Corriente de cambio: mi nuevo libro

Corriente de cambio: mi nuevo libro

Hoy publico un nuevo libro. Se siente bien escribir esa frase. A diferencia de mi anterior, una colección de cuentos no relacionados que podía cerrarse en cualquier momento, Corriente de cambio es una novela corta o nouvelle que elaboré acometiéndola una y otra vez durante meses y que estuvo después reposando un largo tiempo, como un plato que asentarse y debe servirse frío, volviendo yo a ella cada vez que sospechaba que podía estar lista, sólo para encontrar una inconsistencia aquí, un error tipográfico allá.

El origen del relato es, como explico en el prefacio, un viaje a una tierra extraña, no excesivamente lejana (un par de vuelos cortos, un país limítrofe al mío) pero severa y evocativa, en la unión entre el mar y el desierto. De esta experiencia surgieron, primero, el primer borrador de esta novela, y más tarde, un relato corto que terminó publicado antes.

Como siempre, el libro está disponible en Leanpub, al precio que el lector desee pagar (incluyendo gratis), en varios formatos comunes.

Melancholia, de Lars von Trier

Melancholia, de Lars von Trier

Melancholia (2011) es una película dirigida por Lars von Trier. Pertenece a la llamada “Trilogía de la Depresión”. Cuando se presentó en el Festival de Cannes, von Trier hizo unas observaciones en tono jocoso sobre la estética elegida (Wagner como banda de sonido, recursos del romanticismo alemán) en relación al nazismo. Esta idiotez no opacó al film, aunque sí le ganó a von Trier una prohibición de acercarse a menos de cien metros del festival.

En su historia interna, Melancholia es el nombre con el que han bautizado (¿los astrónomos, el público, los medios?) a un planeta errante —sin estrella o escapado de la órbita de alguna— azul-turquesa, varias veces más grande que la Tierra, que se dirige hacia ésta última con un curso que no pocos temen que sea de colisión. Este recurso de ciencia ficción se utiliza para escenificar las reacciones de varias personas, y en particular de dos hermanas, Justine y Claire, ante una catástrofe inminente.

spoilers
Atención: spoilers a partir de aquí.

 

La película se divide en dos partes nombradas por las hermanas y dedicadas a ellas. Hay un preámbulo de casi diez minutos de total silencio en el que desfilan imágenes que anticipan lo que vendrá, con un formato alegórico u onírico, incluyendo el acercamiento de Melancholia y la destrucción de la Tierra (von Trier decidió mostrarlo directamente así porque no quería que el suspenso sobre el destino del planeta fuese el punto central de la película). Luego comienza la primera parte, que consiste en la opulenta fiesta de casamiento que Claire y su esposo John le han obsequiado a Justine y su novio Michael, en un castillo propiedad de la familia. No pasa mucho tiempo hasta que notamos que algo está mal con Justine: se trata de los conatos de una profunda depresión. Este primer acto termina con la extrañeza de Justine ante la desaparición de la estrella Antares (que su cuñado John le mostró y nombró horas antes), y con la separación de Justine y Michael apenas terminar la fiesta.

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El segundo acto nos lleva varios meses más tarde. Justine, sumida en una depresión profundísima, logra llegar a duras penas en un taxi al castillo para pasar una temporada con su hermana. Apenas come o habla y Claire no logra siquiera obligarla a bañarse. Melancholia se acerca a la Tierra y los usuales profetas del apocalipsis pululan; John le prohíbe a Claire entrar a internet para preservarla de preocupaciones, pero ésta desobedece y desespera por momentos. Los ánimos de Justine vienen y se van, pero curiosamente su depresión la hace invulnerable a esa desesperación. Ante la evidencia de que Melancholia va realmente a chocar contra la Tierra, John se suicida, dejando a Claire sola con su hermana y con su hijo Leo, con quien intenta absurdamente escapar. Hacia el final, Justine le recuerda a Leo que pueden buscar refugio en una “cueva mágica”, que adivinamos una fantasía que Justine prometió a Leo hace tiempo. Justine y Leo juntan ramas y edifican un pequeño cono, como el armazón de una tienda nativa americana, en el cual entran e invitan a entrar a Claire, mientras observan los momentos finales de sus vidas y del planeta.

Hay mucho para leer en Melancholia. Ante todo hay que olvidarse de buscar plausibilidad científica. Llegué a este hallazgo fílmico, de hecho, leyendo un artículo sobre rogue planets, es decir, los planetas errantes de los cuales hoy sabemos que hay multitud, posiblemente miles por cada estrella, de muchos tipos y tamaños, desde monstruos con diez veces la masa de Júpiter (sub-enanas marrones) hasta planetas más pequeños que la Tierra. Estos planetas, expulsados de sus órbitas originales al poco tiempo de la formación de su sistema estelar o simplemente nacidos como estrellas fallidas, vagan por la galaxia, casi invisibles a nuestros instrumentos. Melancholia, en la película, primero es oscuro y oculta Antares, y luego aparece, azul y enorme, “desde atrás del Sol”. Pese a que es cinco o seis veces del tamaño de la Tierra, su paso no altera las órbitas de ningún planeta o satélite. Un planeta así haría salir disparada la Luna, provocaría espantosos terremotos y, aun si pasase cerca sin hacer contacto, haría pedazos nuestro mundo por el simple efecto de la fuerza de marea. Ninguno de estos escenarios catastróficos pero narrativamente inconvenientes ocurre. Melancholia se acerca a la Tierra, agita algo su atmósfera, se aleja y luego vuelve y choca con ella de frente. Y no es que importe, porque las imágenes y los sentimientos que evocan son preciosos y precisos: imposible una combinación mejor de fotografía y guión.

Supongo que ésta es una de esas películas que se aman o se odian. Como ya dije, los amantes más o menos exclusivos de la ciencia ficción dura quedarán decepcionados. La secuencia inicial silenciosa, de imágenes inconexas, quizá espante a los que buscan “acción” en el sentido más básico. Pero ésta no es una película para iniciados sofisticados. Acción, definida ampliamente, sobra en Melancholia: no hay ni un momento en que los personajes no estén en movimiento físico o psíquico. Incluso Justine inmovilizada por su enfermedad transmite una tensión al lugar que ocupa, como un ruido blanco teñido de asco. No hay “relleno”, ni una sola secuencia que no sirva a la economía de la película. Miradas hostiles, rechazos velados, gestos de impaciencia, sexo desatado sin sentido o frustrado, languideces y desesperaciones, ocupan todo el tiempo la atención del espectador, sin abrumarlo.

