Brasyl: reseña

Brasyl: reseña

Brasyl es una novela escrita en 2007 por Ian McDonald, un autor británico-irlandés con una larga trayectoria de la cual yo sólo conocía, antes, uno de sus primeros trabajos, Camino Desolación (1988). Partiendo de esta pequeña muestra y de reseñas de sus otras novelas, no parece inexacto decir que McDonald no va nunca con chiquitas. Brasyl es una narración épica.

Brasyl

Tres relatos corren paralelos en Brasyl; se trata de tres tiempos y tres lugares, de los cuales el menos claramente ficticio y el más reconocible es el Brasil del presente o pasado cercano: Rio de Janeiro, 2006. El autor despliega fugaces postales de la Ciudad Maravillosa, sin falta (y a veces con un leve y perdonable exceso) de color local: el Corcovado con su Cristo en la cima, la lluvia como una niebla que cubre los morros, la práctica de la lucha-danza de la capoeira, los nombres y los colores de esos barrios que no hace falta ser carioca ni siquiera brasileño para reconocer: Copacabana, Ipanema, Botafogo, Flamengo. El único elemento fuera de lugar en este universo conocido es el Canal Quatro, pequeño pero atrevido rival de las grandes cadenas de televisión como Rede Globo, y lugar de trabajo frenético de una productora de realities que bordean siempre lo grotesco y lo amoral: Marcelina Hoffman, la primera de nuestros protagonistas.

El segundo Brasil que se nos presenta es el del futuro cercano, un futuro de favelas agigantadas, crimen organizado y seguridad privada a la carta, interconexión social masiva, explotación a escala industrial de humanos fallidos y espionaje electrónico ubicuo, en la ciudad que probablemente más cercana esté a esa clase de futuro distópico y brillante en todo Brasil: la megalópolis de São Paulo, con veintidós millones de habitantes cuyos cuerpos y posesiones son vigilados a toda hora por gigantescos planeadores estratosféricos, los Ángeles de la Perpetua Vigilancia. Aquí encontramos, alternando entre la favela de su nacimiento y variadas aventuras en el campo de la caza de talentos, con las cuales espera algún día triunfar, a Edson Oliveira de Freitas, emprendedor con coraje sin igual, nuestro segundo protagonista.

El tercer Brasil está a mediados del siglo XVIII y sigue los pasos de un sacerdote jesuita de origen irlandés, Luis Quinn, desde su desembarco en la entonces capital de la colonia, Salvador de Bahía, hasta el interior profundo de la Amazonia, donde ha sido enviado por sus superiores en Portugal, a su propio pedido (“I ask only that I might be given a task most difficult”), para conminar a un jesuita rebelde y megalómano a someterse a la disciplina de la orden. (El escenario y el modo de la narración, aquí, le debe no poco a Apocalypse Now o a su inspiración, El corazón de las tinieblas.)

Se trata de una novela bastante larga, pero que no cansa. Comienza con paso firme, contándonos del proyecto de Marcelina de encontrar y llevar a “juicio” (un linchamiento mediático, en realidad) al anciano responsable del desastre del Maracanaço; de los problemas en los que se encuentra Edson por salvar a un hermano tonto luego de que éste robó una cartera de la cual es difícil deshacerse; y de las impresiones iniciales del Padre Luis en una tierra donde reina la violencia, la esclavitud y la ilegalidad. Como en una sinfonía, temas comunes suenan aquí y allá. Alguien quiere hacerse pasar por Marcelina para perjudicarla, o alguien quiere volver loca a Marcelina haciéndole creer que ve visiones, o Marcelina está realmente loca, quizá a causa del estrés; Edson, en medio de una transacción con crackers que usan computadoras cuánticas prohibidas para su negocio de romper o borrar códigos incriminantes, ve allá a una mujer que sabe aquí, y más tarde ve viva a una mujer que sabe muerta; Quinn, finalmente, encuentra en lo profundo de la jungla el origen de esas multiplicidades, en la forma de una sustancia que abre las puertas de la percepción al borgeano jardín de senderos que se bifurcan de la interpretación de Everett de la mecánica cuántica; mientras tanto, en los otros dos tiempos, en las otras dos historias, la explicación va emergiendo de a pedazos. Para cuando esto ocurre ya no hay tiempo que perder: mientras Luis Quinn comanda a los suyos en una batalla para preservar el acceso a los infinitos mundos que ha descubierto, Marcelina Hoffman trata de protegerse y proteger a sus amigos de su némesis, y Edson debe hacer uso de su ingenio para no perder el amor encontrado en aquel breve trato con los comerciantes cuánticos.

Los panoramas de estos tres países (Brasil del pasado, el presente y el futuro) son fascinantes, atrapantes: ficciones que lo muestran como en la realidad, una extensión del tamaño de un continente repleta de hechos terribles, de opresión y de chances de escape, de crecimiento tortuoso, calor y cansancio, podredumbre, flujo, muerte y la posibilidad de renacimiento. A los que hemos tenido la suerte de visitar esta tierra de maravillas Brasyl nos traerá infinidad de recuerdos: un río interminable de saudades.

