Arrival (La llegada)

Arrival (La llegada)

Arrival es una película dirigida por Denis Villeneuve, con actuación de Amy Adams, basada en una novela corta de Ted Chiang, Story of Your Life. Por su argumento y su realización sobrepasa el género de la ciencia ficción, aunque así pueda ofrecérsela al público; como ciencia ficción es la mejor película que Hollywood ha producido en mucho tiempo.

arrival_film_1050x700El cine y la literatura emplean códigos diferentes, y por eso no es correcto (creo) juzgar la película de Villeneuve en base al relato de Chiang o viceversa. En este caso, sin embargo, hay que decir que la adaptación es excelente, y más todavía tratándose de algo tan difícil de adaptar al cine como un cuento basado en cambios de los procesos mentales de una narradora en primera persona, enfrentada no sólo a su incomprensión de estos cambios sino también a la incógnita mayúscula de una situación de primer contacto con unos alienígenas que no caen en clichés.

Los heptápodos de Arrival llegan en grandes naves pero no eligen las grandes capitales para posarse. No llaman a los seres humanos en sus sueños ni a través de mensajes telepáticos sino que esperan que éstos vayan a ellos. No dirigen un mensaje de paz en perfecto inglés (y ruso, y chino, y español, etc.) a los líderes mundiales. Su extrañeza es de otro tipo, tanto que debemos ver toda la película para comenzar a entenderla.

Hasta los pocos clichés que sí aparecen son disculpables. Es de esperar que los ciudadanos del mundo reaccionen con pánico. Es de esperar que los gobiernos apunten sus armas contra las naves extraterrestres, aun cuando cualquier asesor científico podría explicarles que una especie capaz de cruzar físicamente distancias interestelares y dominar la gravedad dispone de tanto poder que sin duda todas nuestras armas son inútiles contra ella. Es de esperar que el contacto, en vez de estar dirigido por quienes saben, sea un operativo militar cruzado por interferencias burocráticas y una visión de plazo peligrosamente corto. Todo esto lo hemos visto ya mil veces, y lo esperamos, y sin embargo en Arrival no distrae, porque Villeneuve liquida el tema con rapidez —y alguna torpeza aquí y allá— para concentrarse en lo esencial.

La fotografía en exteriores es sobria, majestuosa y lejana; la de los interiores, apenas claustrofóbica. El ruido del mundo está muy lejos, siempre mediado por pantallas; sólo importa el rostro concentrado de la Dra. Louise Banks, lingüista, ante los signos que los alienígenas trazan frente a ella. Los cortes a su otra vida (los de la hija cuya historia da nombre al cuento) ponen color a lo que sería, si no, un fondo de niebla gris de Montana, o de luces amarillentas en las tiendas del campamento base, o de negras paredes y una blanca barrera de cristal en la nave heptápoda. La banda de sonido de Jóhann Jóhannsson (con quien Villeneuve ya trabajó en varios films y que continúa su colaboración con éste en la nueva Blade Runner) es de una potente delicadeza, si cabe la expresión: sin palabras, casi sin melodía, complementa el ambiente sobrecogedor de las escenas de contacto, ayudando al espectador a sumergirse en el desasosiego y el vértigo que enfrentarse con seres de otro mundo debe producir, si realmente lo son: vale decir, si la suspensión del descreimiento funciona y si el film no se limita a presumir caras marionetas creadas por computadora o baratijas antropomórficas. Arrival nos pone ante verdaderos extraños, y a la vez hace de ese encuentro una historia totalmente humana.

La Isla de las Niñas

La Isla de las Niñas

Ⅰ·

Partí de Manfiz al alba, el día después del solsticio de verano. Era mi primer viaje como capitán y estaba algo nervioso, pero conocía a la tripulación del Abriet, ellos me conocían a mí, y desde el principio hubo confianza mutua.

La tormenta fue una sorpresa, y a su repentina violencia se le unieron vientos extraños. Cuando el mar se enfurece a veces arroja a los barcos más débiles o peor tripulados contra las costas al sur de Trsiweg y los deshace contra los arrecifes de Suvhad. En esta ocasión ocurrió todo lo contrario; fuimos empujados mar adentro, hacia el Océano Incógnito, y aunque la lluvia cesó al cabo de pocas horas, el viento que había quebrado nuestros mástiles persistió hasta que perdimos de vista incluso la última de las islas de Tachi-Yezmud. El cielo continuó cubierto y amenazante durante cuatro días más.

