La mascota

La mascota

Juzgando propicio el momento, Darei había sacado al animal de su jaula para intentar, una vez más, someterlo a algo siquiera parecido a un entrenamiento. En Chkisim todo el mundo sabe desde tiempos inmemoriales que los fuutabs son seres crepusculares, como los fabulosos gatos de la Vieja Tierra. Darei no había tenido ganas de levantarse para trabajar con el animal al alba; le quedaba, si no deseaba desperdiciar el día, el crepúsculo vespertino.

La gran Luna Azul estaba casi en fase llena; su luz glacial iluminaba el patio amplio, flanqueado por macetas y canteros, donde Darei jugaba sus últimos años de adolescencia. El leve resplandor final del sol poniente añadía una segunda sombra a los arbustos, a la pequeña jaula del fuutab que se negaba a salir, a la figura de angostas espaldas y largos brazos de Darei. En poco rato sus padres lo llamarían a cenar. El fuutab podía muy bien obstinarse en su encierro hasta entonces. No había manera de saber si sentía miedo o desconfianza o simple disgusto por su cuidador y supuesto amo. Esto enfurecía a Darei.

La Luna Azul subía en el cielo; el joven no tenía necesidad de mirar la hora. Sus padres —su padre, especialmente— se molestaban cuando no cenaba con ellos y con su hermana. Miró al interior de la jaula; desde la penumbra el fuutab lo contemplaba hoscamente, primero con un ojo, luego con otro, luego con otro: verdes esmeraldas cuyos iris en forma de rombo se contraían y expandían convulsivamente.

—Ya no sé qué hacer contigo —dijo Darei, no por primera vez.

Alguien tocó a la puerta de la calle y se escucharon voces animadas. Eso sería todo por hoy, entonces. Gimra había llegado; los padres de Darei —su madre, especialmente— se molestaban cuando se negaba a recibir a los invitados. Gimra era amable e indulgente y casi de la familia, pero no dejaba de ser un invitado. Darei hizo un último intento, acercando un trozo de comida a la boca-cepillo del animal. El fuutab hizo un desconcertante ruido metálico y los tres ojos principales se fijaron en la comida, pero no se movió. Darei resopló, maldijo por lo bajo y se levantó. No cerró la jaula. Se quedó parado en el medio del patio, con los puños cerrados.

Gimra apareció en el patio de pronto y Darei, a su pesar, se sobresaltó. Los cabellos de Gimra, en otro tiempo oscuros, eran de un gris opaco que se volvía plateado según cómo los movía la brisa; eran largos, abundantes, y el rostro que ocultaban en parte se había vuelto indefiniblemente más severo.

—Buenas noches —dijo Gimra, y la voz, andrógina y con armónicos purísimos, sorprendió de nuevo a Darei. Le habían explicado, naturalmente, pero era la primera vez que…

—Buenas noches, Gimra. —Se acercó y extendió una mano cautelosa. Gimra lo aferró del antebrazo y lo atrajo hacia sí, envolviéndolo en un abrazo lento, medido—. ¿Cómo estás? —preguntó, tratando de que sonara como una simple fórmula.

—Bastante bien —respondió Gimra, soltándolo—. Estoy… Espero no interrumpir. Aunque…

—Ya me di por vencido por hoy —dijo Darei, respondiendo a la pregunta implícita—. Intentaré mañana de nuevo.

—Hace tres estaciones que intentas. No voy a recomendarte lo mismo que siempre, pero… ¿no estás aburrido ya? ¿No tendrías que estar buscando algo que hacer? Estudiar, perseguir chicas…

Darei puso cara de ofendido, aunque sonreía interiormente; sabía que Gimra lo tomaría a broma. Pero Gimra enrojeció y parpadeó. Darei sonrió, turbado.

—No estoy descuidando nada. No pongas esa cara.

El otro se recompuso con rapidez.

