“Doquier”, de Angélica Gorodischer

“Doquier”, de Angélica Gorodischer

Doquier es una novela de ficción de la escritora argentina Angélica Gorodischer. La leí hace bastante y acabo de terminar de releerla en estos días, urgido por la necesidad de recordar ciertos detalles. Lo que sigue es una reseña breve con algún spoiler menor.

El escenario de Doquier es una ciudad de bordes mal definidos, ni una aldea perdida ni una gran metrópoli, con un puerto que bien puede ser fluvial, en algún lugar de la América española. El siglo dieciocho está por terminar. En el centro disimulado de una red de rumores y cuchicheos está quien narra la historia. Durante el día recibe visitas de sus vecinos en su tienda de hierbas medicinales, que receta y manda preparar a su ayudante. Son días de rutina y confinamiento forzados por una invalidez de largos años, que sólo le hacen llevadera la costumbre y el hecho de que es una impostura destinada a la distracción de los curiosos. Detrás de la tienda están las habitaciones donde guarda, en un mismo arcón, los instrumentos con que observa los astros en las noches claras y sin luna y las ropas negras con las que se viste para salir a las calles a escondidas cuando la ocasión lo requiere.

La historia interna de Doquier se basa en el fingimiento. Pero hacia afuera (hacia el lector) hay algo diferente, un ocultamiento genial en su ejecución que a la primera lectura puede pasar inadvertido. ¿Quién narra la historia? Una persona que conoce de hierbas, de brebajes, de cocimientos y emplastos; una persona que finge una enfermedad; una persona que una vez amó y una vez cometió un acto terrible; una persona que es conocida por todos en la ciudad y a la vez profundamente ajena detrás de su familiaridad. Para sus vecinos, naturalmente, tiene un nombre y una cara, pero no para nosotros. Quien narra Doquier en primera persona no tiene, para los lectores, nombre ni sexo.

Es considerablemente difícil escribir una novela entera, en castellano, en un formato más o menos convencional (vale decir, sin inventar una nueva gramática o recurrir a elipsis poéticas), sin asignar género gramatical al narrador y sin caer en torpezas o perífrasis repetitivas que hagan obvio el empeño de quien escribe por ocultarlo. Gorodischer lo logra con tal maestría que es posible leer dos, tres, cuatro capítulos hasta comenzar a notar algo raro, y tener que volver atrás, hojear y releer, pasar con lentitud deliberada por las líneas buscando un desliz o una pista. Hasta donde he podido ver, no hay ni unos ni otras.

Doquier no es perfecta. En ocasiones el fluir de la consciencia de quien narra llega a cansar o a sonar como relleno. Y aunque es cuestión de gustos, podar esos largos párrafos divagantes y transformarla en una novela corta no le haría perder mucho. Por lo demás, el truco gramatical dirigido al lector y el fingimiento dirigido a los vecinos ficticios de la ciudad se complementan magníficamente, no sólo no opacando sino multiplicando el poder del argumento, que es una intriga clásica y satisfactoria.

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Arrival (La llegada)

Arrival (La llegada)

Arrival es una película dirigida por Denis Villeneuve, con actuación de Amy Adams, basada en una novela corta de Ted Chiang, Story of Your Life. Por su argumento y su realización sobrepasa el género de la ciencia ficción, aunque así pueda ofrecérsela al público; como ciencia ficción es la mejor película que Hollywood ha producido en mucho tiempo.

arrival_film_1050x700El cine y la literatura emplean códigos diferentes, y por eso no es correcto (creo) juzgar la película de Villeneuve en base al relato de Chiang o viceversa. En este caso, sin embargo, hay que decir que la adaptación es excelente, y más todavía tratándose de algo tan difícil de adaptar al cine como un cuento basado en cambios de los procesos mentales de una narradora en primera persona, enfrentada no sólo a su incomprensión de estos cambios sino también a la incógnita mayúscula de una situación de primer contacto con unos alienígenas que no caen en clichés.

Los heptápodos de Arrival llegan en grandes naves pero no eligen las grandes capitales para posarse. No llaman a los seres humanos en sus sueños ni a través de mensajes telepáticos sino que esperan que éstos vayan a ellos. No dirigen un mensaje de paz en perfecto inglés (y ruso, y chino, y español, etc.) a los líderes mundiales. Su extrañeza es de otro tipo, tanto que debemos ver toda la película para comenzar a entenderla.

Hasta los pocos clichés que sí aparecen son disculpables. Es de esperar que los ciudadanos del mundo reaccionen con pánico. Es de esperar que los gobiernos apunten sus armas contra las naves extraterrestres, aun cuando cualquier asesor científico podría explicarles que una especie capaz de cruzar físicamente distancias interestelares y dominar la gravedad dispone de tanto poder que sin duda todas nuestras armas son inútiles contra ella. Es de esperar que el contacto, en vez de estar dirigido por quienes saben, sea un operativo militar cruzado por interferencias burocráticas y una visión de plazo peligrosamente corto. Todo esto lo hemos visto ya mil veces, y lo esperamos, y sin embargo en Arrival no distrae, porque Villeneuve liquida el tema con rapidez —y alguna torpeza aquí y allá— para concentrarse en lo esencial.

