La Isla de las Niñas

La Isla de las Niñas

Ⅰ·

Partí de Manfiz al alba, el día después del solsticio de verano. Era mi primer viaje como capitán y estaba algo nervioso, pero conocía a la tripulación del Abriet, ellos me conocían a mí, y desde el principio hubo confianza mutua.

La tormenta fue una sorpresa, y a su repentina violencia se le unieron vientos extraños. Cuando el mar se enfurece a veces arroja a los barcos más débiles o peor tripulados contra las costas al sur de Trsiweg y los deshace contra los arrecifes de Suvhad. En esta ocasión ocurrió todo lo contrario; fuimos empujados mar adentro, hacia el Océano Incógnito, y aunque la lluvia cesó al cabo de pocas horas, el viento que había quebrado nuestros mástiles persistió hasta que perdimos de vista incluso la última de las islas de Tachi-Yezmud. El cielo continuó cubierto y amenazante durante cuatro días más.

Al final del quinto día, ya perdidos todos nuestros puntos de referencia, observé un ave blanca en vuelo a unos pocos cientos de metros de nosotros; por la mañana vimos varias bandadas, y también ramas y hojas flotantes, y una extraña columna de humo gris; al mediodía el vigía anunció que había divisado tierra: la cima de una montaña. Antes de caer la tarde la Isla estaba sobre el horizonte, una línea gris festoneada de verde. La coronaba un amenazador cono humeante, cuya cima, por la noche, se transformó en una brasa encendida en medio de la oscuridad.

La Isla no es demasiado grande (no aburriré al lector con los detalles geográficos, que se encuentran en un reporte anexo), pero nos vimos obligados a rodearla casi por completo hasta encontrar un lugar para desembarcar, ya que casi toda su costa está cerrada por murallones de roca negra.

Es evidente que ya estábamos siendo observados, puesto que apenas habíamos terminado de poner pie en la pequeña playa de arena gris y piedras afiladas cuando dos grupos de hombres bajaron apresuradamente desde los acantilados a ambos lados. Iban apenas vestidos con bastos taparrabos y llevaban lanzas con puntas de piedra y unos largos escudos de lo que parecía ser corteza de árbol.

No teníamos tiempo para correr de vuelta a los botes y lanzarlos. Eché una mirada de soslayo a Tobor y me sorprendió verlo tranquilo; siendo Tobor un hombre avezado en leer las intenciones ajenas, eso me dio cierta calma a mí también. Los hombres no nos hablaron ni hicieron movimiento alguno una vez que se dispusieron frente a nosotros. Viéndolos de cerca no resultaban amenazadores: eran de corta estatura y espaldas angostas, algo rechonchos, y de rostro inseguro, como muchachos jóvenes. Entonces vi a las mujeres.

Estaban detrás, sobre un gran peñasco en la cima de la playa empinada, observando; eran tres, de la misma estatura que los hombres y de rostros ceñudos. Tenían los pechos al descubierto, pero medio cubiertos por grandes collares de varias vueltas; vestían polleras de vivos colores y tenían en las cabezas unos pequeños tocados de plumas. Estaban hablando; no podíamos escuchar qué decían, pero los hombres, al parecer, sí, ya que el de más atrás de ellos volvía la cabeza y asentía.

No somos exploradores ni saqueadores, y las pocas armas que teníamos estaban abordo y no servirían para mucho. Mostré, como se hace en los libros, mis manos vacías a los salvajes, y las levanté para demostrar mi indefensión y para que las vieran, también, las mujeres. Tobor y los demás marinos me imitaron. Una de las mujeres gritó algo y los hombres con lanzas se relajaron imperceptiblemente. La mujer bajó del peñasco y vino por la playa, pisando con lenta deliberación la arena húmeda y resbalosa. El hombre de más atrás la recibió con una leve inclinación de cabeza y luego, insólitamente, se sentó a sus pies.

Bajé las manos con cuidado. La mujer gritó una orden y luego me llamó con un gesto imperioso. Caminé, sin detenerme, hasta el centro del semicírculo de lanzas. Cuando estuve allí la mujer se sentó también, y la tensión en el grupo volvió a disminuir sutilmente. Yo todavía podía ser atravesado por media docena de lanzas en un instante, y mi voz salió ronca y desagradable de mi garganta cuando comencé a presentarme, pero la mujer me sonrió. Era una sonrisa franca, y la mujer era hermosa, y así fue que yo creí que la Isla nos daba la bienvenida.

