La resistencia

La resistencia

La vieja salió al balcón, largo y angosto, desde donde podría ver cuando el paquete estuviese llegando. Al final del balcón, que se proyectaba como una lengua embaldosada desde la fachada del piso veintisiete, había una baranda de contención formada por tres largueros planos de acero; servían como soporte para un pequeño jardín de macetas donde la vieja cultivaba flores grandes y fragantes, pequeñas flores coloridas, helechos, hierbas aromáticas. Las macetas estaban atadas con finos alambres a los largueros como precaución. Los rascacielos que rodeaban al edificio de la vieja eran tan altos que sólo durante las peores tormentas alguna ráfaga podía llegar a voltear las macetas, pero la vieja era cuidadosa de los detalles.

El panorama era una mezcla de rojo cobrizo, dorado viejo y gris apagado. Anochecía sobre la ciudad, sobre el barrio a medio ocupar. Ya casi no quedaba nadie en los alrededores. A la vieja le habían cortado la electricidad un mes atrás. Todavía no le había llegado el turno al agua potable. El edificio tenía su propio generador para el bombeo pero toda la zona destinada al nuevo desarrollo sería desconectada de la red en unos días, según el programa.

Unos pocos puntitos de luz circulaban, zumbando, entre los edificios. Ninguno se detuvo frente a la vieja que esperaba, aunque uno pasó de largo frente al balcón, a unos diez metros; la vieja pudo ver con claridad el paquete firmemente asegurado al chasis. Suspiró. Aún no tenía hambre pero comenzaba a preocuparle la demora.

Dentro del departamento se encendieron las pequeñas luces de emergencia. La vieja entró con lentos pasos, sin cerrar la puerta vidriada del balcón, porque hacía calor. Buscó la terminal de datos, que había dejado sobre la mesita, y verificó que no hubiese mensajes. La empresa desarrolladora le había enviado su saludo diario. Lo borró. La terminal preguntó, como de costumbre, si deseaba ignorar los mensajes de ese tipo de manera automática. La vieja se negó; encontraba un mínimo placer en borrar manualmente, con un gesto de desprecio, las intimaciones de la fuerza ocupante que la urgían a abandonar su hogar.

Alguien tocó a la puerta. Una de las primeras cosas que había hecho la vieja, luego del ultimátum, había sido desconectar la puerta de la red doméstica. Ahora, ya sin electricidad siquiera, era una puerta a la manera antigua, que había que ir a abrir. El sonido de nudillos golpeando contra la madera sintética le despertó placenteros recuerdos de épocas pasadas, quizá reales, quizá de comedias o dramas televisivos que había visto, donde todo dependía de unos golpes en una puerta, de un santo y seña analógico, de demoras o apresuramientos para abrir. Un instante más tarde sonrió maliciosamente imaginando cómo el extraño —quien fuese que estaba allá afuera— debía haber estado esperando un largo rato que la puerta le diese alguna señal de inteligencia.

Con dolorosa lentitud fue hasta el pequeño recibidor y descorrió los dudosos pasadores.

—Buenas noches —dijo el extraño—. ¿Usted es Malala Grosman?

La voz podía ser de mujer, pero no había forma de saber. La Sra. Grosman no lograba ver bien en la oscuridad del pasillo. El extraño estaba vestido con un electrotraje sencillo, que dejaba al descubierto las manos. Una máscara de placas le cubría la parte inferior del rostro. No llevaba glasses ni elementos de red personal obvios. Los ojos eran grandes, redondos, de un color indefinido en la penumbra. Por encima de ellos las cejas eran pobladas pero estaban cuidadosamente recortadas. Frente alta y sin arrugas, cabello muy corto.

—Yo soy. ¿Qué se le canta? —dijo la vieja, porque se sentía más confiada en su coloquial.

—Imagino que ya sabe a qué vengo —dijo el extraño, y amagó a dar un paso al interior del departamento, pero la vieja no se movió de su lugar.

—Ah, sí. Pero de una digamé, ¿cómo se llama?

—Asistente de Reasentamiento, señora. No estoy autorizada a decirle mi nombre.

—No está autorizada. Mire qué bien —dijo la Sra. Grosman, apartándose del hueco de la puerta. Las débiles luces del departamento iluminaron la figura alta de la “asistente”.

—Con permiso —dijo la asistente.

—Ni puedo ofrecerle algo —dijo la vieja— salvo un vaso de agua. Todavía no me llegó el delí y no tengo nada.

—No hace falta —dijo la asistente, entrando con cuidado en el departamento y echando una mirada rápida, metódica, a su alrededor—. Vengo a pedirle que me acompañe. Esta zona está designada para refuncionalización y usted ya recibió todos los avisos correspondientes. El dinero de la expropiación ya está prehabilitado. Si necesita un acceso de datos para verificarlo se lo puedo facilitar ahora mismo. El dinero es suyo en cuanto cruce la puerta.

