El propósito de este texto es ordenar algunas notas sobre el género gramatical, el sexismo en la lengua, su relación y sus posibles remedios (si los hay). El tema es muy complicado y suele tratarse sin demasiado conocimiento, por lo cual comencemos constatando algunos hechos.

  1. En castellano hay varias clases de palabras, de las cuales algunas tienen género gramatical y otras no. Las que no lo tienen son los verbos (en sus formas conjugadas e invariables), las preposiciones, los adverbios y los numerales (por encima del uno). Las que sí tienen género son los sustantivos, los adjetivos, los participios pasivos variables, los artículos, los demostrativos y los ordinales, aunque no siempre el género esté marcado explícitamente. De los pronombres personales sólo llevan marca de género los de sujeto de tercera persona y primera del plural. Los posesivos enfáticos (mío, mía; tuyo, tuya, etc.) también se marcan (con el género del objeto poseído, no el del poseedor).
  2. En algunos idiomas emparentados con el castellano, como el portugués, el italiano y el francés, los posesivos concuerdan con el género del objeto poseído (pt. meu carro “mi auto”, minha casa “mi casa”); en italiano y también en portugués opcionalmente, el posesivo además va precedido por un artículo definido que también concuerda en género (pt. os meus olhos “mis ojos”, as minhas coisas “mis cosas”). En portugués el numeral “dos” también distingue género (dois homens, “dos hombres”; duas mulheres, “dos mujeres”).
  3. En latín había tres géneros: masculino, femenino y neutro. En las lenguas romances (descendientes del latín) hay dos géneros gramaticales, convencionalmente conocidos como femenino y masculino, salvo en rumano, donde persiste una forma de neutro. En general lo que ocurrió fue que los neutros latinos se transformaron en masculinos.
  4. En alemán y en islandés hay también tres géneros, como los había en anglosajón (inglés antiguo). El sistema de tres géneros deriva de un sistema muy anterior, hipotético, donde se distinguía sólo entre un género animado y uno inanimado.
  5. Hay idiomas que distinguen tipos de palabras según diferentes “géneros” o clases, que pueden ser bastantes, como en las lenguas bantúes; en swahili, la más conocida, hay entre 15 y 18 clases nominales según cómo se las cuente, agrupando cosas como personas, plantas, frutas, animales, cosas inanimadas, etc.
  6. Hay otros idiomas que no distinguen género o clase en absoluto, o que sólo lo hacen con ciertos fines. Por ejemplo, el japonés y el chino requieren que uno utilice un “clasificador” para contar objetos, y cada clase de objeto requiere un clasificador diferente, pero el clasificador no se usa para nada más que para contar. En japonés se diferencian clases como personas, objetos planos, objetos largos, aves, cantidades de veces, etc., pero no hay clases diferentes para sexos.
  7. En las lenguas donde se distinguen unos pocos géneros o clases, las palabras que caen en ellos lo hacen de manera arbitraria, con la excepción habitual de las que designan seres animados que poseen un sexo biológico. Aun así no es raro encontrarse con animales designados por una palabra de un género gramatical dado y que son del sexo “opuesto”; en ese caso el hablante quizá deba recurrir a aclarar “macho” o “hembra” (una jirafa macho). Otras veces hay palabras totalmente diferentes para el macho y la hembra de una especie (hombre y mujervaca y toro), y otras se deriva de una palabra la versión del sexo opuesto (casi siempre del masculino deriva la forma femenina: tigre > tigresa).
  8. En esperanto, la lengua artificial más conocida, no existe género gramatical, pero todo lo que pueda tener sexo se considera por defecto como masculino, con tan estricta regularidad que la palabra para “mujer” es virino, forma femenina de viro “hombre” (el infijo -in- fue probablemente tomado del alemán, donde cumple la misma función). Dicho de otra manera, en esperanto los seres animados masculinos son la base, y el sexo biológico femenino es siempre derivado.
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Ilustración en las Crónicas de Nüremberg (1493). El Sol y la Luna son de género femenino y masculino, respectivamente, en las lenguas germánicas que lo preservan, como el alemán, es decir, exactamente al revés que en las lenguas romances, como el castellano.