1.

Mamá trae a los hombres venidos del mar. Son altos, más altos que mamá y que todos mis papás. Mamá sabe instintivamente cómo manejarlos y yo la observo, porque debo aprender. Son un poco como animales. Miran todo y a todos sin vergüenza alguna, como si no existiese nada vivo más que ellos.

Al principio nadie los entendía, pero después de varios días aprendimos algo de su jerga, que es como la nuestra pero con menos vocales y unos sonidos raros, como chasquidos, chistidos, roces y silbidos. Los adultos se juntan para oírlos hablar. Son como animales muy ruidosos, porque no tienen modestia. Como no les preocupa romper el silencio, se los puede escuchar todo el tiempo: esto es bueno para los que queremos aprender su lengua.

Mamá es la jefa. Me causa mucho orgullo verla sentada frente a los extranjeros venidos del mar, tan calma y tan fuerte, con su cabello negro y lustroso sobre los hombros. Los extranjeros, en cambio, tienen el cabello del color de la ceniza o de la tierra, de aspecto seco, y embarullado, como si no supiesen peinarse. Además algunos no tienen cabello, aunque son jóvenes. Papá Wungba se rio mucho de los pelados. Wungba es más viejo que mamá pero tiene mucho cabello y a mí me gusta jugar con él, atándole conchillas y flores. Wungba nunca andaría con un cabello tan sucio y feo. Creo que Wungba quiso explicarles cómo lavárselo y no le entendieron, y se ofendieron.

Dice mamá que cuando llegaron al poblado ya no tenían miedo y hasta le sonreían a las mujeres. Puede ser que no sean tan tontos. A mamá no le gustan porque además de tener poco o feo cabello, tienen pelo en la cara y en el cuerpo, como los “monos” de las historias. Hay mujeres en la isla que seguramente querrán sumarlos a los suyos: eso es lo que pienso yo, no mamá. Hay mujeres para todo.

Mamá se cansó de los extranjeros enseguida y los puso con mis papás más jóvenes y con los hombres de Galurru y Hahittami, que son avispados. No confía en ellos. Los hombres del mar se perdieron en una tormenta. Quieren reparar su madre-de-botes y volver a su país. Mamá no sabe si creerles. Escuché a Utusa decir que deben haberse perdido porque son todos hombres. ¿Cómo pueden ir tantos hombres solos por el mar sin una mujer que los guíe y que los acueste consigo? Pero yo no sé si es así. Nosotros nunca salimos al mar con botes. Está prohibido y no lo hacemos.

Los hombres del mar no tienen modales y preguntan por las mujeres, preguntan quién se acuesta con quién y dónde están los niños-hombre. El que se llama “Capitán” quería saber, y papá Wungba le presentó a mi hermano mayor Singsu, que tiene sus huevos fuera del vientre hace menos de un año. Yo estaba mirando todo, a escondidas, porque también tengo que aprender. Y Singsu lo saludó y le mostró su tubérculo, pero el extranjero miró para otro lado como si hubiese visto un animal podrido. Entonces no entendí qué quería o no quería ver.

Ⅱ·

En esta Isla las mujeres mandan y los hombres obedecen, o al menos eso me parece a mí. Por lo menos la jefa es una mujer y tiene un pequeño harén de maridos que se afanan por complacerla. Es antinatural, pero el mundo es ancho y hasta no muy lejos de nuestras tierras, en los confines de Trsiweg, hay países donde las mujeres se acuestan con quien quieren a la vista de todos, o donde van a la guerra junto con los hombres; en el antiguo Imperio de Amzin, según se cuenta, las mujeres se vestían como hombres y se ponían barbas postizas para poder ser lideresas o poseer esclavos, aunque todos supieran que no eran realmente hombres. En Manfiz, en tanto, ¡cuántos hombres, por depravación o polución de sus humores, se visten como el sexo opuesto y hacen gala de su inversión!

Con respecto a las mujeres de la Isla, mis hombres no dejaban de sorprenderse y de hacer comentarios ante su belleza natural y su seductora altanería; tuve que advertirles severamente que no se tomaran libertades, ni tan siquiera intentaran galanterías, porque en un lugar tan extraño no podíamos confiar en las convenciones de la sociedad civilizada.

De los hombres de aquí podría colegirse que el trato humillante los ha afeminado. Al respecto debo anotar el detalle que más me ha confundido hasta ahora, y que es la forma en que se trata a los niños.

