El juicio de Adolf Eichmann en un libro y dos películas

El juicio de Adolf Eichmann en un libro y dos películas

Termino de ver The Eichmann Show, un film para TV de la BBC que está en Netflix. Trata del juicio a Adolf Eichmann, el oficial nazi que desde su puesto de burócrata hizo realidad con escalofriante eficiencia la Solución Final, y que luego de permanecer prófugo durante 15 años fue capturado en Argentina (donde vivía bajo nombre supuesto) por agentes israelíes.

La película, que podemos calificar de ficción histórica, dramatiza el juicio mostrándolo desde el punto de vista de Leo Hurwitz, el encargado de dirigir la filmación de los testimonios para ser transmitida al mundo.

The Eichmann Show toca los puntos obvios: la revulsión de algunos de los trabajadores de la filmación ante los testimonios de los sobrevivientes del Holocausto, que nunca habían sido escuchados públicamente antes; la amenaza latente de un ataque de parte de simpatizantes del nazismo; el impasible rostro de Eichmann. Pero el centro del argumento es la obsesión de Hurwitz por esta impasibilidad, que él juzga falsa, una máscara que Eichmann sostiene ante los jueces para no aceptar su propia culpabilidad y que debe eventualmente caer. Por eso mantiene la cámara enfocada en un primer plano del rostro del reo, pese a las órdenes de su productor, que busca tomas más dinámicas y dramáticas. Hurwitz, estadounidense y activista de izquierda, viene de ser quitado recientemente de la lista negra en la que el macartismo lo mantuvo durante años. Sostiene y repite que el mundo debe ver que Eichmann es una persona y no un monstruo y que esto debe servir como advertencia de que cualquiera puede ser seducido por una ideología fascista: una afirmación poco popular en un lugar como Israel, baluarte y refugio de perseguidos por el fascismo más letal de la historia.

Para mí este film completó una experiencia que comenzó con la lectura de otra observadora del juicio a Eichmann, la politóloga Hannah Arendt. Arendt fue una entre los muchos analistas, intelectuales y periodistas enviados a cubrir aquel evento mediático internacional, algo que en 1961 era novedoso: el juicio de un personaje siniestro televisado en formato de serial, en directo o con demora de un día o dos, a todo el planeta. De sus observaciones nació el concepto que Arendt denominó de “la banalidad del mal”: la idea de que, tal como Hurwitz se empeñaba en demostrar buscando una grieta en la armadura sin expresión de Eichmann, personas como las que organizaron y ejecutaron el Holocausto no son en general sociópatas ni fanáticos sino seres humanos mediocres, que prefieren no pensar demasiado y suelen escudarse en órdenes recibidas y en su sentido del deber.

La construcción de las reflexiones que luego llevarían a Arendt a escribir el libro Eichmann en Jerusalén, donde expone esta tesis, es el tema de un segundo film, en este caso una producción alemana, llamado simplemente Hannah Arendt. Es, como The Eichmann Show, un documental ficcionalizado. Muestra, hasta donde entiendo de manera bastante fiel a la realidad, los conflictos que la idea de los nazis como malvados “banales” le trajo a Arendt con otros miembros de la comunidad judía, al igual que su crítica a la actuación de algunos dirigentes judíos durante el nazismo, a la legalidad del juicio (recordemos que Eichmann fue secuestrado y sacado a escondidas del país que le había otorgado residencia) y a su legitimidad (Arendt opinaba que no era más que un espectáculo).

Naturalmente el tema no puede agotarse con estas tres lecturas, pero al menos para mí, el libro de Arendt y las dos películas fueron una aproximación valiosa al juicio de Eichmann, a su personalidad, a sus hechos, y al debate que éstos despertaron.

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Corriente de cambio: mi nuevo libro

Corriente de cambio: mi nuevo libro

Hoy publico un nuevo libro. Se siente bien escribir esa frase. A diferencia de mi anterior, una colección de cuentos no relacionados que podía cerrarse en cualquier momento, Corriente de cambio es una novela corta o nouvelle que elaboré acometiéndola una y otra vez durante meses y que estuvo después reposando un largo tiempo, como un plato que asentarse y debe servirse frío, volviendo yo a ella cada vez que sospechaba que podía estar lista, sólo para encontrar una inconsistencia aquí, un error tipográfico allá.

