Construyendo una lengua ficticia para una novela (II)

Estoy inventando un idioma para la novela que estoy escribiendo. En la primera parte de esta crónica explicaba que, en principio, hay que imaginar una fonética, una fonología y una estructura fonotáctica. La fonética describe los sonidos; la fonología describe la estructura de contrastes conceptuales en que se inscriben esos sonidos; la fonotáctica se refiere a cómo pueden, o no, agruparse.

fonet-fonol-fonot
Fonética, fonología, fonotáctica.

Para la creación de una nomenclatura (un sistema para nombrar, un naming language) no hace falta mucho más que esto. Los nombres de personas y lugares son cuestiones muy particulares en cada cultura, pero la variedad no es tanta. La gente se llama a sí misma con un nombre propio que puede cambiar durante su vida o tener diminutivos u honoríficos; se le añade un apellido o nombre de familia o de tribu o el nombre del padre o la madre o todo eso junto. Los lugares se llaman de maneras obvias: con el nombre de quien los nombró, con lo que son (monte, pico, meseta, ladera, río, arroyo), lo que los destaca (un árbol centenario, un color inusual) o el uso que se les da (el cementerio, el matadero, el centro comercial); se dice sobre los lugares que son el grande, el pequeño, el oriental, el de más arriba o el más bello. Todo esto se puede traducir en unas pocas palabras inventadas que luego se combinarán según reglas sencillas (¿qué va antes, sustantivo o adjetivo? ¿hace falta una preposición para unir un sustantivo con otro?).

Mi novela transcurre en varios lugares muy apartados entre sí, donde la gente habla diferentes idiomas (al menos tres, con variantes y dialectos); esto es no sólo realista sino necesario para puntos menores del argumento. Los tres idiomas derivan todos de uno ancestral, como el español, el italiano y el francés derivan del latín, o como en la ficción de Tolkien la antigua protolengua élfica evoluciona en quenya y sindarin (entre otros). El método de Tolkien era, otra vez, el del lápiz y el papel aunados con paciencia. En estos casos uno se debe plantear cuál es la forma de la protolengua, cuáles son los cambios regulares que llevan de ella a cada una de las lenguas hijas, y aplicarlos uno tras otro. Por ejemplo, en latín se dice «patrem»; en el cambio la «m» final se pierde y la «t» entre vocales, o entre vocal y «r», se debilita en «d», con lo cual en castellano tenemos «padre»; en francés, todo lo que queda después de la sílaba acentuada se va erosionando progresivamente y así se pierde la «d» intermedia, no sin antes elevar un poco la «a», y la vocal final se va debilitando hasta quedar en lo que se llama una «e muda», que de hecho sólo se escribe: «père». No todos los cambios son tan claros y tan automáticos; las palabras dejan a veces de significar una cosa y pasan a significar otra, o son sustituidas totalmente (por eso de «soror» en latín deriva «sœur» en francés pero en castellano decimos «hermana» y sólo nos queda «sor» como título antepuesto al nombre de una religiosa).

La tecnología viene en mi auxilio de nuevo: no sólo puedo generar las palabras de la protolengua automáticamente, sino que hay sistemas que pueden aplicar cambios fonéticos de manera sistemática sobre un léxico. Se los llama SCA (sound change appliers). La base de estos sistemas es una simple sustitución por medio de expresiones regulares. Se le dice al SCA, usando una sintaxis simple, por ejemplo, “sustituir «a» por «e» si la siguiente letra es una de «t, d, n, s»”, o “borrar cualquier vocal al final de la palabra, salvo que antes de ella haya dos o más consonantes” (previo definir por extensión qué es una vocal y qué es una consonante, por supuesto). Las expresiones regulares tienen limitaciones importantes en lo que se refiere a la lingüística: es difícil o imposible lidiar con aspectos llamados “suprasegmentales”, vale decir, los que no se refieren a los sonidos individuales o inmediatamente vecinos sino a unidades mayores, como las sílabas o los patrones de acentuación y entonación. En algún caso esto puede ser poco importante, pero generalmente no: en castellano, por ejemplo, es la acentuación la que determina que la vocal se diptongue o no en pares de palabras como «quiebre» y «quebrada» o «puedo» y «podía».

(El sistema que estoy usando, por si a alguien interesase, se llama Haedus. Está en Java, por lo cual es multiplataforma. No requiere instalación y funciona a la perfección con caracteres Unicode.)

Un asunto más complicado es el de la estética. Si uno inventa unas hermosas palabras pero luego no logra que salgan así al ser derivadas desde la protolengua, ¿qué hacer? En castellano, por dar un ejemplo, nunca podríamos tener por derivación normal desde el latín una palabra como «parapluie»; por muy bien que suene en francés, en nuestro idioma el equivalente literal sería un vulgar «paralluvia». Podemos pedir prestada la palabra, como hicimos con «restaurante», pero nunca sonará como en francés. Si tomamos una palabra complicada del alemán seguramente sonará todavía más rara. Y no podemos tomar prestadas todas las palabras que nos gustan. Las palabras cotidianas serán las que nos toquen por derivación normal de la lengua ancestral. La situación puede llegar a ser similar a la que le ocurre a quien planta un árbol con la intención de criarlo de manera que quede igual a como lo vio en una foto, sólo para encontrarse con que el susodicho vegetal crece en direcciones inesperadas y se resiste a florecer.

En la siguiente entrega de la serie seguiré explicando los problemas con que uno se va encontrando.

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