“The Man in the High Castle” de Amazon: temporada 1

“The Man in the High Castle” de Amazon: temporada 1

En enero de 2015 Amazon emitió el episodio piloto de una serie original, The Man in the High Castle, basada en la novela del mismo nombre de Philip K. Dick (publicada en castellano como “El hombre en el castillo”). El público reaccionó bien a este ensayo y Amazon produjo otros nueve episodios, que puso a disposición en noviembre; antes de terminado el último, Amazon confirmó al creador Frank Spotnitz que habría una segunda temporada.

Ésta es mi opinión de la primera temporada. En lo que sigue no hay spoilers de la serie. (A la pregunta remanida de si conviene leer el libro antes o no, respondo que por supuesto quien no lo haya hecho debe leer el libro, de ser posible apenas terminar este artículo; no quita nada y añade mucho al disfrute de la serie.) Me gustó mucho lo que vi de la serie hasta ahora, y por eso voy a concederle hablar primero de los puntos malos que encontré, que no son muchos y no tocan cuestiones cruciales.

Creo que lo que está mal en la MHC de Amazon se concentra en dos puntos relacionados: su excesiva, innecesaria complicación, y las motivaciones poco creíbles o mal transmitidas de algunos de sus personajes. Imagino que esto puede ser el resultado de tener que transformar una novela en una serie de episodios de 50 minutos, con opción a una segunda temporada, sin un arco argumental claro especificado de antemano: el creador complica, abre el juego, quizá da más vueltas que lo necesario, rellena, se enreda, hace tiempo. La novela es compleja pero no complicada: como la serie, transcurre en tres lugares geográfica, política y culturalmente distintos y no hay un protagonista único; es multifocal, una característica común en la obra de P. K. Dick. La serie añade más personajes secundarios y más subtramas, que no están mal manejadas, pero también hace que los protagonistas, Juliana Crain y Joe Blake, se muevan todo el tiempo por el mapa y en relación (física y mental) al otro. En un primer momento estos movimientos son lineales, dictados claramente por el argumento; más tarde se hace algo cansador seguirlos, y sobre el final resultan ridículos. Por decisión del guionista o del director o incapacidad de los actores para transmitirlos, los motivos por los cuales Juliana y Joe ejecutan esta comedia de enredos quedan oscuros. No es posible saber si Joe se engaña a sí mismo, si engaña a Juliana o ambas cosas; Juliana es inescrutable, insoportablemente indecisa o inverosímilmente impulsiva según como sople el viento. Llega un cierto punto en que al espectador no le importa mucho si van o si vienen, lo cual debería indicar la gravedad del asunto. Los demás personajes, hay que decirlo, son mucho más comprensibles, aun cuando nos sorprenden.

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Dicho esto, no puedo encontrar otra falla en MHC. La producción es soberbia, la fotografía impactante. No se han escatimado detalles para ambientar los tres escenarios de la narración: los Estados Pacíficos de América, la Zona Neutral y el Gran Reich Nazi. La ilusión de la historia alternativa es completa, en particular (para mi gusto japonófilo) la de los Estados Pacíficos, donde puede observarse de maneras tanto sutiles como explícitas, en múltiples ocasiones no forzadas, el sometimiento de los nativos por parte de los ocupantes japoneses, la adopción de costumbres japonesas (las reverencias, la lectura de manga) por parte de la población americana, y detalles como la rotulación bilingüe (en katakana y alfabeto latino) de negocios, edificios y vehículos. (En el Gran Reich, como es de esperarse, la parafernalia nazi aplasta la cultura originaria más que integrarse a ella.)

Los protagonistas, al menos durante buena parte de la temporada, son claramente Juliana y Joe; es sólo más tarde que Frank Frink, el novio de Juliana, se une a ellos formando un tenso triángulo. Nobosuke Tagomi, el Ministro de Comercio de los Estados Pacíficos de América, cumple un rol tan sutil como central; casi toda su acción se desarrolla entre las paredes de su despacho. Obergruppenführer John Smith compone un frío oficial de las SS que nunca cae en lo caricaturesco (tentación o fallo muy frecuente tratándose de nazis en la ficción). Robert Childan, que en la novela es uno de los “focos” de la acción, queda reducido a una mínima expresión, perdiéndose así mucho del desagrado que provoca el personaje literario. El Inspector Kido, jefe de la Kempeitai de San Francisco, es un agregado notable al elenco, aunque en ocasiones resulte acartonado.