La fotografía en exteriores es sobria, majestuosa y lejana; la de los interiores, apenas claustrofóbica. El ruido del mundo está muy lejos, siempre mediado por pantallas; sólo importa el rostro concentrado de la Dra. Louise Banks, lingüista, ante los signos que los alienígenas trazan frente a ella. Los cortes a su otra vida (los de la hija cuya historia da nombre al cuento) ponen color a lo que sería, si no, un fondo de niebla gris de Montana, o de luces amarillentas en las tiendas del campamento base, o de negras paredes y una blanca barrera de cristal en la nave heptápoda. La banda de sonido de Jóhann Jóhannsson (con quien Villeneuve ya trabajó en varios films y que continúa su colaboración con éste en la nueva Blade Runner) es de una potente delicadeza, si cabe la expresión: sin palabras, casi sin melodía, complementa el ambiente sobrecogedor de las escenas de contacto, ayudando al espectador a sumergirse en el desasosiego y el vértigo que enfrentarse con seres de otro mundo debe producir, si realmente lo son: vale decir, si la suspensión del descreimiento funciona y si el film no se limita a presumir caras marionetas creadas por computadora o baratijas antropomórficas. Arrival nos pone ante verdaderos extraños, y a la vez hace de ese encuentro una historia totalmente humana.

La Isla de las Niñas

La Isla de las Niñas

Ⅰ·

Partí de Manfiz al alba, el día después del solsticio de verano. Era mi primer viaje como capitán y estaba algo nervioso, pero conocía a la tripulación del Abriet, ellos me conocían a mí, y desde el principio hubo confianza mutua.

La tormenta fue una sorpresa, y a su repentina violencia se le unieron vientos extraños. Cuando el mar se enfurece a veces arroja a los barcos más débiles o peor tripulados contra las costas al sur de Trsiweg y los deshace contra los arrecifes de Suvhad. En esta ocasión ocurrió todo lo contrario; fuimos empujados mar adentro, hacia el Océano Incógnito, y aunque la lluvia cesó al cabo de pocas horas, el viento que había quebrado nuestros mástiles persistió hasta que perdimos de vista incluso la última de las islas de Tachi-Yezmud. El cielo continuó cubierto y amenazante durante cuatro días más.

Al final del quinto día, ya perdidos todos nuestros puntos de referencia, observé un ave blanca en vuelo a unos pocos cientos de metros de nosotros; por la mañana vimos varias bandadas, y también ramas y hojas flotantes, y una extraña columna de humo gris; al mediodía el vigía anunció que había divisado tierra: la cima de una montaña. Antes de caer la tarde la Isla estaba sobre el horizonte, una línea gris festoneada de verde. La coronaba un amenazador cono humeante, cuya cima, por la noche, se transformó en una brasa encendida en medio de la oscuridad.

La Isla no es demasiado grande (no aburriré al lector con los detalles geográficos, que se encuentran en un reporte anexo), pero nos vimos obligados a rodearla casi por completo hasta encontrar un lugar para desembarcar, ya que casi toda su costa está cerrada por murallones de roca negra.

Es evidente que ya estábamos siendo observados, puesto que apenas habíamos terminado de poner pie en la pequeña playa de arena gris y piedras afiladas cuando dos grupos de hombres bajaron apresuradamente desde los acantilados a ambos lados. Iban apenas vestidos con bastos taparrabos y llevaban lanzas con puntas de piedra y unos largos escudos de lo que parecía ser corteza de árbol.

No teníamos tiempo para correr de vuelta a los botes y lanzarlos. Eché una mirada de soslayo a Tobor y me sorprendió verlo tranquilo; siendo Tobor un hombre avezado en leer las intenciones ajenas, eso me dio cierta calma a mí también. Los hombres no nos hablaron ni hicieron movimiento alguno una vez que se dispusieron frente a nosotros. Viéndolos de cerca no resultaban amenazadores: eran de corta estatura y espaldas angostas, algo rechonchos, y de rostro inseguro, como muchachos jóvenes. Entonces vi a las mujeres.

Estaban detrás, sobre un gran peñasco en la cima de la playa empinada, observando; eran tres, de la misma estatura que los hombres y de rostros ceñudos. Tenían los pechos al descubierto, pero medio cubiertos por grandes collares de varias vueltas; vestían polleras de vivos colores y tenían en las cabezas unos pequeños tocados de plumas. Estaban hablando; no podíamos escuchar qué decían, pero los hombres, al parecer, sí, ya que el de más atrás de ellos volvía la cabeza y asentía.

No somos exploradores ni saqueadores, y las pocas armas que teníamos estaban abordo y no servirían para mucho. Mostré, como se hace en los libros, mis manos vacías a los salvajes, y las levanté para demostrar mi indefensión y para que las vieran, también, las mujeres. Tobor y los demás marinos me imitaron. Una de las mujeres gritó algo y los hombres con lanzas se relajaron imperceptiblemente. La mujer bajó del peñasco y vino por la playa, pisando con lenta deliberación la arena húmeda y resbalosa. El hombre de más atrás la recibió con una leve inclinación de cabeza y luego, insólitamente, se sentó a sus pies.

