La Isla de las Niñas

La Isla de las Niñas

Ⅰ·

Partí de Manfiz al alba, el día después del solsticio de verano. Era mi primer viaje como capitán y estaba algo nervioso, pero conocía a la tripulación del Abriet, ellos me conocían a mí, y desde el principio hubo confianza mutua.

La tormenta fue una sorpresa, y a su repentina violencia se le unieron vientos extraños. Cuando el mar se enfurece a veces arroja a los barcos más débiles o peor tripulados contra las costas al sur de Trsiweg y los deshace contra los arrecifes de Suvhad. En esta ocasión ocurrió todo lo contrario; fuimos empujados mar adentro, hacia el Océano Incógnito, y aunque la lluvia cesó al cabo de pocas horas, el viento que había quebrado nuestros mástiles persistió hasta que perdimos de vista incluso la última de las islas de Tachi-Yezmud. El cielo continuó cubierto y amenazante durante cuatro días más.

Al final del quinto día, ya perdidos todos nuestros puntos de referencia, observé un ave blanca en vuelo a unos pocos cientos de metros de nosotros; por la mañana vimos varias bandadas, y también ramas y hojas flotantes, y una extraña columna de humo gris; al mediodía el vigía anunció que había divisado tierra: la cima de una montaña. Antes de caer la tarde la Isla estaba sobre el horizonte, una línea gris festoneada de verde. La coronaba un amenazador cono humeante, cuya cima, por la noche, se transformó en una brasa encendida en medio de la oscuridad.

La Isla no es demasiado grande (no aburriré al lector con los detalles geográficos, que se encuentran en un reporte anexo), pero nos vimos obligados a rodearla casi por completo hasta encontrar un lugar para desembarcar, ya que casi toda su costa está cerrada por murallones de roca negra.

Es evidente que ya estábamos siendo observados, puesto que apenas habíamos terminado de poner pie en la pequeña playa de arena gris y piedras afiladas cuando dos grupos de hombres bajaron apresuradamente desde los acantilados a ambos lados. Iban apenas vestidos con bastos taparrabos y llevaban lanzas con puntas de piedra y unos largos escudos de lo que parecía ser corteza de árbol.

No teníamos tiempo para correr de vuelta a los botes y lanzarlos. Eché una mirada de soslayo a Tobor y me sorprendió verlo tranquilo; siendo Tobor un hombre avezado en leer las intenciones ajenas, eso me dio cierta calma a mí también. Los hombres no nos hablaron ni hicieron movimiento alguno una vez que se dispusieron frente a nosotros. Viéndolos de cerca no resultaban amenazadores: eran de corta estatura y espaldas angostas, algo rechonchos, y de rostro inseguro, como muchachos jóvenes. Entonces vi a las mujeres.

Estaban detrás, sobre un gran peñasco en la cima de la playa empinada, observando; eran tres, de la misma estatura que los hombres y de rostros ceñudos. Tenían los pechos al descubierto, pero medio cubiertos por grandes collares de varias vueltas; vestían polleras de vivos colores y tenían en las cabezas unos pequeños tocados de plumas. Estaban hablando; no podíamos escuchar qué decían, pero los hombres, al parecer, sí, ya que el de más atrás de ellos volvía la cabeza y asentía.

No somos exploradores ni saqueadores, y las pocas armas que teníamos estaban abordo y no servirían para mucho. Mostré, como se hace en los libros, mis manos vacías a los salvajes, y las levanté para demostrar mi indefensión y para que las vieran, también, las mujeres. Tobor y los demás marinos me imitaron. Una de las mujeres gritó algo y los hombres con lanzas se relajaron imperceptiblemente. La mujer bajó del peñasco y vino por la playa, pisando con lenta deliberación la arena húmeda y resbalosa. El hombre de más atrás la recibió con una leve inclinación de cabeza y luego, insólitamente, se sentó a sus pies.

Bajé las manos con cuidado. La mujer gritó una orden y luego me llamó con un gesto imperioso. Caminé, sin detenerme, hasta el centro del semicírculo de lanzas. Cuando estuve allí la mujer se sentó también, y la tensión en el grupo volvió a disminuir sutilmente. Yo todavía podía ser atravesado por media docena de lanzas en un instante, y mi voz salió ronca y desagradable de mi garganta cuando comencé a presentarme, pero la mujer me sonrió. Era una sonrisa franca, y la mujer era hermosa, y así fue que yo creí que la Isla nos daba la bienvenida.

1.

Mamá trae a los hombres venidos del mar. Son altos, más altos que mamá y que todos mis papás. Mamá sabe instintivamente cómo manejarlos y yo la observo, porque debo aprender. Son un poco como animales. Miran todo y a todos sin vergüenza alguna, como si no existiese nada vivo más que ellos.

Al principio nadie los entendía, pero después de varios días aprendimos algo de su jerga, que es como la nuestra pero con menos vocales y unos sonidos raros, como chasquidos, chistidos, roces y silbidos. Los adultos se juntan para oírlos hablar. Son como animales muy ruidosos, porque no tienen modestia. Como no les preocupa romper el silencio, se los puede escuchar todo el tiempo: esto es bueno para los que queremos aprender su lengua.

Mamá es la jefa. Me causa mucho orgullo verla sentada frente a los extranjeros venidos del mar, tan calma y tan fuerte, con su cabello negro y lustroso sobre los hombros. Los extranjeros, en cambio, tienen el cabello del color de la ceniza o de la tierra, de aspecto seco, y embarullado, como si no supiesen peinarse. Además algunos no tienen cabello, aunque son jóvenes. Papá Wungba se rio mucho de los pelados. Wungba es más viejo que mamá pero tiene mucho cabello y a mí me gusta jugar con él, atándole conchillas y flores. Wungba nunca andaría con un cabello tan sucio y feo. Creo que Wungba quiso explicarles cómo lavárselo y no le entendieron, y se ofendieron.

Dice mamá que cuando llegaron al poblado ya no tenían miedo y hasta le sonreían a las mujeres. Puede ser que no sean tan tontos. A mamá no le gustan porque además de tener poco o feo cabello, tienen pelo en la cara y en el cuerpo, como los “monos” de las historias. Hay mujeres en la isla que seguramente querrán sumarlos a los suyos: eso es lo que pienso yo, no mamá. Hay mujeres para todo.

Mamá se cansó de los extranjeros enseguida y los puso con mis papás más jóvenes y con los hombres de Galurru y Hahittami, que son avispados. No confía en ellos. Los hombres del mar se perdieron en una tormenta. Quieren reparar su madre-de-botes y volver a su país. Mamá no sabe si creerles. Escuché a Utusa decir que deben haberse perdido porque son todos hombres. ¿Cómo pueden ir tantos hombres solos por el mar sin una mujer que los guíe y que los acueste consigo? Pero yo no sé si es así. Nosotros nunca salimos al mar con botes. Está prohibido y no lo hacemos.

Los hombres del mar no tienen modales y preguntan por las mujeres, preguntan quién se acuesta con quién y dónde están los niños-hombre. El que se llama “Capitán” quería saber, y papá Wungba le presentó a mi hermano mayor Singsu, que tiene sus huevos fuera del vientre hace menos de un año. Yo estaba mirando todo, a escondidas, porque también tengo que aprender. Y Singsu lo saludó y le mostró su tubérculo, pero el extranjero miró para otro lado como si hubiese visto un animal podrido. Entonces no entendí qué quería o no quería ver.

Ⅱ·

En esta Isla las mujeres mandan y los hombres obedecen, o al menos eso me parece a mí. Por lo menos la jefa es una mujer y tiene un pequeño harén de maridos que se afanan por complacerla. Es antinatural, pero el mundo es ancho y hasta no muy lejos de nuestras tierras, en los confines de Trsiweg, hay países donde las mujeres se acuestan con quien quieren a la vista de todos, o donde van a la guerra junto con los hombres; en el antiguo Imperio de Amzin, según se cuenta, las mujeres se vestían como hombres y se ponían barbas postizas para poder ser lideresas o poseer esclavos, aunque todos supieran que no eran realmente hombres. En Manfiz, en tanto, ¡cuántos hombres, por depravación o polución de sus humores, se visten como el sexo opuesto y hacen gala de su inversión!

Con respecto a las mujeres de la Isla, mis hombres no dejaban de sorprenderse y de hacer comentarios ante su belleza natural y su seductora altanería; tuve que advertirles severamente que no se tomaran libertades, ni tan siquiera intentaran galanterías, porque en un lugar tan extraño no podíamos confiar en las convenciones de la sociedad civilizada.