Al final del quinto día, ya perdidos todos nuestros puntos de referencia, observé un ave blanca en vuelo a unos pocos cientos de metros de nosotros; por la mañana vimos varias bandadas, y también ramas y hojas flotantes, y una extraña columna de humo gris; al mediodía el vigía anunció que había divisado tierra: la cima de una montaña. Antes de caer la tarde la Isla estaba sobre el horizonte, una línea gris festoneada de verde. La coronaba un amenazador cono humeante, cuya cima, por la noche, se transformó en una brasa encendida en medio de la oscuridad.

La Isla no es demasiado grande (no aburriré al lector con los detalles geográficos, que se encuentran en un reporte anexo), pero nos vimos obligados a rodearla casi por completo hasta encontrar un lugar para desembarcar, ya que casi toda su costa está cerrada por murallones de roca negra.

Es evidente que ya estábamos siendo observados, puesto que apenas habíamos terminado de poner pie en la pequeña playa de arena gris y piedras afiladas cuando dos grupos de hombres bajaron apresuradamente desde los acantilados a ambos lados. Iban apenas vestidos con bastos taparrabos y llevaban lanzas con puntas de piedra y unos largos escudos de lo que parecía ser corteza de árbol.

No teníamos tiempo para correr de vuelta a los botes y lanzarlos. Eché una mirada de soslayo a Tobor y me sorprendió verlo tranquilo; siendo Tobor un hombre avezado en leer las intenciones ajenas, eso me dio cierta calma a mí también. Los hombres no nos hablaron ni hicieron movimiento alguno una vez que se dispusieron frente a nosotros. Viéndolos de cerca no resultaban amenazadores: eran de corta estatura y espaldas angostas, algo rechonchos, y de rostro inseguro, como muchachos jóvenes. Entonces vi a las mujeres.

Estaban detrás, sobre un gran peñasco en la cima de la playa empinada, observando; eran tres, de la misma estatura que los hombres y de rostros ceñudos. Tenían los pechos al descubierto, pero medio cubiertos por grandes collares de varias vueltas; vestían polleras de vivos colores y tenían en las cabezas unos pequeños tocados de plumas. Estaban hablando; no podíamos escuchar qué decían, pero los hombres, al parecer, sí, ya que el de más atrás de ellos volvía la cabeza y asentía.

No somos exploradores ni saqueadores, y las pocas armas que teníamos estaban abordo y no servirían para mucho. Mostré, como se hace en los libros, mis manos vacías a los salvajes, y las levanté para demostrar mi indefensión y para que las vieran, también, las mujeres. Tobor y los demás marinos me imitaron. Una de las mujeres gritó algo y los hombres con lanzas se relajaron imperceptiblemente. La mujer bajó del peñasco y vino por la playa, pisando con lenta deliberación la arena húmeda y resbalosa. El hombre de más atrás la recibió con una leve inclinación de cabeza y luego, insólitamente, se sentó a sus pies.

Bajé las manos con cuidado. La mujer gritó una orden y luego me llamó con un gesto imperioso. Caminé, sin detenerme, hasta el centro del semicírculo de lanzas. Cuando estuve allí la mujer se sentó también, y la tensión en el grupo volvió a disminuir sutilmente. Yo todavía podía ser atravesado por media docena de lanzas en un instante, y mi voz salió ronca y desagradable de mi garganta cuando comencé a presentarme, pero la mujer me sonrió. Era una sonrisa franca, y la mujer era hermosa, y así fue que yo creí que la Isla nos daba la bienvenida.

1.

Mamá trae a los hombres venidos del mar. Son altos, más altos que mamá y que todos mis papás. Mamá sabe instintivamente cómo manejarlos y yo la observo, porque debo aprender. Son un poco como animales. Miran todo y a todos sin vergüenza alguna, como si no existiese nada vivo más que ellos.