Bajé las manos con cuidado. La mujer gritó una orden y luego me llamó con un gesto imperioso. Caminé, sin detenerme, hasta el centro del semicírculo de lanzas. Cuando estuve allí la mujer se sentó también, y la tensión en el grupo volvió a disminuir sutilmente. Yo todavía podía ser atravesado por media docena de lanzas en un instante, y mi voz salió ronca y desagradable de mi garganta cuando comencé a presentarme, pero la mujer me sonrió. Era una sonrisa franca, y la mujer era hermosa, y así fue que yo creí que la Isla nos daba la bienvenida.

1.

Mamá trae a los hombres venidos del mar. Son altos, más altos que mamá y que todos mis papás. Mamá sabe instintivamente cómo manejarlos y yo la observo, porque debo aprender. Son un poco como animales. Miran todo y a todos sin vergüenza alguna, como si no existiese nada vivo más que ellos.

Al principio nadie los entendía, pero después de varios días aprendimos algo de su jerga, que es como la nuestra pero con menos vocales y unos sonidos raros, como chasquidos, chistidos, roces y silbidos. Los adultos se juntan para oírlos hablar. Son como animales muy ruidosos, porque no tienen modestia. Como no les preocupa romper el silencio, se los puede escuchar todo el tiempo: esto es bueno para los que queremos aprender su lengua.

Mamá es la jefa. Me causa mucho orgullo verla sentada frente a los extranjeros venidos del mar, tan calma y tan fuerte, con su cabello negro y lustroso sobre los hombros. Los extranjeros, en cambio, tienen el cabello del color de la ceniza o de la tierra, de aspecto seco, y embarullado, como si no supiesen peinarse. Además algunos no tienen cabello, aunque son jóvenes. Papá Wungba se rio mucho de los pelados. Wungba es más viejo que mamá pero tiene mucho cabello y a mí me gusta jugar con él, atándole conchillas y flores. Wungba nunca andaría con un cabello tan sucio y feo. Creo que Wungba quiso explicarles cómo lavárselo y no le entendieron, y se ofendieron.

Dice mamá que cuando llegaron al poblado ya no tenían miedo y hasta le sonreían a las mujeres. Puede ser que no sean tan tontos. A mamá no le gustan porque además de tener poco o feo cabello, tienen pelo en la cara y en el cuerpo, como los “monos” de las historias. Hay mujeres en la isla que seguramente querrán sumarlos a los suyos: eso es lo que pienso yo, no mamá. Hay mujeres para todo.

Mamá se cansó de los extranjeros enseguida y los puso con mis papás más jóvenes y con los hombres de Galurru y Hahittami, que son avispados. No confía en ellos. Los hombres del mar se perdieron en una tormenta. Quieren reparar su madre-de-botes y volver a su país. Mamá no sabe si creerles. Escuché a Utusa decir que deben haberse perdido porque son todos hombres. ¿Cómo pueden ir tantos hombres solos por el mar sin una mujer que los guíe y que los acueste consigo? Pero yo no sé si es así. Nosotros nunca salimos al mar con botes. Está prohibido y no lo hacemos.

Los hombres del mar no tienen modales y preguntan por las mujeres, preguntan quién se acuesta con quién y dónde están los niños-hombre. El que se llama “Capitán” quería saber, y papá Wungba le presentó a mi hermano mayor Singsu, que tiene sus huevos fuera del vientre hace menos de un año. Yo estaba mirando todo, a escondidas, porque también tengo que aprender. Y Singsu lo saludó y le mostró su tubérculo, pero el extranjero miró para otro lado como si hubiese visto un animal podrido. Entonces no entendí qué quería o no quería ver.

Ⅱ·

En esta Isla las mujeres mandan y los hombres obedecen, o al menos eso me parece a mí. Por lo menos la jefa es una mujer y tiene un pequeño harén de maridos que se afanan por complacerla. Es antinatural, pero el mundo es ancho y hasta no muy lejos de nuestras tierras, en los confines de Trsiweg, hay países donde las mujeres se acuestan con quien quieren a la vista de todos, o donde van a la guerra junto con los hombres; en el antiguo Imperio de Amzin, según se cuenta, las mujeres se vestían como hombres y se ponían barbas postizas para poder ser lideresas o poseer esclavos, aunque todos supieran que no eran realmente hombres. En Manfiz, en tanto, ¡cuántos hombres, por depravación o polución de sus humores, se visten como el sexo opuesto y hacen gala de su inversión!

Con respecto a las mujeres de la Isla, mis hombres no dejaban de sorprenderse y de hacer comentarios ante su belleza natural y su seductora altanería; tuve que advertirles severamente que no se tomaran libertades, ni tan siquiera intentaran galanterías, porque en un lugar tan extraño no podíamos confiar en las convenciones de la sociedad civilizada.