Algunos puntos específicos sobre el castellano y el género gramatical:

  1. En castellano hay tres tipos de sustantivos que complican un poco el panorama del género gramatical: los de género común, que son de las misma forma para los dos géneros y se distinguen por el uso del artículo o demostrativo (pianistaprofesionalobstetra); los de género epiceno, que designan seres animados y siempre son del mismo género gramatical independientemente del sexo (personavíctima); y los de género ambiguo, que pueden ser de cualquiera de los dos géneros (mar).
  2. Hay una serie de sustantivos que derivan del participio activo de los verbos (presidentenavegante, etc.) y que en principio son de género común, ya que estos participios son formalmente invariables en género.
  3. Pese a las complicaciones anteriores, el hablante de castellano suele reconocer rápidamente el género de un sustantivo por su terminación. La inmensa mayoría de los sustantivos no epicenos ni comunes que terminan en -a son femeninos (con la excepción notable de día), y prácticamente todos los que terminan en -o son masculinos (con la excepción de mano). Hay una serie de sufijos que también acarrean un género u otro (por ejemplo, las palabras que terminan en -ción/-sión son siempre femeninas).
  4. Tenemos mecanismos gramaticales productivos (es decir, en uso actual y habitual por los hablantes) para cambiar el género gramatical de una palabra donde éste está marcado con -o o -a, no así donde la terminación es otra.
  5. No existe en castellano ningún mecanismo productivo para transformar una palabra con género bien marcado en una palabra “neutra”, porque no hay género neutro en castellano, ni para marcarla (visiblemente) como de género común o epiceno.

En base a todo lo anterior pasamos a lo que se llama habitualmente la “problemática de género”, cuyo nombre ya muestra en sí uno de los problemas…