Está claro que MHC no es perfecta y que Spotnitz tendrá que esforzarse mucho para desenredar la maraña de tramas y subtramas que ha armado. Me atrevería a decir que la primera temporada podría haber transmitido el mismo efecto en la audiencia si se hubieran recortado el equivalente de uno o dos episodios completos; en particular, las idas y vueltas de Juliana y Joe en la Zona Neutral (en mitad de la temporada) fueron completamente inservibles excepto para establecer una relación entre ellos. Y el final de la temporada no es exactamente un cliffhanger pero tampoco cierra satisfactoriamente ningún asunto.

Con todo, no faltan recursos de producción ni actorales; la base de la historia está muy bien plantada, y tengo confianza en que la segunda temporada (no mediando interferencias mezquinas de quienes aportan el dinero) se orientará más rectamente a un final tan bueno como esta adaptación se merece.

Snow Crash: reseña

Snow Crash: reseña

Snow Crash es una novela de Neal Stephenson publicada en 1992. Es, después de Neuromante, una de las obras seminales del cyberpunk. (Que esté leyendo y reseñando obras de dicho género no es casualidad sino un esfuerzo deliberado por familiarizarme con él, aunque sea tardíamente). Como el libro mismo se encarga de definir al comienzo, un snow crash es un fallo catastrófico (crash) de un sistema informático que se manifiesta a nivel visual como un patrón aleatorio de píxeles, una especie de tormenta de nieve (snow). Es una referencia al famoso, aunque totalmente incidental, comienzo de Neuromante, donde se describe el color del cielo en Chiba City como “el de una pantalla de televisión sintonizada en un canal muerto”. El patrón de píxeles en Snow Crash no es, sin embargo, realmente aleatorio, y resulta más bien causa que efecto del susodicho crash. Pero no diré más…

Los escenarios del libro se reparten entre la Realidad, donde Estados Unidos se ha convertido en un montón de enclaves cerrados y franquicias comerciales con un gobierno federal replegado a funciones irrelevantes en un territorio pequeño, y el Metaverso, que es la idea que Stephenson tenía de lo que sería el acceso popular y masivo a la red informática: una realidad virtual detallada que recuerda inmediatamente a Second Life, y cuya descripción popularizó el término “avatar”. (No hay rastros de interfases hipertextuales planas como la World Wide Web ni de las construcciones de código abstracto en las que se sumergía el protagonista de Neuromante.)

Tengo la costumbre de seguir mis lecturas y calificarlas en Goodreads. Obligado a calificar Snow Crash, hice notar que un sistema multidimensional sería mucho mejor que uno donde se asignan entre una y cinco estrellas de puntaje, ya que, aunque el libro me gustó mucho, cuatro estrellas me parecía demasiado para una bizarra fantasía geek que ni siquiera intenta funcionar como literatura convencionalmente buena. Dije también, y lo reafirmo, que me sorprende que una historia tan salida de quicio y tan poco realista no haya sido llevada al cine por Hollywood con una superproducción que pulverice los récords de taquilla. Sin revelar puntos claves de la trama: uno de los protagonistas se apellida Protagonist y es un hacker de primera clase que lleva consigo a todas partes una katana genuina y afilada (que sabe y no teme usar) mientras entrega pizzas por cuenta de Cosa Nostra (una empresa regenteada por la Mafia) en un automóvil a 200 km/h; el otro es una cadete de quince años que entrega paquetes montada en una tabla de skate con tecnología que es casi indistinguible de la magia. Y ni hablar de las capacidades homicidas del antagonista principal. Lo único que Hollywood no toleraría sería la tendencia de Stephenson a someter al lector a interesantísimas (digo esto sin ironía alguna) exposiciones de varias páginas de longitud sobre mitología sumeria.