Al principio nadie los entendía, pero después de varios días aprendimos algo de su jerga, que es como la nuestra pero con menos vocales y unos sonidos raros, como chasquidos, chistidos, roces y silbidos. Los adultos se juntan para oírlos hablar. Son como animales muy ruidosos, porque no tienen modestia. Como no les preocupa romper el silencio, se los puede escuchar todo el tiempo: esto es bueno para los que queremos aprender su lengua.

Mamá es la jefa. Me causa mucho orgullo verla sentada frente a los extranjeros venidos del mar, tan calma y tan fuerte, con su cabello negro y lustroso sobre los hombros. Los extranjeros, en cambio, tienen el cabello del color de la ceniza o de la tierra, de aspecto seco, y embarullado, como si no supiesen peinarse. Además algunos no tienen cabello, aunque son jóvenes. Papá Wungba se rio mucho de los pelados. Wungba es más viejo que mamá pero tiene mucho cabello y a mí me gusta jugar con él, atándole conchillas y flores. Wungba nunca andaría con un cabello tan sucio y feo. Creo que Wungba quiso explicarles cómo lavárselo y no le entendieron, y se ofendieron.

Dice mamá que cuando llegaron al poblado ya no tenían miedo y hasta le sonreían a las mujeres. Puede ser que no sean tan tontos. A mamá no le gustan porque además de tener poco o feo cabello, tienen pelo en la cara y en el cuerpo, como los “monos” de las historias. Hay mujeres en la isla que seguramente querrán sumarlos a los suyos: eso es lo que pienso yo, no mamá. Hay mujeres para todo.

Mamá se cansó de los extranjeros enseguida y los puso con mis papás más jóvenes y con los hombres de Galurru y Hahittami, que son avispados. No confía en ellos. Los hombres del mar se perdieron en una tormenta. Quieren reparar su madre-de-botes y volver a su país. Mamá no sabe si creerles. Escuché a Utusa decir que deben haberse perdido porque son todos hombres. ¿Cómo pueden ir tantos hombres solos por el mar sin una mujer que los guíe y que los acueste consigo? Pero yo no sé si es así. Nosotros nunca salimos al mar con botes. Está prohibido y no lo hacemos.

Los hombres del mar no tienen modales y preguntan por las mujeres, preguntan quién se acuesta con quién y dónde están los niños-hombre. El que se llama “Capitán” quería saber, y papá Wungba le presentó a mi hermano mayor Singsu, que tiene sus huevos fuera del vientre hace menos de un año. Yo estaba mirando todo, a escondidas, porque también tengo que aprender. Y Singsu lo saludó y le mostró su tubérculo, pero el extranjero miró para otro lado como si hubiese visto un animal podrido. Entonces no entendí qué quería o no quería ver.

Ⅱ·

En esta Isla las mujeres mandan y los hombres obedecen, o al menos eso me parece a mí. Por lo menos la jefa es una mujer y tiene un pequeño harén de maridos que se afanan por complacerla. Es antinatural, pero el mundo es ancho y hasta no muy lejos de nuestras tierras, en los confines de Trsiweg, hay países donde las mujeres se acuestan con quien quieren a la vista de todos, o donde van a la guerra junto con los hombres; en el antiguo Imperio de Amzin, según se cuenta, las mujeres se vestían como hombres y se ponían barbas postizas para poder ser lideresas o poseer esclavos, aunque todos supieran que no eran realmente hombres. En Manfiz, en tanto, ¡cuántos hombres, por depravación o polución de sus humores, se visten como el sexo opuesto y hacen gala de su inversión!

Con respecto a las mujeres de la Isla, mis hombres no dejaban de sorprenderse y de hacer comentarios ante su belleza natural y su seductora altanería; tuve que advertirles severamente que no se tomaran libertades, ni tan siquiera intentaran galanterías, porque en un lugar tan extraño no podíamos confiar en las convenciones de la sociedad civilizada.

De los hombres de aquí podría colegirse que el trato humillante los ha afeminado. Al respecto debo anotar el detalle que más me ha confundido hasta ahora, y que es la forma en que se trata a los niños.

Los niños pequeños suelen ir desnudos aquí; cuando están vestidos, no sé cómo alguien logra distinguir entre los sexos, y en verdad nadie los distingue: todos se arreglan el cabello a su antojo, y los padres visten a todos con polleras un día y taparrabos el siguiente. Todos los pequeños que vi eran niñas, y no me pareció posible que escondiesen a los niños varones. En la lengua de los salvajes no hay diferencia entre “niño” y “niña”, de manera que tuve que preguntar por los “pequeños machos”, como si de animales se tratase; no obtuve más que sonrisas de incomprensión.