—Ya me re dieron el discurso ese —dijo la vieja, sin inmutarse—. Ya les dije que no. Me van a sacar de acá muerta.

—Sra. Grosman, la empresa busca su bienestar. Se le asignó un departamento de superficie igual a éste, con comodidades equivalentes, en una zona no refuncionalizada. Está disponible en este mismo momento. Y la indemnización…

—Sí, sí, ya sé —interrumpió la vieja—. Toco el sí y todo se arregla. Banque un momento. —Se volvió y fue renqueando hasta el balcón, donde echó una larga mirada al exterior. No había señales del dron con el paquete.

—¿Espera algo? —preguntó la asistente—. Podemos combinar que se le forwardee a su nuevo domicilio o a un depósito, sin cargo de almacenamiento por 72 horas hábiles. —Era como una vendedora, pensó la Sra. Grosman, con un guión que prescribía cada detalle y se anticipaba a todas las preguntas incómodas. No era tan difícil considerando cómo la habían acorralado.

—Le dije que estaba esperando mi cena.

La vieja terminó su inspección, desanimada, y volvió al interior del departamento. La asistente seguía parada en el medio del estar con las piernas levemente separadas, los brazos a los costados y los ojos al frente, sin dar muestras de impaciencia. El electrotraje era bastante ceñido y no parecía tener lugar para esconder ningún arma grande, pero esas cosas ya no eran necesarias. No serían necesarias, seguramente, para ir a desalojar a una vieja. ¿Quién iba a creerle al título inofensivo de “asistente de reasentamiento”? Esto era un soldado.

—Lo lamento pero no podemos esperar más. Se está haciendo tarde —dijo la asistente.

—No va a dejar a una mujer vieja sin cenar, ¿no? —dijo la Sra. Grosman, sin molestarse en ocultar un tono irónico. Estaba pensando a toda velocidad.

—Le obsequiaremos una cena adecuada en cuanto deje el departamento. Entiendo que usted no tiene ninguna necesidad dietética especial, ¿no?

Naturalmente, pensó la vieja, ya saben que no soy diabética ni hipertensa ni celíaca. No necesito comer regularmente para no desmayarme; también lo saben. Lo saben todo.

—Mi remedio para la artritis… —comenzó, y se detuvo, para ver si la excusa prendía, pero la asistente no hizo gesto alguno. Dejó pasar tres segundos y continuó más cortésmente—: Tengo que tomar una medicación con la comida. ¿Me entiende?

—Podemos llevarnos su medicación. Si no le alcanza nuestro servicio de atención médica le puede facilitar más. Lo que usted toma…

—Lo busco —interrumpió la vieja, y fue calculadamente despacio hasta el aparador donde guardaba las píldoras.

—¿Está lista para acompañarme? —preguntó la asistente.

La vieja se guardó la caja en un bolsillo de los ajados pantalones y suspiró audiblemente. Una idea se le había metido en la cabeza. De hecho, pensó, la había tenido allí guardada desde hacía tiempo; acababa de redescubrirla, pero ya estaba, como quien dice, lista para usar.

—Me gustaría esperar mi cena —murmuró, como si no hubiese entendido nada de lo ocurrido en los últimos minutos.

—Lo lamento, pero es imposible —dijo la asistente. (No había mirado el reloj, si es que llevaba alguno.)

—Sabe usted que no puedo caminar bien —observó la vieja.

—Usa asistencia mecánica, ¿verdad?

—No lo tengo puesto todo el tiempo porque me afloja el cuerpo. No me tengo que dejar aflojar, dice el médico. A mi edad hay que mantenerse firme aunque cueste, todo el tiempo que se pueda —peroró la vieja—. Pero si me voy con usted ahora me lo voy a tener que poner antes. Ahora, si usted fuese hombre capaz que tendría fuerzas como para llevarme en brazos, ¿eh?

—Por favor, colóquese el asistente mecánico para que podamos irnos —dijo la asistente.

—¿Puede hacerme un favor? Voy a tardar un rato. Si ve un dron buscando por la zona, es mi cena. Ya sé que me van a dar de cenar, pero es mi última cena en este departamento. ¿Puede fijarse si viene?

La asistente fue hasta el balcón y observó. El sol ya había caído del todo y casi no había luz en el cielo.

—Este balcón es antirreglamentario, señora. Se proyecta demasiado fuera de la línea de edificación y la baranda no cumple con los requisitos mínimos de seguridad. Ya se lo habrán hecho notar. El departamento que le asignamos está mucho mejor construido. Estoy segura de que le gustará.