Al contrario que la mayoría de las películas más convencionales del género catastrofista o del “fin del mundo”, Melancholia transcurre en un ambiente cerrado y sin referencias al exterior. En el castillo no parece haber televisión ni radio, e internet sólo se menciona como algo a evitar para no ser bombardeado por noticias falsas. John confía en lo que dicen “los científicos”, pero observa el planeta errante con su propio telescopio y toma sus propias medidas sin consultar con nadie más. El mayordomo, el día antes del fin, escapa “al pueblo”, que no tiene nombre ni está a una distancia conocida; desde “el pueblo” trae John una vez suministros de emergencia. Notablemente, el caballo de Justine se rehúsa a cruzar cierto puente que (presumiblemente) lleva al camino del poblado, y cuando Claire quiere hacerlo con el carro de golf, las baterías de éste mueren precisamente en el mismo punto. El camino, según vemos al comienzo, es tan sinuoso que la limusina que trae a los novios no cabe en sus curvas. Todo se combina para que el escenario sea recortado, aislado, y que los personajes deban resolver sus tramas en soledad. La conclusión refuerza este aislamiento, que quizá represente el destino de todo ser humano en el momento crucial de la muerte. Las dos hermanas y el pequeño Leo enfrentan el fin del mundo entrando en la “cueva mágica” y cerrando los ojos.

A Voyage to Arcturus

A Voyage to Arcturus

A Voyage to Arcturus (“Un viaje a Arturo”) es una novela publicada en 1920 por el autor británico David Lindsey (1876–1945). Se la ha llamado “uno de los clásicos más reverenciados de la ciencia ficción” y “un impresionante logro en ficción especulativa”. No es, en mi humilde opinión, ninguna de estas dos cosas.

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Quedará claro muy pronto al lector que se aventure en este viaje que no puede ser leído como una historia de ciencia ficción, pese a que se trate de un escenario superficialmente construido a partir de un viaje interestelar y un recorrido por un planeta de la estrella Arturo. De la misma manera que la Trilogía de Ransom, de C. S. Lewis, no es ciencia ficción sino que emplea viajes interplanetarios para llevar a su protagonista a diferentes escenarios alegóricos (y predicarle así el cristianismo de manera apenas disfrazada), A Voyage to Arcturus utiliza las extrañas criaturas y alucinantes paisajes y colores del planeta Tormance como utilería para una aventura psíquico-mística de tintes gnósticos. (El gnosticismo es, muy brevemente, una doctrina de tipo generalmente maniquea que postula que el cuerpo y la materia son una ilusión dañina que nos retiene en un mundo físico creado por un dios menor —un demiurgo— malvado, y que el objetivo del hombre es escapar de esa prisión por medio de la iluminación y llevar su espíritu inmaterial al mundo real de la total pureza representado por el dios bueno o verdadero.)

Al comenzar a leer yo ya sabía que la novela no era ciencia ficción y eso no me incomodaba; me interesaba, sí, ver hasta qué punto empleaba la ciencia o una extrapolación razonable de la misma basada en los conocimientos de comienzos del siglo XX, y qué reglas inventaba para justificar el resto. La novela comienza con una séance o sesión espiritista en la cual participan varios médiums, y mi impresión previa a esto era que la novela utilizaba estos medios místicos para enviar a sus protagonistas a Tormance. No es así. Sin aparente necesidad se saca a relucir un vehículo impulsado por la fuerza de rayos de la luz de Arturo que desean volver a su fuente. El vehículo parte desde lo alto de un observatorio cuya torre tiene la curiosa propiedad de que la gravedad aumenta a medida que se asciende. Una vez arribado el protagonista a Tormance, se encuentra con que sus habitantes son humanoides, cada uno con órganos de percepción diferentes, y que él mismo gana y pierde en cuestión de horas estos órganos.

Hasta aquí una historia de fantasía o de weird fiction razonablemente buena. El problema real está en el desarrollo de los personajes, que es prácticamente inexistente. Maskull, el principal durante casi todo el libro, cambia de ánimo, de creencias y de modos de percepción a cada rato, a veces literalmente según cómo sopla el viento. Por supuesto, ésta es una historia de búsqueda de la propia personalidad y alguna confusión es de esperarse, pero nos es difícil saber qué clase de persona es Maskull al principio y qué lo anima a seguir. Hay que leer la mitad del libro hasta comenzar a vislumbrar una dirección clara. Los personajes con los que se topa son recortes bidimensionales que representan ideologías, manías, desafíos morales; no vale la pena recordarlos porque Maskull mata u olvida a la mayoría de ellos a las pocas páginas.

A Voyage to Arcturus tiene, sin duda, una inmensa profundidad filosófica, y soy muy consciente de mi incapacidad para llegar al fondo de ésta. Esto, a juzgar por otras reseñas y comentarios, parece haberle ocurrido a la mayoría de los lectores, de los cuales la mitad o más, no obstante, siguen jurando que este libro es de lo mejor. Cualquiera sabe qué fácil es hacer pasar una frase sin sentido por un mensaje profundo. En el caso de esta novela, el problema es que la frase probablemente tenga un sentido, pero nada alienta a tomarse el trabajo de desentrañarlo. Hay libros que pueden leerse a la ligera la primera vez, sin comprender todas sus alusiones, y disfrutarse de manera renovada a posteriori con sus fuentes de inspiración a la vista. Éste no es uno de ellos.

¿Es posible recomendar A Voyage to Arcturus? A J. R. R. Tolkien le pareció muy buena (pese a su conocida aversión a las alegorías); a su amigo C. S. Lewis, que criticó su prosa como “torpe”, lo inspiró a escribir su famosa trilogía, comenzando por Más allá del planeta silencioso. Philip Pullman puso al libro entre sus cuarenta obras preferidas, llamándolo “mal escrito pero inolvidable”. Sería interesante saber si alguna vez este viaje místico y plagado de colores alienígenas llegó a manos de su contemporáneo H. P. Lovecraft o, mucho después, a las de aquel otro gnóstico y buscador espiritual, Philip K. Dick. Sospecho, aunque no me preocupa, que en mis propias manos esta aventura haya sido un desperdicio.

Brasyl: reseña

Brasyl: reseña

Brasyl es una novela escrita en 2007 por Ian McDonald, un autor británico-irlandés con una larga trayectoria de la cual yo sólo conocía, antes, uno de sus primeros trabajos, Camino Desolación (1988). Partiendo de esta pequeña muestra y de reseñas de sus otras novelas, no parece inexacto decir que McDonald no va nunca con chiquitas. Brasyl es una narración épica.