Los niños pequeños suelen ir desnudos aquí; cuando están vestidos, no sé cómo alguien logra distinguir entre los sexos, y en verdad nadie los distingue: todos se arreglan el cabello a su antojo, y los padres visten a todos con polleras un día y taparrabos el siguiente. Todos los pequeños que vi eran niñas, y no me pareció posible que escondiesen a los niños varones. En la lengua de los salvajes no hay diferencia entre “niño” y “niña”, de manera que tuve que preguntar por los “pequeños machos”, como si de animales se tratase; no obtuve más que sonrisas de incomprensión.

Reconozco en mí cierto exceso de modestia, o más bien, exceso de cuidado ante aquellos salvajes; si hubiese podido explicitar con detalle lo que deseaba ver quizá me habrían tomado por un descarado o algo peor. Insistí con prudencia, hasta que uno de aquellos hombres con quien hablaba me tomó de la mano y me llevó hasta una choza donde estaba sentado un jovencito; el mismo, una vez que se le refirió mi pregunta, se levantó sin pudor el taparrabos. Hice ver con vehemencia que tal exhibición no era necesaria. Ahorro al lector los detalles, puesto que de hecho no hubo nada de particular en lo que vi, salvo las circunstancias.

Aunque el incidente sólo causó risas entre nuestros extraños huéspedes, con el pasar de los días noté que su actitud había cambiado. En ese momento lo atribuí a la pérdida del miedo y la extrañeza que nosotros a su vez debíamos provocar en ellos. Los hombres comenzaron a importunarnos con charla; las mujeres, por el contrario, se hicieron más altaneras a la vez que se insinuaban con algunos de los marineros. Una de las hijas de la jefa, hermana o medio hermana (según entendí) de aquél me había mostrado sus partes privadas, se convirtió en una dulce espía de todos nuestros pasos. Me observaba escribir en mi bitácora, interrumpía las reuniones que sostenía con mis oficiales, y una vez la encontré revisando el interior del pequeño cofre con papeles e instrumentos que yo había hecho traer del barco.

Las niñas pululaban, solas, en corrillos o de la mano de sus altivas madres, y en cada rincón del poblado y a los lados de cada sendero que se abría en la jungla había un par de pequeños ojos oscuros y relucientes, observando, observando.

2.

Yo no llamé al guardián, pero el guardián vino: era lo que debía hacer. Yo temía que lo hiciera. Los extranjeros llegaron sin querer a nuestra isla y yo no les deseaba ningún mal. Ahora que puedo hablar libremente tengo que decir que no estoy de acuerdo con la manera en que los guardianes nos vigilan. Se supone que es por nuestro bien, ya que el mundo más allá de nuestra Isla es diferente y la gente, como los extranjeros que vinieron del mar, odia lo diferente. Cuando el Capitán preguntó dónde estaban los niños-hombre, yo no entendí, pero después recibí la advertencia, y recordé quién era yo. Porque yo también soy una guardiana. Pero conmigo se puede razonar.

Cuando recibí la advertencia fue como si me descorrieran una venda de los ojos: así es como sucede. Para que todo funcione bien y yo no me delate, tengo que funcionar como si fuera una niña más, y no tengo que saber nada sobre mí misma. Pero ahora sé que el Capitán quería saber por qué ninguno de los pequeños era macho a la vista. El Capitán, igual que sus hombres y que todos los hombres del mundo (salvo los de nuestra Isla), sabe que es macho desde pequeño, y sus padres lo saben desde que lo vieron salir de su madre. La parte de mí que sigue siendo una niña común sigue extrañándose; me da un poco de asco pensar en un niño que nace y ya tiene los huevos en un saco fuera del vientre y un tubérculo que es como un dedo corto y gordo.

Pero entiendo que a los extranjeros les debe resultar raro y asqueroso cómo somos nosotros, en la Isla. Por eso preguntaban cosas sin sentido. Y por eso había que evitar que nos hicieran mal.

Cuando vino el guardián yo estaba durmiendo y pensé que iba a matarlos antes de poder convencerlo. El guardián es más alto que el más alto de los hombres y está todo cubierto de placas como una tortuga, pero brillantes y de color gris, y no se le ve el rostro, porque no tiene rostro, sólo unos ojos que son como perlas transparentes. Dentro de él hay ruedas y palancas, pero no se ven ni se escuchan. Tiene mucha fuerza y puede matar a un hombre con una sola mano.

