Os Maias, de Eça de Queirós

Os Maias, de Eça de Queirós

Os Maias es una novela publicada en 1888 por el escritor portugués Eça de Queirós. Es un clásico de la literatura lusitana, incluido en los programas de lectura obligatoria de los alumnos de las escuelas, y por una vez es un libro que lo merece. Trata de tres generaciones de la noble familia Maia y transcurre principalmente en torno a la severa casona señorial que los Maias tienen en Lisboa, conocida como el Ramalhete, a causa de unos mosaicos que muestran un ramo de girasoles en el lugar donde habitualmente se situaría un escudo de armas. La historia comienza in medias res con la decisión del anciano Afonso da Maia de volver a habitar el Ramalhete, después de años de vivir en una casa de campo, ahora junto con su nieto Carlos; de allí el hilo retrocede veintitantos años hasta la juventud de Afonso, sus viajes formativos por la Europa moderna (Inglaterra, Francia), su casamiento y la infancia de Pedro, su hijo. Con algo menos de prisa nos informamos de la juventud de Pedro, de su negra desesperación al perder a su madre, de sus amores juveniles y su casamiento con una tal Maria Monforte, de antecedentes familiares mal vistos por la clase alta lisboeta: hija de un brasileño dedicado en otra época al comercio de esclavos. El clímax de esta primera parte es el abandono de Maria, quien huye con un amante.

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Transcurren los años y nos encontramos con Carlos, el hijo de Pedro y Maria dejado atrás, criado por su abuelo, recibido de médico en Coimbra y con múltiples pero confusas aspiraciones, y que pasa de amorío en amorío hasta cruzarse con Maria Eduarda, la mujer de un riquísimo brasileño, un tal Castro Gomes, venido a Portugal por negocios. El encuentro es lento, natural, tierno: un romance feliz, que sufre su primer golpe al enterarse Carlos, por boca del propio Castro Gomes, de un aspecto deshonroso del pasado y el presente de Maria Eduarda. Este traspié no es suficiente para vencer al amor. El único obstáculo que queda, piensa Carlos, es la actitud inflexiblemente conservadora de su abuelo, a quien no desea defraudar. Piensa eso, y se equivoca terriblemente, pero ni él ni Maria Eduarda lo saben…

Aprendí portugués a lo largo de tres años (de 2014 a 2016) y ésta es la segunda novela en portugués que leo en mi vida, y la primera que realmente disfruto (ya que mi experiencia anterior, con la mucho más densa y experimental Clarice Lispector, no logró satisfacerme). Termino encantado, un poco apabullado por todo el vocabulario nuevo, por las descripciones exuberantes del lujo decadente de los protagonistas, por las texturas del terciopelo, las maderas finas, el satín y el cuero, por las teorías políticas y artísticas (nuevas y brillantes entonces) disparadas a diestra y siniestra entre bebidas y cigarros, por ese drama que se dibuja en trazos lentos, que estalla con el desdichado fin de Pedro da Maia y luego se diluye pero sigue fluyendo implacable hacia el romance de Carlos da Maia con Maria Eduarda, sobre el cual pende la espada de Damocles de un testigo bienintencionado de la vida pasada de ésta.

No soy de leer historias románticas (en el sentido actual y laxo del término “romántico”), pero reconozco su llamado, cuando están bien hechas, y ésta, la de Carlos y Maria, está incomparablemente bien. Una reseña leída al pasar me privó de la sorpresa, del estallido de la bomba, casi sobre el final, cuando Carlos descubre su parentesco con Maria Eduarda y comienza a presagiarse que el hado funesto de los Maias volverá a manifestarse, allí mismo en el Ramalhete, que vio al joven Pedro pegarse un tiro al verse abandonado. El realismo de Queirós (aquí “realismo” como opuesto a “romanticismo”) salva la situación: si Pedro da Maia murió por amor, no fue sino por haber sido frágil, criado entre rezos y cuidados para que no se resfriara, con esa delicadeza enfermiza que su padre, Afonso, no pudo sino consentirle a su madre (Afonso es sin duda el modelo de Queirós: moralmente inflexible, pero magnánimo ante la debilidad; liberal y anticlerical, opuesto a la beatería portuguesa y adepto a la actividad física como formadora de carácter, según su autoeducación “a la inglesa”). En contraste con el destino de su padre, Carlos, fuerte y animoso, sufre terriblemente pero sobrevive al trance, y lo mismo, según nos enteramos diez años después, hace Maria Eduarda, que vive quizá triste pero serenamente exiliada en aquella Francia donde su madre vivió sus últimos innobles años, y acaba de contarle a Carlos, en una carta franca, que se ha casado con un francés.