De los hombres de aquí podría colegirse que el trato humillante los ha afeminado. Al respecto debo anotar el detalle que más me ha confundido hasta ahora, y que es la forma en que se trata a los niños.

Los niños pequeños suelen ir desnudos aquí; cuando están vestidos, no sé cómo alguien logra distinguir entre los sexos, y en verdad nadie los distingue: todos se arreglan el cabello a su antojo, y los padres visten a todos con polleras un día y taparrabos el siguiente. Todos los pequeños que vi eran niñas, y no me pareció posible que escondiesen a los niños varones. En la lengua de los salvajes no hay diferencia entre “niño” y “niña”, de manera que tuve que preguntar por los “pequeños machos”, como si de animales se tratase; no obtuve más que sonrisas de incomprensión.

Reconozco en mí cierto exceso de modestia, o más bien, exceso de cuidado ante aquellos salvajes; si hubiese podido explicitar con detalle lo que deseaba ver quizá me habrían tomado por un descarado o algo peor. Insistí con prudencia, hasta que uno de aquellos hombres con quien hablaba me tomó de la mano y me llevó hasta una choza donde estaba sentado un jovencito; el mismo, una vez que se le refirió mi pregunta, se levantó sin pudor el taparrabos. Hice ver con vehemencia que tal exhibición no era necesaria. Ahorro al lector los detalles, puesto que de hecho no hubo nada de particular en lo que vi, salvo las circunstancias.

Aunque el incidente sólo causó risas entre nuestros extraños huéspedes, con el pasar de los días noté que su actitud había cambiado. En ese momento lo atribuí a la pérdida del miedo y la extrañeza que nosotros a su vez debíamos provocar en ellos. Los hombres comenzaron a importunarnos con charla; las mujeres, por el contrario, se hicieron más altaneras a la vez que se insinuaban con algunos de los marineros. Una de las hijas de la jefa, hermana o medio hermana (según entendí) de aquél me había mostrado sus partes privadas, se convirtió en una dulce espía de todos nuestros pasos. Me observaba escribir en mi bitácora, interrumpía las reuniones que sostenía con mis oficiales, y una vez la encontré revisando el interior del pequeño cofre con papeles e instrumentos que yo había hecho traer del barco.

Las niñas pululaban, solas, en corrillos o de la mano de sus altivas madres, y en cada rincón del poblado y a los lados de cada sendero que se abría en la jungla había un par de pequeños ojos oscuros y relucientes, observando, observando.

2.

Yo no llamé al guardián, pero el guardián vino: era lo que debía hacer. Yo temía que lo hiciera. Los extranjeros llegaron sin querer a nuestra isla y yo no les deseaba ningún mal. Ahora que puedo hablar libremente tengo que decir que no estoy de acuerdo con la manera en que los guardianes nos vigilan. Se supone que es por nuestro bien, ya que el mundo más allá de nuestra Isla es diferente y la gente, como los extranjeros que vinieron del mar, odia lo diferente. Cuando el Capitán preguntó dónde estaban los niños-hombre, yo no entendí, pero después recibí la advertencia, y recordé quién era yo. Porque yo también soy una guardiana. Pero conmigo se puede razonar.

Cuando recibí la advertencia fue como si me descorrieran una venda de los ojos: así es como sucede. Para que todo funcione bien y yo no me delate, tengo que funcionar como si fuera una niña más, y no tengo que saber nada sobre mí misma. Pero ahora sé que el Capitán quería saber por qué ninguno de los pequeños era macho a la vista. El Capitán, igual que sus hombres y que todos los hombres del mundo (salvo los de nuestra Isla), sabe que es macho desde pequeño, y sus padres lo saben desde que lo vieron salir de su madre. La parte de mí que sigue siendo una niña común sigue extrañándose; me da un poco de asco pensar en un niño que nace y ya tiene los huevos en un saco fuera del vientre y un tubérculo que es como un dedo corto y gordo.

Pero entiendo que a los extranjeros les debe resultar raro y asqueroso cómo somos nosotros, en la Isla. Por eso preguntaban cosas sin sentido. Y por eso había que evitar que nos hicieran mal.

Cuando vino el guardián yo estaba durmiendo y pensé que iba a matarlos antes de poder convencerlo. El guardián es más alto que el más alto de los hombres y está todo cubierto de placas como una tortuga, pero brillantes y de color gris, y no se le ve el rostro, porque no tiene rostro, sólo unos ojos que son como perlas transparentes. Dentro de él hay ruedas y palancas, pero no se ven ni se escuchan. Tiene mucha fuerza y puede matar a un hombre con una sola mano.

Yo no quería que mataran al Capitán y sus hombres. No vinieron a hacernos mal. Pueden estropearlo todo si traen a otros a nuestra Isla, pero si es así tenemos todavía a los guardianes. Eso quise explicarle al guardián que vino. Como no me escuchaba, le pedí que llamara a sus jefes. El guardián no quería, pero yo soy una niña especial, después de todo, y no pudo negarse.

La voz de una mujer habló a través del guardián. Me explicó que, por el bien del experimento (yo no conocía la palabra “experimento”, pero en ese momento, como por encanto, la comprendí), los extranjeros debían morir. Si vivían, las personas del resto del mundo nos vendrían a ver, nos tratarían como a enfermos, nos quitarían la Isla y —lo peor de todo— harían todo lo posible por separar a los machos de las hembras, desde recién nacidos. ¿Cómo podrían saber? Había formas, dolorosas, terribles formas de averiguarlo; y si no resultaban, me explicó la mujer, de todas formas decidirían quién era macho y quién era hembra, para criarlos separados, como nosotros separamos a los animales de cría en los corrales.

En la Isla hay pocos machos, y los que hay sólo saben que lo son cuando les baja el saco desde adentro del vientre y les empieza a crecer el tubérculo, e incluso después de eso muchos producen semilla infértil. Pero cuando los extranjeros vean esto, dijo la mujer, se reirán de nuestros hombres, porque ellos son vanos. Vendrán a acostarse con nuestras mujeres por la fuerza y hacerles tener sus hijos, me dijo, porque los extranjeros creen que un hombre vale por la cantidad de mujeres con las que se acuesta y la cantidad de hijos que produce su semilla.

Me pareció a mí, aunque todavía soy una niña, que todo eso era exagerado. Le dije al guardián que no le dejaría matar a nadie. Creo que iba a hacerlo de todas formas, pero entonces Darrapu, que es mi amiga, vino a ver qué ocurría, porque yo había salido frente a la casa para hablar con el guardián, y al verlo hizo tal escándalo que todo el mundo despertó. Los extranjeros, que tenían unas chozas del otro lado, vinieron también, y tuve que correr para interponerme entre ellos y el guardián. Yo ya sabía quién era yo y qué podía hacer: soy especial, me enviaron para aprender y para cuidar el experimento. Le ordené al guardián que se detuviera, y después le dije al Capitán que iría con ellos.

El Capitán se echó a reír. Sus hombres habían retrocedido y yo creo que pensaban ir a buscar esas armas que tenían. Todas sabíamos ya que las tenían. Eran muy terribles pero no le harían nada de nada al guardián, salvo hacerlo enojar. Bueno, es un decir: el guardián no puede enojarse. Pero sí lo convencerían, allí en su dura cabeza llena de rueditas, de que los extranjeros eran peligrosos. Eso sería la perdición de los extranjeros. De manera que hice mi voz más fuerte y les ordené a ellos que se fueran y me llevaran.

Se asustaron al oír mi voz, porque no era voz de niña, ni siquiera de mujer: era mi voz real, la que tengo cuando hace falta. La descubrí entonces: a cada instante algo nuevo. Se quedaron como pegados al suelo, los muy tontos, y los tuve que empujar con mis manitos. Fue una suerte que el guardián me obedeciese. Duró poco, pero nos alcanzó para ir hasta la playa, subir al bote y alejarnos. El experimento termina donde comienza el agua: así son las reglas.

El barco no estaba todavía listo del todo, pero no se hundiría. Un día antes de subir yo no tenía idea de lo ancho que era el mundo ni de que existiese más que la Isla, el Mar y el Cielo. Pero le indiqué el rumbo al Capitán, más o menos, y él me obedeció, porque todavía estaba asustado de mí. Creo que también me hizo caso porque yo lo había salvado.

