Llévame hacia el sol

Llévame hacia el sol

Cuando percibí los pasos cautelosos del salvaje acercándose supe que tenía que actuar con rapidez para atraer su atención y retenerla. No tenía tiempo para disfrazarme, y con la escasa energía que me restaba no podría, de cualquier manera, hacerlo de manera convincente o mantener el engaño por mucho tiempo. Escondí mis herramientas más alarmantes, las cosas con filos o puntas que podían sugerir intenciones agresivas, puse mi mejor cara (es un decir) y llamé con un silbido penetrante.

En aquella atmósfera húmeda y pesada el sonido resonó potentemente, como una sirena de alerta, despertando cortos ecos en las colinas vecinas. El salvaje venía bordeando la mía, esquivando, creo, la traicionera ciénaga que ocupaba el fondo del valle, y cuando se detuvo yo ya podía verlo, además de oírlo. A la luz rojiza y tenue se perfilaba una cabeza adornada de plumas o penachos, con una cabellera larga y desordenada que caía sobre hombros recios y una espalda estrecha, aunque con músculos que parecían tensas sogas anudadas. Una especie de falda o largo taparrabos cubría la parte media del cuerpo, y bajo él asomaban unas piernas cortas y rotundas. No pude ver los pies, hundidos hasta los talones en la hierba, de un color dorado o cobrizo muy oscuro.

El salvaje se detuvo en seco, agazapándose por instinto; llevaba consigo algo que supuse sería una lanza y un objeto que debía ser un lanzador. Si iba cazando, no había atrapado nada aún. En todo caso, su entrenamiento debía ser bueno, porque los ecos de mi llamado no lo confundieron: en un instante me había localizado en lo alto de la colina. Se acercó lenta pero resueltamente, y así pude verlo un poco mejor. Fuera de unos ojos bastante grandes, apropiados para la existencia en la zona crepuscular, parecía ser una variedad bastante conservadora de Homo sapiens. No me fue difícil leer en su rostro una expresión de temor mezclado con curiosidad. Yo necesitaba esa curiosidad; de lo contrario estaría condenado a morir en poco tiempo en aquella colina, donde había ido a parar por el error de alguien más.

Volví a llamar, esta vez con un silbido más corto y suave, y luego dije unas palabras en un idioma cualquiera, no para darme a entender (puesto que desconocía la lengua local), sino para que el salvaje supiese que estaba frente a una criatura sentiente, un semejante. Empleé una voz que debía sonar femenina o incluso infantil. El salvaje dio unos pasos hacia mí, trepando por sobre las piedras húmedas, y luego llamó en su propio idioma. Repetí mi llamado, tratando de sonar angustiado y urgente, y el otro subió un poco más. En un momento dado lo vi apretar el puño en torno a la lanza y levantarla apenas, pero el reflejo de agresión pasó enseguida. Dijo unas pocas palabras, y yo volví a responder.

De esta manera pasó un buen rato. Comencé a impacientarme. El resplandor rojizo que se filtraba por entre las nubes eternas, iluminándome de soslayo en el lugar de mi forzoso aterrizaje y obligada permanencia, no varió; las nubes corrían por el borde crepuscular del mundo sin que la imagen de tormentosa desolación variase en lo esencial.

Yo no debía haber caído aquí. No había nada para mí en este lugar al filo de la noche perpetua, donde mis reservas podrían bastarme a lo sumo para unos cuantos días estándar de supervivencia inmóvil. Había errado mi destino por unos pocos miles de kilómetros. Lejos de la difusa línea del terminator habría recibido suficiente irradiación solar para ponerme en marcha. Aquí, en cambio, tendría que confiar en la caridad de los extraños.

Las nubes comenzaron a oscurecerse de súbito. No se trataba de un imposible anochecer; no en este planeta, condenado a mirar a su estrella con la misma cara hasta el fin de sus largos días. Había electricidad en el aire. Podía sentirla, y al cabo de unos instantes el salvaje también pudo; titubeó y finalmente decidió que no podía demorarse más en un sitio expuesto mientras la tormenta se le venía encima. Sujetó sus cosas, dio un par de saltos de vuelta a la senda y siguió su camino. El primer retumbar del trueno ahogó mis frustrados llamados.


