Estoy escribiendo una novela y creando lenguas ficticias para nombrar personajes, lugares y conceptos. En la entrega anterior (la tercera de la serie) mencioné que debía tomar algunas decisiones, y en eso estuve. Ya dejé fijos, más o menos, los cambios fonéticos que iré aplicando sobre la lengua primigenia (de la cual descienden los dos idiomas sobre los que estoy trabajando), y estuve generando y probando palabras. La belleza de contar con herramientas automatizadas es que se puede aplicar el algoritmo sin demora sobre muchas variantes de una palabra y ver cómo evoluciona enseguida.

Los resultados de este proceso mecánico suelen ser decepcionantes pero a veces producen perlas. Para mí es de particular alegría la ocasión en que una misma palabra primitiva, derivada según los dos conjuntos de reglas, produce dos resultados muy diferentes.

Las limitaciones que me plantea el formato de ficción (que se resumen en que escribo para otros, no para mí) me llevaron a recortar drásticamente lo exótico de ambas lenguas. Ninguno de los sonidos que aparecen es raro o difícil de pronunciar para un hablante de castellano. Hay una «r» gutural que suena como la famosa R de Édith Piaf. Hay un par de vocales anteriores redondeadas, de nuevo, como las del alemán («ö, ü») o el francés («œ», «u»). Hay una «h» que puede llegar a sonar como nuestra «j» castellana.

Una única rareza me permití: una forma de laringalización conocida como «creaky voice» (también «vocal fry»). En canto es el registro de voz más bajo de todos; se lo conoce como «strohbass». Por lo que he leído, hay quienes diferencian estos tres términos, que en verdad cruzan disciplinas y niveles de descripción. Los cantantes corales serios lo consideran una especie de engaño, aunque tiene un papel en la música litúrgica rusa; el death metal lo abraza; los instructores de canto lo desaconsejan excepto para salvar una o dos notas demasiado bajas. Niños y adultos la empleamos voluntariamente para simular una «voz de ultratumba». Algunas personas lo introducen en su discurso de manera similar a las subidas o bajadas de tono. Y naturalmente, Marge Simpson.

(David Peterson, el creador de las lenguas dothraki y valyrian para Game of Thrones, explica en un video muy interesante cómo se produce «creaky voice», refiriéndose al hecho incidental de que hace unos años hay personas que decidieron que el llamado «vocal fry» es afectado, horrible y tonto… justo cuando algunas mujeres famosas comenzaron a usarlo. Peterson también menciona que no conoce ninguna lengua construida que emplee este recurso y recomienda explotar esa posibilidad. OK, David, aquí estoy.)

En algunos idiomas (no muchos) esta «creaky voice» es un contraste reconocido, igual que el timbre de la vocal o el acento prosódico; es decir: puede haber dos palabras distinguidas exclusivamente por su pronunciación, o no, con «creaky voice». El contraste puede darse sólo sobre una vocal, o sobre una sílaba entera, o incluso propagarse a toda la palabra. En ciertos idiomas tonales, el tono bajo puede ir acompañado de «creaky voice»; en otros, el tono bajo procede de una laringalización ya desaparecida.

En una de mis lenguas ficticias ciertas consonantes iniciales producen laringalización de la primera sílaba, y otras pueden causarla, antes de desaparecer, más adelante. En el otro idioma no hay laringalización. El protagonista, que habla este último y llega a un lugar donde se habla mayoritariamente el otro, encuentra extraña y desagradable esa especie de gruñido que viene del fondo de la garganta. (Sí, de alguna manera tenía que introducir mi detalle lingüístico en la narración.)

Para marcar la laringalización decidí usar un punto medio o (como se dice en catalán) un «punt volat» o punto volado, que es precisamente un punto a media altura: «·». Había otras opciones, pero no quería utilizar caracteres exóticos, porque Unicode todavía no tiene todo el soporte que debería, y tampoco quería caer en el cliché tipográfico del apóstrofo, que es famoso/infame como marca barata de alienidad en la ciencia ficción. Así, por ejemplo, la primera y extraña palabra «creaky» que mi protagonista encuentra en su nueva tierra es «b·abru» (que comienza con un «b·a» profundo con vibraciones entrecortadas y sube de altura hacia la «u» final pronunciada más limpiamente).

Ésta ha sido hasta ahora la única cosa diferente a lo habitual. Es algo pequeño y que nadie notará, pero me satisface.

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