Yo no quería que mataran al Capitán y sus hombres. No vinieron a hacernos mal. Pueden estropearlo todo si traen a otros a nuestra Isla, pero si es así tenemos todavía a los guardianes. Eso quise explicarle al guardián que vino. Como no me escuchaba, le pedí que llamara a sus jefes. El guardián no quería, pero yo soy una niña especial, después de todo, y no pudo negarse.

La voz de una mujer habló a través del guardián. Me explicó que, por el bien del experimento (yo no conocía la palabra “experimento”, pero en ese momento, como por encanto, la comprendí), los extranjeros debían morir. Si vivían, las personas del resto del mundo nos vendrían a ver, nos tratarían como a enfermos, nos quitarían la Isla y —lo peor de todo— harían todo lo posible por separar a los machos de las hembras, desde recién nacidos. ¿Cómo podrían saber? Había formas, dolorosas, terribles formas de averiguarlo; y si no resultaban, me explicó la mujer, de todas formas decidirían quién era macho y quién era hembra, para criarlos separados, como nosotros separamos a los animales de cría en los corrales.

En la Isla hay pocos machos, y los que hay sólo saben que lo son cuando les baja el saco desde adentro del vientre y les empieza a crecer el tubérculo, e incluso después de eso muchos producen semilla infértil. Pero cuando los extranjeros vean esto, dijo la mujer, se reirán de nuestros hombres, porque ellos son vanos. Vendrán a acostarse con nuestras mujeres por la fuerza y hacerles tener sus hijos, me dijo, porque los extranjeros creen que un hombre vale por la cantidad de mujeres con las que se acuesta y la cantidad de hijos que produce su semilla.

Me pareció a mí, aunque todavía soy una niña, que todo eso era exagerado. Le dije al guardián que no le dejaría matar a nadie. Creo que iba a hacerlo de todas formas, pero entonces Darrapu, que es mi amiga, vino a ver qué ocurría, porque yo había salido frente a la casa para hablar con el guardián, y al verlo hizo tal escándalo que todo el mundo despertó. Los extranjeros, que tenían unas chozas del otro lado, vinieron también, y tuve que correr para interponerme entre ellos y el guardián. Yo ya sabía quién era yo y qué podía hacer: soy especial, me enviaron para aprender y para cuidar el experimento. Le ordené al guardián que se detuviera, y después le dije al Capitán que iría con ellos.

El Capitán se echó a reír. Sus hombres habían retrocedido y yo creo que pensaban ir a buscar esas armas que tenían. Todas sabíamos ya que las tenían. Eran muy terribles pero no le harían nada de nada al guardián, salvo hacerlo enojar. Bueno, es un decir: el guardián no puede enojarse. Pero sí lo convencerían, allí en su dura cabeza llena de rueditas, de que los extranjeros eran peligrosos. Eso sería la perdición de los extranjeros. De manera que hice mi voz más fuerte y les ordené a ellos que se fueran y me llevaran.

Se asustaron al oír mi voz, porque no era voz de niña, ni siquiera de mujer: era mi voz real, la que tengo cuando hace falta. La descubrí entonces: a cada instante algo nuevo. Se quedaron como pegados al suelo, los muy tontos, y los tuve que empujar con mis manitos. Fue una suerte que el guardián me obedeciese. Duró poco, pero nos alcanzó para ir hasta la playa, subir al bote y alejarnos. El experimento termina donde comienza el agua: así son las reglas.

El barco no estaba todavía listo del todo, pero no se hundiría. Un día antes de subir yo no tenía idea de lo ancho que era el mundo ni de que existiese más que la Isla, el Mar y el Cielo. Pero le indiqué el rumbo al Capitán, más o menos, y él me obedeció, porque todavía estaba asustado de mí. Creo que también me hizo caso porque yo lo había salvado.

La mujer de arriba y los demás que cuidan de la Isla ya no me hablan: están ofendidos. Ya no importan. Voy rumbo al país del Capitán y lo hago por ellos, aunque no lo entiendan. ✿

 


Este cuento era inédito hasta ahora. Se basa en la curiosidad que sentí al conocer el caso (real, documentado) de ciertos niños de una región de República Dominicana a los cuales, debido a una deficiencia hormonal congénita, no les crece el pene ni les descienden los testículos hasta a la pubertad. No tiene intención ideológica o alegórica alguna. 