La mujer de arriba y los demás que cuidan de la Isla ya no me hablan: están ofendidos. Ya no importan. Voy rumbo al país del Capitán y lo hago por ellos, aunque no lo entiendan. ✿

 


Este cuento era inédito hasta ahora. Se basa en la curiosidad que sentí al conocer el caso (real, documentado) de ciertos niños de una región de República Dominicana a los cuales, debido a una deficiencia hormonal congénita, no les crece el pene ni les descienden los testículos hasta a la pubertad. No tiene intención ideológica o alegórica alguna. 

La resistencia

La resistencia

La vieja salió al balcón, largo y angosto, desde donde podría ver cuando el paquete estuviese llegando. Al final del balcón, que se proyectaba como una lengua embaldosada desde la fachada del piso veintisiete, había una baranda de contención formada por tres largueros planos de acero; servían como soporte para un pequeño jardín de macetas donde la vieja cultivaba flores grandes y fragantes, pequeñas flores coloridas, helechos, hierbas aromáticas. Las macetas estaban atadas con finos alambres a los largueros como precaución. Los rascacielos que rodeaban al edificio de la vieja eran tan altos que sólo durante las peores tormentas alguna ráfaga podía llegar a voltear las macetas, pero la vieja era cuidadosa de los detalles.

El panorama era una mezcla de rojo cobrizo, dorado viejo y gris apagado. Anochecía sobre la ciudad, sobre el barrio a medio ocupar. Ya casi no quedaba nadie en los alrededores. A la vieja le habían cortado la electricidad un mes atrás. Todavía no le había llegado el turno al agua potable. El edificio tenía su propio generador para el bombeo pero toda la zona destinada al nuevo desarrollo sería desconectada de la red en unos días, según el programa.

Unos pocos puntitos de luz circulaban, zumbando, entre los edificios. Ninguno se detuvo frente a la vieja que esperaba, aunque uno pasó de largo frente al balcón, a unos diez metros; la vieja pudo ver con claridad el paquete firmemente asegurado al chasis. Suspiró. Aún no tenía hambre pero comenzaba a preocuparle la demora.

Dentro del departamento se encendieron las pequeñas luces de emergencia. La vieja entró con lentos pasos, sin cerrar la puerta vidriada del balcón, porque hacía calor. Buscó la terminal de datos, que había dejado sobre la mesita, y verificó que no hubiese mensajes. La empresa desarrolladora le había enviado su saludo diario. Lo borró. La terminal preguntó, como de costumbre, si deseaba ignorar los mensajes de ese tipo de manera automática. La vieja se negó; encontraba un mínimo placer en borrar manualmente, con un gesto de desprecio, las intimaciones de la fuerza ocupante que la urgían a abandonar su hogar.

Alguien tocó a la puerta. Una de las primeras cosas que había hecho la vieja, luego del ultimátum, había sido desconectar la puerta de la red doméstica. Ahora, ya sin electricidad siquiera, era una puerta a la manera antigua, que había que ir a abrir. El sonido de nudillos golpeando contra la madera sintética le despertó placenteros recuerdos de épocas pasadas, quizá reales, quizá de comedias o dramas televisivos que había visto, donde todo dependía de unos golpes en una puerta, de un santo y seña analógico, de demoras o apresuramientos para abrir. Un instante más tarde sonrió maliciosamente imaginando cómo el extraño —quien fuese que estaba allá afuera— debía haber estado esperando un largo rato que la puerta le diese alguna señal de inteligencia.

Con dolorosa lentitud fue hasta el pequeño recibidor y descorrió los dudosos pasadores.

—Buenas noches —dijo el extraño—. ¿Usted es Malala Grosman?

La voz podía ser de mujer, pero no había forma de saber. La Sra. Grosman no lograba ver bien en la oscuridad del pasillo. El extraño estaba vestido con un electrotraje sencillo, que dejaba al descubierto las manos. Una máscara de placas le cubría la parte inferior del rostro. No llevaba glasses ni elementos de red personal obvios. Los ojos eran grandes, redondos, de un color indefinido en la penumbra. Por encima de ellos las cejas eran pobladas pero estaban cuidadosamente recortadas. Frente alta y sin arrugas, cabello muy corto.

—Yo soy. ¿Qué se le canta? —dijo la vieja, porque se sentía más confiada en su coloquial.

—Imagino que ya sabe a qué vengo —dijo el extraño, y amagó a dar un paso al interior del departamento, pero la vieja no se movió de su lugar.

—Ah, sí. Pero de una digamé, ¿cómo se llama?

—Asistente de Reasentamiento, señora. No estoy autorizada a decirle mi nombre.

—No está autorizada. Mire qué bien —dijo la Sra. Grosman, apartándose del hueco de la puerta. Las débiles luces del departamento iluminaron la figura alta de la “asistente”.

—Con permiso —dijo la asistente.

—Ni puedo ofrecerle algo —dijo la vieja— salvo un vaso de agua. Todavía no me llegó el delí y no tengo nada.

—No hace falta —dijo la asistente, entrando con cuidado en el departamento y echando una mirada rápida, metódica, a su alrededor—. Vengo a pedirle que me acompañe. Esta zona está designada para refuncionalización y usted ya recibió todos los avisos correspondientes. El dinero de la expropiación ya está prehabilitado. Si necesita un acceso de datos para verificarlo se lo puedo facilitar ahora mismo. El dinero es suyo en cuanto cruce la puerta.

—Ya me re dieron el discurso ese —dijo la vieja, sin inmutarse—. Ya les dije que no. Me van a sacar de acá muerta.

—Sra. Grosman, la empresa busca su bienestar. Se le asignó un departamento de superficie igual a éste, con comodidades equivalentes, en una zona no refuncionalizada. Está disponible en este mismo momento. Y la indemnización…

—Sí, sí, ya sé —interrumpió la vieja—. Toco el sí y todo se arregla. Banque un momento. —Se volvió y fue renqueando hasta el balcón, donde echó una larga mirada al exterior. No había señales del dron con el paquete.

—¿Espera algo? —preguntó la asistente—. Podemos combinar que se le forwardee a su nuevo domicilio o a un depósito, sin cargo de almacenamiento por 72 horas hábiles. —Era como una vendedora, pensó la Sra. Grosman, con un guión que prescribía cada detalle y se anticipaba a todas las preguntas incómodas. No era tan difícil considerando cómo la habían acorralado.

—Le dije que estaba esperando mi cena.

La vieja terminó su inspección, desanimada, y volvió al interior del departamento. La asistente seguía parada en el medio del estar con las piernas levemente separadas, los brazos a los costados y los ojos al frente, sin dar muestras de impaciencia. El electrotraje era bastante ceñido y no parecía tener lugar para esconder ningún arma grande, pero esas cosas ya no eran necesarias. No serían necesarias, seguramente, para ir a desalojar a una vieja. ¿Quién iba a creerle al título inofensivo de “asistente de reasentamiento”? Esto era un soldado.

—Lo lamento pero no podemos esperar más. Se está haciendo tarde —dijo la asistente.

—No va a dejar a una mujer vieja sin cenar, ¿no? —dijo la Sra. Grosman, sin molestarse en ocultar un tono irónico. Estaba pensando a toda velocidad.

—Le obsequiaremos una cena adecuada en cuanto deje el departamento. Entiendo que usted no tiene ninguna necesidad dietética especial, ¿no?

Naturalmente, pensó la vieja, ya saben que no soy diabética ni hipertensa ni celíaca. No necesito comer regularmente para no desmayarme; también lo saben. Lo saben todo.

—Mi remedio para la artritis… —comenzó, y se detuvo, para ver si la excusa prendía, pero la asistente no hizo gesto alguno. Dejó pasar tres segundos y continuó más cortésmente—: Tengo que tomar una medicación con la comida. ¿Me entiende?

—Podemos llevarnos su medicación. Si no le alcanza nuestro servicio de atención médica le puede facilitar más. Lo que usted toma…

—Lo busco —interrumpió la vieja, y fue calculadamente despacio hasta el aparador donde guardaba las píldoras.

—¿Está lista para acompañarme? —preguntó la asistente.

La vieja se guardó la caja en un bolsillo de los ajados pantalones y suspiró audiblemente. Una idea se le había metido en la cabeza. De hecho, pensó, la había tenido allí guardada desde hacía tiempo; acababa de redescubrirla, pero ya estaba, como quien dice, lista para usar.

—Me gustaría esperar mi cena —murmuró, como si no hubiese entendido nada de lo ocurrido en los últimos minutos.

—Lo lamento, pero es imposible —dijo la asistente. (No había mirado el reloj, si es que llevaba alguno.)