—Sí, seguro. ¿Está viendo si viene el dron?

El exoesqueleto de la vieja estaba colgado en una pared. Hacía un par de semanas que no lo usaba.

—Estoy viendo. Si viene le digo que me entregue el pedido. Después tenemos que irnos —indicó la asistente en tono perentorio.

—Gracias. Me da un ratito y estoy lista.

El exoesqueleto era un modelo liviano y básico. Tenía sólo dos biopuertos en los temporales y cuatro puntos de inserción en las extremidades. La Sra. Grosman lo usaba desde hacía ocho años y aunque detestaba hacerlo excepto cuando era absolutamente necesario, ya no le inspiraba repugnancia, como al comienzo. Era una herramienta, como un batidor o un martillo. Un instrumento, algo grosero realmente: imposible de ignorar. Nadie podía verla con el exoesqueleto puesto y hacer como si no existiese. A los viejos no nos importa, pensó la Sra. Grosman. Resistimos: no importa si es a costa de meternos en estos armazones espantosos. Siempre resistimos, rotos y remendados.

Los jóvenes afectados por enfermedades degenerativas o por accidentes tendían a recurrir a tecnologías menos visibles, más radicales. Los más jóvenes ni siquiera precisaban la excusa de una discapacidad para meterse cosas en el cuerpo. Cada vez más gente, cada vez más cosas, hasta el punto en que uno no podía saber, cuando estaba frente a ellos, si estaba hablando con un ser humano o con una máquina. O algo intermedio, con más partes mecánicas que humanas. Un cyborg, como se decía a principios de siglo y en los viejos clásicos de la ciencia ficción.

El exoesqueleto de la Sra. Grosman no aumentaba sus capacidades mentales o nerviosas. Era apenas un refuerzo para sus músculos cansados y sus huesos corroídos. No consumía casi nada de energía y no requería grandes modificaciones al cuerpo o a su contexto doméstico. Pero esos otros, esos cyborgs…

—Veo un dron que viene, señora —notificó la asistente.

—¡Qué bueno! No lo pierda de vista.

Había que ver cuánta energía, cuántos materiales específicos, cuánto ancho de banda consumían las nuevas generaciones aumentadas. Dependían de una red complejísima de soporte y naturalmente no podían vivir en los mismos lugares que los demás. A medida que dejaban atrás su biología, las viviendas tradicionales ya no les servían. Cuando un barrio de la ciudad se volvía popular para ellos quedaba condenado. “Refuncionalizar” era el eufemismo que habían inventado las empresas de desarrollo inmobiliario. Ocupar, más bien, pensó la vieja.

—Está señalizando —anunció la asistente. La vieja oía ya el zumbido de los motores del dron acercándose. El exoesqueleto, pese al desuso, no hacía ruido al desplazarse; lo había mantenido bien lubricado. La asistente se volvió a medias cuando se dio cuenta de que la Sra. Grosman estaba a sólo dos pasos de ella. La suave luz de posición del dron iluminó la figura simétrica, andrógina, sus ojos sin rastro de sorpresa o temor.

La Sra. Grosman se lanzó hacia adelante con todas sus fuerzas, apuntando la cansada cabeza hacia el antebrazo izquierdo y el pecho de la asistente. La pierna derecha de la asistente chocó contra la baranda, y luego la rodilla izquierda contra la pierna derecha. Los brazos se agitaron, pero la cosa que había venido por la vieja no poseía, o se le había suprimido, el instinto de agarrarse a la persona más cercana en busca de auxilio.

La vieja había cerrado los puños y cruzado los brazos; las placas metálicas del exoesqueleto chocaron contra los largueros, quebrando una maceta con geranios y derribando un pequeño recipiente de plástico con helechos. Las frondas del helecho, agitadas por el aire de la caída, desaparecieron tragadas por la oscuridad de la calle. La vieja se quedó acurrucada sobre la baranda, con la cabeza en el vacío, aturdida y sintiendo el dolor del esfuerzo punzar cruelmente cada una de sus articulaciones. Miró así a la negrura vertiginosa, tragando aire a bocados, hasta que escuchó el ruido final.

El dron revoloteaba sobre el balcón, haciendo guiños con sus luces. La vieja le hizo señas y le acercó la mano para que la reconociera, guiándolo hasta el punto donde podía depositar el paquete. Era un modelo viejo y sin inteligencia, pero ya conocía sus mañas.

—Te van a sacar de circulación pronto —le dijo—. Como a mí, calculo. Listo, ya está. —El dron se elevó.

El paquete estaba tibio. La vieja lo llevó al interior, abriéndolo mientras caminaba; se le hacía agua la boca. Junto a ella, la terminal de datos comenzó a vibrar y parpadear con un mensaje prioritario, pero no le hizo caso.

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