La frontera de la bestia

La frontera de la bestia

Nota del cronista

Sabemos muy poco de los pueblos salvajes que habitan la Penumbra. Es a través del estudio de la historia, de notas antropológicas fragmentarias y del raciocinio puro que podemos conjeturar con posible acierto sobre sus motivos, sus temores y sus deseos. Lo que voy a contar es por tanto ficción pero no —espero— falso.

1

El muchacho se quita la gran capa de abrigo con la que ha venido siguiendo a la gran bestia, destino buscado de su lanza y su cuchillo, desde las tierras de su tribu. Aquí en los lindes de la Penumbra el calor hace innecesarias y molestas las plumas. Debajo del abrigo, ahora enrollado y atado a la espalda, hay apenas una chaqueta de piel curtida y un taparrabos, que dejan ver un cuerpo bajo, rechoncho, aunque sin flojera alguna en torno al cuello potente y los hombros nudosos. Tal es el aspecto típico de los hombres de las regiones frías.

Pero el muchacho no es todavía un hombre para su tribu. Su nombre es Ndin Wahk T’en. Las palabras de este nombre, a diferencia de lo que ocurre entre nosotros, no lo identifican como individuo y miembro de una familia; sólo lo vinculan a un tótem (ndin, la comadreja blanca) y a la piedra de su poder (wahk, la mica). La tercera palabra lo designa como púber semiadulto: t’en, un sin-trofeo, un no-emparejado, un semi-hombre. T’en es la razón de su presencia en este lugar, apartado de las tierras de su tribu, más lejos de lo que nunca ha estado o estará jamás en el futuro. Entre los salvajes no hay hombres ni mujeres aislados. El exilio solitario es equivalente a la muerte, y en la muerte no hay personas sino meras sombras.

Este viaje hacia tierras infernales es un pequeño exilio, aunque autoimpuesto y temporario. Ndin Wahk T’en sigue a la bestia. Su madre la siguió, y sus abuelos paternos, y también uno de sus hermanos mayores. La caza y el retorno atraen sobre su autor una gloria cuya tentación algunos no pueden resistir. Los hombres que no siguen a la bestia sólo llegan a ser hombres luego de muchas hazañas; las mujeres que no hacen el viaje no podrán ser jamás rastreadoras ni sacerdotisas.

Ndin Wahk T’en va en busca de la bestia porque desea el privilegio de la cópula con cierta mujer que orgullosa y displicentemente lo espera; la busca también para probarse ante sus hermanos y su madre; pero podemos adivinar que en el fondo la busca porque la bestia es el destino impuesto por la tradición de la tribu a todos los que aspiran a no ser uno más, un trozo de carne que el gran toro-lobo emplumado (que es el dios de la generación) arranca de una dentellada a la nada-origen y saborea sólo un instante antes de tragarlo y sumergirlo en la nada-fin.

2

La tribu de Ndin Wahk T’en, unas veinticinco o treinta personas sin contar los niños (que nacen y mueren como chispas), se mueve cada pocas vigilias; los campamentos son cosas frágiles y efímeras cuyos restos no acaban de dispersarse antes de ser revisitados. La región de la tribu es una ancha planicie, un antiguo mar seco con fondo de lava quebrada, hundido tras unas montañas bajas que no aparecen en nuestros mapas, y que no son más que estribaciones de los poderosos Muros de la Sombra. En esta latitud las temporadas duran lo que los ciclos de una mujer, unas veintiséis sueño-vigilias, y ese mismo lapso es lo que tarda un hombre en cruzar la gran planicie, yendo al paso lento pero sostenido con que Ndin Wahk T’en camina, sin más carga que sus armas y su abrigo.

Pero Ndin Wahk T’en salió hace varias vigilias del antiguo mar. Viene remontando un río que, tras él, acarrea lentos trozos de hielo hacia el frígido Océano Antipodeano, pero que aquí corre con rapidez, enteramente líquido. El río se forma en las alturas del lado oscuro de los Muros, donde las ventiscas de nieve se encuentran con el aliento cálido de la cara iluminada de nuestro planeta y la tormenta ruge sin cesar. El río es uno de muchos y en absoluto el más importante, pero para la tribu es una línea de vida. En sus aguas gélidas pescan buena parte de su sustento: grandes bancos de peces, criados a toda prisa en los lagos de altura, que bajan a la oscuridad para atiborrarse en las aguas profundas, copular frenéticamente y morir. A orillas del río habitan otros cazadores de peces: las monstruosas grullas hipopótamo, los saltarines aguja, los basidilos, las medusas de tierra…, predadores que la tribu convierte en presas. La escasa vegetación de la penumbra toma sus nutrientes del río y acumula su agua en sus tallos subterráneos, de los que surgirán las anchas y efímeras hojas del verano, que aquí no es más que un leve decrecimiento de la oscuridad; y la tribu también hace de esas plantas miserables su alimento.