De los hombres de aquí podría colegirse que el trato humillante los ha afeminado. Al respecto debo anotar el detalle que más me ha confundido hasta ahora, y que es la forma en que se trata a los niños.

Los niños pequeños suelen ir desnudos aquí; cuando están vestidos, no sé cómo alguien logra distinguir entre los sexos, y en verdad nadie los distingue: todos se arreglan el cabello a su antojo, y los padres visten a todos con polleras un día y taparrabos el siguiente. Todos los pequeños que vi eran niñas, y no me pareció posible que escondiesen a los niños varones. En la lengua de los salvajes no hay diferencia entre “niño” y “niña”, de manera que tuve que preguntar por los “pequeños machos”, como si de animales se tratase; no obtuve más que sonrisas de incomprensión.

Reconozco en mí cierto exceso de modestia, o más bien, exceso de cuidado ante aquellos salvajes; si hubiese podido explicitar con detalle lo que deseaba ver quizá me habrían tomado por un descarado o algo peor. Insistí con prudencia, hasta que uno de aquellos hombres con quien hablaba me tomó de la mano y me llevó hasta una choza donde estaba sentado un jovencito; el mismo, una vez que se le refirió mi pregunta, se levantó sin pudor el taparrabos. Hice ver con vehemencia que tal exhibición no era necesaria. Ahorro al lector los detalles, puesto que de hecho no hubo nada de particular en lo que vi, salvo las circunstancias.

Aunque el incidente sólo causó risas entre nuestros extraños huéspedes, con el pasar de los días noté que su actitud había cambiado. En ese momento lo atribuí a la pérdida del miedo y la extrañeza que nosotros a su vez debíamos provocar en ellos. Los hombres comenzaron a importunarnos con charla; las mujeres, por el contrario, se hicieron más altaneras a la vez que se insinuaban con algunos de los marineros. Una de las hijas de la jefa, hermana o medio hermana (según entendí) de aquél me había mostrado sus partes privadas, se convirtió en una dulce espía de todos nuestros pasos. Me observaba escribir en mi bitácora, interrumpía las reuniones que sostenía con mis oficiales, y una vez la encontré revisando el interior del pequeño cofre con papeles e instrumentos que yo había hecho traer del barco.

Las niñas pululaban, solas, en corrillos o de la mano de sus altivas madres, y en cada rincón del poblado y a los lados de cada sendero que se abría en la jungla había un par de pequeños ojos oscuros y relucientes, observando, observando.

2.

Yo no llamé al guardián, pero el guardián vino: era lo que debía hacer. Yo temía que lo hiciera. Los extranjeros llegaron sin querer a nuestra isla y yo no les deseaba ningún mal. Ahora que puedo hablar libremente tengo que decir que no estoy de acuerdo con la manera en que los guardianes nos vigilan. Se supone que es por nuestro bien, ya que el mundo más allá de nuestra Isla es diferente y la gente, como los extranjeros que vinieron del mar, odia lo diferente. Cuando el Capitán preguntó dónde estaban los niños-hombre, yo no entendí, pero después recibí la advertencia, y recordé quién era yo. Porque yo también soy una guardiana. Pero conmigo se puede razonar.

Cuando recibí la advertencia fue como si me descorrieran una venda de los ojos: así es como sucede. Para que todo funcione bien y yo no me delate, tengo que funcionar como si fuera una niña más, y no tengo que saber nada sobre mí misma. Pero ahora sé que el Capitán quería saber por qué ninguno de los pequeños era macho a la vista. El Capitán, igual que sus hombres y que todos los hombres del mundo (salvo los de nuestra Isla), sabe que es macho desde pequeño, y sus padres lo saben desde que lo vieron salir de su madre. La parte de mí que sigue siendo una niña común sigue extrañándose; me da un poco de asco pensar en un niño que nace y ya tiene los huevos en un saco fuera del vientre y un tubérculo que es como un dedo corto y gordo.

Pero entiendo que a los extranjeros les debe resultar raro y asqueroso cómo somos nosotros, en la Isla. Por eso preguntaban cosas sin sentido. Y por eso había que evitar que nos hicieran mal.

Cuando vino el guardián yo estaba durmiendo y pensé que iba a matarlos antes de poder convencerlo. El guardián es más alto que el más alto de los hombres y está todo cubierto de placas como una tortuga, pero brillantes y de color gris, y no se le ve el rostro, porque no tiene rostro, sólo unos ojos que son como perlas transparentes. Dentro de él hay ruedas y palancas, pero no se ven ni se escuchan. Tiene mucha fuerza y puede matar a un hombre con una sola mano.

Yo no quería que mataran al Capitán y sus hombres. No vinieron a hacernos mal. Pueden estropearlo todo si traen a otros a nuestra Isla, pero si es así tenemos todavía a los guardianes. Eso quise explicarle al guardián que vino. Como no me escuchaba, le pedí que llamara a sus jefes. El guardián no quería, pero yo soy una niña especial, después de todo, y no pudo negarse.