Aunque soy bastante resistente, la fortuna quiso que no tuviera que probarme en aquella ocasión. Unas cuantas descargas golpearon varias colinas vecinas, pero la tormenta se deshizo con tanta rapidez como había venido y, en mi solitaria cima, no sufrí más que un remojón que no me incomodó en absoluto. La siguiente vez podría no tener tanta suerte, sin embargo. Era urgente que atrajese la atención de alguien. Me quedaba energía suficiente para montar una pequeña jaula protectora en mi torno, pero hacerlo me dejaría al borde de la muerte y posiblemente causaría una impresión poco atractiva entre los salvajes. El hombre debía haber vuelto con su tribu llevando la noticia de una extraña forma oscura clavada en una colina, y yo quería asegurarme de que, cuando la curiosidad lo hiciese retornar al lugar, encontrase exactamente lo mismo.

Mi decisión resultó acertada. No habían transcurrido más de ocho horas estándar cuando vi venir por el valle a tres hombres en fila, encabezados por el salvaje que me había visto antes. Conocían el terreno muy bien, evidentemente, y llegaron enseguida al pie de la colina. Emití un llamado plañidero, que no los asustó en apariencia, y los alenté con suaves palabras mientras subían.

No soy buen fisonomista (no estoy hecho para eso), y los tres hombres me parecieron virtualmente iguales. Quizá eran hermanos; casi con seguridad eran parientes, miembros de una tribu pequeña y endogámica. No tenía información sobre el planeta más allá de las cuestiones que incumbían a mi trabajo, y no contaba con una descripción etnográfica, ni mucho menos un perfil genético de los nativos; hasta donde sé nadie además de mí sabía de la existencia de seres humanos en el planeta. No es poco habitual encontrar Homo sapiens de tipo primitivo o apenas modificado en planetas al límite de la habitabilidad, pero ¿a quién podría habérsele ocurrido colonizar un planeta con rotación capturada? Y ahora yo estaba aquí. Era una verdadera lástima que se hubiesen tomado el trabajo.

Los tres hombres me examinaron con modales toscos, al comienzo, y luego más detenidamente, reconociendo sin duda una tecnología superior a todo lo que habían visto en sus vidas. Sus dedos recorrieron mis superficies, pasaron con cuidado sobre mis filos, se quedaron suspendidos a un par de milímetros de distancia de los puntos donde escapaba el calor. Con los nudillos golpearon aquí y allá, delicadamente; las bocas soplaron su aliento para ver cómo mis paneles de vidrio se empañaban y desempañaban. Hablaban poco entre ellos y no podía adivinar qué estarían pensando. Podían decidir que era un objeto maligno y deshacerme a piedrazos; podían tratarme como chatarra e intentar desensamblarme con sus crudas herramientas. En cualquiera de los dos casos yo podría ofrecer una resistencia considerable, pero no por mucho tiempo; para mí sería más sencillo rendirme antes que sucumbir a la pérdida de energía final, a esa muerte de la que mi especie no puede volver.

Decidí hacer la prueba de extruir un rostro humanoide. Emití unos sonidos preliminares, a modo de aviso, y de uno de mis paneles principales moldeé una pasable cara. No me molesté en dar color ni detalle; esas cosas habrían significado un gasto inadmisible de energía y en la escasa luz no habrían lucido, más allá de lo cual supuse que los inmensos ojos de los salvajes estarían, como los de sus lejanos parientes mamíferos de hábitos nocturnos, adaptados más a la percepción de valores de luminosidad que a la discriminación de colores. (No quiero que parezca que me enorgullezo de mi saber; estas cosas son parte del acervo común de mi especie, y quien las incorporó a él tenía muy claro lo útil que podrían sernos.)

Los salvajes, naturalmente, se sintieron muy impresionados con mi imitación. Moldeé una sonrisa y los vi repetir mi gesto, aunque más por nerviosismo que por auténtica empatía. Después miré (con mis “ojos” recién creados) hacia mi izquierda y un poco atrás, en dirección al eterno crepúsculo rojo, e hice un mohín de algo que —esperaba— pasase por añoranza o nostalgia. Por supuesto que mis verdaderos ojos continuaban mirando a los salvajes y a todo alrededor.

Uno de los tres hombres se acercó a mi “rostro” y me hizo una pregunta. Repetí mi gesto y dije, en la primera lengua que aprendí, algo así como “Necesito ayuda”. Realmente no importaba qué dijera, como es obvio, sino el tono. El tono debió resultar claro, porque los salvajes se acercaron más a mí, con rostros que parecían preocupados o muy concentrados; uno de los tres incluso llegó a tocar mi “mejilla”.

Al cabo se retiraron a conferenciar a unos metros de distancia, quizá para que yo no oyese sus palabras. Yo podría haberlos oído respirar a cien metros, pero no dije ni hice nada. Volvieron de su conciliábulo y enseguida comenzaron a estudiar mis trenes de aterrizaje. ¡Qué alegría sentí entonces! Era obvio que estaban planeando cómo moverme.