  1. El género gramatical, el sexo biológico y el género (sea que hablemos de roles de género o de identidad de género) pertenecen a esferas totalmente diferentes, aunque obviamente conectadas. Para lidiar con cualquier problema entre ellas hay que descartar las visiones más simplistas.
  2. El feminismo ha teorizado con respecto al género de muchas maneras, incluyendo en su problematización los temas del lenguaje. Uno de los temas de conflicto es el marcado obligatorio de género en situaciones donde el mismo debería ser opcional.
  3. Desde el punto de vista del feminismo que critica los roles de género, la razón por la cual el marcado de género obligatorio es dañino es que, en el caso de profesiones y ocupaciones, obliga a especificar un dato que no es (siempre) necesario y que puede sesgar al oyente. Por ejemplo, en castellano es imposible referirse al profesional de la enfermería sin marcar la palabra que lo designa con un sufijo de género; el hecho de que en general se prefiera el femenino indica y refuerza un sesgo hacia la idea de que la enfermería es una profesión de mujeres, y la visión de la enfermería como inferior o subsidiaria queda asociada a la de lo femenino; lo mismo, a la inversa, ocurre con las palabras que designan al profesional de la medicina, disciplina que hasta hace un siglo era inaccesible para las mujeres y que se asocia a un nivel superior de conocimientos y destrezas que la enfermería.
  4. Un punto también criticado desde el feminismo es el de los plurales. En castellano ha sido norma habitual considerar que la forma de un sustantivo que designa a un grupo mixto es la masculina del plural, reservándose la femenina para los grupos exclusivamente de mujeres. Así, nos referimos a un grupo de diez personas dedicadas a la cocina como los cocineros si se trata de un cocinero y nueve cocineras; sólo diremos las cocineras si son diez cocineras y ningún cocinero. Tras esto subyace, según ciertas ideas feministas, una invisibilización de las mujeres o una consideración del sexo masculino y el del hombre (macho humano) como normalidad o “persona por defecto”, siendo las mujeres (hembras humanas) marcadas como anomalías. (Debe notarse que el mecanismo no es diferente en el caso de que se trate de objetos inanimados: si juntamos anillos y pulseras nos referiremos al conjunto en masculino.)
  5. Mucha de la literatura feminista sobre el lenguaje está en inglés, donde los problemas que se plantean son totalmente diferentes. En inglés nos encontramos con un idioma que no marca género gramatical en los sustantivos, los adjetivos, los demostrativos, los numerales ni los ordinales, pero que marca el género del poseedor (no de la cosa poseída) en los posesivos de tercera persona del singular (his y her), y además no permite elidir (como sí es posible hacer en castellano) los pronombres personales de tercera persona del singular, que son también marcados por género (he y she en posición de sujeto, him y her como objetos). De ahí que las “soluciones” propuestas para el inglés, como la creación de pronombres personales y posesivos neutros o el uso del pronombre invariable they como singular, son poco útiles para el castellano (y viceversa).
  6. En castellano se han usado desde hace tiempo “soluciones” escritas para “borrar” o neutralizar el género de los sustantivos y sus palabras concordantes. Hemos visto pasar la arroba (@) y también la letra x, “tachando” las marcas de género en -a y -o en los sustantivos que designan personas. Estas marcas son impronunciables y por tanto impracticables si se desea llevar esta “solución” al discurso oral.
  7. También se ha planteado usar -e o -i como marca de género neutro. Estas marcas son pronunciables y el sentido puede ser fácilmente captado por un oyente que desconoce el asunto. Persiste, con -e, el problema de los participios activos (como en presidente). También existe el problema de los cambios ortográficos que deben hacerse para preservar la pronunciación esperada en las palabras cuyas raíces terminan en c o g (el neutro de chico pasaría a ser chique o chiqui); se trata de algo menor, sin embargo, porque es un cambio que se hace regularmente al añadirse otros sufijos, como el de diminutivo.
  8. El principal problema con las marcas de género neutral en castellano es la ubicuidad de la concordancia gramatical que existe en nuestro idioma. Si bien es posible fácilmente “tachar” las marcas de género en los sustantivos que nos interesan (aquéllos donde el género gramatical está marcado de la manera habitual y donde el mismo está alineado con el sexo biológico), para funcionar realmente el sistema debería también tachar o neutralizar la misma marca en los artículos, en los adjetivos, en los demostrativos, etc.
  9. Una alternativa a la neutralización es la duplicación de las formas, de la cual hemos sido testigos también: el uso de expresiones habladas y escritas donde se utilizan explícitamente ambas formas de los sustantivos, los artículos, etc. (“todos y todas los niños y las niñas…”). Esta duplicación ha sido criticada por el prescriptivismo como innecesaria y por casi todos como engorrosa y malsonante. No resulta un problema en ciertas circunstancias acotadas pero la economía del lenguaje hablado espontáneo impediría que se adoptase jamás a nivel masivo.
  10. La estrategia de la duplicación de formas no funciona bien con los sustantivos “no bien marcados”. Obligaría a mencionar con artículos y modificadores de ambos géneros los sustantivos comunes y epicenos, o bien a forzar un género sobre ellos (se ha llegado a escuchar “los miembros y las miembras”, siendo que miembro no es masculino sino común; el equivalente con un epiceno sería hablar de “las víctimas y los víctimos”).

Un interrogante que no planteamos todavía, pero que es fundamental, es si vale la pena buscar estos cambios, siendo que no sabemos si producirían algún efecto. ¿Serían menos invisibilizadas las mujeres si existiese un plural neutro, en vez de usarse el plural masculino para todos los grupos mixtos? ¿Se reforzarían menos los roles de género si fuese posible neutralizar el género de las profesiones y ocupaciones más estereotípicamente relacionadas con hombres y mujeres? Para estos fines no contamos con evidencia clara porque es imposible realizar un experimento lingüístico de esta clase en condiciones de laboratorio. Esto es algo común en las ciencias sociales. Podemos sin embargo observar otras culturas y otras lenguas con fines comparativos, lo cual es una clase de investigación diferente.