La voz de una mujer habló a través del guardián. Me explicó que, por el bien del experimento (yo no conocía la palabra “experimento”, pero en ese momento, como por encanto, la comprendí), los extranjeros debían morir. Si vivían, las personas del resto del mundo nos vendrían a ver, nos tratarían como a enfermos, nos quitarían la Isla y —lo peor de todo— harían todo lo posible por separar a los machos de las hembras, desde recién nacidos. ¿Cómo podrían saber? Había formas, dolorosas, terribles formas de averiguarlo; y si no resultaban, me explicó la mujer, de todas formas decidirían quién era macho y quién era hembra, para criarlos separados, como nosotros separamos a los animales de cría en los corrales.

En la Isla hay pocos machos, y los que hay sólo saben que lo son cuando les baja el saco desde adentro del vientre y les empieza a crecer el tubérculo, e incluso después de eso muchos producen semilla infértil. Pero cuando los extranjeros vean esto, dijo la mujer, se reirán de nuestros hombres, porque ellos son vanos. Vendrán a acostarse con nuestras mujeres por la fuerza y hacerles tener sus hijos, me dijo, porque los extranjeros creen que un hombre vale por la cantidad de mujeres con las que se acuesta y la cantidad de hijos que produce su semilla.

Me pareció a mí, aunque todavía soy una niña, que todo eso era exagerado. Le dije al guardián que no le dejaría matar a nadie. Creo que iba a hacerlo de todas formas, pero entonces Darrapu, que es mi amiga, vino a ver qué ocurría, porque yo había salido frente a la casa para hablar con el guardián, y al verlo hizo tal escándalo que todo el mundo despertó. Los extranjeros, que tenían unas chozas del otro lado, vinieron también, y tuve que correr para interponerme entre ellos y el guardián. Yo ya sabía quién era yo y qué podía hacer: soy especial, me enviaron para aprender y para cuidar el experimento. Le ordené al guardián que se detuviera, y después le dije al Capitán que iría con ellos.

El Capitán se echó a reír. Sus hombres habían retrocedido y yo creo que pensaban ir a buscar esas armas que tenían. Todas sabíamos ya que las tenían. Eran muy terribles pero no le harían nada de nada al guardián, salvo hacerlo enojar. Bueno, es un decir: el guardián no puede enojarse. Pero sí lo convencerían, allí en su dura cabeza llena de rueditas, de que los extranjeros eran peligrosos. Eso sería la perdición de los extranjeros. De manera que hice mi voz más fuerte y les ordené a ellos que se fueran y me llevaran.

Se asustaron al oír mi voz, porque no era voz de niña, ni siquiera de mujer: era mi voz real, la que tengo cuando hace falta. La descubrí entonces: a cada instante algo nuevo. Se quedaron como pegados al suelo, los muy tontos, y los tuve que empujar con mis manitos. Fue una suerte que el guardián me obedeciese. Duró poco, pero nos alcanzó para ir hasta la playa, subir al bote y alejarnos. El experimento termina donde comienza el agua: así son las reglas.

El barco no estaba todavía listo del todo, pero no se hundiría. Un día antes de subir yo no tenía idea de lo ancho que era el mundo ni de que existiese más que la Isla, el Mar y el Cielo. Pero le indiqué el rumbo al Capitán, más o menos, y él me obedeció, porque todavía estaba asustado de mí. Creo que también me hizo caso porque yo lo había salvado.

La mujer de arriba y los demás que cuidan de la Isla ya no me hablan: están ofendidos. Ya no importan. Voy rumbo al país del Capitán y lo hago por ellos, aunque no lo entiendan. ✿

 


Este cuento era inédito hasta ahora. Se basa en la curiosidad que sentí al conocer el caso (real, documentado) de ciertos niños de una región de República Dominicana a los cuales, debido a una deficiencia hormonal congénita, no les crece el pene ni les descienden los testículos hasta a la pubertad. No tiene intención ideológica o alegórica alguna. 

El juicio de Adolf Eichmann en un libro y dos películas

El juicio de Adolf Eichmann en un libro y dos películas

Termino de ver The Eichmann Show, un film para TV de la BBC que está en Netflix. Trata del juicio a Adolf Eichmann, el oficial nazi que desde su puesto de burócrata hizo realidad con escalofriante eficiencia la Solución Final, y que luego de permanecer prófugo durante 15 años fue capturado en Argentina (donde vivía bajo nombre supuesto) por agentes israelíes.

La película, que podemos calificar de ficción histórica, dramatiza el juicio mostrándolo desde el punto de vista de Leo Hurwitz, el encargado de dirigir la filmación de los testimonios para ser transmitida al mundo.