Brasyl

Tres relatos corren paralelos en Brasyl; se trata de tres tiempos y tres lugares, de los cuales el menos claramente ficticio y el más reconocible es el Brasil del presente o pasado cercano: Rio de Janeiro, 2006. El autor despliega fugaces postales de la Ciudad Maravillosa, sin falta (y a veces con un leve y perdonable exceso) de color local: el Corcovado con su Cristo en la cima, la lluvia como una niebla que cubre los morros, la práctica de la lucha-danza de la capoeira, los nombres y los colores de esos barrios que no hace falta ser carioca ni siquiera brasileño para reconocer: Copacabana, Ipanema, Botafogo, Flamengo. El único elemento fuera de lugar en este universo conocido es el Canal Quatro, pequeño pero atrevido rival de las grandes cadenas de televisión como Rede Globo, y lugar de trabajo frenético de una productora de realities que bordean siempre lo grotesco y lo amoral: Marcelina Hoffman, la primera de nuestros protagonistas.

El segundo Brasil que se nos presenta es el del futuro cercano, un futuro de favelas agigantadas, crimen organizado y seguridad privada a la carta, interconexión social masiva, explotación a escala industrial de humanos fallidos y espionaje electrónico ubicuo, en la ciudad que probablemente más cercana esté a esa clase de futuro distópico y brillante en todo Brasil: la megalópolis de São Paulo, con veintidós millones de habitantes cuyos cuerpos y posesiones son vigilados a toda hora por gigantescos planeadores estratosféricos, los Ángeles de la Perpetua Vigilancia. Aquí encontramos, alternando entre la favela de su nacimiento y variadas aventuras en el campo de la caza de talentos, con las cuales espera algún día triunfar, a Edson Oliveira de Freitas, emprendedor con coraje sin igual, nuestro segundo protagonista.

El tercer Brasil está a mediados del siglo XVIII y sigue los pasos de un sacerdote jesuita de origen irlandés, Luis Quinn, desde su desembarco en la entonces capital de la colonia, Salvador de Bahía, hasta el interior profundo de la Amazonia, donde ha sido enviado por sus superiores en Portugal, a su propio pedido (“I ask only that I might be given a task most difficult”), para conminar a un jesuita rebelde y megalómano a someterse a la disciplina de la orden. (El escenario y el modo de la narración, aquí, le debe no poco a Apocalypse Now o a su inspiración, El corazón de las tinieblas.)

Se trata de una novela bastante larga, pero que no cansa. Comienza con paso firme, contándonos del proyecto de Marcelina de encontrar y llevar a “juicio” (un linchamiento mediático, en realidad) al anciano responsable del desastre del Maracanaço; de los problemas en los que se encuentra Edson por salvar a un hermano tonto luego de que éste robó una cartera de la cual es difícil deshacerse; y de las impresiones iniciales del Padre Luis en una tierra donde reina la violencia, la esclavitud y la ilegalidad. Como en una sinfonía, temas comunes suenan aquí y allá. Alguien quiere hacerse pasar por Marcelina para perjudicarla, o alguien quiere volver loca a Marcelina haciéndole creer que ve visiones, o Marcelina está realmente loca, quizá a causa del estrés; Edson, en medio de una transacción con crackers que usan computadoras cuánticas prohibidas para su negocio de romper o borrar códigos incriminantes, ve allá a una mujer que sabe aquí, y más tarde ve viva a una mujer que sabe muerta; Quinn, finalmente, encuentra en lo profundo de la jungla el origen de esas multiplicidades, en la forma de una sustancia que abre las puertas de la percepción al borgeano jardín de senderos que se bifurcan de la interpretación de Everett de la mecánica cuántica; mientras tanto, en los otros dos tiempos, en las otras dos historias, la explicación va emergiendo de a pedazos. Para cuando esto ocurre ya no hay tiempo que perder: mientras Luis Quinn comanda a los suyos en una batalla para preservar el acceso a los infinitos mundos que ha descubierto, Marcelina Hoffman trata de protegerse y proteger a sus amigos de su némesis, y Edson debe hacer uso de su ingenio para no perder el amor encontrado en aquel breve trato con los comerciantes cuánticos.

Los panoramas de estos tres países (Brasil del pasado, el presente y el futuro) son fascinantes, atrapantes: ficciones que lo muestran como en la realidad, una extensión del tamaño de un continente repleta de hechos terribles, de opresión y de chances de escape, de crecimiento tortuoso, calor y cansancio, podredumbre, flujo, muerte y la posibilidad de renacimiento. A los que hemos tenido la suerte de visitar esta tierra de maravillas Brasyl nos traerá infinidad de recuerdos: un río interminable de saudades.

Estados alterados

Estados alterados

Hablando de llegar tarde a todo, en estos días vi Estados alterados (Altered States en el original), una película de 1980 dirigida por Ken Russell que, pese a sus muchas fallas, sus efectos especiales poco logrados y sus premisas estrambóticas, logró interesarme lo suficiente.

La idea de que existen “estados alterados de consciencia” en los cuales la mente humana puede acceder a otras esferas de experiencia se popularizó en los años 1960. A mediados de los ’50 el psiquiatra John Lilly había comenzado a experimentar con aislamiento en tanques de privación sensorial combinado con drogas psicodélicas, que es precisamente lo que hace el protagonista, Edward Jessup, en la película, empleando una mezcla de alucinógenos obtenida en un ritual indígena mexicano.

El Dr. Jessup, incapaz de detenerse, termina sufriendo una regresión en el tiempo que primero es sólo mental y luego comienza, para incredulidad de los demás, a “externalizarse”, es decir, a manifestarse físicamente en su cuerpo. El final de esta regresión es la nada misma, el caos energético primordial del cual surge el universo.

Reconocer referencias era inevitable. Dos obras de ficción muy disímiles me vinieron inmediatamente a la memoria: la novela El mundo sumergido (J. G. Ballard, 1962) y el animé Akira (Katsuhiro Otomo, 1988). Ambas son de un alcance mucho mayor que la personalísima aventura interior de Estados alterados, en las cuales todo gira en torno a un protagonista y tres personajes bastante secundarios. En El mundo sumergido hay todo un planeta volviendo lentamente a algo parecido al Cenozoico bajo el influjo de un calentamiento global extremo, y en Akira toda la metrópolis de Neo-Tokyo se ve afectada por el descontrol causado por la evolución descontrolada de Tetsuo y, más tarde, por el propio Akira.