—Estoy algo preocupado, Darei. Se trata de… bien, ya casi eres un hombre, y tus padres ya te habrán hablado de esto…

Darei miró al suelo, avergonzado. ¿Era, entonces, lo que suponía? ¿Estaba Gimra en las etapas finales del cambio?

—¿Es muy extraño?

—Es algo desconcertante —dijo Gimra—. Hace un momento, sin más… Ocurre que no pueden dejar el sistema límbico como está; tengo que tener cierto control sobre esas estructuras, pero todavía no logro adquirirlo.

—Oh. —Aquel abrazo, entonces…

—Es algo vergonzoso. Es natural, pero… bueno, es “natural” en el sentido de que cuando haces modificaciones tan importantes al cuerpo de una persona, es normal que tarde en acostumbrarse… —Gimra soltó una risita seca, cómplice—. Ni que hiciera falta que le explique a un adolescente sobre cambios hormonales vergonzosos, ¿eh?

Darei rio, relajado ahora.

—Eso ya pasó, viejo. Ya lo dijiste. Aquí hay un hombre.

Casi un hombre. —Un llamado perentorio vino desde la cocina—. Y yo casi… Pero aún necesito comer.

El joven se arrodilló a cerrar la jaula. El animal en el interior apenas lo miró.


Gimra aludió poco y nada a sus modificaciones durante la cena, y nadie quiso o supo cómo preguntarle. La tradición quería que el Cambio no fuese discutido excepto en términos prácticos y sólo por los directamente involucrados.

El fuutab llegó a su fase de semiadulto y mudó de piel y de color. Pronto no tendría sentido intentar domesticarlo, si es que alguna vez lo había tenido. Como la mayoría de los animales, el fuutab no podía aprender destrezas ni comportamientos realmente nuevos luego de llegar a la madurez. Ésa era, por desgracia, una de las muy pocas cosas que tenía en común con las personas.

El día que Gimra vino a despedirse encontró a Darei sentado en el patio comiendo un sandwich pensativamente mientras contemplaba al fuutab. El animal estaba fuera de su jaula, durmiendo a la sombra de un arbusto espinoso cuyas matas parecía preferir como guarida. Los grandes parches ópticos de su cabeza reflejaban un cielo violáceo, con unas pocas nubes; una película húmeda, como un párpado transparente, los limpiaba con automática calma. El fuutab nunca dejaba de ver lo que ocurría a su alrededor.

—Me dijeron que estabas aquí. ¿Está dormido?

—¿Quién sabe? —dijo Darei, encogiéndose de hombros.

Gimra se arrodilló junto al animal, y Darei notó entonces la extrañeza de sus movimientos, algo sutilmente erróneo en los ángulos de sus articulaciones.

—En efecto —repuso Gimra, estudiando al fuutab con la vista desde cerca—, no hay manera de saber si duerme o si el estado en que se encuentra es realmente incomparable a lo que llamamos “sueño”.

—No le veo la diferencia.

Gimra pasó una mano lentamente sobre el fuutab, y un levísimo reflejo muscular erizó apenas las cerdas que rodeaban los parches fotosensibles de la cabeza.

—Somos extranjeros en este mundo —dijo—. Nada que pertenezca a este planeta puede ser comprendido del todo por nosotros. Ésa es la razón por la cual no puedes domesticar a este pobre animal. Es… incongruente, podría decirse, con nosotros. Es como si habitara un universo paralelo al nuestro.

Darei se removió, inquieto por la insólita solemnidad en las palabras de Gimra. Ya había escuchado, en alguna versión más informal, esta explicación a su fracaso, pero esta vez le sonaba final. No más convincente, quizá, sino inapelable.

—¿Cómo puedes estar tan seguro? —replicó, sin embargo—. Es un ser vivo y este planeta es habitable por animales como nosotros. ¿Cómo puede ser tan distinto un animal nativo?

Gimra volvió hacia él unos ojos sin blanco, sin expresión. Darei nunca había visto tales ojos. Se esforzó por ocultar su repentina repugnancia.