The Eichmann Show toca los puntos obvios: la revulsión de algunos de los trabajadores de la filmación ante los testimonios de los sobrevivientes del Holocausto, que nunca habían sido escuchados públicamente antes; la amenaza latente de un ataque de parte de simpatizantes del nazismo; el impasible rostro de Eichmann. Pero el centro del argumento es la obsesión de Hurwitz por esta impasibilidad, que él juzga falsa, una máscara que Eichmann sostiene ante los jueces para no aceptar su propia culpabilidad y que debe eventualmente caer. Por eso mantiene la cámara enfocada en un primer plano del rostro del reo, pese a las órdenes de su productor, que busca tomas más dinámicas y dramáticas. Hurwitz, estadounidense y activista de izquierda, viene de ser quitado recientemente de la lista negra en la que el macartismo lo mantuvo durante años. Sostiene y repite que el mundo debe ver que Eichmann es una persona y no un monstruo y que esto debe servir como advertencia de que cualquiera puede ser seducido por una ideología fascista: una afirmación poco popular en un lugar como Israel, baluarte y refugio de perseguidos por el fascismo más letal de la historia.

Para mí este film completó una experiencia que comenzó con la lectura de otra observadora del juicio a Eichmann, la politóloga Hannah Arendt. Arendt fue una entre los muchos analistas, intelectuales y periodistas enviados a cubrir aquel evento mediático internacional, algo que en 1961 era novedoso: el juicio de un personaje siniestro televisado en formato de serial, en directo o con demora de un día o dos, a todo el planeta. De sus observaciones nació el concepto que Arendt denominó de “la banalidad del mal”: la idea de que, tal como Hurwitz se empeñaba en demostrar buscando una grieta en la armadura sin expresión de Eichmann, personas como las que organizaron y ejecutaron el Holocausto no son en general sociópatas ni fanáticos sino seres humanos mediocres, que prefieren no pensar demasiado y suelen escudarse en órdenes recibidas y en su sentido del deber.

La construcción de las reflexiones que luego llevarían a Arendt a escribir el libro Eichmann en Jerusalén, donde expone esta tesis, es el tema de un segundo film, en este caso una producción alemana, llamado simplemente Hannah Arendt. Es, como The Eichmann Show, un documental ficcionalizado. Muestra, hasta donde entiendo de manera bastante fiel a la realidad, los conflictos que la idea de los nazis como malvados “banales” le trajo a Arendt con otros miembros de la comunidad judía, al igual que su crítica a la actuación de algunos dirigentes judíos durante el nazismo, a la legalidad del juicio (recordemos que Eichmann fue secuestrado y sacado a escondidas del país que le había otorgado residencia) y a su legitimidad (Arendt opinaba que no era más que un espectáculo).

Naturalmente el tema no puede agotarse con estas tres lecturas, pero al menos para mí, el libro de Arendt y las dos películas fueron una aproximación valiosa al juicio de Eichmann, a su personalidad, a sus hechos, y al debate que éstos despertaron.

Corriente de cambio: mi nuevo libro

Corriente de cambio: mi nuevo libro

Hoy publico un nuevo libro. Se siente bien escribir esa frase. A diferencia de mi anterior, una colección de cuentos no relacionados que podía cerrarse en cualquier momento, Corriente de cambio es una novela corta o nouvelle que elaboré acometiéndola una y otra vez durante meses y que estuvo después reposando un largo tiempo, como un plato que asentarse y debe servirse frío, volviendo yo a ella cada vez que sospechaba que podía estar lista, sólo para encontrar una inconsistencia aquí, un error tipográfico allá.

El origen del relato es, como explico en el prefacio, un viaje a una tierra extraña, no excesivamente lejana (un par de vuelos cortos, un país limítrofe al mío) pero severa y evocativa, en la unión entre el mar y el desierto. De esta experiencia surgieron, primero, el primer borrador de esta novela, y más tarde, un relato corto que terminó publicado antes.

Como siempre, el libro está disponible en Leanpub, al precio que el lector desee pagar (incluyendo gratis), en varios formatos comunes.

Melancholia, de Lars von Trier

Melancholia, de Lars von Trier

Melancholia (2011) es una película dirigida por Lars von Trier. Pertenece a la llamada “Trilogía de la Depresión”. Cuando se presentó en el Festival de Cannes, von Trier hizo unas observaciones en tono jocoso sobre la estética elegida (Wagner como banda de sonido, recursos del romanticismo alemán) en relación al nazismo. Esta idiotez no opacó al film, aunque sí le ganó a von Trier una prohibición de acercarse a menos de cien metros del festival.

En su historia interna, Melancholia es el nombre con el que han bautizado (¿los astrónomos, el público, los medios?) a un planeta errante —sin estrella o escapado de la órbita de alguna— azul-turquesa, varias veces más grande que la Tierra, que se dirige hacia ésta última con un curso que no pocos temen que sea de colisión. Este recurso de ciencia ficción se utiliza para escenificar las reacciones de varias personas, y en particular de dos hermanas, Justine y Claire, ante una catástrofe inminente.

spoilers
Atención: spoilers a partir de aquí.

 

La película se divide en dos partes nombradas por las hermanas y dedicadas a ellas. Hay un preámbulo de casi diez minutos de total silencio en el que desfilan imágenes que anticipan lo que vendrá, con un formato alegórico u onírico, incluyendo el acercamiento de Melancholia y la destrucción de la Tierra (von Trier decidió mostrarlo directamente así porque no quería que el suspenso sobre el destino del planeta fuese el punto central de la película). Luego comienza la primera parte, que consiste en la opulenta fiesta de casamiento que Claire y su esposo John le han obsequiado a Justine y su novio Michael, en un castillo propiedad de la familia. No pasa mucho tiempo hasta que notamos que algo está mal con Justine: se trata de los conatos de una profunda depresión. Este primer acto termina con la extrañeza de Justine ante la desaparición de la estrella Antares (que su cuñado John le mostró y nombró horas antes), y con la separación de Justine y Michael apenas terminar la fiesta.