En El mundo sumergido encontramos, como en Estados alterados, a un científico que experimenta cambios psíquicos y físicos al compás de las condiciones externas; pero en la novela de Ballard no hay nada de esa intensidad maniática, esa obsesión por llegar al fondo de las cosas, que posee al Dr. Jessup: muy por el contrario, el Dr. Kerans primero estudia con calma el progreso de la involución sobre otras personas y sobre sí mismo y luego se deja llevar por ésta. Su “viaje” es hacia el pasado reptiliano-vegetal, hacia la humedad y el calor del sol que todo lo consume, y aunque conserva su racionalidad, cada vez tiene menos oportunidades de aplicarla.

En Akira la racionalidad está al servicio de la investigación científica y ésta a su vez en manos de la fuerza política y militar. Tetsuo es una víctima y un objeto de experimentación de estos poderes, hasta que descubre su propia y devastadora fuerza. Comienza siendo un joven con pocas luces, impulsivo, con un complejo de inferioridad y habituado a la violencia, y por un tiempo su involución sólo se manifiesta en más violencia y más impulsividad. Llega al equilibrio final al vencer y unirse con Akira, y el final (para él) es abierto.

A Estados alterados se le criticó su final que, prescindiendo de toda la argumentación anterior, le da un giro repentino y total al personaje, devolviéndolo a la vida normal “por el poder del amor”. Sin embargo este recurso no es gratuito. También en El mundo sumergido hay una apelación al amor, o por lo menos al afecto de una persona y a la preocupación por otra, que por un tiempo retiene al protagonista. En Akira las relaciones humanas ya son frágiles desde un principio, pero la banda de Kaneda no abandona a los suyos con facilidad, y el propio Kaneda no renuncia a rescatar a Tetsuo ni siquiera en el acto de intentar destruirlo.

Quizá hubiese sido mejor para Estados alterados, que desde el principio establece a su dudoso héroe como un ser poco empático y potencialmente amoral, si el guión le hubiese dejado seguir ese camino sin retorno. Pero un final así habría sido insatisfactorio, creo, porque a diferencia de Kerans, que sigue su camino hacia el pasado reptiliano con naturalidad, y de Tetsuo, que acepta con serenidad su misteriosa apoteosis, el Dr. Jessup comprende que, al contrario de lo que había imaginado al comienzo de sus experimentos, la iluminación absoluta no existe, porque la verdad última es oscuridad, la nada; la verdad que busca tiene que estar entre la comunidad de los seres humanos, cuyas relaciones son lo único que da sentido a un universo sin propósito alguno. Por lo tanto, llegado al final de las cosas, se resiste y escapa gracias a una mano humana tendida hacia él. La verdad última no es para nosotros, proclama Estados alterados, porque es anti-humana. Esta revelación deja a la película firmemente en el casillero de los argumentos basados en que “hay cosas que el hombre no está preparado para conocer”, pero ¿alguien puede imaginar (ni hablar de mostrar en el cine) la alternativa?

La resistencia

La resistencia

La vieja salió al balcón, largo y angosto, desde donde podría ver cuando el paquete estuviese llegando. Al final del balcón, que se proyectaba como una lengua embaldosada desde la fachada del piso veintisiete, había una baranda de contención formada por tres largueros planos de acero; servían como soporte para un pequeño jardín de macetas donde la vieja cultivaba flores grandes y fragantes, pequeñas flores coloridas, helechos, hierbas aromáticas. Las macetas estaban atadas con finos alambres a los largueros como precaución. Los rascacielos que rodeaban al edificio de la vieja eran tan altos que sólo durante las peores tormentas alguna ráfaga podía llegar a voltear las macetas, pero la vieja era cuidadosa de los detalles.

El panorama era una mezcla de rojo cobrizo, dorado viejo y gris apagado. Anochecía sobre la ciudad, sobre el barrio a medio ocupar. Ya casi no quedaba nadie en los alrededores. A la vieja le habían cortado la electricidad un mes atrás. Todavía no le había llegado el turno al agua potable. El edificio tenía su propio generador para el bombeo pero toda la zona destinada al nuevo desarrollo sería desconectada de la red en unos días, según el programa.

Unos pocos puntitos de luz circulaban, zumbando, entre los edificios. Ninguno se detuvo frente a la vieja que esperaba, aunque uno pasó de largo frente al balcón, a unos diez metros; la vieja pudo ver con claridad el paquete firmemente asegurado al chasis. Suspiró. Aún no tenía hambre pero comenzaba a preocuparle la demora.

Dentro del departamento se encendieron las pequeñas luces de emergencia. La vieja entró con lentos pasos, sin cerrar la puerta vidriada del balcón, porque hacía calor. Buscó la terminal de datos, que había dejado sobre la mesita, y verificó que no hubiese mensajes. La empresa desarrolladora le había enviado su saludo diario. Lo borró. La terminal preguntó, como de costumbre, si deseaba ignorar los mensajes de ese tipo de manera automática. La vieja se negó; encontraba un mínimo placer en borrar manualmente, con un gesto de desprecio, las intimaciones de la fuerza ocupante que la urgían a abandonar su hogar.

Alguien tocó a la puerta. Una de las primeras cosas que había hecho la vieja, luego del ultimátum, había sido desconectar la puerta de la red doméstica. Ahora, ya sin electricidad siquiera, era una puerta a la manera antigua, que había que ir a abrir. El sonido de nudillos golpeando contra la madera sintética le despertó placenteros recuerdos de épocas pasadas, quizá reales, quizá de comedias o dramas televisivos que había visto, donde todo dependía de unos golpes en una puerta, de un santo y seña analógico, de demoras o apresuramientos para abrir. Un instante más tarde sonrió maliciosamente imaginando cómo el extraño —quien fuese que estaba allá afuera— debía haber estado esperando un largo rato que la puerta le diese alguna señal de inteligencia.

Con dolorosa lentitud fue hasta el pequeño recibidor y descorrió los dudosos pasadores.

—Buenas noches —dijo el extraño—. ¿Usted es Malala Grosman?

La voz podía ser de mujer, pero no había forma de saber. La Sra. Grosman no lograba ver bien en la oscuridad del pasillo. El extraño estaba vestido con un electrotraje sencillo, que dejaba al descubierto las manos. Una máscara de placas le cubría la parte inferior del rostro. No llevaba glasses ni elementos de red personal obvios. Los ojos eran grandes, redondos, de un color indefinido en la penumbra. Por encima de ellos las cejas eran pobladas pero estaban cuidadosamente recortadas. Frente alta y sin arrugas, cabello muy corto.