Reconozco en mí cierto exceso de modestia, o más bien, exceso de cuidado ante aquellos salvajes; si hubiese podido explicitar con detalle lo que deseaba ver quizá me habrían tomado por un descarado o algo peor. Insistí con prudencia, hasta que uno de aquellos hombres con quien hablaba me tomó de la mano y me llevó hasta una choza donde estaba sentado un jovencito; el mismo, una vez que se le refirió mi pregunta, se levantó sin pudor el taparrabos. Hice ver con vehemencia que tal exhibición no era necesaria. Ahorro al lector los detalles, puesto que de hecho no hubo nada de particular en lo que vi, salvo las circunstancias.

Aunque el incidente sólo causó risas entre nuestros extraños huéspedes, con el pasar de los días noté que su actitud había cambiado. En ese momento lo atribuí a la pérdida del miedo y la extrañeza que nosotros a su vez debíamos provocar en ellos. Los hombres comenzaron a importunarnos con charla; las mujeres, por el contrario, se hicieron más altaneras a la vez que se insinuaban con algunos de los marineros. Una de las hijas de la jefa, hermana o medio hermana (según entendí) de aquél me había mostrado sus partes privadas, se convirtió en una dulce espía de todos nuestros pasos. Me observaba escribir en mi bitácora, interrumpía las reuniones que sostenía con mis oficiales, y una vez la encontré revisando el interior del pequeño cofre con papeles e instrumentos que yo había hecho traer del barco.

Las niñas pululaban, solas, en corrillos o de la mano de sus altivas madres, y en cada rincón del poblado y a los lados de cada sendero que se abría en la jungla había un par de pequeños ojos oscuros y relucientes, observando, observando.

2.

Yo no llamé al guardián, pero el guardián vino: era lo que debía hacer. Yo temía que lo hiciera. Los extranjeros llegaron sin querer a nuestra isla y yo no les deseaba ningún mal. Ahora que puedo hablar libremente tengo que decir que no estoy de acuerdo con la manera en que los guardianes nos vigilan. Se supone que es por nuestro bien, ya que el mundo más allá de nuestra Isla es diferente y la gente, como los extranjeros que vinieron del mar, odia lo diferente. Cuando el Capitán preguntó dónde estaban los niños-hombre, yo no entendí, pero después recibí la advertencia, y recordé quién era yo. Porque yo también soy una guardiana. Pero conmigo se puede razonar.

Cuando recibí la advertencia fue como si me descorrieran una venda de los ojos: así es como sucede. Para que todo funcione bien y yo no me delate, tengo que funcionar como si fuera una niña más, y no tengo que saber nada sobre mí misma. Pero ahora sé que el Capitán quería saber por qué ninguno de los pequeños era macho a la vista. El Capitán, igual que sus hombres y que todos los hombres del mundo (salvo los de nuestra Isla), sabe que es macho desde pequeño, y sus padres lo saben desde que lo vieron salir de su madre. La parte de mí que sigue siendo una niña común sigue extrañándose; me da un poco de asco pensar en un niño que nace y ya tiene los huevos en un saco fuera del vientre y un tubérculo que es como un dedo corto y gordo.

Pero entiendo que a los extranjeros les debe resultar raro y asqueroso cómo somos nosotros, en la Isla. Por eso preguntaban cosas sin sentido. Y por eso había que evitar que nos hicieran mal.

Cuando vino el guardián yo estaba durmiendo y pensé que iba a matarlos antes de poder convencerlo. El guardián es más alto que el más alto de los hombres y está todo cubierto de placas como una tortuga, pero brillantes y de color gris, y no se le ve el rostro, porque no tiene rostro, sólo unos ojos que son como perlas transparentes. Dentro de él hay ruedas y palancas, pero no se ven ni se escuchan. Tiene mucha fuerza y puede matar a un hombre con una sola mano.

