El hijo pródigo

El hijo pródigo

1

Contemplo con calma el departamento vacío donde vivió mi padre; está limpio, porque sus servidores autónomos han seguido realizando sus tareas programadas como si nada ocurriese, y porque no les permito a mis hombres el saqueo, que es el primer paso hacia barbaries mayores. Sí nos llevamos la información, cuando podemos, y transferimos el dinero a nuestras cuentas, porque el dinero no tiene culpas y cada centavo —como decía el maestro— es un repertorio de futuros posibles. Esto último, claro, en general: para mí y para muchos de los míos, después de esto, no hay futuro.

El departamento de mi padre está en la clase de edificio que hasta no hace muchas décadas habría sido llamado con toda corrección una fortaleza. Está junto al Paraná, en el barrio de los inmensamente ricos; por el gran ventanal veo, al norte, el viejo puente, y al sur, la Arcología. Cruzando el río, justo en frente, para regodeo de los ojos de mi padre cuando vivía aquí, está el último reducto de verde salvaje de las islas.

Entre los espinillos y los sauces pueden verse ahora ocasionales destellos de vidrio y metal, y se adivinan hombres camuflados que sólo esperan sus órdenes. El aire sobre el agua marrón está repleto de drones. Helicópteros no tripulados se ciernen sobre las terrazas de este edificio y los linderos. Las avenidas que mueven el tránsito torturado de la ciudad desde y hacia el centro están clausuradas y las invaden, ordenadamente, las fuerzas del orden. Es sólo cuestión de tiempo.

2

Mi padre pertenece a la élite. Nunca he sabido exactamente qué hace. La mayor parte de su dinero es virtual y de otras personas. Mi madre está aproximadamente en el mismo nivel de abstracción económica. Se conocieron en una fiesta de sociedad: esencialmente una feria donde se exhibían ejemplares humanos de buen pedigrí. Después de un encuentro privado formal, un enjambre de abogados decidieron que sería conveniente para ambos destinar sus gametos a la unión.

El dinero lo podía comprar casi todo entonces, igual que ahora, pero no pasar por encima de la ley de control demográfico, de manera que la concepción de un heredero no podía ser dejada al azar. Se realizaron estudios, se definieron los segmentos genéticos más convenientes, y luego de la escritura de un complicado contrato se procedió a buscar una selección de los mejores espermatozoides de mi padre y el más saludable de los óvulos de mi madre, a los que se coaccionó a unirse. El cigoto fue introducido en un útero artificial.

En toda gestación hay un porcentaje de fallos espontáneos, pero aquí había gametos de sobra para subsanar esos inconvenientes del azar. Sin embargo, ni mi padre ni mi madre contaron con la malicia humana. Estaban acostumbrados a una existencia sin sobresaltos y no pudieron ver venir la catástrofe.

Mis padres hicieron lo posible para que yo no supiese que mi nacimiento había sido un acto de sabotaje. Esto era distinto, nótese bien, que el mero hecho de no tratarlo como un errorembarazoso. Mis insignificantes problemas médicos (alergias, un poco de estrabismo infantil, un atisbo de miopía en mi adolescencia) fueron tratados eficientemente; pero mis padres estaban chapados a la antigua y adoptaron la tradicional estrategia de hacer de mí un héroe, en vez de una víctima de las circunstancias. Erraron, pero no puedo reprochárselo.

3

Para un chico más o menos despierto no es difícil descubrir que hay insatisfacción en el mundo. Yo dormía y soñaba que no eran ciertas las noticias sobre esterilizaciones masivas, sobre los disturbios por hambre, sobre las manifestaciones de los diezmados movimientos sindicales en reclamo de coberturas mínimas de salud; luego despertaba. Tenía quince años cuando supe que la relación sexual no protegida seguida por la concepción y la gestación uterina, sin preselección de embriones, eran todavía la regla entre los seres humanos.

A los dieciocho mis padres se sintieron obligados a contarme la historia de mi nacimiento. Yo no había sido el elegido; no era su preferido, ni siquiera el preferido por las máquinas, ni tampoco un error, sino el producto deliberado de la malicia de un saboteador. Era peor que ser concebido a la manera animal. Yo había tenido “suerte”.

Crecí de pronto y con dolor. Antes de los veinte años había entrado en media docena de grupúsculos “antisistema”, parte de una ecología ideológica subterránea e inestable. Luego fui atraído a lugares aún más oscuros. En retrospectiva veo que mis compañeros y yo éramos pocos, tontos e imprácticos.