—Yo soy. ¿Qué se le canta? —dijo la vieja, porque se sentía más confiada en su coloquial.

—Imagino que ya sabe a qué vengo —dijo el extraño, y amagó a dar un paso al interior del departamento, pero la vieja no se movió de su lugar.

—Ah, sí. Pero de una digamé, ¿cómo se llama?

—Asistente de Reasentamiento, señora. No estoy autorizada a decirle mi nombre.

—No está autorizada. Mire qué bien —dijo la Sra. Grosman, apartándose del hueco de la puerta. Las débiles luces del departamento iluminaron la figura alta de la “asistente”.

—Con permiso —dijo la asistente.

—Ni puedo ofrecerle algo —dijo la vieja— salvo un vaso de agua. Todavía no me llegó el delí y no tengo nada.

—No hace falta —dijo la asistente, entrando con cuidado en el departamento y echando una mirada rápida, metódica, a su alrededor—. Vengo a pedirle que me acompañe. Esta zona está designada para refuncionalización y usted ya recibió todos los avisos correspondientes. El dinero de la expropiación ya está prehabilitado. Si necesita un acceso de datos para verificarlo se lo puedo facilitar ahora mismo. El dinero es suyo en cuanto cruce la puerta.

—Ya me re dieron el discurso ese —dijo la vieja, sin inmutarse—. Ya les dije que no. Me van a sacar de acá muerta.

—Sra. Grosman, la empresa busca su bienestar. Se le asignó un departamento de superficie igual a éste, con comodidades equivalentes, en una zona no refuncionalizada. Está disponible en este mismo momento. Y la indemnización…

—Sí, sí, ya sé —interrumpió la vieja—. Toco el sí y todo se arregla. Banque un momento. —Se volvió y fue renqueando hasta el balcón, donde echó una larga mirada al exterior. No había señales del dron con el paquete.

—¿Espera algo? —preguntó la asistente—. Podemos combinar que se le forwardee a su nuevo domicilio o a un depósito, sin cargo de almacenamiento por 72 horas hábiles. —Era como una vendedora, pensó la Sra. Grosman, con un guión que prescribía cada detalle y se anticipaba a todas las preguntas incómodas. No era tan difícil considerando cómo la habían acorralado.

—Le dije que estaba esperando mi cena.

La vieja terminó su inspección, desanimada, y volvió al interior del departamento. La asistente seguía parada en el medio del estar con las piernas levemente separadas, los brazos a los costados y los ojos al frente, sin dar muestras de impaciencia. El electrotraje era bastante ceñido y no parecía tener lugar para esconder ningún arma grande, pero esas cosas ya no eran necesarias. No serían necesarias, seguramente, para ir a desalojar a una vieja. ¿Quién iba a creerle al título inofensivo de “asistente de reasentamiento”? Esto era un soldado.

—Lo lamento pero no podemos esperar más. Se está haciendo tarde —dijo la asistente.

—No va a dejar a una mujer vieja sin cenar, ¿no? —dijo la Sra. Grosman, sin molestarse en ocultar un tono irónico. Estaba pensando a toda velocidad.

—Le obsequiaremos una cena adecuada en cuanto deje el departamento. Entiendo que usted no tiene ninguna necesidad dietética especial, ¿no?

Naturalmente, pensó la vieja, ya saben que no soy diabética ni hipertensa ni celíaca. No necesito comer regularmente para no desmayarme; también lo saben. Lo saben todo.

—Mi remedio para la artritis… —comenzó, y se detuvo, para ver si la excusa prendía, pero la asistente no hizo gesto alguno. Dejó pasar tres segundos y continuó más cortésmente—: Tengo que tomar una medicación con la comida. ¿Me entiende?

—Podemos llevarnos su medicación. Si no le alcanza nuestro servicio de atención médica le puede facilitar más. Lo que usted toma…

—Lo busco —interrumpió la vieja, y fue calculadamente despacio hasta el aparador donde guardaba las píldoras.

—¿Está lista para acompañarme? —preguntó la asistente.

La vieja se guardó la caja en un bolsillo de los ajados pantalones y suspiró audiblemente. Una idea se le había metido en la cabeza. De hecho, pensó, la había tenido allí guardada desde hacía tiempo; acababa de redescubrirla, pero ya estaba, como quien dice, lista para usar.

—Me gustaría esperar mi cena —murmuró, como si no hubiese entendido nada de lo ocurrido en los últimos minutos.

—Lo lamento, pero es imposible —dijo la asistente. (No había mirado el reloj, si es que llevaba alguno.)

—Sabe usted que no puedo caminar bien —observó la vieja.

—Usa asistencia mecánica, ¿verdad?

—No lo tengo puesto todo el tiempo porque me afloja el cuerpo. No me tengo que dejar aflojar, dice el médico. A mi edad hay que mantenerse firme aunque cueste, todo el tiempo que se pueda —peroró la vieja—. Pero si me voy con usted ahora me lo voy a tener que poner antes. Ahora, si usted fuese hombre capaz que tendría fuerzas como para llevarme en brazos, ¿eh?

—Por favor, colóquese el asistente mecánico para que podamos irnos —dijo la asistente.

—¿Puede hacerme un favor? Voy a tardar un rato. Si ve un dron buscando por la zona, es mi cena. Ya sé que me van a dar de cenar, pero es mi última cena en este departamento. ¿Puede fijarse si viene?

La asistente fue hasta el balcón y observó. El sol ya había caído del todo y casi no había luz en el cielo.

—Este balcón es antirreglamentario, señora. Se proyecta demasiado fuera de la línea de edificación y la baranda no cumple con los requisitos mínimos de seguridad. Ya se lo habrán hecho notar. El departamento que le asignamos está mucho mejor construido. Estoy segura de que le gustará.

—Sí, seguro. ¿Está viendo si viene el dron?

El exoesqueleto de la vieja estaba colgado en una pared. Hacía un par de semanas que no lo usaba.

—Estoy viendo. Si viene le digo que me entregue el pedido. Después tenemos que irnos —indicó la asistente en tono perentorio.

—Gracias. Me da un ratito y estoy lista.

El exoesqueleto era un modelo liviano y básico. Tenía sólo dos biopuertos en los temporales y cuatro puntos de inserción en las extremidades. La Sra. Grosman lo usaba desde hacía ocho años y aunque detestaba hacerlo excepto cuando era absolutamente necesario, ya no le inspiraba repugnancia, como al comienzo. Era una herramienta, como un batidor o un martillo. Un instrumento, algo grosero realmente: imposible de ignorar. Nadie podía verla con el exoesqueleto puesto y hacer como si no existiese. A los viejos no nos importa, pensó la Sra. Grosman. Resistimos: no importa si es a costa de meternos en estos armazones espantosos. Siempre resistimos, rotos y remendados.

