Philip K. Dick en “Los Simpsons”

No es un secreto para nadie que me conozca de manera un poco más que casual que considero Los Simpsons como una especie de Aleph borgiano de nuestra cultura popular (esta opinión, por supuesto, no es sólo mía): casi todo lo que existe en ella se puede encontrar, referenciado o explícitamente parodiado, en algún episodio de la serie de la familia amarilla.

La calidad promedio del show comenzó a caer estrepitosamente hace más de una década, por lo cual no suelo ver los episodios nuevos; así fue que me perdí de una referencia clara, pero que supongo será extraña a la mayoría de los televidentes, en el episodio 18º de la 25ª temporada, titulado Brick Like Me. Se trata de una historia de (aparente) realidad alternativa, en la cual los Simpsons viven en un mundo donde todo está hecho de LEGOs. Sólo luego de un buen rato Homero se da cuenta de que este mundo sencillo y sin conflictos no es real, sino una ilusión a la que él accede a través de un juego de muñecas que se llama Perky Patty’s Princess Shop, con el que Lisa y él han estado jugando.

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El lector de ciencia ficción avisado ya habrá comenzado a sospechar. La referencia, en efecto, no es a otro que al gran maestro de las realidades ilusorias estrambóticas. En la novela Los tres estigmas de Palmer Eldritch, de Philip K. Dick, son los colonos marcianos los que, para huir de una existencia dura y monótona en el planeta rojo, utilizan un juego de muñecas para, en conjunción con ciertas drogas, transportarse a un mundo ilusorio poblado de hermosos muebles y accesorios, de autos nuevos y negocios con brillantes escaparates. En la novela las mujeres se visualizan en el cuerpo de la personaje que da nombre al set, y que se llama nada menos que Perky Pat (!); los hombres, por su parte, toman el lugar de Leonard, el novio de Pat (nótese que perky, en inglés, significa “alegre” o “vivaz”; es un apelativo del nombre propio Pat).

El uso imitativo de representaciones antropomórficas y de artefactos miniatura como soporte para rituales religiosos no es raro en absoluto; en todo el mundo la gente le reza a objetos que representan personas o animales, y a veces produce versiones estereotipadas de objetos de la vida real con fines de invocar algún tipo de magia simpática (pensemos en los exvotos cristianos con forma de miembros del cuerpo o de órganos vitales, o en los aviones de madera y radios de coco de los cultos cargo). Tampoco es extraña la identificación mística de un usuario o chamán con un tótem u objeto que representa a un ser numinoso o divino. El aporte dickiano es que los usuarios de Perky Pat Layouts no sólo creen que son los personajes, sino que la creencia se produce en conjunto y con comunicación real entre ellos: mientras dura el trance, comparten una alucinación grupal.

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La referencia principal a Dick en Los Simpsons termina con la ilusión de la realidad mediada por el juego de muñecas; llevarla más lejos habría sido complejo en un show familiar, ya que en Los tres estigmas… la alucinación es inducida por una droga altamente adictiva distribuida por Palmer Eldritch y que transforma a sus usuarios en rehenes de su mente, que es la de un ser ajeno y aterrador, casi sin rastro de su pasada humanidad. Palmer Eldritch puede ser demasiado difícil y demasiado duro para una parodia. Los Simpsons no le han escapado al uso de drogas ni al terror en otras ocasiones, sin embargo, por lo cual no deberíamos perder las esperanzas de que alguna otra obra maestra de la paranoia dickiana caiga eventualmente en manos de sus guionistas.

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“Doquier”, de Angélica Gorodischer

“Doquier”, de Angélica Gorodischer

Doquier es una novela de ficción de la escritora argentina Angélica Gorodischer. La leí hace bastante y acabo de terminar de releerla en estos días, urgido por la necesidad de recordar ciertos detalles. Lo que sigue es una reseña breve con algún spoiler menor.

El escenario de Doquier es una ciudad de bordes mal definidos, ni una aldea perdida ni una gran metrópoli, con un puerto que bien puede ser fluvial, en algún lugar de la América española. El siglo dieciocho está por terminar. En el centro disimulado de una red de rumores y cuchicheos está quien narra la historia. Durante el día recibe visitas de sus vecinos en su tienda de hierbas medicinales, que receta y manda preparar a su ayudante. Son días de rutina y confinamiento forzados por una invalidez de largos años, que sólo le hacen llevadera la costumbre y el hecho de que es una impostura destinada a la distracción de los curiosos. Detrás de la tienda están las habitaciones donde guarda, en un mismo arcón, los instrumentos con que observa los astros en las noches claras y sin luna y las ropas negras con las que se viste para salir a las calles a escondidas cuando la ocasión lo requiere.

La historia interna de Doquier se basa en el fingimiento. Pero hacia afuera (hacia el lector) hay algo diferente, un ocultamiento genial en su ejecución que a la primera lectura puede pasar inadvertido. ¿Quién narra la historia? Una persona que conoce de hierbas, de brebajes, de cocimientos y emplastos; una persona que finge una enfermedad; una persona que una vez amó y una vez cometió un acto terrible; una persona que es conocida por todos en la ciudad y a la vez profundamente ajena detrás de su familiaridad. Para sus vecinos, naturalmente, tiene un nombre y una cara, pero no para nosotros. Quien narra Doquier en primera persona no tiene, para los lectores, nombre ni sexo.

Es considerablemente difícil escribir una novela entera, en castellano, en un formato más o menos convencional (vale decir, sin inventar una nueva gramática o recurrir a elipsis poéticas), sin asignar género gramatical al narrador y sin caer en torpezas o perífrasis repetitivas que hagan obvio el empeño de quien escribe por ocultarlo. Gorodischer lo logra con tal maestría que es posible leer dos, tres, cuatro capítulos hasta comenzar a notar algo raro, y tener que volver atrás, hojear y releer, pasar con lentitud deliberada por las líneas buscando un desliz o una pista. Hasta donde he podido ver, no hay ni unos ni otras.

Doquier no es perfecta. En ocasiones el fluir de la consciencia de quien narra llega a cansar o a sonar como relleno. Y aunque es cuestión de gustos, podar esos largos párrafos divagantes y transformarla en una novela corta no le haría perder mucho. Por lo demás, el truco gramatical dirigido al lector y el fingimiento dirigido a los vecinos ficticios de la ciudad se complementan magníficamente, no sólo no opacando sino multiplicando el poder del argumento, que es una intriga clásica y satisfactoria.