—Sabe usted que no puedo caminar bien —observó la vieja.

—Usa asistencia mecánica, ¿verdad?

—No lo tengo puesto todo el tiempo porque me afloja el cuerpo. No me tengo que dejar aflojar, dice el médico. A mi edad hay que mantenerse firme aunque cueste, todo el tiempo que se pueda —peroró la vieja—. Pero si me voy con usted ahora me lo voy a tener que poner antes. Ahora, si usted fuese hombre capaz que tendría fuerzas como para llevarme en brazos, ¿eh?

—Por favor, colóquese el asistente mecánico para que podamos irnos —dijo la asistente.

—¿Puede hacerme un favor? Voy a tardar un rato. Si ve un dron buscando por la zona, es mi cena. Ya sé que me van a dar de cenar, pero es mi última cena en este departamento. ¿Puede fijarse si viene?

La asistente fue hasta el balcón y observó. El sol ya había caído del todo y casi no había luz en el cielo.

—Este balcón es antirreglamentario, señora. Se proyecta demasiado fuera de la línea de edificación y la baranda no cumple con los requisitos mínimos de seguridad. Ya se lo habrán hecho notar. El departamento que le asignamos está mucho mejor construido. Estoy segura de que le gustará.

—Sí, seguro. ¿Está viendo si viene el dron?

El exoesqueleto de la vieja estaba colgado en una pared. Hacía un par de semanas que no lo usaba.

—Estoy viendo. Si viene le digo que me entregue el pedido. Después tenemos que irnos —indicó la asistente en tono perentorio.

—Gracias. Me da un ratito y estoy lista.

El exoesqueleto era un modelo liviano y básico. Tenía sólo dos biopuertos en los temporales y cuatro puntos de inserción en las extremidades. La Sra. Grosman lo usaba desde hacía ocho años y aunque detestaba hacerlo excepto cuando era absolutamente necesario, ya no le inspiraba repugnancia, como al comienzo. Era una herramienta, como un batidor o un martillo. Un instrumento, algo grosero realmente: imposible de ignorar. Nadie podía verla con el exoesqueleto puesto y hacer como si no existiese. A los viejos no nos importa, pensó la Sra. Grosman. Resistimos: no importa si es a costa de meternos en estos armazones espantosos. Siempre resistimos, rotos y remendados.

Los jóvenes afectados por enfermedades degenerativas o por accidentes tendían a recurrir a tecnologías menos visibles, más radicales. Los más jóvenes ni siquiera precisaban la excusa de una discapacidad para meterse cosas en el cuerpo. Cada vez más gente, cada vez más cosas, hasta el punto en que uno no podía saber, cuando estaba frente a ellos, si estaba hablando con un ser humano o con una máquina. O algo intermedio, con más partes mecánicas que humanas. Un cyborg, como se decía a principios de siglo y en los viejos clásicos de la ciencia ficción.

El exoesqueleto de la Sra. Grosman no aumentaba sus capacidades mentales o nerviosas. Era apenas un refuerzo para sus músculos cansados y sus huesos corroídos. No consumía casi nada de energía y no requería grandes modificaciones al cuerpo o a su contexto doméstico. Pero esos otros, esos cyborgs…

—Veo un dron que viene, señora —notificó la asistente.

—¡Qué bueno! No lo pierda de vista.

Había que ver cuánta energía, cuántos materiales específicos, cuánto ancho de banda consumían las nuevas generaciones aumentadas. Dependían de una red complejísima de soporte y naturalmente no podían vivir en los mismos lugares que los demás. A medida que dejaban atrás su biología, las viviendas tradicionales ya no les servían. Cuando un barrio de la ciudad se volvía popular para ellos quedaba condenado. “Refuncionalizar” era el eufemismo que habían inventado las empresas de desarrollo inmobiliario. Ocupar, más bien, pensó la vieja.

—Está señalizando —anunció la asistente. La vieja oía ya el zumbido de los motores del dron acercándose. El exoesqueleto, pese al desuso, no hacía ruido al desplazarse; lo había mantenido bien lubricado. La asistente se volvió a medias cuando se dio cuenta de que la Sra. Grosman estaba a sólo dos pasos de ella. La suave luz de posición del dron iluminó la figura simétrica, andrógina, sus ojos sin rastro de sorpresa o temor.

La Sra. Grosman se lanzó hacia adelante con todas sus fuerzas, apuntando la cansada cabeza hacia el antebrazo izquierdo y el pecho de la asistente. La pierna derecha de la asistente chocó contra la baranda, y luego la rodilla izquierda contra la pierna derecha. Los brazos se agitaron, pero la cosa que había venido por la vieja no poseía, o se le había suprimido, el instinto de agarrarse a la persona más cercana en busca de auxilio.

La vieja había cerrado los puños y cruzado los brazos; las placas metálicas del exoesqueleto chocaron contra los largueros, quebrando una maceta con geranios y derribando un pequeño recipiente de plástico con helechos. Las frondas del helecho, agitadas por el aire de la caída, desaparecieron tragadas por la oscuridad de la calle. La vieja se quedó acurrucada sobre la baranda, con la cabeza en el vacío, aturdida y sintiendo el dolor del esfuerzo punzar cruelmente cada una de sus articulaciones. Miró así a la negrura vertiginosa, tragando aire a bocados, hasta que escuchó el ruido final.

El dron revoloteaba sobre el balcón, haciendo guiños con sus luces. La vieja le hizo señas y le acercó la mano para que la reconociera, guiándolo hasta el punto donde podía depositar el paquete. Era un modelo viejo y sin inteligencia, pero ya conocía sus mañas.

—Te van a sacar de circulación pronto —le dijo—. Como a mí, calculo. Listo, ya está. —El dron se elevó.

El paquete estaba tibio. La vieja lo llevó al interior, abriéndolo mientras caminaba; se le hacía agua la boca. Junto a ella, la terminal de datos comenzó a vibrar y parpadear con un mensaje prioritario, pero no le hizo caso.

La mascota

La mascota

Juzgando propicio el momento, Darei había sacado al animal de su jaula para intentar, una vez más, someterlo a algo siquiera parecido a un entrenamiento. En Chkisim todo el mundo sabe desde tiempos inmemoriales que los fuutabs son seres crepusculares, como los fabulosos gatos de la Vieja Tierra. Darei no había tenido ganas de levantarse para trabajar con el animal al alba; le quedaba, si no deseaba desperdiciar el día, el crepúsculo vespertino.

La gran Luna Azul estaba casi en fase llena; su luz glacial iluminaba el patio amplio, flanqueado por macetas y canteros, donde Darei jugaba sus últimos años de adolescencia. El leve resplandor final del sol poniente añadía una segunda sombra a los arbustos, a la pequeña jaula del fuutab que se negaba a salir, a la figura de angostas espaldas y largos brazos de Darei. En poco rato sus padres lo llamarían a cenar. El fuutab podía muy bien obstinarse en su encierro hasta entonces. No había manera de saber si sentía miedo o desconfianza o simple disgusto por su cuidador y supuesto amo. Esto enfurecía a Darei.

La Luna Azul subía en el cielo; el joven no tenía necesidad de mirar la hora. Sus padres —su padre, especialmente— se molestaban cuando no cenaba con ellos y con su hermana. Miró al interior de la jaula; desde la penumbra el fuutab lo contemplaba hoscamente, primero con un ojo, luego con otro, luego con otro: verdes esmeraldas cuyos iris en forma de rombo se contraían y expandían convulsivamente.

—Ya no sé qué hacer contigo —dijo Darei, no por primera vez.

Alguien tocó a la puerta de la calle y se escucharon voces animadas. Eso sería todo por hoy, entonces. Gimra había llegado; los padres de Darei —su madre, especialmente— se molestaban cuando se negaba a recibir a los invitados. Gimra era amable e indulgente y casi de la familia, pero no dejaba de ser un invitado. Darei hizo un último intento, acercando un trozo de comida a la boca-cepillo del animal. El fuutab hizo un desconcertante ruido metálico y los tres ojos principales se fijaron en la comida, pero no se movió. Darei resopló, maldijo por lo bajo y se levantó. No cerró la jaula. Se quedó parado en el medio del patio, con los puños cerrados.

Gimra apareció en el patio de pronto y Darei, a su pesar, se sobresaltó. Los cabellos de Gimra, en otro tiempo oscuros, eran de un gris opaco que se volvía plateado según cómo los movía la brisa; eran largos, abundantes, y el rostro que ocultaban en parte se había vuelto indefiniblemente más severo.