—Ésta es mi etapa final —dijo Gimra—. Estoy casi tan lejos del organismo original humano como puedo estarlo, al menos conservando esta forma. Eso me da cierta perspectiva. Créeme. No pierdas el tiempo con este animal. Juega con él o déjalo ir, pero no le pidas que te comprenda. Una serpiente o una rana te harían más caso.

Darei se sobrecogió al escuchar esos nombres legendarios.

—¿Estás…? ¿Ya estás en contacto con…?

—Algunos canales se me han abierto. Es mucha información. A veces olvido dónde y cuándo estoy.

El joven no supo qué contestar a esto y buscó nerviosamente qué hacer. El fuutab continuaba durmiendo, imperturbable. Muchas veces lo había despertado de estas largas siestas, en ocasiones con cierta rudeza, buscando provocar alguna reacción comprensible, pero las palabras de Gimra lo habían llenado de un temeroso respeto.

—¿Vendrás a cenar? —preguntó finalmente.

—No. Ya no.

Darei se levantó del suelo y esperó que Gimra lo imitase. Le ofreció una mano; la mano con que Gimra la tomó era agradablemente cálida, y el apretón se sintió todavía humano… aunque a estas alturas del Cambio, bien podía tratarse de una buena imitación. Gimra no dijo una palabra más, pero sonrió: una sonrisa que no prometía nada, que sólo transmitía una sencilla conformidad. Viendo esto, Darei calló lo que iba a decirle.


Más o menos un año después de que Gimra se retirase, Darei, súbitamente decidido, soltó al fuutab y lo alentó a irse. El animal, incrédulo o desconfiado, no aprovechó su repentina libertad al comienzo, pero a la segunda noche desapareció. Para sorpresa de Darei, volvió a los pocos días; estaba sucio, quizá más flaco, y aceptó los alimentos que el muchacho le dio, dejándoselos en la puerta trasera de la casa, la que daba al patio. El fuutab recorrió el patio, observándolo con sus indescifrables sentidos, y se fue sin prisa. Sin regularidad aparente, pero con constancia, este vagabundeo se estableció como rutina.

Gimra volvió también sin aviso una tarde. El clima era benigno y Darei estaba en el patio, estudiando. El fuutab había faltado de la casa durante varios días y el joven intuía que hoy podría volver a olfatear sus viejos dominios.

La forma proyectada de Gimra retenía algunos rasgos, como un boceto a lápiz ejecutado por un buen dibujante sugiere lo representado sin dar lugar a engaño sobre su artificialidad. Era casi sólida, pero descolorida, y sólo en torno a los ojos y la boca se apreciaba cuidado en los detalles; las puntas de las extremidades eran difusas, y la vestimenta figuraba una túnica sin arrugas. Darei se sobresaltó sólo a medias por esta aparición. Nunca había oído las tradicionales historias de fantasmas de la Vieja Tierra y la similitud con ellas, por tanto, se le escapaba.

La voz de Gimra era lo suficientemente similar como para reconocerla, aunque parecía provenir de un foco bastante distribuido en el espacio, como en una sala de conciertos. Quizá no era posible para las máquinas de los Retirados simular un foco puntual, o quizá el detalle fuese considerado superfluo. Darei pensó que, al menos, nadie se confundiría de esta manera.

—Buenas tardes, muchacho —dijo la forma-Gimra—. ¿Cómo has estado?

—Estudiando, sobre todo —dijo Darei—. ¿Y tú?

Gimra no respondió a la pregunta. Su cabeza simulada se movió, observando en torno.

—Iré a saludar a tus padres. No tengo demasiado tiempo. Estas excursiones me dejan exhausto, ¿sabes?

—Te agradezco por venir a verme, entonces.

—La mayoría de mis amigos se Retiraron antes que yo. No quedan muchos a quien desee saludar.