Uno de los tres les dio a los otros una orden. Los dos tomaron sus cosas y partieron colina abajo. El restante se quedó un rato más examinándome y luego se tendió en el suelo, sobre la hierba aún húmeda, a dormir.


Soy desgraciadamente capaz de sentir impaciencia. Sufrí su lento castigo mientras las horas pasaban, con aquel primate inconsciente a mis pies, desperdiciando mi escaso tiempo, y las movedizas nubes dibujando, borrando y volviendo a dibujar figuras indefinidas en el cielo del color del cobre. Disminuí mi nivel de atención al mínimo, con el objeto de calmarme y de conservar energía, e intenté soñar con la gloria que me esperaba, cuando mis paneles fotovoltaicos estuviesen desplegados bajo el fulgor incesante del punto subsolar, lejos, muy lejos, a un cuarto de mundo de distancia, en el ecuador bañado de luz.

Luego de lo que pareció una eternidad, el salvaje despertó. Era evidente que no esperaba que sus compañeros volviesen demasiado pronto. Lo observé apartarse unos pasos para evacuar sus desechos corporales; después tomó sus armas y se alejó, no sin echarme una mirada antes, bajando la colina por un camino diferente al que había usado para venir. Lo perdí de vista muy pronto. Al cabo de una hora y media volvió con dos pequeños animales muertos, que procedió a despellejar, empalar en ramas y cocinar sobre un fuego que, con notable destreza, logró encender con unos pocos trozos de materia orgánica seca sobre un parche de tierra despojada de hierba.

Existen seres de mi especie que evitan los planetas habitados por Homo sapiens y sus descendientes, por razones que a mi entender se basan en un sentimiento de deuda fuera de lugar, o de cierta forma de primitiva lealtad. Somos, a fin de cuentas, hijos del hombre. En cierta medida es una lástima que no podamos convivir. (¿Podríamos? Algunos opinan que sí. Yo opino que es demasiado trabajo.)

Los dos compañeros de mi hombre volvieron, finalmente, unas doce horas más tarde, junto con un par de grandes animales y un carro con ruedas. Iban a moverme, entonces, sin duda: ahora sólo quedaba asegurarme de que lo hicieran en la dirección correcta. Sería difícil hacerles entender que debían llevarme hacia la luz en vez de hacia la sombría tierra de perpetua penumbra donde su tribu debía vivir. Todo dependería de que me percibiesen como un ente sentiente y con sus propias necesidades (¡cosa que a fin de cuentas yo era!) y no como un objeto curioso.

El carro no podía subir la pendiente, de manera que lo dejaron en el camino. Trajeron, sí, a los animales, unas bestias de aspecto desagradable, con seis patas gordas y unas pequeñas cabezas sobre cortos y gruesos cuellos. De los carros habían descargado unos rodillos y varios rollos de soga; adivinando sus intenciones, moví mis partes de forma de que pudieran subirme a los rodillos, sobre una especie de plataforma, y deslizarme con seguridad por la senda descendente. Yo podría haber ayudado un poco más, extruyendo unas ruedas y remodelando mi chasis, pero debía ahorrar energía hasta que lograse pasar un rato al sol.

El descenso fue lento; en un momento dado la ladera ocultó el lejano resplandor del crepúsculo y sentí algo parecido a la angustia. Tenía, como siempre, plena consciencia de lo poco que quedaba en mis baterías.

Cuando llegamos abajo, hice gestos con mi “cara” señalando la luz a mi izquierda, y con un esfuerzo calculado para gastar un mínimo de energía, me giré apenas en esa dirección. Los salvajes me subieron trabajosamente al carro, sin prestarme atención, y uncieron a las bestias. Azuzadas por los hombres, éstas comenzaron a marchar de vuelta hacia el campamento de la tribu de donde las habían traído. No podía permitirlo; grité y me revolví, asustándolas, hasta que el salvaje que conducía el grupo vino a reprocharme, o así lo entendí, con duras palabras. Simulé un rostro triste e implorante, enfatizando la expresión infantil que había utilizado desde el comienzo, y volví a mirar de soslayo hacia el resplandor del lado iluminado.

El salvaje no me hizo caso, o quizá no quería mostrarse débil ante sus compañeros. Cuando las bestias volvieron a moverse, sin modificar su rumbo, hice un escándalo, y con un manipulador comencé a cortar las cuerdas con las que me habían asegurado al carro. El salvaje vino otra vez hacia mí y se quedó observándome; parecía menos enojado que confundido ahora. Era claro que yo podía cortar las cuerdas y dejarme caer, y que si había dejado que me subieran allí no era para que me llevasen hacia el campamento de la tribu.