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El segundo acto nos lleva varios meses más tarde. Justine, sumida en una depresión profundísima, logra llegar a duras penas en un taxi al castillo para pasar una temporada con su hermana. Apenas come o habla y Claire no logra siquiera obligarla a bañarse. Melancholia se acerca a la Tierra y los usuales profetas del apocalipsis pululan; John le prohíbe a Claire entrar a internet para preservarla de preocupaciones, pero ésta desobedece y desespera por momentos. Los ánimos de Justine vienen y se van, pero curiosamente su depresión la hace invulnerable a esa desesperación. Ante la evidencia de que Melancholia va realmente a chocar contra la Tierra, John se suicida, dejando a Claire sola con su hermana y con su hijo Leo, con quien intenta absurdamente escapar. Hacia el final, Justine le recuerda a Leo que pueden buscar refugio en una “cueva mágica”, que adivinamos una fantasía que Justine prometió a Leo hace tiempo. Justine y Leo juntan ramas y edifican un pequeño cono, como el armazón de una tienda nativa americana, en el cual entran e invitan a entrar a Claire, mientras observan los momentos finales de sus vidas y del planeta.

Hay mucho para leer en Melancholia. Ante todo hay que olvidarse de buscar plausibilidad científica. Llegué a este hallazgo fílmico, de hecho, leyendo un artículo sobre rogue planets, es decir, los planetas errantes de los cuales hoy sabemos que hay multitud, posiblemente miles por cada estrella, de muchos tipos y tamaños, desde monstruos con diez veces la masa de Júpiter (sub-enanas marrones) hasta planetas más pequeños que la Tierra. Estos planetas, expulsados de sus órbitas originales al poco tiempo de la formación de su sistema estelar o simplemente nacidos como estrellas fallidas, vagan por la galaxia, casi invisibles a nuestros instrumentos. Melancholia, en la película, primero es oscuro y oculta Antares, y luego aparece, azul y enorme, “desde atrás del Sol”. Pese a que es cinco o seis veces del tamaño de la Tierra, su paso no altera las órbitas de ningún planeta o satélite. Un planeta así haría salir disparada la Luna, provocaría espantosos terremotos y, aun si pasase cerca sin hacer contacto, haría pedazos nuestro mundo por el simple efecto de la fuerza de marea. Ninguno de estos escenarios catastróficos pero narrativamente inconvenientes ocurre. Melancholia se acerca a la Tierra, agita algo su atmósfera, se aleja y luego vuelve y choca con ella de frente. Y no es que importe, porque las imágenes y los sentimientos que evocan son preciosos y precisos: imposible una combinación mejor de fotografía y guión.

Supongo que ésta es una de esas películas que se aman o se odian. Como ya dije, los amantes más o menos exclusivos de la ciencia ficción dura quedarán decepcionados. La secuencia inicial silenciosa, de imágenes inconexas, quizá espante a los que buscan “acción” en el sentido más básico. Pero ésta no es una película para iniciados sofisticados. Acción, definida ampliamente, sobra en Melancholia: no hay ni un momento en que los personajes no estén en movimiento físico o psíquico. Incluso Justine inmovilizada por su enfermedad transmite una tensión al lugar que ocupa, como un ruido blanco teñido de asco. No hay “relleno”, ni una sola secuencia que no sirva a la economía de la película. Miradas hostiles, rechazos velados, gestos de impaciencia, sexo desatado sin sentido o frustrado, languideces y desesperaciones, ocupan todo el tiempo la atención del espectador, sin abrumarlo.

Al contrario que la mayoría de las películas más convencionales del género catastrofista o del “fin del mundo”, Melancholia transcurre en un ambiente cerrado y sin referencias al exterior. En el castillo no parece haber televisión ni radio, e internet sólo se menciona como algo a evitar para no ser bombardeado por noticias falsas. John confía en lo que dicen “los científicos”, pero observa el planeta errante con su propio telescopio y toma sus propias medidas sin consultar con nadie más. El mayordomo, el día antes del fin, escapa “al pueblo”, que no tiene nombre ni está a una distancia conocida; desde “el pueblo” trae John una vez suministros de emergencia. Notablemente, el caballo de Justine se rehúsa a cruzar cierto puente que (presumiblemente) lleva al camino del poblado, y cuando Claire quiere hacerlo con el carro de golf, las baterías de éste mueren precisamente en el mismo punto. El camino, según vemos al comienzo, es tan sinuoso que la limusina que trae a los novios no cabe en sus curvas. Todo se combina para que el escenario sea recortado, aislado, y que los personajes deban resolver sus tramas en soledad. La conclusión refuerza este aislamiento, que quizá represente el destino de todo ser humano en el momento crucial de la muerte. Las dos hermanas y el pequeño Leo enfrentan el fin del mundo entrando en la “cueva mágica” y cerrando los ojos.