La forma fantasmal volvió a mirar a su alrededor, como si sus instrumentos de percepción estuviesen realmente allí y tuviesen las mismas limitaciones físicas que los ojos biológicos. ¿Sería esto un reflejo o un atavismo psicológico?

—¿Qué buscas? —preguntó Darei.

—Ya no tienes enjaulado a ese pobre animal, ¿verdad?

—No. Es libre. Viene cuando lo desea, come y se va.

—Está bien. No tienes idea de lo que me preocupaba.

—¿En serio? ¿Este fuutab en particular?

—Tu conducta hacia él era poco auspiciosa. —El discurso de Gimra también se había reducido a trazos gruesos, pensó Darei—. Tienes mucho tiempo por delante hasta que te llegue el turno, pero hay cosas que debes entender y cuanto antes mejor. Las relaciones entre seres que viven en diferentes mundos perceptivos e intelectuales…

Darei esperó que Gimra completase la frase o sugiriese alguna explicación, pero la figura adusta del viejo Retirado parecía inquieta, como si escuchase un llamado urgente inaudible para los demás.

—No intentaré domesticarlo. No soy su dueño ni lo seré nunca —dijo el muchacho, un poco azorado, luego de un breve silencio.

—¿Sabes por qué nos Retiramos?

Darei había oído las explicaciones usuales. Chkisim era un mundo pequeño y hostil. Dada la posibilidad cierta de extender la vida humana indefinidamente, no pasaría mucho tiempo antes de que la población sobrepasase la capacidad del ecosistema para sostenerla. La emigración interestelar masiva y constante no era una opción. Los Retirados seguían viviendo, pero no se reproducían y consumían una fracción de los recursos. Si se sumían en el Largo Sueño podían razonablemente durar hasta que el planeta se enfriase. Hacía siglos que este sistema funcionaba bien, y el número de los Retirados ya sobrepasaba el de los Corpóreos…

—Correcto —dijo Gimra—, pero incompleto. Nos Retiramos, muchacho, para evitar la tentación de hacerles a ustedes lo que intentaste hacerle a aquel animal. Créeme que nos cuesta mucho.

Darei abrió la boca, intuyó que su primera idea de respuesta era una tontería, la volvió a cerrar. Miró a Gimra; los ojos inexpresivos le exigían silencio y cuidadosa reflexión antes de hablar.

—Se alejan de todas las maneras posibles —dijo al fin—. Podrían seguir siendo casi como nosotros, pero entonces sentirían la tentación de volver.

—Nos volveríamos locos —puntualizó Gimra, alzando unas cejas borrosas— si fuésemos todavía humanos. Te veo en este momento como tú podrías ver a un animal nativo o a una planta.

Bajo esa mirada Darei sintió que le ardían los ojos y una tibieza repentina le inundaba las fosas nasales. Sintió también vergüenza. De nada servía, naturalmente, decirse que no era vergonzoso llorar frente a una entidad que había dejado de ser humana. Quizá en respuesta, el rostro de la forma-Gimra se volvió aún más esquemático.

—Es casi peor que si estuvieses muerto, Gimra —murmuró el joven.

Gimra no respondió. Algo en su rostro cambió sutilmente, el foco de su atención nuevamente moviéndose hacia otro lugar, y en ese momento Darei escuchó el familiar susurro de las patas del fuutab sobre las baldosas del patio.

El animal entró y olfateó el aire. No pareció alarmarse por la alta figura de Gimra. Los tres pequeños ojos complejos se fijaron en Darei. Se aproximó con determinación, sin temor. Darei estiró una mano y acarició el flanco. El fuutab no se resistió.

—La tentación sería irresistible de otra manera —dijo Gimra—. Te veré más adelante.

—¿Cuándo? ¿Cuánto tiempo…? —preguntó Darei. El fuutab escapó velozmente hacia su arbusto favorito.

La figura proyectada de Gimra esbozó una sonrisa compasiva antes de desaparecer.


 

La mascota es parte de mi libro Los formamundos y otros cuentos, disponible en Leanpub.