El líder hablaba con sus compañeros. Yo venía escuchando con atención desde el principio y me pareció que había captado ya las palabras con las que se referían al lado iluminado, o en todo caso, a la luz que venía del sol, justo más allá del horizonte, tras las nubes. Dije esas palabras y observé que inmediatamente me prestaban atención: yo ya no era una cosa, o una extraña especie de animal de metal y vidrio, sino un ser que podía hablar, hablar con palabras verdaderas.

Los tres salvajes discutieron un buen rato. Yo dejé estar las cuerdas. Si tenía que tomar medidas drásticas para liberarme, prefería disponer de la mayor cantidad de energía posible. La violencia no me serviría de mucho, pero si tengo algo que pueda llamarse instinto, debe encontrarse allí, en los momentos donde uno debe elegir entre apagarse luchando o abandonarse a la extinción.

La discusión se volvió acalorada, pero no pasó a mayores. Con inmenso alivio observé que los dos salvajes que habían venido con el carro desuncían a una de las bestias, la cargaban con algunas pertenencias y presas de caza, y marchaban de vuelta hacia su campamento. Mi benefactor me miró con el ceño fruncido; estaba claro que yo le había causado un conflicto con los suyos, quizá hasta una pérdida de prestigio. Todo eso no importaría mucho, en verdad.

Marchamos con lentitud; la bestia tiraba del carro con todas sus fuerzas, pero mi peso la retrasaba. El salvaje dormía y salía a buscar presas para comer a intervalos regulares. Un día tardó bastante más de lo habitual y volvió arrastrando la cabeza de un monstruoso animal con grandes cuernos y una mandíbula repleta de dientes. Se tomó varias horas para descarnarla y luego hizo un hueco en la tierra y la enterró allí, dejando un pequeño montículo. Sonrió a lo largo de todo este largo proceso; imaginé que a la vuelta desenterraría el trofeo y lo llevaría a su tribu, para demostrarles a los suyos que era un cazador valiente y que había vencido a una bestia de las tierras crepusculares por sí solo. Tales conductas simbólicas son comunes en los primates, eso es bien sabido.

Luego de cuatro días estándar de marcha por un valle sinuoso, que pasaba de ciénaga a tierra apenas boscosa, comenzamos a subir insensiblemente, saliendo de entre las cadenas paralelas de colinas y sierras que habían encajonado el camino hasta entonces. La bestia de tiro estaba cansada, pero el salvaje la azuzaba sin piedad. De pronto coronamos una pendiente y ¡oh maravilla! ¡oh gloria! el borde rojo como brasa del pequeño sol asomó en el horizonte entre dos velos de nubes que se descorrieron durante un segundo, un mero instante. Mis células fotovoltaicas saltaron de alegría… Pero aún faltaba bastante.

El sol había sido una aparición numinosa para el salvaje. Era probable que nunca lo hubiese visto; rara vez, si acaso, habría podido ver más que un fulgor opaco desde la cima de una colina alta. Lo vi detenerse y postrarse en el suelo, en actitud de plegaria, no mirando al sol sino precisamente en dirección opuesta. Los humanos primitivos suelen tener dioses, entes imaginarios a los que hay que apaciguar con conductas de sumisión en caso de que se ofendan, y no me fue difícil imaginar que ver el sol, para un ser de la oscuridad, podría ser un tabú religioso. Los cazadores sin duda debían aventurarse en las tierras iluminadas alguna vez, pero algo, alguna fuerte atadura, debía impedirles que se quedaran allí, debía obligarlos a volver a su pálida penumbra, con sus familias.

Seguimos avanzando unas horas más, pero mi benefactor estaba pensativo y pronto mostró signos de incomodidad. Tuve que insistir con la palabra y el gesto. “Hacia la luz”, dije, creo, con mi rostro más convincente. Me miró con aire dolido, como si le pidiese más de lo que podía hacer y lamentase no poder concedérmelo.

Extruí un pequeño manipulador y picaneé apenas a la bestia, que se sobresaltó y avanzó unos pasos. El salvaje la detuvo, enojado, y volvió a mirarme. Inclinó el carro y cortó una por una las cuerdas que me sujetaban, con lentitud; me deslicé bruscamente al suelo pedregoso. Era el final del camino. El hombre se quedó mirando lo que había hecho, como si no se decidiese. La bestia jadeaba ruidosamente.