Encontré mi foco cuando un ex-empleado de una clínica de gestación artificial vino a pedir nuestra ayuda para difundir material confidencial. Sospechábamos que la destrucción de fetos viables con mínimos “defectos” estéticos, o por mero capricho de los padres, era frecuente; nuestro informante nos mostró que era la norma. La monstruosidad de la élite para con sus hijos no tenía límites. Encontrar a mi enemigo fue como hallar la senda correcta para escalar una montaña; yo la subí con fervor.

El día de mi cumpleaños número 22 coloqué mi primer explosivo. No hubo víctimas, pero decenas de las parejas más ricas del país perdieron a sus futuros herederos, minuciosamente planeados, en el acto. La siguiente vez no pudimos evitar matar a algunos cómplices menores del sistema. Terminar con una vida humana y sentirlo como un shock de espanto es un lugar común en el que yo no caí ese día, ni nunca desde entonces.

4

Aquí en el departamento sin nadie, en estos últimos momentos, llego a la conclusión inesperada de que no he hecho más que seguir la senda que mis padres trazaron para mí. Esperaban un niño perfecto y dócil que continuara su decadente dinastía; ante la contrariedad, se conformaron con desear un hijo que pudiera llegar a ser alguien pese a sus defectos. Quizá estén pensando, ahora, que en último término un hijo rebelde, movido por la injusticia hasta un punto sin retorno, es mejor que nada.

Estos pensamientos me enfurecen. Me gustaría darles un mensaje inequívoco, pero sé que no hay chance ni tiempo.

Mis hombres ya han abandonado el piso; veo movimiento apresurado entre la vegetación de las islas y escucho más cerca los vuelos rasantes de los helicópteros. No creo que puedan escapar. Nunca sabrán qué he descubierto de mí en este instante.

El saqueo es barbarie, me digo de nuevo, pero el fuego es la más serena e imparcial de las barbaries. Termino de colocar las cargas incendiarias y echo una última mirada; un servidor negro y reluciente rueda hasta el centro de la sala de estar para examinar los nuevos objetos con sus fríos ojos de vidrio. No tocará nada; no sabrá qué hacer y contará estúpidamente los minutos que quedan.

Cierro la puerta tras de mí y empuño el arma antes de lanzarme corriendo hacia la salida de emergencia y hacia mi muerte. ✿


 

El hijo pródigo es una de las historias de mi libro Los formamundos y otros cuentos, disponible en Leanpub.

La conspiración

La conspiración

Tuve mi primera intuición de lo que estaba ocurriendo el día en que fui a llevar a Flufi al veterinario para su chequeo trimestral. No me gusta usar la palabra “intuición” porque suena a imaginaciones mías. En verdad no podría decir que entonces fuera más que eso, pero sin embargo lo di por cierto y no me equivoqué.

Flufi había llegado a acostumbrarse a sus chequeos. Es inteligente y sensato, y yo estaba muy orgulloso de él, aunque tuviese que llevarlo en una jaulita en vez de dejarlo caminar junto a mí como los gatos “mejorados” de otras personas. Flufi no tiene “aumento” genético o biónico alguno en su cuerpo de delicioso color té, apenas rechoncho. Sus instintos son puros y bien afinados, y como todo animal de su especie al que los humanos no hemos manipulado por gusto, no encuentra cómodo ni seguro moverse entre multitudes de primates apurados, esquivando piernas, manitos infantiles, cochecitos de bebé y ancianos provistos de exoesqueletos, por no hablar de bicicletas y automóviles. Pero estaba cómodo en su jaula y jamás hizo escenas en el veterinario.

(Quiero aclarar, de paso, que no me opongo a las mejoras biotécnicas; de hecho yo mismo tengo unas cuantas muy modernas. Pero yo pude elegirlas. Flufi vivía feliz en su estado natural y su reticencia era parte de ese estado.)