El final describe la decadencia de la casa de los Maia (el Ramalhete abandonado, preservados sus muebles bajo sábanas, sus panoplias ya herrumbradas), y la de Lisboa, y la de Portugal, pero con un rayo de esperanza: al final el fatalismo decadente de Carlos y de su amigo de la infancia Jõao da Ega, hombres ricos que ya no esperan nada, se encuentra y se rinde ante la urgencia de alcanzar un tranvía eléctrico que se les escapa, para ir a encontrarse con los viejos amigos y comer los platos del viejo país.

Ficción china: dos relatos de Hao Jingfang

Casi toda la ciencia ficción y fantasía que se lee por aquí (por aquí por no decir aquí en casa) es de origen anglosajón y está en inglés, por razones que no hace falta exponer. Me falta tiempo para hallar y seguir otros autores. Hace no mucho, enterado del suceso de El problema de los tres cuerpos, de Liu Cixin, decidí comenzar por allí una incursión hacia la ciencia ficción china, que es (dicen) el gran hallazgo de la última década o poco más. Todavía no he podido acercarme a Liu Cixin, pero los algoritmos de libros relacionados de Amazon me llevaron eventualmente a su homónimo, el americano Ken Liu, con quien Liu Cixin compartió el premio Hugo a la Mejor Novela en 2015 por la traducción inglesa del antedicho, The Three-Body Problem. Ken Liu viene de publicar Invisible Planets, una antología de traducciones de relatos cortos en chino, cuyo título es el del cuento del mismo nombre de la autora Hao Jingfang.

Leí Invisible Planets, que es una serie de viñetas de distintos planetas imaginarios, con una evidente referencia a las Ciudades invisibles de Italo Calvino; no me pareció gran cosa, aunque quizá se deba a que esperaba ciencia ficción y encontré un relato “blando” y que roza lo alegórico, aunque evita con lo justo caer en lo moralizante. Es bastante corto y una relectura podría mejorarlo. De los planetas que allí aparecen me gusto más el más verosímil: un mundo oscuro, donde cada persona, para calmar la ansiedad que le provoca el silencio y saberse no visto por nadie, habla a los gritos constantemente, señalando su existencia.

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Leí también Folding Beijing, que ganó el Hugo 2016 a la Mejor Novela Corta (en la traducción de nuestro viejo amigo Ken Liu), y que me gustó mucho más. Aquí el lugar imaginario y alegórico es la capital china, en un futuro no demasiado lejano, transformada por la necesidad económica en un microcosmos del mundo, con tres “Espacios” que alternativamente emergen a diferentes horas mientras los habitantes de los otros dos duermen forzosamente. En la imagen de los edificios que brotan del subsuelo y se despliegan hay para mí una fugaz reminiscencia de la Tokyo-3 de Neon Genesis Evangelion, pero sin duda la referencia más clara (el ominoso pero burocrático clímax del Cambio, a la hora señalada en que un Espacio debe suceder a otro) es a Dark City. Un lector observa que no es difícil encontrar en la terminología utilizada para los Espacios una referencia al Primer, Segundo y Tercer Mundo.

La traducción de Ken Liu es prolija y sensata, rara vez brillante o emocional, aunque mi total desconocimiento del mandarín no me permite saber si se trata de un efecto original o derivado. En todo caso, es un tono diferente al que estamos acostumbrados a leer. Habrá que seguir explorando, esperando que esta ficción diferente eche raíces de este lado del mundo.