Dejar todo esto de lado es posible; también lo es disfrutarlo, con un placer quizá un poco culpable. Snow Crash es buena. Las exageraciones funcionan (Hollywood sabe esto) y a fin de cuentas la trama está muy bien, las cosas cierran, el mundo al final no deja de ser una horrible distopía anarcocapitalista pero al menos unas pocas personas tienen la posibilidad de seguir siendo libres.

Si hay algo que me molestó de verdad, y con lo cual no puedo transigir, es la concepción profundamente errada, por no decir rebuscada y ridícula, que Stephenson tiene de la transmisión cultural y lingüística, concepción que se manifiesta en la base misma del argumento. Es obvio que investigó mucho al escribir, pero no lo suficiente, lo cual lo lleva a pequeños pero terribles errores como decir (por boca del mismísimo Bibliotecario, curador del conocimiento mundial, una especie de Wikipedia personificada) que las lenguas aglutinantes son “muy raras” y que una lengua como el sumerio, formada por “morfemas y sílabas puestas unas tras otras”, sonaría como glosolalia. Stephenson no contaba con Wikipedia en 1992, pero cualquier lingüista podría haberle dicho que la mayor parte de las lenguas precolombinas son/eran aglutinantes, al igual que toda la inmensa familia bantú en África, las lenguas dravídicas (habladas por 200 millones de personas en India), la mayoría de las lenguas del Cáucaso, y también el japonés, el coreano, el turco, el armenio, el húngaro, el finés, el vasco… y que por supuesto cada una suena muy diferente y en absoluto como la jerigonza repetitiva y desestructurada que los cristianos pentecostales llaman “hablar en lenguas”.

Si no te preocupa la precisión lingüística, nada impedirá que disfrutes este libro; incluso si te importa, no tiene sentido sentarse a lamentarla: pasando una página o dos no faltará mucho para que vuelvan las peleas con espadas y las persecuciones por tierra, mar y aire, hasta el final explosivo y satisfactorio.

La nube púrpura: reseña

La nube púrpura: reseña

The Purple Cloud (en castellano, “La nube púrpura”) es una novela de M. P. Shiel publicada en 1901. Se trata de una obra de weird fiction que inaugura el género del “último hombre en la Tierra”.

Matthew Phipps Shiel era un excéntrico personaje a caballo entre dos siglos, una época que produjo las primeras novelas de ciencia ficción moderna y las obras inquietantes de H. P. Lovecraft y de Arthur Machen. Su estilo es decimonónico, recargado, en ocasiones místico, ágil y denso a la vez. Mezcla elementos de rigor (o pseudo-rigor) científico con fantasía, o más bien (porque esa palabra puede ser malinterpretada) con toques de extrañeza o de horror preternatural.

Leí el libro en inglés, disfrutando inmensamente de las expresiones oscuras, de los párrafos expansivos, de las elipsis que figuraban la corriente de pensamiento del narrador perturbado. Hay al menos dos ediciones en castellano, que no he tenido ocasión de consultar; imagino que la traducción debe haber sido ardua.

El relato comienza con una expedición al Ártico, por entonces inexplorado y, como tantas otras regiones extremas, centro de especulaciones místicas y filosóficas (véase, por ejemplo, El mito polar, de J. Godwin); continúa con un encuentro inefable y terrible y con la vuelta del protagonista al mundo que dejó atrás. Desde allí arranca la larga constatación de que la humanidad ha muerto y de que el agente de la destrucción es natural, aunque su acción parece ser ordenada por una voluntad superior, y luego la decadencia mental del último hombre y su recorrido metódico, maniático, por las ciudades colmadas de historia.

Dejo la reseña detallada a otros [1, 2]. Me basta con decir que el libro es una obra maestra y un clásico, es decir: es algo que uno no puede dejar de leer si desea comprender el género; es importante y va a seguir siéndolo incluso luego de que muchas de sus referencias y alusiones, ya bastante oscuras, se hayan vuelto arcaicas o irrelevantes; puede ser disfrutado, creo yo, por muchos lectores diferentes, por razones diversas, hablándole a cada uno con una voz diferente.