El origen del relato es, como explico en el prefacio, un viaje a una tierra extraña, no excesivamente lejana (un par de vuelos cortos, un país limítrofe al mío) pero severa y evocativa, en la unión entre el mar y el desierto. De esta experiencia surgieron, primero, el primer borrador de esta novela, y más tarde, un relato corto que terminó publicado antes.

Como siempre, el libro está disponible en Leanpub, al precio que el lector desee pagar (incluyendo gratis), en varios formatos comunes.

Melancholia, de Lars von Trier

Melancholia, de Lars von Trier

Melancholia (2011) es una película dirigida por Lars von Trier. Pertenece a la llamada “Trilogía de la Depresión”. Cuando se presentó en el Festival de Cannes, von Trier hizo unas observaciones en tono jocoso sobre la estética elegida (Wagner como banda de sonido, recursos del romanticismo alemán) en relación al nazismo. Esta idiotez no opacó al film, aunque sí le ganó a von Trier una prohibición de acercarse a menos de cien metros del festival.

En su historia interna, Melancholia es el nombre con el que han bautizado (¿los astrónomos, el público, los medios?) a un planeta errante —sin estrella o escapado de la órbita de alguna— azul-turquesa, varias veces más grande que la Tierra, que se dirige hacia ésta última con un curso que no pocos temen que sea de colisión. Este recurso de ciencia ficción se utiliza para escenificar las reacciones de varias personas, y en particular de dos hermanas, Justine y Claire, ante una catástrofe inminente.

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Atención: spoilers a partir de aquí.

 

La película se divide en dos partes nombradas por las hermanas y dedicadas a ellas. Hay un preámbulo de casi diez minutos de total silencio en el que desfilan imágenes que anticipan lo que vendrá, con un formato alegórico u onírico, incluyendo el acercamiento de Melancholia y la destrucción de la Tierra (von Trier decidió mostrarlo directamente así porque no quería que el suspenso sobre el destino del planeta fuese el punto central de la película). Luego comienza la primera parte, que consiste en la opulenta fiesta de casamiento que Claire y su esposo John le han obsequiado a Justine y su novio Michael, en un castillo propiedad de la familia. No pasa mucho tiempo hasta que notamos que algo está mal con Justine: se trata de los conatos de una profunda depresión. Este primer acto termina con la extrañeza de Justine ante la desaparición de la estrella Antares (que su cuñado John le mostró y nombró horas antes), y con la separación de Justine y Michael apenas terminar la fiesta.

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El segundo acto nos lleva varios meses más tarde. Justine, sumida en una depresión profundísima, logra llegar a duras penas en un taxi al castillo para pasar una temporada con su hermana. Apenas come o habla y Claire no logra siquiera obligarla a bañarse. Melancholia se acerca a la Tierra y los usuales profetas del apocalipsis pululan; John le prohíbe a Claire entrar a internet para preservarla de preocupaciones, pero ésta desobedece y desespera por momentos. Los ánimos de Justine vienen y se van, pero curiosamente su depresión la hace invulnerable a esa desesperación. Ante la evidencia de que Melancholia va realmente a chocar contra la Tierra, John se suicida, dejando a Claire sola con su hermana y con su hijo Leo, con quien intenta absurdamente escapar. Hacia el final, Justine le recuerda a Leo que pueden buscar refugio en una “cueva mágica”, que adivinamos una fantasía que Justine prometió a Leo hace tiempo. Justine y Leo juntan ramas y edifican un pequeño cono, como el armazón de una tienda nativa americana, en el cual entran e invitan a entrar a Claire, mientras observan los momentos finales de sus vidas y del planeta.

