la del músculo vivo; más allá, saliendo de Spearpoint, sólo hay un mundo casi desierto, que se enfría, comunicado a duras penas con la ciudad por medio de torres de señales. Allí debe internarse el protagonista, huyendo de quienes desean atraparlo para obtener un secreto que guarda su cuerpo.

La primera parte de la novela es decididamente noir: un misterioso ángel agonizante, un patólogo en una morgue, un ex policía volcado al contrabando y consumido por el cruce repetido de las “zonas”, una guía experta, taciturna, malhablada y armada hasta los dientes… El resto, como dije, recurre a los ingredientes del steampunk, en combinaciones a veces novedosas: una ciudad móvil formada por dirigibles, ametralladoras a vapor, durables máquinas de bronce pulido y vidrio reluciente. Todo esto es —y no se entienda de otra manera— tan trillado como placentero. La acción es trepidante, los vuelcos bastante satisfactorios, la tensión sostenida.

Los personajes son también trillados, pero en modo alguno esquemáticos o incompletos: si acaso, algunos de ellos hablan demasiado, y ellos o el narrador exponen sus pensamientos y motivos con más palabras de las estrictamente necesarias. Esta efusión a veces excesiva los hace detallados, identificables, cada uno protagonista de una pequeña historia con verdadera importancia.

Si algo me decepcionó de la novela fue mi idea inicial de que se trataba de ciencia ficción más o menos dura: las “zonas”, pese a cierta explicación pseudocientífica a la que los personajes llegan con muchas vacilaciones, no dejan de ser recursos fantásticos. El final lo deja a uno esperando una revelación que nunca llega (y Terminal World no tiene ni tendrá una secuela, según el autor).

Una apología de los what-ifs

Vuelvo con comentarios sobre un ensayo que toca tangencialmente la ciencia ficción, en su acepción más amplia. Se trata de What if?, de Rebecca Onion, publicado en Aeon (revista online que sigo desde hace un tiempo y que me viene dando mucho material para pensar). “What if…” es la expresión inglesa que traducimos habitualmente como “¿Qué tal si…?” o “¿Qué ocurriría/habría ocurrido si…?” y se utiliza como sustantivo para designar hipótesis contrafácticas, o sea, ideas sobre hechos que no ocurrieron en realidad.


 

Captura de pantalla de 2015-12-12 19:21:27


 

Onion comienza explicando que, pese a que muchas personas disfrutan de lo contrafáctico y la ficción de este tipo abunda, en el campo académico (es decir, entre historiadores) se lo considera una pérdida de tiempo. Un historiador se alimenta de fuentes de evidencia, que se relacionan entre sí de maneras sumamente complejas; desentrañarlas es la durísima tarea del estudioso de la historia. Un what-if (según esta visión) es precisamente lo contrario de esta rigurosidad. Dejémoslo a los escritores de ficción, parece decir, que tienen tiempo para fantasear.

Pero los what-ifs no son simples vuelos de la imaginación. Para responder cualquier hipótesis contrafáctica, dice Onion, “uno debe definir cuáles son sus propias creencias sobre la naturaleza del progreso, la contingencia inherente a los eventos y la influencia de los individuos en el cambio histórico.” Hay una discusión previa al planteo mismo. Preguntarse “qué habría pasado si Hitler hubiese triunfado como artista antes de volcarse a la política” (por usar uno de los what-ifs más trillados) implica, si uno se toma en serio la tarea de responder la pregunta, que uno no cree en el destino (o el determinismo físico), que cada evento podría haber sido diferente, que existe el libre albedrío o el azar verdadero o ambas cosas. (Encontraremos con frecuencia estas cuestiones, implícitas o explícitas, en relatos de ficción de toda clase, fuera de los de historias alternativas y de viajes en el tiempo.)

Otra objeción que se plantea a veces a los what-ifs es de tipo ideológico: la mayoría de ellos surge de presunciones conservadoras sobre qué es lo que importa en la historia. “Como los bestsellers populares, los contrafácticos generalmente conciernen a guerras, biografías o a una historia de la tecnología de la vieja escuela que enfatiza la importancia del inventor”, dice Onion.