Los jóvenes afectados por enfermedades degenerativas o por accidentes tendían a recurrir a tecnologías menos visibles, más radicales. Los más jóvenes ni siquiera precisaban la excusa de una discapacidad para meterse cosas en el cuerpo. Cada vez más gente, cada vez más cosas, hasta el punto en que uno no podía saber, cuando estaba frente a ellos, si estaba hablando con un ser humano o con una máquina. O algo intermedio, con más partes mecánicas que humanas. Un cyborg, como se decía a principios de siglo y en los viejos clásicos de la ciencia ficción.

El exoesqueleto de la Sra. Grosman no aumentaba sus capacidades mentales o nerviosas. Era apenas un refuerzo para sus músculos cansados y sus huesos corroídos. No consumía casi nada de energía y no requería grandes modificaciones al cuerpo o a su contexto doméstico. Pero esos otros, esos cyborgs…

—Veo un dron que viene, señora —notificó la asistente.

—¡Qué bueno! No lo pierda de vista.

Había que ver cuánta energía, cuántos materiales específicos, cuánto ancho de banda consumían las nuevas generaciones aumentadas. Dependían de una red complejísima de soporte y naturalmente no podían vivir en los mismos lugares que los demás. A medida que dejaban atrás su biología, las viviendas tradicionales ya no les servían. Cuando un barrio de la ciudad se volvía popular para ellos quedaba condenado. “Refuncionalizar” era el eufemismo que habían inventado las empresas de desarrollo inmobiliario. Ocupar, más bien, pensó la vieja.

—Está señalizando —anunció la asistente. La vieja oía ya el zumbido de los motores del dron acercándose. El exoesqueleto, pese al desuso, no hacía ruido al desplazarse; lo había mantenido bien lubricado. La asistente se volvió a medias cuando se dio cuenta de que la Sra. Grosman estaba a sólo dos pasos de ella. La suave luz de posición del dron iluminó la figura simétrica, andrógina, sus ojos sin rastro de sorpresa o temor.

La Sra. Grosman se lanzó hacia adelante con todas sus fuerzas, apuntando la cansada cabeza hacia el antebrazo izquierdo y el pecho de la asistente. La pierna derecha de la asistente chocó contra la baranda, y luego la rodilla izquierda contra la pierna derecha. Los brazos se agitaron, pero la cosa que había venido por la vieja no poseía, o se le había suprimido, el instinto de agarrarse a la persona más cercana en busca de auxilio.

La vieja había cerrado los puños y cruzado los brazos; las placas metálicas del exoesqueleto chocaron contra los largueros, quebrando una maceta con geranios y derribando un pequeño recipiente de plástico con helechos. Las frondas del helecho, agitadas por el aire de la caída, desaparecieron tragadas por la oscuridad de la calle. La vieja se quedó acurrucada sobre la baranda, con la cabeza en el vacío, aturdida y sintiendo el dolor del esfuerzo punzar cruelmente cada una de sus articulaciones. Miró así a la negrura vertiginosa, tragando aire a bocados, hasta que escuchó el ruido final.

El dron revoloteaba sobre el balcón, haciendo guiños con sus luces. La vieja le hizo señas y le acercó la mano para que la reconociera, guiándolo hasta el punto donde podía depositar el paquete. Era un modelo viejo y sin inteligencia, pero ya conocía sus mañas.

—Te van a sacar de circulación pronto —le dijo—. Como a mí, calculo. Listo, ya está. —El dron se elevó.

El paquete estaba tibio. La vieja lo llevó al interior, abriéndolo mientras caminaba; se le hacía agua la boca. Junto a ella, la terminal de datos comenzó a vibrar y parpadear con un mensaje prioritario, pero no le hizo caso.

La mascota

La mascota

Juzgando propicio el momento, Darei había sacado al animal de su jaula para intentar, una vez más, someterlo a algo siquiera parecido a un entrenamiento. En Chkisim todo el mundo sabe desde tiempos inmemoriales que los fuutabs son seres crepusculares, como los fabulosos gatos de la Vieja Tierra. Darei no había tenido ganas de levantarse para trabajar con el animal al alba; le quedaba, si no deseaba desperdiciar el día, el crepúsculo vespertino.

La gran Luna Azul estaba casi en fase llena; su luz glacial iluminaba el patio amplio, flanqueado por macetas y canteros, donde Darei jugaba sus últimos años de adolescencia. El leve resplandor final del sol poniente añadía una segunda sombra a los arbustos, a la pequeña jaula del fuutab que se negaba a salir, a la figura de angostas espaldas y largos brazos de Darei. En poco rato sus padres lo llamarían a cenar. El fuutab podía muy bien obstinarse en su encierro hasta entonces. No había manera de saber si sentía miedo o desconfianza o simple disgusto por su cuidador y supuesto amo. Esto enfurecía a Darei.

La Luna Azul subía en el cielo; el joven no tenía necesidad de mirar la hora. Sus padres —su padre, especialmente— se molestaban cuando no cenaba con ellos y con su hermana. Miró al interior de la jaula; desde la penumbra el fuutab lo contemplaba hoscamente, primero con un ojo, luego con otro, luego con otro: verdes esmeraldas cuyos iris en forma de rombo se contraían y expandían convulsivamente.

—Ya no sé qué hacer contigo —dijo Darei, no por primera vez.

Alguien tocó a la puerta de la calle y se escucharon voces animadas. Eso sería todo por hoy, entonces. Gimra había llegado; los padres de Darei —su madre, especialmente— se molestaban cuando se negaba a recibir a los invitados. Gimra era amable e indulgente y casi de la familia, pero no dejaba de ser un invitado. Darei hizo un último intento, acercando un trozo de comida a la boca-cepillo del animal. El fuutab hizo un desconcertante ruido metálico y los tres ojos principales se fijaron en la comida, pero no se movió. Darei resopló, maldijo por lo bajo y se levantó. No cerró la jaula. Se quedó parado en el medio del patio, con los puños cerrados.

Gimra apareció en el patio de pronto y Darei, a su pesar, se sobresaltó. Los cabellos de Gimra, en otro tiempo oscuros, eran de un gris opaco que se volvía plateado según cómo los movía la brisa; eran largos, abundantes, y el rostro que ocultaban en parte se había vuelto indefiniblemente más severo.