Pero mientras Ndin Wahk T’en sigue a la bestia el río se hace tibio, y las plantas reverdecen, y los animales son más abundantes, y pequeñas alimañas compiten por espacio con las grandes bestias de la oscuridad y el frío; en el aire hay humedad, aromas, colores. Los ojos inmensos del muchacho parpadean y se entrecierran, incomodados por el polen invisible que revolotea en el aire, por la luz —una luz rojiza que nosotros, los mimados por la fortuna, llamaríamos mortecina—, por el sudor que le baja por la frente.

Hace veinte vigilias que sigue a la bestia, veinte vigilias que abandonó a su tribu; en algún punto de esa persecución los caminos dejaron de serle familiares, y ahora el río, a medida que se acerca a la fuente, parece decidido a perderlo, porque entre estas colinas y picos el cauce se divide, se abre como una mano de mil dedos, la mayoría de ellos muy cortos, claro está, destinados a morir en una hoya arenosa o en uno de los pantanos salobres que flanquean, más al norte, al Océano de los Lindes. El rastro de la bestia es difícil de seguir en estos senderos quebrados, que suben y bajan entre altas rocas desnudas, depresiones invadidas por el musgodeoro, peñascos semicubiertos de enredaderas y laderas grises y terrosas donde sólo arraigan espinolles. Ndin Wahk T’en es, como todos los salvajes, un supremo rastreador instintivo, pero su mente fue moldeada para la penumbra uniforme, monocroma, que todo lo aplana y lo simplifica. Aquí cerca de la luz lo abruman los matices y los contrastes lo asaltan como cuchillos.

Varias veces ve a la bestia, o cree verla: no intentaremos adivinar lo que él no puede. Le cuesta dormir en la luz; el suelo suave y tibio es tan invitante para él como para miríadas de pequeños seres que pican, muerden, raspan, chupan silenciosamente sangre. Sueña y despierta y vuelve a soñar sin saber que lo ha hecho; un bramido lo sobresalta, abre los grandes ojos y se orienta automáticamente —un relámpago de luz, porque como nuestros distantes ancestros comunes, los salvajes de la Penumbra han recuperado el tapetum lucidum—: es la bestia. Silenciosa, urgentemente recoge sus avíos y se desliza por el sendero.

La bestia ha anunciado su dominio o llamado su desesperación, ¿quién sabe?. Éste tampoco es su lugar. Da un salto fuera del sendero, trepa por una ladera imposible y desaparece. El muchacho bufa de disgusto, pero sofoca su impaciencia, y un momento más tarde, el éxtasis de la libertad absoluta, del hacerse hombre en esta soledad inmensa, le golpea en el rostro y le deja una sonrisa en él. Ya no dormirá; se pone en marcha.

3

Ahora el camino sube y Ndin Wahk T’en suda copiosamente, deteniéndose cada pocos pasos para tomar un trago de agua. La corta lanza del muchacho va apartando las hojas cobrizas de las miraluces, firmes como soldados, que le dan la espalda. El cielo está cubierto de nubes del color de la sangre seca; de cuando en cuando cae una lluvia brusca, tibia y dulce, que el salvaje recibe con perpleja alegría.

Nadie en la tribu ha llegado tan lejos excepto en las leyendas; nadie, al menos, que haya vuelto para contarlo. La memoria de las tribus es larga pero imprecisa. Ndin Wahk T’en sabe que nadie vendrá por él, que ya es posible que su familia haya enviado el saludo final a su espíritu.

No ha visto ni oído a la bestia en cinco vigilias. Un par de dudosas huellas es todo lo que lo contuvo de volver sobre sus pasos. Tiene la piel cubierta de picaduras y en el muslo derecho una sangrebeja ha estado abriendo una herida que parece hecha con un cuchillo pequeño y mal afilado. La comida escasea; no se atreve a probar las plantas desconocidas, y no conoce las mañas de los animales de por aquí. Sólo el agua no le falta, pero los arroyuelos y la lluvia tienen ambos el mismo sabor salobre, el mismo regusto metálico. Añora sumergir la gran cabeza, hasta el cuello, en el agua limpia y helada del río lejano.