Algunos historiadores, no obstante, están a favor del uso académico de los what-ifs. Especular de manera contrafáctica es un ejercicio de introspección del académico sobre sus propios métodos. Hay profesores que utilizan escenarios contrafácticos como tarea: los alumnos deben plantearlos de manera convincente, justificando sus alternativas por medio de fuentes de la realidad. Esto debe ser así ya que un what-if no puede, si no queremos que se lo vea como simple fantasía, alejarse demasiado de la realidad; por medio de estos pequeños cambios, si están bien explicados, se puede llegar a una nueva forma de pensar sobre el período histórico considerado.

Onion nota además que los escenarios contrafácticos son una forma de revisionismo. El nacionalismo suele incluir ideas de “destino manifiesto”, de inevitabilidad de grandeza, de cualidades esenciales de un pueblo: todo lo cual se derrumba ante la constatación (ayudada por el ejemplo) de que la historia de cada nación y de cada individuo depende de miles de hechos que podrían potencialmente no haber ocurrido. También pueden servir para devolver a la consciencia pública hechos del pasado que resultan, a la luz del presente, increíbles, como la esclavitud en Estados Unidos. Un historiador que pueda plantear convincentemente una historia contrafáctica donde la Guerra de Secesión terminó en un compromiso y la esclavitud no fue abolida ilumina la historia real que muchos desearían sepultar.

El hijo pródigo

El hijo pródigo

1

Contemplo con calma el departamento vacío donde vivió mi padre; está limpio, porque sus servidores autónomos han seguido realizando sus tareas programadas como si nada ocurriese, y porque no les permito a mis hombres el saqueo, que es el primer paso hacia barbaries mayores. Sí nos llevamos la información, cuando podemos, y transferimos el dinero a nuestras cuentas, porque el dinero no tiene culpas y cada centavo —como decía el maestro— es un repertorio de futuros posibles. Esto último, claro, en general: para mí y para muchos de los míos, después de esto, no hay futuro.

El departamento de mi padre está en la clase de edificio que hasta no hace muchas décadas habría sido llamado con toda corrección una fortaleza. Está junto al Paraná, en el barrio de los inmensamente ricos; por el gran ventanal veo, al norte, el viejo puente, y al sur, la Arcología. Cruzando el río, justo en frente, para regodeo de los ojos de mi padre cuando vivía aquí, está el último reducto de verde salvaje de las islas.

Entre los espinillos y los sauces pueden verse ahora ocasionales destellos de vidrio y metal, y se adivinan hombres camuflados que sólo esperan sus órdenes. El aire sobre el agua marrón está repleto de drones. Helicópteros no tripulados se ciernen sobre las terrazas de este edificio y los linderos. Las avenidas que mueven el tránsito torturado de la ciudad desde y hacia el centro están clausuradas y las invaden, ordenadamente, las fuerzas del orden. Es sólo cuestión de tiempo.

2

Mi padre pertenece a la élite. Nunca he sabido exactamente qué hace. La mayor parte de su dinero es virtual y de otras personas. Mi madre está aproximadamente en el mismo nivel de abstracción económica. Se conocieron en una fiesta de sociedad: esencialmente una feria donde se exhibían ejemplares humanos de buen pedigrí. Después de un encuentro privado formal, un enjambre de abogados decidieron que sería conveniente para ambos destinar sus gametos a la unión.

El dinero lo podía comprar casi todo entonces, igual que ahora, pero no pasar por encima de la ley de control demográfico, de manera que la concepción de un heredero no podía ser dejada al azar. Se realizaron estudios, se definieron los segmentos genéticos más convenientes, y luego de la escritura de un complicado contrato se procedió a buscar una selección de los mejores espermatozoides de mi padre y el más saludable de los óvulos de mi madre, a los que se coaccionó a unirse. El cigoto fue introducido en un útero artificial.