—Buenas noches —dijo Gimra, y la voz, andrógina y con armónicos purísimos, sorprendió de nuevo a Darei. Le habían explicado, naturalmente, pero era la primera vez que…

—Buenas noches, Gimra. —Se acercó y extendió una mano cautelosa. Gimra lo aferró del antebrazo y lo atrajo hacia sí, envolviéndolo en un abrazo lento, medido—. ¿Cómo estás? —preguntó, tratando de que sonara como una simple fórmula.

—Bastante bien —respondió Gimra, soltándolo—. Estoy… Espero no interrumpir. Aunque…

—Ya me di por vencido por hoy —dijo Darei, respondiendo a la pregunta implícita—. Intentaré mañana de nuevo.

—Hace tres estaciones que intentas. No voy a recomendarte lo mismo que siempre, pero… ¿no estás aburrido ya? ¿No tendrías que estar buscando algo que hacer? Estudiar, perseguir chicas…

Darei puso cara de ofendido, aunque sonreía interiormente; sabía que Gimra lo tomaría a broma. Pero Gimra enrojeció y parpadeó. Darei sonrió, turbado.

—No estoy descuidando nada. No pongas esa cara.

El otro se recompuso con rapidez.

—Estoy algo preocupado, Darei. Se trata de… bien, ya casi eres un hombre, y tus padres ya te habrán hablado de esto…

Darei miró al suelo, avergonzado. ¿Era, entonces, lo que suponía? ¿Estaba Gimra en las etapas finales del cambio?

—¿Es muy extraño?

—Es algo desconcertante —dijo Gimra—. Hace un momento, sin más… Ocurre que no pueden dejar el sistema límbico como está; tengo que tener cierto control sobre esas estructuras, pero todavía no logro adquirirlo.

—Oh. —Aquel abrazo, entonces…

—Es algo vergonzoso. Es natural, pero… bueno, es “natural” en el sentido de que cuando haces modificaciones tan importantes al cuerpo de una persona, es normal que tarde en acostumbrarse… —Gimra soltó una risita seca, cómplice—. Ni que hiciera falta que le explique a un adolescente sobre cambios hormonales vergonzosos, ¿eh?

Darei rio, relajado ahora.

—Eso ya pasó, viejo. Ya lo dijiste. Aquí hay un hombre.

Casi un hombre. —Un llamado perentorio vino desde la cocina—. Y yo casi… Pero aún necesito comer.

El joven se arrodilló a cerrar la jaula. El animal en el interior apenas lo miró.


Gimra aludió poco y nada a sus modificaciones durante la cena, y nadie quiso o supo cómo preguntarle. La tradición quería que el Cambio no fuese discutido excepto en términos prácticos y sólo por los directamente involucrados.

El fuutab llegó a su fase de semiadulto y mudó de piel y de color. Pronto no tendría sentido intentar domesticarlo, si es que alguna vez lo había tenido. Como la mayoría de los animales, el fuutab no podía aprender destrezas ni comportamientos realmente nuevos luego de llegar a la madurez. Ésa era, por desgracia, una de las muy pocas cosas que tenía en común con las personas.

El día que Gimra vino a despedirse encontró a Darei sentado en el patio comiendo un sandwich pensativamente mientras contemplaba al fuutab. El animal estaba fuera de su jaula, durmiendo a la sombra de un arbusto espinoso cuyas matas parecía preferir como guarida. Los grandes parches ópticos de su cabeza reflejaban un cielo violáceo, con unas pocas nubes; una película húmeda, como un párpado transparente, los limpiaba con automática calma. El fuutab nunca dejaba de ver lo que ocurría a su alrededor.

—Me dijeron que estabas aquí. ¿Está dormido?

—¿Quién sabe? —dijo Darei, encogiéndose de hombros.

Gimra se arrodilló junto al animal, y Darei notó entonces la extrañeza de sus movimientos, algo sutilmente erróneo en los ángulos de sus articulaciones.

—En efecto —repuso Gimra, estudiando al fuutab con la vista desde cerca—, no hay manera de saber si duerme o si el estado en que se encuentra es realmente incomparable a lo que llamamos “sueño”.

—No le veo la diferencia.

Gimra pasó una mano lentamente sobre el fuutab, y un levísimo reflejo muscular erizó apenas las cerdas que rodeaban los parches fotosensibles de la cabeza.

—Somos extranjeros en este mundo —dijo—. Nada que pertenezca a este planeta puede ser comprendido del todo por nosotros. Ésa es la razón por la cual no puedes domesticar a este pobre animal. Es… incongruente, podría decirse, con nosotros. Es como si habitara un universo paralelo al nuestro.

Darei se removió, inquieto por la insólita solemnidad en las palabras de Gimra. Ya había escuchado, en alguna versión más informal, esta explicación a su fracaso, pero esta vez le sonaba final. No más convincente, quizá, sino inapelable.

—¿Cómo puedes estar tan seguro? —replicó, sin embargo—. Es un ser vivo y este planeta es habitable por animales como nosotros. ¿Cómo puede ser tan distinto un animal nativo?

Gimra volvió hacia él unos ojos sin blanco, sin expresión. Darei nunca había visto tales ojos. Se esforzó por ocultar su repentina repugnancia.

—Ésta es mi etapa final —dijo Gimra—. Estoy casi tan lejos del organismo original humano como puedo estarlo, al menos conservando esta forma. Eso me da cierta perspectiva. Créeme. No pierdas el tiempo con este animal. Juega con él o déjalo ir, pero no le pidas que te comprenda. Una serpiente o una rana te harían más caso.

Darei se sobrecogió al escuchar esos nombres legendarios.

—¿Estás…? ¿Ya estás en contacto con…?

—Algunos canales se me han abierto. Es mucha información. A veces olvido dónde y cuándo estoy.

El joven no supo qué contestar a esto y buscó nerviosamente qué hacer. El fuutab continuaba durmiendo, imperturbable. Muchas veces lo había despertado de estas largas siestas, en ocasiones con cierta rudeza, buscando provocar alguna reacción comprensible, pero las palabras de Gimra lo habían llenado de un temeroso respeto.

—¿Vendrás a cenar? —preguntó finalmente.

—No. Ya no.

Darei se levantó del suelo y esperó que Gimra lo imitase. Le ofreció una mano; la mano con que Gimra la tomó era agradablemente cálida, y el apretón se sintió todavía humano… aunque a estas alturas del Cambio, bien podía tratarse de una buena imitación. Gimra no dijo una palabra más, pero sonrió: una sonrisa que no prometía nada, que sólo transmitía una sencilla conformidad. Viendo esto, Darei calló lo que iba a decirle.


Más o menos un año después de que Gimra se retirase, Darei, súbitamente decidido, soltó al fuutab y lo alentó a irse. El animal, incrédulo o desconfiado, no aprovechó su repentina libertad al comienzo, pero a la segunda noche desapareció. Para sorpresa de Darei, volvió a los pocos días; estaba sucio, quizá más flaco, y aceptó los alimentos que el muchacho le dio, dejándoselos en la puerta trasera de la casa, la que daba al patio. El fuutab recorrió el patio, observándolo con sus indescifrables sentidos, y se fue sin prisa. Sin regularidad aparente, pero con constancia, este vagabundeo se estableció como rutina.

Gimra volvió también sin aviso una tarde. El clima era benigno y Darei estaba en el patio, estudiando. El fuutab había faltado de la casa durante varios días y el joven intuía que hoy podría volver a olfatear sus viejos dominios.

La forma proyectada de Gimra retenía algunos rasgos, como un boceto a lápiz ejecutado por un buen dibujante sugiere lo representado sin dar lugar a engaño sobre su artificialidad. Era casi sólida, pero descolorida, y sólo en torno a los ojos y la boca se apreciaba cuidado en los detalles; las puntas de las extremidades eran difusas, y la vestimenta figuraba una túnica sin arrugas. Darei se sobresaltó sólo a medias por esta aparición. Nunca había oído las tradicionales historias de fantasmas de la Vieja Tierra y la similitud con ellas, por tanto, se le escapaba.

La voz de Gimra era lo suficientemente similar como para reconocerla, aunque parecía provenir de un foco bastante distribuido en el espacio, como en una sala de conciertos. Quizá no era posible para las máquinas de los Retirados simular un foco puntual, o quizá el detalle fuese considerado superfluo. Darei pensó que, al menos, nadie se confundiría de esta manera.

—Buenas tardes, muchacho —dijo la forma-Gimra—. ¿Cómo has estado?