A decir verdad quizá fue Flufi el que guió mi intuición. Lo vi esforzarse por observar a aquellos gatos, con una mezcla de disgusto y fascinación, muy diferente a su habitual postura de atención hostil. Uno era negro, de pelo corto y lustroso; el otro, anaranjado a rayas, con ese pelo encrespado que está de moda entre la crema de los snobs. Sus amos, un hombre y una mujer, los llevaban de sendas correas finísimas, aunque aquellas criaturas hiperaumentadas no las necesitaban. Librado a su arbitrio en un bosque, Flufi correría, treparía, cazaría su comida y tendría, creo, buenas chances de sobrevivir; esos otros dos morirían sin mantenimiento bioinformático periódico y sin el contacto inalámbrico constante de sus amos, mismo que suprimía su instinto de volver a la naturaleza.

Flufi, en sus encuentros con sus congéneres “mejorados”, tenía bien en claro que él era mejor que esos gatos, pero nunca lo había visto curioso ante ellos. El hombre y la mujer se habían detenido a conversar y los dos animales estaban, por lo que se veía, haciendo lo mismo. Flufi no podía saberlo, pero actuaba como si pudiese entender, y yo no resistí la tentación de activar mis puertos de escucha. Para mi sorpresa, los gatos estaban publicando casi todo su diálogo, usando protocolos de mínima seguridad para corta distancia. (Yo tengo mis trucos, claro, pero no soy un cracker, y si esos dos no hubiesen sido tan imprudentes, jamás habría podido saber qué ocurría.)

El diálogo era desconcertantemente estructurado, en nada similar a las vagas amenazas territoriales, invitaciones copulatorias y comentarios sobre los olores humanos que constituían casi toda la charla de los felinos aumentados comunes. Estos dos gatos estaban planeando algo. Flufi había intuido lo que yo había escuchado; dentro de la jaulita se podía oír su cola agitándose nerviosa, golpeando bruscamente las paredes de plástico.

Los conspiradores y sus amos se separaron; cada uno de nosotros se fue en una dirección distinta. Yo me quedé con la conversación, oída a medias, sobre humanos de un olor diferente y que utilizaban protocolos interespecíficos nuevos y fascinantes, y sobre cómo los gatos aumentados pronto podrían cambiar de amos.

Flufi no quiso volver a salir conmigo en la jaula al día siguiente, cosa absolutamente razonable, de manera que salí solo, luego de cargar en mi electrocórtex una rutina de descifrado nueva, y fui por el mismo camino, poniéndome a mí mismo la excusa de que había olvidado de comprar unas vitaminas nuevas en lo del veterinario. Esperé. Como Flufi, los humanos somos animales de hábito; el hombre y la mujer del día anterior aparecieron en la misma esquina, casi a la misma hora. Esta vez no llegaron al mismo tiempo y la mujer parecía un poco apurada, pero una leve resistencia del gato negro hizo que el hombre perdiera la oportunidad de cruzar la calle, y el semáforo en rojo hizo el resto.

Esta vez la conversación hacía referencia a ciertos encuentros clandestinos, aparentemente nocturnos, y a la inocencia total de los amos humanos sobre los mismos; eso me alarmó, puesto que las mascotas mejoradas están, por su misma condición, sujetas a vigilancia electrónica constante. ¿Cómo la habían burlado?

No me fue difícil ajustar mi rutina diaria para pasar por esa esquina particular. A lo largo de dos semanas vi pasar por las mentes de aquella pareja de gatos un plan que incluía sabotajes en el transporte público, contaminación intencional de alimentos a escala masiva, apagones provocados y, sobre todo eso, unos misteriosos benefactores más inteligentes y astutos que los humanos, que los felinos saludaban como valiosos aliados, los primeros en estar a la altura de la noble raza de losFelis silvestris. (Yo creía imposible encontrar a un gato que reconociese como igual suyo en astucia a otro ser vivo.)

Empecé a frecuentar los lugares de reunión habitual de felinos. Lo hice para aplacar mis miedos, para descartar el asunto como simple paranoia, pero terminé descubriendo la horrible verdad: todoslos gatos estaban al tanto. En las plazas al sol, en las salas de espera de los veterinarios, en las puertas de los edificios, bajo la mirada de indulgente adoración de sus amos, los gatos maduraban un plan para desplazar a los torpes primates del género Homo del lugar que nos habíamos ganado, con la ayuda de entidades sobrehumanas o inhumanas. Traté de convencerme de que todo era una broma, pero no había nada de jocoso en los comentarios de los gatos sobre el futuro que le aguardaba a la especie humana y a sus mascotas “inferiores”.