Es necesario señalar que una obra maestra no implica la perfección. Hay dos características en La nube púrpura que son marcas registradas de Shiel: lo que en inglés se llama casualmente purple prose —que podríamos traducir en castellano como “prosa florida”— y una tendencia a describir de más, ésta última unida a una necesidad aparente de exponer los exhaustivos conocimientos del autor en materias como la tradición náutica o el mantenimiento de los motores de locomotora.

Dejando de lado eso, o no (porque sobre gustos no hay nada escrito), queda en nuestras manos una obra exquisita de la literatura, un relato atrapante y un retrato psicológico convincente, en su complejidad y horror, del “último hombre sobre la Tierra”.


 

The Purple Cloud en inglés está en el dominio público y se puede leer o bajar de Proyecto Gutenberg como HTML, EPUB o MOBI.

El fin de la infancia: reseña

El fin de la infancia: reseña

Childhood’s End (en castellano, El fin de la infancia) es una novela de Arthur C. Clarke publicada en 1953. Fue una de las primeras, y el autor la contaba entre sus favoritas. Aunque hoy en día su premisa central —que implica la existencia de facultades psíquicas o paranormales— ha sido desacreditada por completo, el resto es sorprendentemente actual, quizá porque trata de temas filosóficos atemporales (la actitud humana ante el cambio, la reacción de la cultura y la ciencia frente a una utopía realista, la trascendencia).

El fin de la infancia pudo haber sido el proyecto de Clarke que Kubrick llevara al cine, si no hubiera sido porque éste terminó eligiendo 2001: Odisea espacial, con el fantástico resultado que todos conocemos. El canal de televisión Syfy emitió una decepcionante adaptación en tres partes a fines de 2015.

No pienso resumir aquí el argumento de la novela, que cualquiera puede leer en otras fuentes, sino señalar algunos detalles que la hacen una lectura sumamente recomendable.

Lo primero, como dije, es su atemporalidad. Con los recursos de la ciencia ficción, Clarke plantea cuestiones que podrían haber sido planteadas hace dos mil años y que (¡no mediando la intervención de extraterrestres benévolos superpoderosos!) nos seguiremos haciendo mientras seamos humanos. En mi edición, según recuerdo, se indicaba el tema como “la inesperada tragedia de la perfección”, vale decir, qué ocurre cuando todas las necesidades materiales del hombre están cubiertas y los límites de las necesidades psicológicas o espirituales sólo está en el respeto a un mínimo conjunto de leyes. La respuesta de Clarke es que la humanidad espera esa perfección para trascender de sí misma, perdiendo su individualidad y uniéndose a una Supermente o consciencia universal.

En la época en que fue escrito el libro no era aún tan claro como hoy que las facultades psíquicas paranormales (percepción extrasensorial, telequinesis, precognición) eran inexistentes. Faltaban aún décadas para que tuvieran su boom de popularidad y se hiciesen experimentos más o menos rigurosos sobre el tema. Clarke aún no era escéptico sobre ellas, y por eso escribió ésta, quizá la menos “dura” de toda su ficción. Es de señalar, sin embargo, que no creía en la universalidad de estas capacidades. Es levemente cómica la escena en que un protagonista encuentra al superseñor Rashaverak en la biblioteca de Rupert Boyce, excéntrico coleccionista de evidencias anecdóticas de lo paranormal, leyendo los libros con testimonios que éste le ha facilitado, a razón de una página cada dos segundos; Rashaverak le dirá luego a Karellen, el supervisor de la Tierra, que de esa tarea aburrida sólo ha rescatado un puñado de casos con visos de autenticidad entre una montaña de bazofia.