En un ancho valle pantanoso hace un alto y se sienta a quitarse los bichos que han anidado en el vello tupido de sus piernas y sus tobillos. Quien lo viera lo juzgaría correctamente como muy cansado, enflaquecido, quizá enfermo. El viento sopla en las cumbres, silbidos y trompeteos súbitos: Ndin Wahk T’en sigue concentrado en la tarea, mientras un claro se abre en las nubes sempiternas más allá del farallón montañoso, sobre los lindes extremos de mi país.

Pero es un cazador, después de todo, y cuando un haz de luz escapado a las nubes se proyecta entre dos picos, al límite de su visión, un ojo sigue al otro, y entrecerrando los dos puede ver, recortada contra aquel rayo cegador, la silueta inconfundible que ha soñado cada noche en su persecución, y se pone en pie, olvidando la cruel picazón, el hambre y el gusto amargo de su lengua.

4

El fondo del valle es una mezcla de ciénagas, vegas y pequeños lagos. Mientras busca su camino en ese laberinto, Ndin Wahk T’en ve las huellas de los animales que ha aprendido a reconocer. No escapa a la inconstancia de la juventud: piensa, al contrario de lo que pocos momentos atrás, que no es tan mala esta tierra. Aquí una tribu podría plantar tiendas durante una temporada, tres, una docena, y podría hacerlas grandes y fuertes, a sabiendas de que no tendrá que desarmarlas ni abandonarlas. Un hombre podría alimentarse un día entero sin moverse, tomando de los frutos y semillas que cuelgan de un solo arbusto; podría de hecho perder su abrigo y arrojar sus botas y dormir desnudo al sereno, con tal de que encontrase un lugar a cubierto de la lluvia. Aunque el suelo es húmedo, no faltan rocas para montar un hogar y hay madera en abundancia para hacer fuego. La luz molesta los ojos, es cierto, pero ¿no es peor la oscuridad que da cobijo al toro-lobo cuyos aullidos aterran el sueño, al giganturón silenciosamente mortal, a las serpentigres que arrebatan a los niños?

Tan miserablemente viven las gentes de la Penumbra, que ni siquiera sus leyendas alcanzan a prometer un Paraíso como éste, pero la mente anhelosa de Ndin Wahk T’en lo está trazando toscamente en su imaginación mientras cruza el valle y comienza a ascender al otro lado.

Se desata una tormenta. Ésta no es como los cortos chubascos de las sueño-vigilias anteriores, sino una verdadera tempestad. El salvaje se sujeta de las rocas resbaladizas lastimándose los dedos encallecidos; sobre él los truenos juegan a lanzarse peñascos. Las nubes se derraman sobre las faldas de la montaña, ríos súbitos que nacen en medio del aire. ¿Ha sido eso el bramido de la bestia? Ndin Wahk T’en pierde su asidero y cae tres, cuatro veces su altura por la ladera de barro y espinas. Un pedrusco grande como su puño pasa junto a él y le golpea de soslayo el hombro derecho. El trueno hace vibrar la montaña. El muchacho reza sumariamente a sus dioses, convencido de que es el final, pero su pie encuentra un tope y se confía a él, moviéndose de lado. Un árbol retorcido que el torrente no ha podido desarraigar le presta su tronco, y por un instante el salvaje vuelve a ser uno con nosotros en el pasado, un primate aterrorizado al que sólo pueden salvar la fuerza de sus manos y sus brazos mientras cuelga sobre el abismo. Bajo el árbol hay una pequeña cueva y bajo ésta sobresale una cornisa de piedra sólida, pero el salvaje no puede saber con certeza si la vertical de su precario sostén, prolongada hacia abajo, toca la cornisa o yerra por un paso. El árbol cede al fin y el destino decide.

La cueva no mide más que cuatro o cinco pasos de profundidad; dentro hay viejos excrementos de animales y unos pequeños escarabajos que se escabullen. Ndin Wahk T’en espera. Mientras duerme, sentado y exhausto, la tormenta se agota.

Las plácidas nubes de antes están comenzando a cubrir de nuevo el cielo cuando despierta. El cuerpo le duele en muchos lugares, pero todavía puede ponerse en pie y volver a trepar. Sin la urgente amenaza de los truenos, va sin prisa por un sendero escarpado pero seguro hacia el punto donde vio por última vez a la bestia.