—Buenas noches —dijo Gimra, y la voz, andrógina y con armónicos purísimos, sorprendió de nuevo a Darei. Le habían explicado, naturalmente, pero era la primera vez que…

—Buenas noches, Gimra. —Se acercó y extendió una mano cautelosa. Gimra lo aferró del antebrazo y lo atrajo hacia sí, envolviéndolo en un abrazo lento, medido—. ¿Cómo estás? —preguntó, tratando de que sonara como una simple fórmula.

—Bastante bien —respondió Gimra, soltándolo—. Estoy… Espero no interrumpir. Aunque…

—Ya me di por vencido por hoy —dijo Darei, respondiendo a la pregunta implícita—. Intentaré mañana de nuevo.

—Hace tres estaciones que intentas. No voy a recomendarte lo mismo que siempre, pero… ¿no estás aburrido ya? ¿No tendrías que estar buscando algo que hacer? Estudiar, perseguir chicas…

Darei puso cara de ofendido, aunque sonreía interiormente; sabía que Gimra lo tomaría a broma. Pero Gimra enrojeció y parpadeó. Darei sonrió, turbado.

—No estoy descuidando nada. No pongas esa cara.

El otro se recompuso con rapidez.

—Estoy algo preocupado, Darei. Se trata de… bien, ya casi eres un hombre, y tus padres ya te habrán hablado de esto…

Darei miró al suelo, avergonzado. ¿Era, entonces, lo que suponía? ¿Estaba Gimra en las etapas finales del cambio?

—¿Es muy extraño?

—Es algo desconcertante —dijo Gimra—. Hace un momento, sin más… Ocurre que no pueden dejar el sistema límbico como está; tengo que tener cierto control sobre esas estructuras, pero todavía no logro adquirirlo.

—Oh. —Aquel abrazo, entonces…

—Es algo vergonzoso. Es natural, pero… bueno, es “natural” en el sentido de que cuando haces modificaciones tan importantes al cuerpo de una persona, es normal que tarde en acostumbrarse… —Gimra soltó una risita seca, cómplice—. Ni que hiciera falta que le explique a un adolescente sobre cambios hormonales vergonzosos, ¿eh?

Darei rio, relajado ahora.

—Eso ya pasó, viejo. Ya lo dijiste. Aquí hay un hombre.

Casi un hombre. —Un llamado perentorio vino desde la cocina—. Y yo casi… Pero aún necesito comer.

El joven se arrodilló a cerrar la jaula. El animal en el interior apenas lo miró.


Gimra aludió poco y nada a sus modificaciones durante la cena, y nadie quiso o supo cómo preguntarle. La tradición quería que el Cambio no fuese discutido excepto en términos prácticos y sólo por los directamente involucrados.

El fuutab llegó a su fase de semiadulto y mudó de piel y de color. Pronto no tendría sentido intentar domesticarlo, si es que alguna vez lo había tenido. Como la mayoría de los animales, el fuutab no podía aprender destrezas ni comportamientos realmente nuevos luego de llegar a la madurez. Ésa era, por desgracia, una de las muy pocas cosas que tenía en común con las personas.

El día que Gimra vino a despedirse encontró a Darei sentado en el patio comiendo un sandwich pensativamente mientras contemplaba al fuutab. El animal estaba fuera de su jaula, durmiendo a la sombra de un arbusto espinoso cuyas matas parecía preferir como guarida. Los grandes parches ópticos de su cabeza reflejaban un cielo violáceo, con unas pocas nubes; una película húmeda, como un párpado transparente, los limpiaba con automática calma. El fuutab nunca dejaba de ver lo que ocurría a su alrededor.

—Me dijeron que estabas aquí. ¿Está dormido?

—¿Quién sabe? —dijo Darei, encogiéndose de hombros.

Gimra se arrodilló junto al animal, y Darei notó entonces la extrañeza de sus movimientos, algo sutilmente erróneo en los ángulos de sus articulaciones.

—En efecto —repuso Gimra, estudiando al fuutab con la vista desde cerca—, no hay manera de saber si duerme o si el estado en que se encuentra es realmente incomparable a lo que llamamos “sueño”.

—No le veo la diferencia.

Gimra pasó una mano lentamente sobre el fuutab, y un levísimo reflejo muscular erizó apenas las cerdas que rodeaban los parches fotosensibles de la cabeza.

—Somos extranjeros en este mundo —dijo—. Nada que pertenezca a este planeta puede ser comprendido del todo por nosotros. Ésa es la razón por la cual no puedes domesticar a este pobre animal. Es… incongruente, podría decirse, con nosotros. Es como si habitara un universo paralelo al nuestro.

Darei se removió, inquieto por la insólita solemnidad en las palabras de Gimra. Ya había escuchado, en alguna versión más informal, esta explicación a su fracaso, pero esta vez le sonaba final. No más convincente, quizá, sino inapelable.

—¿Cómo puedes estar tan seguro? —replicó, sin embargo—. Es un ser vivo y este planeta es habitable por animales como nosotros. ¿Cómo puede ser tan distinto un animal nativo?

Gimra volvió hacia él unos ojos sin blanco, sin expresión. Darei nunca había visto tales ojos. Se esforzó por ocultar su repentina repugnancia.

—Ésta es mi etapa final —dijo Gimra—. Estoy casi tan lejos del organismo original humano como puedo estarlo, al menos conservando esta forma. Eso me da cierta perspectiva. Créeme. No pierdas el tiempo con este animal. Juega con él o déjalo ir, pero no le pidas que te comprenda. Una serpiente o una rana te harían más caso.

Darei se sobrecogió al escuchar esos nombres legendarios.

—¿Estás…? ¿Ya estás en contacto con…?

—Algunos canales se me han abierto. Es mucha información. A veces olvido dónde y cuándo estoy.

El joven no supo qué contestar a esto y buscó nerviosamente qué hacer. El fuutab continuaba durmiendo, imperturbable. Muchas veces lo había despertado de estas largas siestas, en ocasiones con cierta rudeza, buscando provocar alguna reacción comprensible, pero las palabras de Gimra lo habían llenado de un temeroso respeto.

—¿Vendrás a cenar? —preguntó finalmente.

—No. Ya no.

Darei se levantó del suelo y esperó que Gimra lo imitase. Le ofreció una mano; la mano con que Gimra la tomó era agradablemente cálida, y el apretón se sintió todavía humano… aunque a estas alturas del Cambio, bien podía tratarse de una buena imitación. Gimra no dijo una palabra más, pero sonrió: una sonrisa que no prometía nada, que sólo transmitía una sencilla conformidad. Viendo esto, Darei calló lo que iba a decirle.