—Estudiando, sobre todo —dijo Darei—. ¿Y tú?

Gimra no respondió a la pregunta. Su cabeza simulada se movió, observando en torno.

—Iré a saludar a tus padres. No tengo demasiado tiempo. Estas excursiones me dejan exhausto, ¿sabes?

—Te agradezco por venir a verme, entonces.

—La mayoría de mis amigos se Retiraron antes que yo. No quedan muchos a quien desee saludar.

La forma fantasmal volvió a mirar a su alrededor, como si sus instrumentos de percepción estuviesen realmente allí y tuviesen las mismas limitaciones físicas que los ojos biológicos. ¿Sería esto un reflejo o un atavismo psicológico?

—¿Qué buscas? —preguntó Darei.

—Ya no tienes enjaulado a ese pobre animal, ¿verdad?

—No. Es libre. Viene cuando lo desea, come y se va.

—Está bien. No tienes idea de lo que me preocupaba.

—¿En serio? ¿Este fuutab en particular?

—Tu conducta hacia él era poco auspiciosa. —El discurso de Gimra también se había reducido a trazos gruesos, pensó Darei—. Tienes mucho tiempo por delante hasta que te llegue el turno, pero hay cosas que debes entender y cuanto antes mejor. Las relaciones entre seres que viven en diferentes mundos perceptivos e intelectuales…

Darei esperó que Gimra completase la frase o sugiriese alguna explicación, pero la figura adusta del viejo Retirado parecía inquieta, como si escuchase un llamado urgente inaudible para los demás.

—No intentaré domesticarlo. No soy su dueño ni lo seré nunca —dijo el muchacho, un poco azorado, luego de un breve silencio.

—¿Sabes por qué nos Retiramos?

Darei había oído las explicaciones usuales. Chkisim era un mundo pequeño y hostil. Dada la posibilidad cierta de extender la vida humana indefinidamente, no pasaría mucho tiempo antes de que la población sobrepasase la capacidad del ecosistema para sostenerla. La emigración interestelar masiva y constante no era una opción. Los Retirados seguían viviendo, pero no se reproducían y consumían una fracción de los recursos. Si se sumían en el Largo Sueño podían razonablemente durar hasta que el planeta se enfriase. Hacía siglos que este sistema funcionaba bien, y el número de los Retirados ya sobrepasaba el de los Corpóreos…

—Correcto —dijo Gimra—, pero incompleto. Nos Retiramos, muchacho, para evitar la tentación de hacerles a ustedes lo que intentaste hacerle a aquel animal. Créeme que nos cuesta mucho.

Darei abrió la boca, intuyó que su primera idea de respuesta era una tontería, la volvió a cerrar. Miró a Gimra; los ojos inexpresivos le exigían silencio y cuidadosa reflexión antes de hablar.

—Se alejan de todas las maneras posibles —dijo al fin—. Podrían seguir siendo casi como nosotros, pero entonces sentirían la tentación de volver.

—Nos volveríamos locos —puntualizó Gimra, alzando unas cejas borrosas— si fuésemos todavía humanos. Te veo en este momento como tú podrías ver a un animal nativo o a una planta.

Bajo esa mirada Darei sintió que le ardían los ojos y una tibieza repentina le inundaba las fosas nasales. Sintió también vergüenza. De nada servía, naturalmente, decirse que no era vergonzoso llorar frente a una entidad que había dejado de ser humana. Quizá en respuesta, el rostro de la forma-Gimra se volvió aún más esquemático.

—Es casi peor que si estuvieses muerto, Gimra —murmuró el joven.

Gimra no respondió. Algo en su rostro cambió sutilmente, el foco de su atención nuevamente moviéndose hacia otro lugar, y en ese momento Darei escuchó el familiar susurro de las patas del fuutab sobre las baldosas del patio.

El animal entró y olfateó el aire. No pareció alarmarse por la alta figura de Gimra. Los tres pequeños ojos complejos se fijaron en Darei. Se aproximó con determinación, sin temor. Darei estiró una mano y acarició el flanco. El fuutab no se resistió.

—La tentación sería irresistible de otra manera —dijo Gimra—. Te veré más adelante.

—¿Cuándo? ¿Cuánto tiempo…? —preguntó Darei. El fuutab escapó velozmente hacia su arbusto favorito.

La figura proyectada de Gimra esbozó una sonrisa compasiva antes de desaparecer.


 

La mascota es parte de mi libro Los formamundos y otros cuentos, disponible en Leanpub.

Los formamundos y otros cuentos

Los formamundos y otros cuentos

Tal como anuncié, hoy se publicó mi último libro, Los formamundos y otros cuentos. Se puede adquirir con una colaboración a voluntad (inclusive gratis) en su página de Leanpub ‹leanpub.com/formamundos›, en varios formatos digitales.

Los relatos incluidos (con el asterisco marcando los ya publicados) son:

  • La conspiración*
  • El hijo pródigo*
  • Los botos
  • El chico del delíveri
  • Las vacas sagradas*
  • Divino tesoro
  • Los enfermos
  • Historia en dos ciudades
  • Los formamundos*
  • Los hiperbóreos
  • La frontera de la bestia*
  • Llévame hacia el sol*
  • De la boca de los pequeños
  • De anima robotōrum
  • La mascota
  • Los que vuelven*

No intenté explicar las razones o motivos de cada cuento y no lo voy a hacer aquí ahora. Hay una mezcla de estilos, ambientes y situaciones que me satisface. Si tuviese que elegir diría que los mejores están más cerca del final, pero sobre gustos no hay nada escrito.

Mi nuevo libro, dentro de una semana

El próximo lunes 4 de enero, primer día hábil de 2016, va a estar publicado mi nuevo libro, Los formamundos y otros cuentos. Algunos de los dieciséis relatos independientes que lo componen están listos, pero inéditos, desde hace un año o más; unos pocos —los más cortos— ya fueron publicados (primero en Medium y luego mudados a este blog).

Mi modalidad de publicación es siempre la misma, vía Leanpub, una plataforma muy conveniente que permite escribir y maquetar libros sencillos con rapidez, y los hace disponibles en varios formatos electrónicos (EPUB, MOBI, PDF). El precio lo pone el lector; se abona en dólares, a través de tarjeta de crédito o PayPal, aunque puede llevárselo gratis sin compromiso. Toda contribución por encima de cero, naturalmente, cuenta como un halago para este modesto aprendiz de escritor.

El cuento que da nombre al libro está ya publicado, por si no lo leíste. También podés ir reservando el libro en su página de Leanpub o indicando tu apoyo dándole “me gusta” a su página en Facebook.

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Las vacas sagradas

Las vacas sagradas

Es una suerte poder llevar a los chicos al Barrio de la Luz, piensa Tavo; una suerte que vean algo de naturaleza, algo de verde, piensa Mira. Qué bueno salir a pasear, piensan los niños, que nunca han tenido vacaciones de la ciudad asfixiante hasta hoy. Es terriblemente caro salir de vacaciones con tres niños. Hay que irse lejos; ya no queda naturaleza más o menos intacta en ninguna parte de la Pampa Húmeda o el Litoral. El Barrio de la Luz también es caro, pero alcanzable, y los niños que nunca han conocido nada mejor lo disfrutarán. El corolario financiero de esta triste verdad convenció a los administradores del barrio, hace dos años, de abrirlo al público infantil, y los padres ansiosos y desesperados no defraudaron las expectativas.

No están muy convencidos, pero no hay nada mejor y eso basta. No importa que al Barrio de la Luz lo llamen sus detractores “el Gueto Vegano” o “Barrio Sarampión”; por un lado es un paseo corto y no está mal que los chicos sepan que existe un lugar donde la gente come sanamente fruta y verdura sin resistirse ni hacer berrinches, y por el otro todos ellos (los visitantes) están vacunados. De esto último el gobierno de la ciudad se asegura celosamente. En la fila al entrar todos tuvieron que presentar sus certificados: inmunizaciones y seguro médico son obligatorios. El riesgo, de esta manera, es mínimo, y a pesar de que la mayoría de los habitantes del barrio de menos de veinticinco años no están vacunados, el último brote, hace cinco años, fue contenido con rapidez y eficiencia y no más de tres muertos.

—Bienvenidos —dice un empleado sonriente cuya única función parece ser ésa (ya que la cuestión administrativa fue manejada por un robot)—. La luz sea con ustedes.

