Doquier es una novela de ficción de la escritora argentina Angélica Gorodischer. La leí hace bastante y acabo de terminar de releerla en estos días, urgido por la necesidad de recordar ciertos detalles. Lo que sigue es una reseña breve con algún spoiler menor.

El escenario de Doquier es una ciudad de bordes mal definidos, ni una aldea perdida ni una gran metrópoli, con un puerto que bien puede ser fluvial, en algún lugar de la América española. El siglo dieciocho está por terminar. En el centro disimulado de una red de rumores y cuchicheos está quien narra la historia. Durante el día recibe visitas de sus vecinos en su tienda de hierbas medicinales, que receta y manda preparar a su ayudante. Son días de rutina y confinamiento forzados por una invalidez de largos años, que sólo le hacen llevadera la costumbre y el hecho de que es una impostura destinada a la distracción de los curiosos. Detrás de la tienda están las habitaciones donde guarda, en un mismo arcón, los instrumentos con que observa los astros en las noches claras y sin luna y las ropas negras con las que se viste para salir a las calles a escondidas cuando la ocasión lo requiere.

La historia interna de Doquier se basa en el fingimiento. Pero hacia afuera (hacia el lector) hay algo diferente, un ocultamiento genial en su ejecución que a la primera lectura puede pasar inadvertido. ¿Quién narra la historia? Una persona que conoce de hierbas, de brebajes, de cocimientos y emplastos; una persona que finge una enfermedad; una persona que una vez amó y una vez cometió un acto terrible; una persona que es conocida por todos en la ciudad y a la vez profundamente ajena detrás de su familiaridad. Para sus vecinos, naturalmente, tiene un nombre y una cara, pero no para nosotros. Quien narra Doquier en primera persona no tiene, para los lectores, nombre ni sexo.

Es considerablemente difícil escribir una novela entera, en castellano, en un formato más o menos convencional (vale decir, sin inventar una nueva gramática o recurrir a elipsis poéticas), sin asignar género gramatical al narrador y sin caer en torpezas o perífrasis repetitivas que hagan obvio el empeño de quien escribe por ocultarlo. Gorodischer lo logra con tal maestría que es posible leer dos, tres, cuatro capítulos hasta comenzar a notar algo raro, y tener que volver atrás, hojear y releer, pasar con lentitud deliberada por las líneas buscando un desliz o una pista. Hasta donde he podido ver, no hay ni unos ni otras.

Doquier no es perfecta. En ocasiones el fluir de la consciencia de quien narra llega a cansar o a sonar como relleno. Y aunque es cuestión de gustos, podar esos largos párrafos divagantes y transformarla en una novela corta no le haría perder mucho. Por lo demás, el truco gramatical dirigido al lector y el fingimiento dirigido a los vecinos ficticios de la ciudad se complementan magníficamente, no sólo no opacando sino multiplicando el poder del argumento, que es una intriga clásica y satisfactoria.

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