Más o menos un año después de que Gimra se retirase, Darei, súbitamente decidido, soltó al fuutab y lo alentó a irse. El animal, incrédulo o desconfiado, no aprovechó su repentina libertad al comienzo, pero a la segunda noche desapareció. Para sorpresa de Darei, volvió a los pocos días; estaba sucio, quizá más flaco, y aceptó los alimentos que el muchacho le dio, dejándoselos en la puerta trasera de la casa, la que daba al patio. El fuutab recorrió el patio, observándolo con sus indescifrables sentidos, y se fue sin prisa. Sin regularidad aparente, pero con constancia, este vagabundeo se estableció como rutina.

Gimra volvió también sin aviso una tarde. El clima era benigno y Darei estaba en el patio, estudiando. El fuutab había faltado de la casa durante varios días y el joven intuía que hoy podría volver a olfatear sus viejos dominios.

La forma proyectada de Gimra retenía algunos rasgos, como un boceto a lápiz ejecutado por un buen dibujante sugiere lo representado sin dar lugar a engaño sobre su artificialidad. Era casi sólida, pero descolorida, y sólo en torno a los ojos y la boca se apreciaba cuidado en los detalles; las puntas de las extremidades eran difusas, y la vestimenta figuraba una túnica sin arrugas. Darei se sobresaltó sólo a medias por esta aparición. Nunca había oído las tradicionales historias de fantasmas de la Vieja Tierra y la similitud con ellas, por tanto, se le escapaba.

La voz de Gimra era lo suficientemente similar como para reconocerla, aunque parecía provenir de un foco bastante distribuido en el espacio, como en una sala de conciertos. Quizá no era posible para las máquinas de los Retirados simular un foco puntual, o quizá el detalle fuese considerado superfluo. Darei pensó que, al menos, nadie se confundiría de esta manera.

—Buenas tardes, muchacho —dijo la forma-Gimra—. ¿Cómo has estado?

—Estudiando, sobre todo —dijo Darei—. ¿Y tú?

Gimra no respondió a la pregunta. Su cabeza simulada se movió, observando en torno.

—Iré a saludar a tus padres. No tengo demasiado tiempo. Estas excursiones me dejan exhausto, ¿sabes?

—Te agradezco por venir a verme, entonces.

—La mayoría de mis amigos se Retiraron antes que yo. No quedan muchos a quien desee saludar.

La forma fantasmal volvió a mirar a su alrededor, como si sus instrumentos de percepción estuviesen realmente allí y tuviesen las mismas limitaciones físicas que los ojos biológicos. ¿Sería esto un reflejo o un atavismo psicológico?

—¿Qué buscas? —preguntó Darei.

—Ya no tienes enjaulado a ese pobre animal, ¿verdad?

—No. Es libre. Viene cuando lo desea, come y se va.

—Está bien. No tienes idea de lo que me preocupaba.

—¿En serio? ¿Este fuutab en particular?

—Tu conducta hacia él era poco auspiciosa. —El discurso de Gimra también se había reducido a trazos gruesos, pensó Darei—. Tienes mucho tiempo por delante hasta que te llegue el turno, pero hay cosas que debes entender y cuanto antes mejor. Las relaciones entre seres que viven en diferentes mundos perceptivos e intelectuales…

Darei esperó que Gimra completase la frase o sugiriese alguna explicación, pero la figura adusta del viejo Retirado parecía inquieta, como si escuchase un llamado urgente inaudible para los demás.

—No intentaré domesticarlo. No soy su dueño ni lo seré nunca —dijo el muchacho, un poco azorado, luego de un breve silencio.

—¿Sabes por qué nos Retiramos?

Darei había oído las explicaciones usuales. Chkisim era un mundo pequeño y hostil. Dada la posibilidad cierta de extender la vida humana indefinidamente, no pasaría mucho tiempo antes de que la población sobrepasase la capacidad del ecosistema para sostenerla. La emigración interestelar masiva y constante no era una opción. Los Retirados seguían viviendo, pero no se reproducían y consumían una fracción de los recursos. Si se sumían en el Largo Sueño podían razonablemente durar hasta que el planeta se enfriase. Hacía siglos que este sistema funcionaba bien, y el número de los Retirados ya sobrepasaba el de los Corpóreos…

—Correcto —dijo Gimra—, pero incompleto. Nos Retiramos, muchacho, para evitar la tentación de hacerles a ustedes lo que intentaste hacerle a aquel animal. Créeme que nos cuesta mucho.

Darei abrió la boca, intuyó que su primera idea de respuesta era una tontería, la volvió a cerrar. Miró a Gimra; los ojos inexpresivos le exigían silencio y cuidadosa reflexión antes de hablar.

—Se alejan de todas las maneras posibles —dijo al fin—. Podrían seguir siendo casi como nosotros, pero entonces sentirían la tentación de volver.

—Nos volveríamos locos —puntualizó Gimra, alzando unas cejas borrosas— si fuésemos todavía humanos. Te veo en este momento como tú podrías ver a un animal nativo o a una planta.

Bajo esa mirada Darei sintió que le ardían los ojos y una tibieza repentina le inundaba las fosas nasales. Sintió también vergüenza. De nada servía, naturalmente, decirse que no era vergonzoso llorar frente a una entidad que había dejado de ser humana. Quizá en respuesta, el rostro de la forma-Gimra se volvió aún más esquemático.

—Es casi peor que si estuvieses muerto, Gimra —murmuró el joven.

Gimra no respondió. Algo en su rostro cambió sutilmente, el foco de su atención nuevamente moviéndose hacia otro lugar, y en ese momento Darei escuchó el familiar susurro de las patas del fuutab sobre las baldosas del patio.

El animal entró y olfateó el aire. No pareció alarmarse por la alta figura de Gimra. Los tres pequeños ojos complejos se fijaron en Darei. Se aproximó con determinación, sin temor. Darei estiró una mano y acarició el flanco. El fuutab no se resistió.

—La tentación sería irresistible de otra manera —dijo Gimra—. Te veré más adelante.

—¿Cuándo? ¿Cuánto tiempo…? —preguntó Darei. El fuutab escapó velozmente hacia su arbusto favorito.

La figura proyectada de Gimra esbozó una sonrisa compasiva antes de desaparecer.


 

La mascota es parte de mi libro Los formamundos y otros cuentos, disponible en Leanpub.