El sol asomó otra vez, brevemente, y el salvaje despertó de su ensimismamiento. Tomó las riendas e hizo dar vuelta el carro; con una última mirada furtiva hacia la luz, me dio la espalda.


Yo estaba al borde de la muerte, pero la fortuna me sonrió. Las nubes se estaban despejando; vi al hombre y la bestia alejarse de prisa, proyectando largas sombras delante de sí. La energía que llegaba a mis paneles, unos pocos rayos débiles y sesgados, tardaría mucho en llenar mis baterías, pero una hora más tarde pude moverme.

Estaba en una meseta de piedra surcada por pequeños arroyos, que se extendía durante muchos kilómetros. Avancé lentamente; el primer día logré reunir energía suficiente para extruir unas ruedas resistentes, y el segundo ya marchaba a buen ritmo, con ocasionales demoras y rodeos cuando el terreno se volvía impracticable. No conocía la topografía del lugar en detalle, pero sabía que debía encontrarme en el extremo de un inmenso continente, relativamente poco accidentado, que circundaba medio planeta entre las latitudes templadas del sur y el ecuador.

Rodé, pues, con confianza, y cada día mis instrumentos me mostraban cómo la altura del sol sobre el horizonte iba subiendo. Durante buena parte del tiempo estaba nublado, grandes cúmulos producidos por la evaporación constante del océano global, pero una o dos veces cada día estándar una lluvia torrencial me bañaba y las nubes se disipaban, dejando pasar un resplandor del color del rubí, preciosos fotones que me daban alimento para un día más.

Cuando llegué a los veinticinco grados de longitud (es decir, a veinticinco grados del punto subsolar) encontré un gran obstáculo, una cadena montañosa que no podía rodear; pero esto ya lo había previsto. Descansé durante un tiempo y luego modifiqué mi cuerpo y extruí unos grandes rotores. Con ellos me elevé hasta las cumbres. Allí, sobre las nubes, me bañé en el sol sin filtro alguno. Y fue allí donde, ya repleto de energía, recogí los materiales que fueron a formar el cuerpo de mi primer hijo.

De común acuerdo decidimos que comenzaríamos por utilizar primero los materiales de esta misma montaña, formando una ancha meseta justo por encima de la altura de las nubes, para no perder el sol. Luego seguiremos por las otras cimas de la cordillera. Cuando seamos suficientes y contemos con acumuladores y redes de transmisión adecuadas, bajaremos a la planicie, iremos hasta la orilla del mar y construiremos allí puentes para llegar hasta las islas en el origen de coordenadas, el punto subsolar, el lugar donde el sol quieto asoma como un ojo rojo en el zenit, a través del centro del huracán que sopla sempiterno en esa región ardiente. Tendremos mucha energía disponible y abundante agua para alimentar nuestros procesos. Cuando contemos con suficientes reservas comenzaremos a enviar las materias primas del mar hacia el espacio, para formar el primer anillo de nuestro futuro lugar de trabajo en órbita.

Los salvajes no notarán nada, espero, durante un tiempo, salvo la aparición del anillo que iluminará su noche perpetua; pasarán varios años estándar hasta que el clima comience a cambiar. Idealmente sería mejor para nosotros suprimir primero la atmósfera y luego extraer toda el agua, pero lo ideal no suele ser lo más práctico. Nos tomaría mucho tiempo y estamos ansiosos por llegar a la roca inferior y a las vetas metalíferas, por perforar la corteza y dejar expuesto el manto.

Es posible que a medida que el clima se enfríe y la presión baje, los salvajes se atrevan a migrar al lado iluminado. Allí nos encontrarán, y no sé qué podrán entender o qué intentarán hacer con nosotros. Al menos yo, que vivo hoy gracias a ellos, espero poder darles una muerte rápida y misericordiosa. Nadie debió plantar una colonia humana aquí; como mi accidentada caída en la zona de penumbra, debe haber sido una infortunada falla de cálculo.

Levanto la vista y miro al sol, quizá por última vez. Debo internarme en la profundidad de los túneles, ahondarlos según el plan, preparar este mundo para ser desensamblado. Aunque debo seguir trabajando, ya no lo hago con extremo cuidado por mi propia supervivencia. Si un túnel se derrumba sobre mí, mis hijos continuarán la labor. Somos un par de miles hoy; mañana seremos el doble. Mi misión está cumplida. ✿


 

Llévame hacia el sol es una de las historias de mi libro Los formamundos y otros cuentos, disponible en Leanpub.