Hay mucho para leer en Melancholia. Ante todo hay que olvidarse de buscar plausibilidad científica. Llegué a este hallazgo fílmico, de hecho, leyendo un artículo sobre rogue planets, es decir, los planetas errantes de los cuales hoy sabemos que hay multitud, posiblemente miles por cada estrella, de muchos tipos y tamaños, desde monstruos con diez veces la masa de Júpiter (sub-enanas marrones) hasta planetas más pequeños que la Tierra. Estos planetas, expulsados de sus órbitas originales al poco tiempo de la formación de su sistema estelar o simplemente nacidos como estrellas fallidas, vagan por la galaxia, casi invisibles a nuestros instrumentos. Melancholia, en la película, primero es oscuro y oculta Antares, y luego aparece, azul y enorme, “desde atrás del Sol”. Pese a que es cinco o seis veces del tamaño de la Tierra, su paso no altera las órbitas de ningún planeta o satélite. Un planeta así haría salir disparada la Luna, provocaría espantosos terremotos y, aun si pasase cerca sin hacer contacto, haría pedazos nuestro mundo por el simple efecto de la fuerza de marea. Ninguno de estos escenarios catastróficos pero narrativamente inconvenientes ocurre. Melancholia se acerca a la Tierra, agita algo su atmósfera, se aleja y luego vuelve y choca con ella de frente. Y no es que importe, porque las imágenes y los sentimientos que evocan son preciosos y precisos: imposible una combinación mejor de fotografía y guión.

Supongo que ésta es una de esas películas que se aman o se odian. Como ya dije, los amantes más o menos exclusivos de la ciencia ficción dura quedarán decepcionados. La secuencia inicial silenciosa, de imágenes inconexas, quizá espante a los que buscan “acción” en el sentido más básico. Pero ésta no es una película para iniciados sofisticados. Acción, definida ampliamente, sobra en Melancholia: no hay ni un momento en que los personajes no estén en movimiento físico o psíquico. Incluso Justine inmovilizada por su enfermedad transmite una tensión al lugar que ocupa, como un ruido blanco teñido de asco. No hay “relleno”, ni una sola secuencia que no sirva a la economía de la película. Miradas hostiles, rechazos velados, gestos de impaciencia, sexo desatado sin sentido o frustrado, languideces y desesperaciones, ocupan todo el tiempo la atención del espectador, sin abrumarlo.

Al contrario que la mayoría de las películas más convencionales del género catastrofista o del “fin del mundo”, Melancholia transcurre en un ambiente cerrado y sin referencias al exterior. En el castillo no parece haber televisión ni radio, e internet sólo se menciona como algo a evitar para no ser bombardeado por noticias falsas. John confía en lo que dicen “los científicos”, pero observa el planeta errante con su propio telescopio y toma sus propias medidas sin consultar con nadie más. El mayordomo, el día antes del fin, escapa “al pueblo”, que no tiene nombre ni está a una distancia conocida; desde “el pueblo” trae John una vez suministros de emergencia. Notablemente, el caballo de Justine se rehúsa a cruzar cierto puente que (presumiblemente) lleva al camino del poblado, y cuando Claire quiere hacerlo con el carro de golf, las baterías de éste mueren precisamente en el mismo punto. El camino, según vemos al comienzo, es tan sinuoso que la limusina que trae a los novios no cabe en sus curvas. Todo se combina para que el escenario sea recortado, aislado, y que los personajes deban resolver sus tramas en soledad. La conclusión refuerza este aislamiento, que quizá represente el destino de todo ser humano en el momento crucial de la muerte. Las dos hermanas y el pequeño Leo enfrentan el fin del mundo entrando en la “cueva mágica” y cerrando los ojos.

A Voyage to Arcturus

A Voyage to Arcturus

A Voyage to Arcturus (“Un viaje a Arturo”) es una novela publicada en 1920 por el autor británico David Lindsey (1876–1945). Se la ha llamado “uno de los clásicos más reverenciados de la ciencia ficción” y “un impresionante logro en ficción especulativa”. No es, en mi humilde opinión, ninguna de estas dos cosas.