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Estados alterados

Estados alterados

Hablando de llegar tarde a todo, en estos días vi Estados alterados (Altered States en el original), una película de 1980 dirigida por Ken Russell que, pese a sus muchas fallas, sus efectos especiales poco logrados y sus premisas estrambóticas, logró interesarme lo suficiente.

La idea de que existen “estados alterados de consciencia” en los cuales la mente humana puede acceder a otras esferas de experiencia se popularizó en los años 1960. A mediados de los ’50 el psiquiatra John Lilly había comenzado a experimentar con aislamiento en tanques de privación sensorial combinado con drogas psicodélicas, que es precisamente lo que hace el protagonista, Edward Jessup, en la película, empleando una mezcla de alucinógenos obtenida en un ritual indígena mexicano.

El Dr. Jessup, incapaz de detenerse, termina sufriendo una regresión en el tiempo que primero es sólo mental y luego comienza, para incredulidad de los demás, a “externalizarse”, es decir, a manifestarse físicamente en su cuerpo. El final de esta regresión es la nada misma, el caos energético primordial del cual surge el universo.

Reconocer referencias era inevitable. Dos obras de ficción muy disímiles me vinieron inmediatamente a la memoria: la novela El mundo sumergido (J. G. Ballard, 1962) y el animé Akira (Katsuhiro Otomo, 1988). Ambas son de un alcance mucho mayor que la personalísima aventura interior de Estados alterados, en las cuales todo gira en torno a un protagonista y tres personajes bastante secundarios. En El mundo sumergido hay todo un planeta volviendo lentamente a algo parecido al Cenozoico bajo el influjo de un calentamiento global extremo, y en Akira toda la metrópolis de Neo-Tokyo se ve afectada por el descontrol causado por la evolución descontrolada de Tetsuo y, más tarde, por el propio Akira.

En El mundo sumergido encontramos, como en Estados alterados, a un científico que experimenta cambios psíquicos y físicos al compás de las condiciones externas; pero en la novela de Ballard no hay nada de esa intensidad maniática, esa obsesión por llegar al fondo de las cosas, que posee al Dr. Jessup: muy por el contrario, el Dr. Kerans primero estudia con calma el progreso de la involución sobre otras personas y sobre sí mismo y luego se deja llevar por ésta. Su “viaje” es hacia el pasado reptiliano-vegetal, hacia la humedad y el calor del sol que todo lo consume, y aunque conserva su racionalidad, cada vez tiene menos oportunidades de aplicarla.

En Akira la racionalidad está al servicio de la investigación científica y ésta a su vez en manos de la fuerza política y militar. Tetsuo es una víctima y un objeto de experimentación de estos poderes, hasta que descubre su propia y devastadora fuerza. Comienza siendo un joven con pocas luces, impulsivo, con un complejo de inferioridad y habituado a la violencia, y por un tiempo su involución sólo se manifiesta en más violencia y más impulsividad. Llega al equilibrio final al vencer y unirse con Akira, y el final (para él) es abierto.

A Estados alterados se le criticó su final que, prescindiendo de toda la argumentación anterior, le da un giro repentino y total al personaje, devolviéndolo a la vida normal “por el poder del amor”. Sin embargo este recurso no es gratuito. También en El mundo sumergido hay una apelación al amor, o por lo menos al afecto de una persona y a la preocupación por otra, que por un tiempo retiene al protagonista. En Akira las relaciones humanas ya son frágiles desde un principio, pero la banda de Kaneda no abandona a los suyos con facilidad, y el propio Kaneda no renuncia a rescatar a Tetsuo ni siquiera en el acto de intentar destruirlo.

Quizá hubiese sido mejor para Estados alterados, que desde el principio establece a su dudoso héroe como un ser poco empático y potencialmente amoral, si el guión le hubiese dejado seguir ese camino sin retorno. Pero un final así habría sido insatisfactorio, creo, porque a diferencia de Kerans, que sigue su camino hacia el pasado reptiliano con naturalidad, y de Tetsuo, que acepta con serenidad su misteriosa apoteosis, el Dr. Jessup comprende que, al contrario de lo que había imaginado al comienzo de sus experimentos, la iluminación absoluta no existe, porque la verdad última es oscuridad, la nada; la verdad que busca tiene que estar entre la comunidad de los seres humanos, cuyas relaciones son lo único que da sentido a un universo sin propósito alguno. Por lo tanto, llegado al final de las cosas, se resiste y escapa gracias a una mano humana tendida hacia él. La verdad última no es para nosotros, proclama Estados alterados, porque es anti-humana. Esta revelación deja a la película firmemente en el casillero de los argumentos basados en que “hay cosas que el hombre no está preparado para conocer”, pero ¿alguien puede imaginar (ni hablar de mostrar en el cine) la alternativa?