A Voyage to Arcturus

A Voyage to Arcturus

A Voyage to Arcturus (“Un viaje a Arturo”) es una novela publicada en 1920 por el autor británico David Lindsey (1876–1945). Se la ha llamado “uno de los clásicos más reverenciados de la ciencia ficción” y “un impresionante logro en ficción especulativa”. No es, en mi humilde opinión, ninguna de estas dos cosas.

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Quedará claro muy pronto al lector que se aventure en este viaje que no puede ser leído como una historia de ciencia ficción, pese a que se trate de un escenario superficialmente construido a partir de un viaje interestelar y un recorrido por un planeta de la estrella Arturo. De la misma manera que la Trilogía de Ransom, de C. S. Lewis, no es ciencia ficción sino que emplea viajes interplanetarios para llevar a su protagonista a diferentes escenarios alegóricos (y predicarle así el cristianismo de manera apenas disfrazada), A Voyage to Arcturus utiliza las extrañas criaturas y alucinantes paisajes y colores del planeta Tormance como utilería para una aventura psíquico-mística de tintes gnósticos. (El gnosticismo es, muy brevemente, una doctrina de tipo generalmente maniquea que postula que el cuerpo y la materia son una ilusión dañina que nos retiene en un mundo físico creado por un dios menor —un demiurgo— malvado, y que el objetivo del hombre es escapar de esa prisión por medio de la iluminación y llevar su espíritu inmaterial al mundo real de la total pureza representado por el dios bueno o verdadero.)

Al comenzar a leer yo ya sabía que la novela no era ciencia ficción y eso no me incomodaba; me interesaba, sí, ver hasta qué punto empleaba la ciencia o una extrapolación razonable de la misma basada en los conocimientos de comienzos del siglo XX, y qué reglas inventaba para justificar el resto. La novela comienza con una séance o sesión espiritista en la cual participan varios médiums, y mi impresión previa a esto era que la novela utilizaba estos medios místicos para enviar a sus protagonistas a Tormance. No es así. Sin aparente necesidad se saca a relucir un vehículo impulsado por la fuerza de rayos de la luz de Arturo que desean volver a su fuente. El vehículo parte desde lo alto de un observatorio cuya torre tiene la curiosa propiedad de que la gravedad aumenta a medida que se asciende. Una vez arribado el protagonista a Tormance, se encuentra con que sus habitantes son humanoides, cada uno con órganos de percepción diferentes, y que él mismo gana y pierde en cuestión de horas estos órganos.

Hasta aquí una historia de fantasía o de weird fiction razonablemente buena. El problema real está en el desarrollo de los personajes, que es prácticamente inexistente. Maskull, el principal durante casi todo el libro, cambia de ánimo, de creencias y de modos de percepción a cada rato, a veces literalmente según cómo sopla el viento. Por supuesto, ésta es una historia de búsqueda de la propia personalidad y alguna confusión es de esperarse, pero nos es difícil saber qué clase de persona es Maskull al principio y qué lo anima a seguir. Hay que leer la mitad del libro hasta comenzar a vislumbrar una dirección clara. Los personajes con los que se topa son recortes bidimensionales que representan ideologías, manías, desafíos morales; no vale la pena recordarlos porque Maskull mata u olvida a la mayoría de ellos a las pocas páginas.

A Voyage to Arcturus tiene, sin duda, una inmensa profundidad filosófica, y soy muy consciente de mi incapacidad para llegar al fondo de ésta. Esto, a juzgar por otras reseñas y comentarios, parece haberle ocurrido a la mayoría de los lectores, de los cuales la mitad o más, no obstante, siguen jurando que este libro es de lo mejor. Cualquiera sabe qué fácil es hacer pasar una frase sin sentido por un mensaje profundo. En el caso de esta novela, el problema es que la frase probablemente tenga un sentido, pero nada alienta a tomarse el trabajo de desentrañarlo. Hay libros que pueden leerse a la ligera la primera vez, sin comprender todas sus alusiones, y disfrutarse de manera renovada a posteriori con sus fuentes de inspiración a la vista. Éste no es uno de ellos.

¿Es posible recomendar A Voyage to Arcturus? A J. R. R. Tolkien le pareció muy buena (pese a su conocida aversión a las alegorías); a su amigo C. S. Lewis, que criticó su prosa como “torpe”, lo inspiró a escribir su famosa trilogía, comenzando por Más allá del planeta silencioso. Philip Pullman puso al libro entre sus cuarenta obras preferidas, llamándolo “mal escrito pero inolvidable”. Sería interesante saber si alguna vez este viaje místico y plagado de colores alienígenas llegó a manos de su contemporáneo H. P. Lovecraft o, mucho después, a las de aquel otro gnóstico y buscador espiritual, Philip K. Dick. Sospecho, aunque no me preocupa, que en mis propias manos esta aventura haya sido un desperdicio.