Pronto fue obvio que había captado la conspiración en sus primeras etapas. Al poco tiempo las charlas abiertas y descuidadas cesaron, y tuve que recurrir a procedimientos ilegales y a programas de descifrado sofisticados para seguir al tanto. Todavía no se fijaba un plazo para el asalto final, pero este incremento de la seguridad y el secreto lo auguraban inminente.

Perros y gatos sin dueño desaparecieron de las calles hace tiempo gracias a las estrictas ordenanzas que siguieron a la pandemia de pseudo-lyssavirus de Panamá; si contásemos con aquellos gatos callejeros, nobles defensores de sus territorios, ferozmente leales sólo a sí e inocentes de toda malicia planificada, quizá podríamos esperar una resistencia, un movimiento que nos permitiese renovar la antigua alianza entre nuestras especies que comenzó hace diez milenios.

Pero es imposible. Los que seguimos conviviendo con estos amigos animales intocados por la biotecnología somos una minoría, una rareza que sólo se congrega en foros online y —muy ocasionalmente— en convenciones cada vez más raleadas. Los preservamos del mundo exterior que los teme y los ve como atavismos bestiales. Flufi no ha visto a uno de los suyos en mucho tiempo y tampoco puede hablar con los otros ni servirnos de espía. Ignora misericordiosamente la traición; mastica ruidosamente su comida, se tiende sobre su almohadón, se estira y bosteza, se enrosca y duerme mientras allá afuera los otros planean (también) su destrucción.✿


 

La conspiración es una de las historias de mi libro Los formamundos y otros cuentos, disponible en Leanpub.

Los formamundos

Los formamundos

A veces el entusiasmo lleva a cometer errores.

Las grandes naves se aproximan a su destino luego de un viaje de mil años. No hay vida orgánica en ellas; son máquinas que guían a otras máquinas. Vienen a preparar el lugar para la ola de seres humanos que vendrá más tarde. Arden sus costados, primero, al girarse: ciento ochenta grados, minuto más, segundo menos. Arden sus costados y cesa el giro. Ahora los motores principales, apuntados ya en la dirección del movimiento. Desaceleración, ocasionales retoques, una espiral que va descendiendo, caída hacia el pozo gravitatorio en cuyas profundidades juegan varios planetas rocosos.

Uno de esos mundos es el destino final. Observado por telescopios potentes, estudiado por sondas robot, calificado, contado, medido… y luego perdido, olvidado, su historia sin comenzar borrada por los fuegos de las guerras de los hombres y por los olvidos de la gran diáspora. Hasta ahora, o casi. Todavía no.

Hay una gran nube, una concha esférica de partículas, de motitas, que se acerca. Las motitas son del tamaño de un grano de arena o de pequeños planetas. Están hechas de hielo de agua, polvo de roca, hielo de amoníaco, carbono, azufre, hierro. Las naves-máquina se ponen a la tarea de clasificar la inmensidad de motitas. Encuentran una casi redonda, casi de hielo puro, casi la perfección. Buscan y buscan hasta que encuentran diez mil iguales a ésa.

Ahora hay que hacer muchos cálculos y cuando se terminan los cálculos hay que montar unas grandes velas sobre las bolas de hielo, velas que reflejan la luz y que pesan menos que el humo, menos que casi nada. Colocadas las velas, las naves-máquina soplan sobre ellas desde lejos una brisa de fotones de luz coherente.

Los humanos que vienen detrás reciben las noticias y se aprestan para observar el espectáculo de la hechura de un mundo. Despiertan a sus compañeros del largo sueño y se agolpan frente a las pantallas, observando lo que ocurrió hace ya cientos de años, lo que acaba de ocurrir, acelerado. Ven las bolas de hielo sucio moverse, las velas atrapando el viento de los láseres invisibles; las ven caer hacia la órbita del planeta rocoso, el próximo hogar, también invisible desde allí, que gira en furiosas revoluciones en torno a una estrellita amarilla.

Encontrado y perdido y vuelto a encontrar en bancos de datos, es un planeta soñado, pero seco, tan seco. Por eso las bolas de hielo. Un océano futuro flota en el espacio, en una trayectoria espiral hacia las gargantas de piedra que lo recibirán.