El muchacho camina o repta hacia arriba como si los últimos días pasados en este paisaje hubieran penetrado en sus músculos. Huele la tierra mohosa y fértil y siente una profunda satisfacción. Es joven y está aquí espantosa y gloriosamente solo, más vivo que un dios, y ya no importa si aquella orgullosa mujer ha dejado de esperarlo, porque habrá otras mujeres; habrá una mujer fuerte que vendrá con él hasta esta tierra y a quien seguirán otros, saliendo de la oscuridad… Le brota este pensamiento, como a veces ocurre, como si fuese otro el que pensara, y se sorprende de sí mismo, porque se ha olvidado de la bestia.

El sendero choca contra unas columnas quebradas de granito. Ndin Wahk T’en mete los dedos desollados en las pequeñas oquedades que la erosión ha cavado en ellas, y continúa subiendo. Presiente que no falta mucho. Sube la última roca y entonces lo veo, pero él no puede verme, porque estoy demasiado lejos y porque su vista está ocupada en algo mucho más grande. Las nubes que la tormenta ha barrido todavía no se han reagrupado de este lado de las cumbres y el cielo está claro, por poco tiempo.

Y el salvaje ha visto por primera vez el sol.

5

Y ésta es la parte que puedo narrar como testigo, y a la vez la parte de la que menos puedo decir con certeza de verdad. Porque a través de mi catalejo veo al salvaje, el rostro anguloso y encendido por el esfuerzo de la subida, cubrirse los ojos —grandes como mi puño, ojos de la noche eterna— para protegerlos del fulgor rojo de nuestra estrella, y lo veo también, unos momentos más tarde, descubrirse torpemente, vencido sin remedio por la curiosidad, y quedarse mirando aquella brasa inmóvil, pacífica, maternal. Pero no puedo saber qué hay detrás de esos ojos desorbitados. Debo suponer, como he supuesto todo lo anterior, que piensa en la gloria: en prados repletos de luz, en lagos color de rubí, en los reflejos que aquel sol desprenderá de los cabellos de cierta mujer, en niños corriendo sin temor, en el rumor tibio de la hierba dorada. Tales cosas me permito pensar que piensa, porque puedo ver a la bestia, a pocos pasos, tan desorientada como el muchacho —porque la bestia es también una extranjera en estas tierras de luz—, y me doy cuenta de que él la ha visto, con el rabillo del ojo ha tenido que verla, y se sobresalta un poco pero sigue bebiendo con los ojos la luz, olvidado de su empresa.

Estoy demasiado lejos para que él me vea, confundido entre ramas, a unos pasos de mi pequeño campamento en la chata planicie arenosa; con el sol a mis espaldas ni siquiera tiene la chance de ver un reflejo en la lente de mi catalejo. Estoy, pero es como si no existiese; el salvaje y la bestia están solos en este límite entre los mundos. Y yo me descubro deseando que él baje por la ladera, que saboree el agua del color de la sangre, que siga el rastro de mis pasos, que encuentre mis torpes marcas de explorador aficionado y me encuentre y hable conmigo y sea bienvenido a este lado.

La bestia es poco dada a la reflexión; el sol es una cosa nueva y todo lo nuevo, en su pequeño cerebro, no puede ser sino peligroso, cuando no es inmediatamente benéfico. Vuelve la cabeza para buscar una vía de descenso de vuelta a la penumbra. El muchacho cierra los ojos doloridos, hinchados, pero sus oídos perciben el rumor en las rocas. No puedo verle la cara en ese momento, porque se mueve demasiado rápido. Lo veo rebuscar algo que ha dejado caer entre las hierbas. Levanta lo que buscaba, hay un relámpago de metal y la lanza se clava en el cuello de la bestia. La veo bramar su muerte, y escucho latir mi corazón seis, siete veces antes de escucharla, pero para entonces todo está consumado.

El salvaje está postrado junto al cuerpo; se ha retirado un poco del borde y ya no puedo ver qué hace, pero sus hombros están quietos y parece que sus labios se mueven. Está pidiendo a la bestia su perdón.

En las vigilias que vengan Ndin Wahk T’en acarreará aquel cadáver sagrado, se alimentará de él y llevará, si no se pierde, el cráneo descarnado a su tribu, como prueba de su hazaña, y dejará de ser un semi-hombre. Pero todo eso será en un mundo diferente al mío, y yo ya estoy alejándome de él. Levanto campamento. No pertenezco a la penumbra ni la entenderé jamás. Vuelvo a casa, hacia la luz. ✿


 

La frontera de la bestia es una de las historias de mi libro Los formamundos y otros cuentos, disponible en Leanpub.