Yo no quería que mataran al Capitán y sus hombres. No vinieron a hacernos mal. Pueden estropearlo todo si traen a otros a nuestra Isla, pero si es así tenemos todavía a los guardianes. Eso quise explicarle al guardián que vino. Como no me escuchaba, le pedí que llamara a sus jefes. El guardián no quería, pero yo soy una niña especial, después de todo, y no pudo negarse.

La voz de una mujer habló a través del guardián. Me explicó que, por el bien del experimento (yo no conocía la palabra “experimento”, pero en ese momento, como por encanto, la comprendí), los extranjeros debían morir. Si vivían, las personas del resto del mundo nos vendrían a ver, nos tratarían como a enfermos, nos quitarían la Isla y —lo peor de todo— harían todo lo posible por separar a los machos de las hembras, desde recién nacidos. ¿Cómo podrían saber? Había formas, dolorosas, terribles formas de averiguarlo; y si no resultaban, me explicó la mujer, de todas formas decidirían quién era macho y quién era hembra, para criarlos separados, como nosotros separamos a los animales de cría en los corrales.

En la Isla hay pocos machos, y los que hay sólo saben que lo son cuando les baja el saco desde adentro del vientre y les empieza a crecer el tubérculo, e incluso después de eso muchos producen semilla infértil. Pero cuando los extranjeros vean esto, dijo la mujer, se reirán de nuestros hombres, porque ellos son vanos. Vendrán a acostarse con nuestras mujeres por la fuerza y hacerles tener sus hijos, me dijo, porque los extranjeros creen que un hombre vale por la cantidad de mujeres con las que se acuesta y la cantidad de hijos que produce su semilla.

Me pareció a mí, aunque todavía soy una niña, que todo eso era exagerado. Le dije al guardián que no le dejaría matar a nadie. Creo que iba a hacerlo de todas formas, pero entonces Darrapu, que es mi amiga, vino a ver qué ocurría, porque yo había salido frente a la casa para hablar con el guardián, y al verlo hizo tal escándalo que todo el mundo despertó. Los extranjeros, que tenían unas chozas del otro lado, vinieron también, y tuve que correr para interponerme entre ellos y el guardián. Yo ya sabía quién era yo y qué podía hacer: soy especial, me enviaron para aprender y para cuidar el experimento. Le ordené al guardián que se detuviera, y después le dije al Capitán que iría con ellos.

El Capitán se echó a reír. Sus hombres habían retrocedido y yo creo que pensaban ir a buscar esas armas que tenían. Todas sabíamos ya que las tenían. Eran muy terribles pero no le harían nada de nada al guardián, salvo hacerlo enojar. Bueno, es un decir: el guardián no puede enojarse. Pero sí lo convencerían, allí en su dura cabeza llena de rueditas, de que los extranjeros eran peligrosos. Eso sería la perdición de los extranjeros. De manera que hice mi voz más fuerte y les ordené a ellos que se fueran y me llevaran.

Se asustaron al oír mi voz, porque no era voz de niña, ni siquiera de mujer: era mi voz real, la que tengo cuando hace falta. La descubrí entonces: a cada instante algo nuevo. Se quedaron como pegados al suelo, los muy tontos, y los tuve que empujar con mis manitos. Fue una suerte que el guardián me obedeciese. Duró poco, pero nos alcanzó para ir hasta la playa, subir al bote y alejarnos. El experimento termina donde comienza el agua: así son las reglas.

El barco no estaba todavía listo del todo, pero no se hundiría. Un día antes de subir yo no tenía idea de lo ancho que era el mundo ni de que existiese más que la Isla, el Mar y el Cielo. Pero le indiqué el rumbo al Capitán, más o menos, y él me obedeció, porque todavía estaba asustado de mí. Creo que también me hizo caso porque yo lo había salvado.

La mujer de arriba y los demás que cuidan de la Isla ya no me hablan: están ofendidos. Ya no importan. Voy rumbo al país del Capitán y lo hago por ellos, aunque no lo entiendan. ✿

 


Este cuento era inédito hasta ahora. Se basa en la curiosidad que sentí al conocer el caso (real, documentado) de ciertos niños de una región de República Dominicana a los cuales, debido a una deficiencia hormonal congénita, no les crece el pene ni les descienden los testículos hasta a la pubertad. No tiene intención ideológica o alegórica alguna.