Otro punto de fortaleza en la novela es la verosimilitud con que llega la utopía. Al contrario de lo que ocurre en la desastrosa adaptación televisiva, los superseñores se toman su tiempo, maniobrando a través de los canales políticos y diplomáticos humanos habituales, y sólo interviniendo directamente en dos casos: uno, para terminar con la discriminación racial institucionalizada en Sudáfrica; otro, para erradicar la tauromaquia en España. Pasan varios años hasta que la humanidad acepta a sus visitantes, cincuenta años más hasta que se muestran por primera vez, y varias décadas más aún hasta que la utopía se establece del todo. Los instrumentos del cambio no son la tecnología o el poder de los superseñores, sino la creatividad humana volcada al servicio de su propio bienestar. Erradicada la guerra y los sistemas político-económicos más abusivos, una cantidad increíble de recursos queda libre para el progreso material. Uno de los factores principales del cambio es la liberación de la mujer vía un invento que en esa época era aún un sueño, y que cuentta entre las muchas predicciones acertadas de Clarke: un anticonceptivo barato y casi infalible.

No queda mucho por decir. Todo amante de la ciencia ficción debería leer esta novela, que sigue estando entre las mejores.

Neuromancer: reseña

Neuromancer: reseña

Neuromancer (traducido al español como Neuromante) es una novela de William Gibson publicada en 1984. Es una obra seminal del género cyberpunk y la que nos legó el uso del término “ciberespacio” en su sentido moderno. Trata de las aventuras de un hacker (y cracker) caído en desgracia y reclutado para una misión de la que él mismo tiene escasa idea.

Yo había leído el libro en castellano hace unos cuantos años y me pareció espantosamente confuso. Tomándolo en su idioma original, la confusión no desaparece, pero al menos es toda mía, sin el añadido de la del traductor. Gibson escribe elípticamente, con diálogos entrecortados, en argot, con términos inventados por él. Entre los protagonistas no hay ningún Mr. Exposition, ningún “profesor”, nadie que responda en voz alta las preguntas que el lector, perdido, se hace constantemente.

En mi reseña en Goodreads dije que Neuromancer había sido una experiencia con forma de letra N. Comencé con la baja expectativa de mi anterior lectura; luego, a medida que comencé a orientarme, pude apreciar la complejidad imposible de la vida en el mundo creado por la mente de Gibson. Más adelante ese mismo mundo se hace un poco demasiado complicado; los personajes se multiplican y sus historias y relaciones se enredan. La falta de explicaciones puede alterar los nervios. A pesar de apreciar lo escrito, durante todo el tiempo me pareció que Gibson se hacía el listo a costa mía.

Los hilos enredados no se desenredan del todo pero se unen satisfactoriamente a medida que se acerca el final y los protagonistas dan el cierre a sus historias.

Neuromancer es, como por supuesto lo han notado incontables lectores y críticos, el primero de su género, el cyberpunk, el lugar donde los motivos y los clichés que encontraríamos más tarde en esa versión juvenil y tonta que fue Hackers, en las películas de Matrix o en la franquicia de Ghost in the Shell, fueron inaugurados: los cimientos conceptuales de muchas de nuestras visiones actuales del futuro cercano.

Los formamundos y otros cuentos

Los formamundos y otros cuentos

Tal como anuncié, hoy se publicó mi último libro, Los formamundos y otros cuentos. Se puede adquirir con una colaboración a voluntad (inclusive gratis) en su página de Leanpub ‹leanpub.com/formamundos›, en varios formatos digitales.

Los relatos incluidos (con el asterisco marcando los ya publicados) son:

  • La conspiración*
  • El hijo pródigo*
  • Los botos
  • El chico del delíveri
  • Las vacas sagradas*
  • Divino tesoro
  • Los enfermos
  • Historia en dos ciudades
  • Los formamundos*
  • Los hiperbóreos
  • La frontera de la bestia*
  • Llévame hacia el sol*
  • De la boca de los pequeños
  • De anima robotōrum
  • La mascota
  • Los que vuelven*

No intenté explicar las razones o motivos de cada cuento y no lo voy a hacer aquí ahora. Hay una mezcla de estilos, ambientes y situaciones que me satisface. Si tuviese que elegir diría que los mejores están más cerca del final, pero sobre gustos no hay nada escrito.