La multitud que entra al barrio se dispersa y Mira deja que los chicos se alejen unos metros. Los ve fascinados por cosas que ella daba por sentadas a su edad, como los árboles. Los hay de diferentes especies, mezclados, de distintas alturas y anchuras, asimétricos, orgánicos. También hay canteros con flores frente a los edificios, que son inmensos pero de apariencia ligera, con vidrios sin espejar y fachadas claras; la línea de edificación está retirada de la vereda varios metros en todas partes (el desperdicio de espacio es obscenamente caro). En los árboles hay pájaros, y los niños se ríen al verlos, como si acabasen de ver a un duende o un hada. También hay perros sueltos. Esto ya no es muy del agrado de Mira. Se contiene: es la falta de costumbre. En el resto de la ciudad, con excepción de las periferias más míseras, no hay perros callejeros; su exterminio fue concienzudo y total. En casa no hay lugar para un perro. Los niños aman a los perros y éstos, a diferencia de los residentes humanos, sí están vacunados. Calma, piensa Mira. Aunque esas lenguas, esos dientes, esas babas…

—¡No molesten a los perritos, chicos!

En algunos muros altos, a la sombra de árboles o aleros, hay gatos durmiendo o bostezando o vigilando distraídamente a los pájaros. Tavo le señala un gato gordo y atigrado a los niños y ellos se lo señalan mutuamente, gozosos.

Y entonces aparecen las vacas.

Tavo y Mira fueron advertidos, pero no deja de ser chocante; es como hubiesen saltado en el tiempo y el espacio a una ciudad india de comienzos de siglo. Mira ríe nerviosamente y llama a los niños con voz perentoria. Las vacas son conducidas por un hombre joven, vestido con harapos cuidadosamente diseñados. Son de color gris y lucen casi esbeltas; las ubres son pequeñas, insignificantes. Hay unas veinte o veinticinco, y el tránsito de bicicletas y minicoches eléctricos se ha interrumpido por completo.

—Vamos a esperar a que pasen —dice severamente Tavo a los tres chicos, que de todas formas están algo intimidados; los animales que ven no se parecen a la imagen tradicional y algo boba de la vaca lechera.

Ahora un grupito de residentes se acerca por una calle lateral. Visten pecheras verdes y van con el ceño fruncido, con una mujer de treinta y tantos, de cabello rubio en largas trenzas, a la cabeza. El conductor de las vacas la ve venir y frunce el ceño a su vez; un compañero que cierra la procesión se adelanta para ponerse a su lado. Entre las pecheras verdes asoman y se elevan unos carteles de bioplástico con consignas en prolija tipografía negra.

—Ah —dice Mira—, creo que ya sé quiénes son.

—¿Es por las vacas? —pregunta Tavo.

Mira va a responder pero la interrumpe un griterío. Los de las pecheras se manifiestan contra los organismos genéticamente modificados. Si el Barrio de la Luz es un anacronismo, esto resulta anacrónico por partida doble. Pero claro, las vacas.

Los jóvenes vaqueros detienen a los animales y piden que los dejen pasar, pero en sus voces amables hay una tensión inocultable. La rubia líder de las pecheras verdes se pone a discutir con voz tonante, con la obvia intención de que los transeúntes escuchen.

La cuestión de los OGM divide a los grupos “verdes” hace tiempo. Hace un par de décadas algunos comenzaron a apoyar la investigación en lo que llamaron “antidomesticidad”. Con los costos de las intervenciones genómicas por el suelo, no fue difícil para los científicos recrear aproximaciones de las formas salvajes originarias de muchas especies domesticadas de plantas y animales. Hasta comienzos del siglo XXI los intentos de hacer esto con las vacas fueron lentos debido al costo de la secuenciación genómica y la necesidad de recurrir al lento proceso de la reproducción selectiva. Pero estos escasos resultados fueron alentadores.

—Son muy graciosos —opina Mira—, discutiendo por esta estupidez. Menos mal que son pacifistas.

—¿Quién dijo que lo son? —replica Tavo, pero el espectáculo es demasiado entretenido para perdérselo, por el momento.

Las vacas no son vacas domésticas sino un resultado de la genómica aplicada: lo más parecido que la ciencia pudo lograr a la forma original de Bos primigenius. Por alguna imprevisión o entusiasmo irresponsable se les permitió reproducirse sin control en varios reductos del subcontinente indio. Tavo no logra recordar los detalles del destierro de aquellos pobres engendros, pero sí la sustancia: cómo fue que el gobierno indio se vio ante el dilema de no poder deshacerse de ellos de la manera más lógica para no enfrentar la ira de los fundamentalistas hindúes, y a la vez no poder quedarsecon ellos debido a la ira de los fundamentalistas anti-OGM (dos grupos que, para colmo de males, se suporponen en parte), y cómo la solución fue una campaña internacional de adopción de vacas primigenias por parte de grupos animalistas… que no hizo más que exportar el conflicto a otros países, en particular porque las susodichas vacas no son estériles por diseño.

La discusión en la calle se ha hecho acalorada y los niños están ahora muy silenciosos, abrazados a las piernas de su padre y su madre.

—¿Van a matar a las vacas? —pregunta el menor, compungido.

—No, hijo, no te preocupes —dice Tavo, y agrega dirigiéndose a Mira—: Están aseguradas, ¿sabías? No se las puede tocar ni con un pétalo de rosa.

—¿Qué es un tétalo? —pregunta el chico.

—No les pueden hacer nada malo —dice Mira enfáticamente, y luego más despacio, a Tavo—: Pero me parece que se van a agarrar a golpes. ¿Nos podemos ir para otro lado?

Es demasiado tarde; sin que se den cuenta la calle por la que vinieron se ha llenado de curiosos. Tres personas con una vestimenta peculiar, una especie de chaleco rojo y ceñido al cuerpo, se acercan por la lateral, en sentido opuesto al del grupo anti-OGM. Tavo imagina, sin equivocarse, que se trata de una policía o guardia interna (ya que la fuerza destinada a la seguridad de los turistas lleva una identificación clara y distinta). Detrás hay varias personas que tratan nerviosamente de hablar con los policías, de convencerlos de algo. Los dos jóvenes de las vacas miran nerviosamente los chalecos rojos y luego uno saluda a los que vienen atrás; amigos, piensa Tavo, amigos que fueron a buscar a la policía.

—Circulen, por favor —dice el primero de los agentes, no a los manifestantes sino a los visitantes—. Van a pasar los animales.

Las pecheras verdes están enojadas y la llegada de la policía no hace nada por calmarlas; por el contrario, los cánticos aumentan en estridencia. El grupo es bastante grande ahora; al parecer algunos residentes no identificados con la prenda verde se han sumado a la manifestación. Las vacas sacuden las orejas y se remueven sin salir del lugar.

—Disculpe —comienza a decir Mira, airada ante el atropello—, disculpe, oficial, pero…

Unas pancartas aparecen detrás de la multitud de lomos grises y se escuchan algunos gritos. El policía que dirigió fugazmente su atención a Mira la deja con la palabra en la boca. Los vaqueros se vuelven a ver qué ocurre y las pecheras verdes aprovechan para arremeter. Uno de los jóvenes atina a sacar un teléfono del bolsillo, pero un momento más tarde él y su aparato están desparramados por el suelo.

Los chalecos rojos se agrupan y las pecheras verdes hacen lo propio. Una batería de insultos contra los engendros bovinos y sus defensores policiales surge de la segunda ola de manifestantes, que avanza detrás de las vacas, encajonándolas en la calle estrecha. De las narinas húmedas brotan bufidos y mocos; las colas cortan el aire y los ojos han perdido su expresión habitual de serena estolidez.

Tavo toma de una mano a Mira y con la otra empuja a los tres niños detrás de sí, pero no hay mucho lugar, porque la aglomeración de curiosos no para de crecer.

Un mugido profundo y lastimero brota del centro de la procesión bovina, y como suele suceder, otros le responden, hasta que todas las vacas están protestando su encierro a la vez. Las grandes cabezas se bambolean en todas direcciones y por primera vez Tavo observa que todas ellas están coronadas por pequeños cuernos afilados.

El joven de los harapos chic se levanta del suelo de un salto y se toma a puñetazos, sin preámbulo, con la primera pechera verde que encuentra. La policía local nunca tuvo que controlar un disturbio en este barrio de gente convencionalmente cortés, y no sabe bien qué hacer. Los amigos de las vacas, que venían detrás de ellos, los adelantan y los apartan.