Instante cero. Después de mil años de caída, la primera gota helada golpea el planeta. Las máquinas reducen la velocidad para que los humanos expectantes puedan verlo, aunque hay poco para ver, sólo un punto de luz que de pronto multiplica su brillo, una erupción de magma y vapor cuando el primer trozo golpea: quinientas mil megatoneladas de gloria. Unos minutos después ven otra, y otra más, el planeta entero encendido. La mayoría de los humanos se cansan de ver luego de cincuenta o sesenta impactos. Los cálculos han sido muy bien hechos y no se pierde el tiempo; cada bola de hielo que golpea es como una nota musical.

El primer movimiento de la sinfonía termina y hay una pausa angustiosa mientras un manto de nubes hirvientes se forma sobre los mares de roca fundida. Las máquinas aceleran el paso de la grabación nuevamente. La audiencia lejana aplaude cuando comienza a llover: segundo movimiento. El agua aún caliente arranca minerales de las rocas, las excava, las deshace.

Las grandes naves-máquina ya han terminado su tarea. La mayoría de ellas bajará ahora, siguiendo las mismas espirales que las bolas de hielo, para aposentarse en la superficie del planeta, donde serán hogar y fábrica, planta de energía e invernadero, excavadoras de minerales y plantadoras de árboles.

A continuación bajan al pozo las naves conteniendo a los colonos humanos, que encuentran un planeta virgen ante ellos. Suaves llanuras de basalto, ya roto por grietas donde prenden las primeras plantas, en un suelo sintético; cráteres al abrigo de los vientos, montañas escarpadas donde el agua del espacio se ha condensado en hielos que alimentan arroyos en el verano, pequeños mares apenas salados donde las algas traídas por las máquinas ya exhalan su oxígeno, donde peces extraños, con genes donde está programada su resistencia de pioneros, se buscan y se aparean y se devoran.

Interludio. Los humanos no se apresuran. Casi cada colonia de que se tiene noticia ha sufrido el error del entusiasmo, del apuro; cada grupo de pioneros ha querido bajar a su mundo nuevo y trabajarlo y olvidarse de plantar primero los cimientos profundos y delicados de una civilización tecnológica. Así es como cada colonia humana que se conoce, con excepción de unos pocos focos de luz aquí y allá, ha sucumbido al barbarismo: por falta de un clavo se perdieron mil reinos. Por eso nadie baja, al comienzo, a plantar una huerta, y nadie desembarca animales de cría. Las máquinas cavan minas y extraen el aluminio, el platino, el uranio, las tierras raras; las máquinas procesan el agua y almacenan el hidrógeno, el deuterio, el tritio, el helio. Las máquinas construyen plantas de fusión nuclear, instalaciones de generación y confinamiento de antimateria, fundiciones y refinerías, fábricas de componentes para sí mismas y para las otras máquinas, todo ello a prueba de fallas, y todo ello por duplicado, por triplicado, y los planos y procedimientos almacenados en bases de datos incorruptibles.

Interludio. La colonia comunica a sus vecinas las buenas nuevas. Las ciudades del hombre brotan y cubren el planeta. Aun con la preparación de las máquinas, el arranque es duro y un cierto retroceso es inevitable. Pero la especie humana es adaptable y el paso atrás le da impulso para un salto hacia adelante.

En el segundo milenio de la colonia se inaugura un gran proyecto para extraer energía geotérmica. A las prospecciones globales les siguen grandes perforaciones de prueba. Entre los abundantes y notables hallazgos geológicos aparecen, para sorpresa de los prospectores, trozos de metales de aleaciones sintéticas, masas de minerales enriquecidos en isótopos inestables y otros objetos reconociblemente artificiales.

El mundo científico se llena de especulaciones. Las prospecciones se reorientan a la arqueología. No mucho después se descubren varias grandes cavernas talladas a todas luces por máquinas, derrumbadas sobre sí mismas. En el interior hay más restos de civilización.

Las cavernas, selladas contra toda contaminación externa durante miles de años, han preservado unos pocos restos orgánicos, ya muy alterados por las condiciones de presión y temperatura. Los arqueólogos los analizan. Unos pocos de esos montoncitos quebrados a medio fosilizar son huesos humanos. Deben haberse refugiado bajo el suelo como último recurso para resistir el bombardeo de hielo, declara, pálido y tembloroso, el jefe de la investigación. Un espasmo de horror recorre a la orgullosa civilización planetaria.

A veces el entusiasmo lleva a cometer errores. ✿


 

Los formamundos encabeza y da título a mi libro Los formamundos y otros cuentos, disponible en Leanpub.