En toda gestación hay un porcentaje de fallos espontáneos, pero aquí había gametos de sobra para subsanar esos inconvenientes del azar. Sin embargo, ni mi padre ni mi madre contaron con la malicia humana. Estaban acostumbrados a una existencia sin sobresaltos y no pudieron ver venir la catástrofe.

Mis padres hicieron lo posible para que yo no supiese que mi nacimiento había sido un acto de sabotaje. Esto era distinto, nótese bien, que el mero hecho de no tratarlo como un errorembarazoso. Mis insignificantes problemas médicos (alergias, un poco de estrabismo infantil, un atisbo de miopía en mi adolescencia) fueron tratados eficientemente; pero mis padres estaban chapados a la antigua y adoptaron la tradicional estrategia de hacer de mí un héroe, en vez de una víctima de las circunstancias. Erraron, pero no puedo reprochárselo.

3

Para un chico más o menos despierto no es difícil descubrir que hay insatisfacción en el mundo. Yo dormía y soñaba que no eran ciertas las noticias sobre esterilizaciones masivas, sobre los disturbios por hambre, sobre las manifestaciones de los diezmados movimientos sindicales en reclamo de coberturas mínimas de salud; luego despertaba. Tenía quince años cuando supe que la relación sexual no protegida seguida por la concepción y la gestación uterina, sin preselección de embriones, eran todavía la regla entre los seres humanos.

A los dieciocho mis padres se sintieron obligados a contarme la historia de mi nacimiento. Yo no había sido el elegido; no era su preferido, ni siquiera el preferido por las máquinas, ni tampoco un error, sino el producto deliberado de la malicia de un saboteador. Era peor que ser concebido a la manera animal. Yo había tenido “suerte”.

Crecí de pronto y con dolor. Antes de los veinte años había entrado en media docena de grupúsculos “antisistema”, parte de una ecología ideológica subterránea e inestable. Luego fui atraído a lugares aún más oscuros. En retrospectiva veo que mis compañeros y yo éramos pocos, tontos e imprácticos.

Encontré mi foco cuando un ex-empleado de una clínica de gestación artificial vino a pedir nuestra ayuda para difundir material confidencial. Sospechábamos que la destrucción de fetos viables con mínimos “defectos” estéticos, o por mero capricho de los padres, era frecuente; nuestro informante nos mostró que era la norma. La monstruosidad de la élite para con sus hijos no tenía límites. Encontrar a mi enemigo fue como hallar la senda correcta para escalar una montaña; yo la subí con fervor.

El día de mi cumpleaños número 22 coloqué mi primer explosivo. No hubo víctimas, pero decenas de las parejas más ricas del país perdieron a sus futuros herederos, minuciosamente planeados, en el acto. La siguiente vez no pudimos evitar matar a algunos cómplices menores del sistema. Terminar con una vida humana y sentirlo como un shock de espanto es un lugar común en el que yo no caí ese día, ni nunca desde entonces.

4

Aquí en el departamento sin nadie, en estos últimos momentos, llego a la conclusión inesperada de que no he hecho más que seguir la senda que mis padres trazaron para mí. Esperaban un niño perfecto y dócil que continuara su decadente dinastía; ante la contrariedad, se conformaron con desear un hijo que pudiera llegar a ser alguien pese a sus defectos. Quizá estén pensando, ahora, que en último término un hijo rebelde, movido por la injusticia hasta un punto sin retorno, es mejor que nada.

Estos pensamientos me enfurecen. Me gustaría darles un mensaje inequívoco, pero sé que no hay chance ni tiempo.

Mis hombres ya han abandonado el piso; veo movimiento apresurado entre la vegetación de las islas y escucho más cerca los vuelos rasantes de los helicópteros. No creo que puedan escapar. Nunca sabrán qué he descubierto de mí en este instante.

El saqueo es barbarie, me digo de nuevo, pero el fuego es la más serena e imparcial de las barbaries. Termino de colocar las cargas incendiarias y echo una última mirada; un servidor negro y reluciente rueda hasta el centro de la sala de estar para examinar los nuevos objetos con sus fríos ojos de vidrio. No tocará nada; no sabrá qué hacer y contará estúpidamente los minutos que quedan.