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Quedará claro muy pronto al lector que se aventure en este viaje que no puede ser leído como una historia de ciencia ficción, pese a que se trate de un escenario superficialmente construido a partir de un viaje interestelar y un recorrido por un planeta de la estrella Arturo. De la misma manera que la Trilogía de Ransom, de C. S. Lewis, no es ciencia ficción sino que emplea viajes interplanetarios para llevar a su protagonista a diferentes escenarios alegóricos (y predicarle así el cristianismo de manera apenas disfrazada), A Voyage to Arcturus utiliza las extrañas criaturas y alucinantes paisajes y colores del planeta Tormance como utilería para una aventura psíquico-mística de tintes gnósticos. (El gnosticismo es, muy brevemente, una doctrina de tipo generalmente maniquea que postula que el cuerpo y la materia son una ilusión dañina que nos retiene en un mundo físico creado por un dios menor —un demiurgo— malvado, y que el objetivo del hombre es escapar de esa prisión por medio de la iluminación y llevar su espíritu inmaterial al mundo real de la total pureza representado por el dios bueno o verdadero.)

Al comenzar a leer yo ya sabía que la novela no era ciencia ficción y eso no me incomodaba; me interesaba, sí, ver hasta qué punto empleaba la ciencia o una extrapolación razonable de la misma basada en los conocimientos de comienzos del siglo XX, y qué reglas inventaba para justificar el resto. La novela comienza con una séance o sesión espiritista en la cual participan varios médiums, y mi impresión previa a esto era que la novela utilizaba estos medios místicos para enviar a sus protagonistas a Tormance. No es así. Sin aparente necesidad se saca a relucir un vehículo impulsado por la fuerza de rayos de la luz de Arturo que desean volver a su fuente. El vehículo parte desde lo alto de un observatorio cuya torre tiene la curiosa propiedad de que la gravedad aumenta a medida que se asciende. Una vez arribado el protagonista a Tormance, se encuentra con que sus habitantes son humanoides, cada uno con órganos de percepción diferentes, y que él mismo gana y pierde en cuestión de horas estos órganos.

Hasta aquí una historia de fantasía o de weird fiction razonablemente buena. El problema real está en el desarrollo de los personajes, que es prácticamente inexistente. Maskull, el principal durante casi todo el libro, cambia de ánimo, de creencias y de modos de percepción a cada rato, a veces literalmente según cómo sopla el viento. Por supuesto, ésta es una historia de búsqueda de la propia personalidad y alguna confusión es de esperarse, pero nos es difícil saber qué clase de persona es Maskull al principio y qué lo anima a seguir. Hay que leer la mitad del libro hasta comenzar a vislumbrar una dirección clara. Los personajes con los que se topa son recortes bidimensionales que representan ideologías, manías, desafíos morales; no vale la pena recordarlos porque Maskull mata u olvida a la mayoría de ellos a las pocas páginas.

A Voyage to Arcturus tiene, sin duda, una inmensa profundidad filosófica, y soy muy consciente de mi incapacidad para llegar al fondo de ésta. Esto, a juzgar por otras reseñas y comentarios, parece haberle ocurrido a la mayoría de los lectores, de los cuales la mitad o más, no obstante, siguen jurando que este libro es de lo mejor. Cualquiera sabe qué fácil es hacer pasar una frase sin sentido por un mensaje profundo. En el caso de esta novela, el problema es que la frase probablemente tenga un sentido, pero nada alienta a tomarse el trabajo de desentrañarlo. Hay libros que pueden leerse a la ligera la primera vez, sin comprender todas sus alusiones, y disfrutarse de manera renovada a posteriori con sus fuentes de inspiración a la vista. Éste no es uno de ellos.

¿Es posible recomendar A Voyage to Arcturus? A J. R. R. Tolkien le pareció muy buena (pese a su conocida aversión a las alegorías); a su amigo C. S. Lewis, que criticó su prosa como “torpe”, lo inspiró a escribir su famosa trilogía, comenzando por Más allá del planeta silencioso. Philip Pullman puso al libro entre sus cuarenta obras preferidas, llamándolo “mal escrito pero inolvidable”. Sería interesante saber si alguna vez este viaje místico y plagado de colores alienígenas llegó a manos de su contemporáneo H. P. Lovecraft o, mucho después, a las de aquel otro gnóstico y buscador espiritual, Philip K. Dick. Sospecho, aunque no me preocupa, que en mis propias manos esta aventura haya sido un desperdicio.