  1. Las culturas de Oriente, incluso donde ha habido grandes avances en desarrollo humano, mantienen hasta hoy roles de género sumamente rígidos. Por ejemplo, en Japón, a pesar de que las mujeres hace tiempo participan del mercado laboral, no ha cambiado la percepción social de que luego de su propio trabajo deben encargarse también de su casa y de atender al esposo cuando éste llega de trabajar; existe también todavía una gran sumisión de la nuera hacia la suegra, cuando viven juntas. Algo similar ocurre en China. ¿Cuál es la influencia de la lengua en estas culturas?
  2. En japonés no existe el género gramatical en absoluto. No hay pronombres posesivos, y las palabras que se enseñan como pronombres personales derivan de sustantivos y no son una clase bien definida, siendo frecuentemente reemplazados por nombres propios o por títulos (cuando no son elididos totalmente): se dice “esa persona”, o “el/la doctor/a”, o “el Sr./Sra. Tanaka” (la partícula honorífica -san que se agrega a los nombres propios tampoco tiene género). Notablemente, hay pronombres de primera persona que se asocian a hablantes masculinos o femeninos. Es posible hablar japonés correctamente todo el tiempo sin explicitar gramaticalmente el sexo biológico de una tercera persona. Al estar ausente el género como categoría, no existe ninguno de los problemas de inclusividad mencionados para el castellano. Lo mismo ocurre en coreano, hablado por otra sociedad tradicionalmente sexista y estratificada con roles sociales rígidos.
  3. El género gramatical tampoco existe en chino mandarín, donde incluso el pronombre de tercera persona del singular es ambiguo; los hablantes utilizan otros medios, cuando hace falta, para sugerir el sexo biológico.
  4. Un campo donde es difícil escapar del género marcado es el de las relaciones familiares. Aquí juega el propio léxico. El español y el portugués se sitúan aparte entre las lenguas romances al nombrar al hermano y la hermana con la misma palabra con diferentes terminaciones (en portugués irmão – irmã); si bien persiste el problema de la inclusividad en los grupos, la situación no es tan difícil de resolver como la del italiano o el francés, donde las raíces mismas de las palabras son totalmente diferentes (it. fratello – sorella, fr. frère – sœur). Lo mismo ocurre en inglés (brother – sister) y en alemán (Bruder – Schwester); en estas lenguas germánicas la diferenciación léxica también alcanza a los hijos (ing. son – daughter, al. Sohn – Tochter). Tanto en inglés y alemán como en francés se diferencian también léxicamente a los sobrinos. En inglés existe, pero no es de uso coloquial, el término sibling para referirse a hermanos sin especificar su sexo; de la misma manera en alemán puede decirse Kind, con género neutro, para referirse a un niño (o hijo) sin especificar si es varón o mujer.
  5. Es bien conocida la segregación a la que es sometida la mujer en las sociedades musulmanas. De las lenguas habladas por la mayoría en los países musulmanes, nos encontramos con los diferentes dialectos del árabe, hablado en los dominios originales del islam (la Península Arábiga) y en Egipto; con el persa o farsi, una lengua indoeuropea, en Irán; y con el turco, hablado en Turquía (otras lenguas de la misma familia son habladas en el sur de Asia). En árabe tienen género gramatical (masculino o femenino) no sólo los sustantivos, los pronombres y los adjetivos, sino también los verbos conjugados. Por el contrario, ni en persa ni en turco existe género gramatical; sólo en el caso de los pronombres el persa distingue entre animados e inanimados.
  6. Los ejemplos pueden multiplicarse indefinidamente, pero resulta claro que la mayor o menor discriminación gramatical del género correlacionado con el sexo biológico no es causa ni efecto de sexismo, machismo o fijación de roles de género.
  7. Lo dicho no implica que sean inútiles los esfuerzos por lidiar con el sexismo en el discurso. Lo que hay que tener en cuenta es que el sexismo puede transmitirse por medio de la lengua de maneras más complejas. Por ejemplo, aun sin diferenciación de género gramatical en lenguas como el japonés o el coreano las mujeres hablan empleando patrones reconociblemente diferentes de los de los varones y son de hecho educadas y alentadas para hacerlo. La diferencia no es sutil; se percibe en el uso de formas gramaticales específicas.
  8. Muchas de las indicaciones de sexismo en el lenguaje provienen de aspectos menos salientes que el género gramatical. Consideremos las diferentes connotaciones que pueden tener, en cierto contexto, expresiones en principio equivalentes como “salir con los muchachos” y “salir con las chicas”, y la imposibilidad doble de plantear la situación de manera neutral, en caso de desearlo así, y de hacerlo contrariando las expectativas habituales. Esto se relaciona no con la gramática, ni siquiera con el léxico, sino con la pragmática, que es el uso contextual de las palabras.
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