Cierro la puerta tras de mí y empuño el arma antes de lanzarme corriendo hacia la salida de emergencia y hacia mi muerte. ✿


 

El hijo pródigo es una de las historias de mi libro Los formamundos y otros cuentos, disponible en Leanpub.

Akira, la película: reseña

Akira, la película: reseña

Después de algunos años volví recientemente a ver Akira, aquella obra maestra de la animación post-apocalíptica de Katsuhiro Ōtomo.

Un resumen rápido del argumento es difícil y no lo intentaré aquí. Basta con hacer notar que, como ocurre con las obras de genio, la complejidad de la trama no sólo no dificulta su comprensión sino que, al acercarla a la vida real, la hace más vívida, más aprehendible.

¿Qué quiero decir? Si Akira fuese la historia de un pandillero en el cual despiertan terribles poderes psíquicos que el ejército desea controlar y aprovechar para sus propios fines, sería probablemente un buen animé de acción y nada más. Estos elementos (la persona ordinaria que adquiere poder repentino y no puede controlarlo, el estado o las corporaciones utilizando a la gente como herramientas) ya son clichés. Lo intrigante de Akira es cómo envuelve esos estereotipos en un contexto socioeconómico específico, el hipotético Japón post-Tercera Guerra Mundial, y a la vez universal, que es la experiencia de vivir en un mundo de inmensas desigualdades, de consumo decadente y falta de motivaciones para los jóvenes, gobernado por personajes poderosos con ética dudosa o nula y sin mayor idea de cómo enfrentar los problemas reales.

(Dicho sea de paso, la forma en que Akira pinta algunos aspectos de la ficticia degradación social japonesa, como por ejemplo la escuela donde asisten los miembros de la pandilla, me recordaron a Argentina. Nuestra normalidad, para un japonés, es la visión de una catástrofe social consumada.)

akira

La banda encabezada por Kaneda y donde el protagonista, Tetsuo, ocupa un lugar subordinado, está formada por jóvenes absolutamente autodestructivos: apenas los salva la amistad que los une (una amistad que la mayor parte del tiempo se manifiesta en conductas delictivas). Los demás, los adultos, siguen cada uno sus propios objetivos; muy pocos lazos de lealtad, si acaso, los unen. Los obsesionan sus propios intereses a costa de otras consideraciones éticas: el dinero, el conocimiento, la salvación de la sociedad mediante su control. Sólo Kei, la joven disidente que acompaña a Kaneda, une sensatez y emoción con convicciones firmes.

Los tres niños psíquicos, los únicos inocentes (aunque también ellos reconocen su responsabilidad en la inacción), hablan a través de Kei al explicar la razón del peligro representado por Tetsuo y su búsqueda de Akira, la “energía absoluta”. Los niños afirman que hay una energía primordial, que se organiza y despliega a sí misma a lo largo de la evolución física y biológica, en la base del ser, el comienzo del universo. El equilibrio en este desarrollo es esencial. La energía absoluta en manos de un mero ser humano, y más aún un joven pandillero resentido, puede ser peligrosa: he aquí, aparentemente, una idea de que la organización moral o el gobierno de los propios instintos debe corresponderse con el poder físico. Si Tetsuo es terrible, Akira es aún peor: es, como dice Kei, como una ameba, o más bien como el concepto anticuado de una ameba como bola de protoplasma (reminiscencias de The Blob), una cosa inconsciente cuyo único instinto es absorber lo que le rodea y expandirse. Es cuestión opinable si esto es una alegoría del poder político-militar, nacionalista y/o totalitario.

Al final son los tres niños los que, juntos, ayudan a Tetsuo a madurar en su instante de unión plena con Akira, el momento en que éste pronuncia las palabras finales que inauguran un universo nuevo, uniendo (a la manera del Dios judeocristiano) poder y voluntad: “Soy Tetsuo.”