El segundo vaquero está tratando de contener a sus animales, pero retrocede con temor ante la mirada repentinamente dura del que encabeza la procesión. Es una matriarca a la que sólo le interesa llevar a los suyos a un lugar donde puedan comer pasto; su lento cerebro llegó hace un momento a la conclusión de que los primates no son buenos guías para este propósito, y ante esa constatación no cabe otra cosa que dejarlos atrás. Muge su irritación ante la demora y comienza a moverse, para alentar a las que vienen atrás.

Tras muchos empujones y algunas cornadas desganadas los primates se dispersan. Tavo y los niños se encuentran fuera del Gueto sin entender cómo lograron atravesar las puertas. Los chicos lloran y piden por su madre. Tavo está a punto de volver a entrar cuando Mira aparece entre la multitud, triunfante, con su teléfono en alto. Los chicos se abalanzan sobre ella y Mira los abraza y los besa, recorriéndolos sin constatar más que un par de desgarros en la ropa.

—Lo filmé —dice a Tavo, casi sin aliento—. Lo filmé. Nos van a tener que devolver la entrada.

—¿Estás loca? ¿Te quedaste para eso? ¿¡Qué te pasa!? —grita Tavo, perdido el control.

—La entrada y el seguro. —Toma aire—. Jipis de mierda. Espero que las vacas se suelten del todo y se los coman.

—Las vacas comen pasto —dice el mayor de los chicos con tono de absoluta autoridad.

Tavo mira al chico y a su madre, incrédulo. Mira se acerca, parece que va a besarlo, pero le pasa un dedo por el labio y se lo muestra. Tavo pasa la lengua y saborea un poco de sangre.

—Gracias por cuidarlos de los animales salvajes —dice Mira—. De las vacas y de los otros. —Y entonces, sí, le da un beso en los labios. ✿

El hijo pródigo

El hijo pródigo

1

Contemplo con calma el departamento vacío donde vivió mi padre; está limpio, porque sus servidores autónomos han seguido realizando sus tareas programadas como si nada ocurriese, y porque no les permito a mis hombres el saqueo, que es el primer paso hacia barbaries mayores. Sí nos llevamos la información, cuando podemos, y transferimos el dinero a nuestras cuentas, porque el dinero no tiene culpas y cada centavo —como decía el maestro— es un repertorio de futuros posibles. Esto último, claro, en general: para mí y para muchos de los míos, después de esto, no hay futuro.

El departamento de mi padre está en la clase de edificio que hasta no hace muchas décadas habría sido llamado con toda corrección una fortaleza. Está junto al Paraná, en el barrio de los inmensamente ricos; por el gran ventanal veo, al norte, el viejo puente, y al sur, la Arcología. Cruzando el río, justo en frente, para regodeo de los ojos de mi padre cuando vivía aquí, está el último reducto de verde salvaje de las islas.

Entre los espinillos y los sauces pueden verse ahora ocasionales destellos de vidrio y metal, y se adivinan hombres camuflados que sólo esperan sus órdenes. El aire sobre el agua marrón está repleto de drones. Helicópteros no tripulados se ciernen sobre las terrazas de este edificio y los linderos. Las avenidas que mueven el tránsito torturado de la ciudad desde y hacia el centro están clausuradas y las invaden, ordenadamente, las fuerzas del orden. Es sólo cuestión de tiempo.

2

Mi padre pertenece a la élite. Nunca he sabido exactamente qué hace. La mayor parte de su dinero es virtual y de otras personas. Mi madre está aproximadamente en el mismo nivel de abstracción económica. Se conocieron en una fiesta de sociedad: esencialmente una feria donde se exhibían ejemplares humanos de buen pedigrí. Después de un encuentro privado formal, un enjambre de abogados decidieron que sería conveniente para ambos destinar sus gametos a la unión.

El dinero lo podía comprar casi todo entonces, igual que ahora, pero no pasar por encima de la ley de control demográfico, de manera que la concepción de un heredero no podía ser dejada al azar. Se realizaron estudios, se definieron los segmentos genéticos más convenientes, y luego de la escritura de un complicado contrato se procedió a buscar una selección de los mejores espermatozoides de mi padre y el más saludable de los óvulos de mi madre, a los que se coaccionó a unirse. El cigoto fue introducido en un útero artificial.

En toda gestación hay un porcentaje de fallos espontáneos, pero aquí había gametos de sobra para subsanar esos inconvenientes del azar. Sin embargo, ni mi padre ni mi madre contaron con la malicia humana. Estaban acostumbrados a una existencia sin sobresaltos y no pudieron ver venir la catástrofe.

Mis padres hicieron lo posible para que yo no supiese que mi nacimiento había sido un acto de sabotaje. Esto era distinto, nótese bien, que el mero hecho de no tratarlo como un errorembarazoso. Mis insignificantes problemas médicos (alergias, un poco de estrabismo infantil, un atisbo de miopía en mi adolescencia) fueron tratados eficientemente; pero mis padres estaban chapados a la antigua y adoptaron la tradicional estrategia de hacer de mí un héroe, en vez de una víctima de las circunstancias. Erraron, pero no puedo reprochárselo.

3

Para un chico más o menos despierto no es difícil descubrir que hay insatisfacción en el mundo. Yo dormía y soñaba que no eran ciertas las noticias sobre esterilizaciones masivas, sobre los disturbios por hambre, sobre las manifestaciones de los diezmados movimientos sindicales en reclamo de coberturas mínimas de salud; luego despertaba. Tenía quince años cuando supe que la relación sexual no protegida seguida por la concepción y la gestación uterina, sin preselección de embriones, eran todavía la regla entre los seres humanos.

A los dieciocho mis padres se sintieron obligados a contarme la historia de mi nacimiento. Yo no había sido el elegido; no era su preferido, ni siquiera el preferido por las máquinas, ni tampoco un error, sino el producto deliberado de la malicia de un saboteador. Era peor que ser concebido a la manera animal. Yo había tenido “suerte”.

Crecí de pronto y con dolor. Antes de los veinte años había entrado en media docena de grupúsculos “antisistema”, parte de una ecología ideológica subterránea e inestable. Luego fui atraído a lugares aún más oscuros. En retrospectiva veo que mis compañeros y yo éramos pocos, tontos e imprácticos.

Encontré mi foco cuando un ex-empleado de una clínica de gestación artificial vino a pedir nuestra ayuda para difundir material confidencial. Sospechábamos que la destrucción de fetos viables con mínimos “defectos” estéticos, o por mero capricho de los padres, era frecuente; nuestro informante nos mostró que era la norma. La monstruosidad de la élite para con sus hijos no tenía límites. Encontrar a mi enemigo fue como hallar la senda correcta para escalar una montaña; yo la subí con fervor.

El día de mi cumpleaños número 22 coloqué mi primer explosivo. No hubo víctimas, pero decenas de las parejas más ricas del país perdieron a sus futuros herederos, minuciosamente planeados, en el acto. La siguiente vez no pudimos evitar matar a algunos cómplices menores del sistema. Terminar con una vida humana y sentirlo como un shock de espanto es un lugar común en el que yo no caí ese día, ni nunca desde entonces.

4

Aquí en el departamento sin nadie, en estos últimos momentos, llego a la conclusión inesperada de que no he hecho más que seguir la senda que mis padres trazaron para mí. Esperaban un niño perfecto y dócil que continuara su decadente dinastía; ante la contrariedad, se conformaron con desear un hijo que pudiera llegar a ser alguien pese a sus defectos. Quizá estén pensando, ahora, que en último término un hijo rebelde, movido por la injusticia hasta un punto sin retorno, es mejor que nada.

Estos pensamientos me enfurecen. Me gustaría darles un mensaje inequívoco, pero sé que no hay chance ni tiempo.

Mis hombres ya han abandonado el piso; veo movimiento apresurado entre la vegetación de las islas y escucho más cerca los vuelos rasantes de los helicópteros. No creo que puedan escapar. Nunca sabrán qué he descubierto de mí en este instante.

El saqueo es barbarie, me digo de nuevo, pero el fuego es la más serena e imparcial de las barbaries. Termino de colocar las cargas incendiarias y echo una última mirada; un servidor negro y reluciente rueda hasta el centro de la sala de estar para examinar los nuevos objetos con sus fríos ojos de vidrio. No tocará nada; no sabrá qué hacer y contará estúpidamente los minutos que quedan.

Cierro la puerta tras de mí y empuño el arma antes de lanzarme corriendo hacia la salida de emergencia y hacia mi muerte. ✿


 

El hijo pródigo es una de las historias de mi libro Los formamundos y otros cuentos, disponible en Leanpub.